viernes 13 de noviembre de 2009

Bipolar




Me ha tocado vivir siempre en los dos lados,
casi siempre del lado que menos me convence,
que menos me apela, que menos me conmueve.

Y digo me ha tocado como cosa estratégica
para no asumirme vendida
para no entenderme cedida
para no aceptar que me he ido laxando
y que extraño mi rigidez.

Aquella rigidez con fundamentos
bordada de teorías.
Aquella rigidez apasionada
como todo lo violento
Aquella rigidez violenta
como todo lo apasionado

Y hoy lleno mi laxitud de argumentos
que se escriben con “e” de excusas
y me falta convencimiento
pa’ decir que me lo creo

Que me he mudado bastante a la derecha
por razones hipotecarias
por préstamos académicos
por responsabilidades contractuales
por obtener un grado en derecho

Que ya me he acostumbrado
a que mis tacos no resuenen
por estar trabajando en alfombras.
Y mi alma gitana se pasea en chaqueta
incómoda pero intacta
despeinada pero exacta.

Y mis revoluciones se reducen a palabras
es lo que hago con todo
con todo lo que amo
y con todo lo que me duele.
Lo pillo en un poema.
Lo congelo en una página.

Lo aprendí de un doctor,
el mismo que me declaró llena,
el mismo que me anunció vacía,
el mismo que me congeló las entrañas.
Me parece que todavía
algunas partes de mi cuerpo
lagrimean en cubos de hielo

Es parte de estar en este polo
que cuando hablo parezco parte
que cuando callo creo sospechas
que por mi ropa me declaran miembro
por como como, se nota que conspiro.

Intento no reírme
porque sólo sé hacerlo a carcajadas
sonoras, gritadas, vulgares,
no se puede ser soez y patriota
(aparentemente)
Nunca ha sido mi culpa
tengo la boca demasiado grande
el hambre demasiado corriente
las ganas casi casi “arrabaleras”
la sangre exagerada-mente incorrecta.

Y protesto quedándome sentada
cuando el gobernador entra por la puerta
y diciendo “la libertad” en vez de “del mar y el sol”
cuando una mezzo soprano canta el himno
y con un poco de disimulo
me saco l mano del pecho
en la segunda intervención.

Sintiéndome culpable porque soy católica
como versión oficial
que casi nunca se parece a la verdadera

Y en el fondo me gusta más
lo que dice el pastor que lo que dice el cura
y en el fondo me conmueve más
el himno en inglés que el turístico en español.

Y me aterra pensar salir en el periódico
vestida así en este lado del bando
con un reloj de diamantes en la mano izquierda
y una sortija artesanal en la derecha.

Tal vez me he convertido
en una hipócrita orgánica
en una bipolar medicada
en una farsa justificada.

Tal vez me creo guerrillera con manicura
es que es tan fácil confundir
la claridad con la locura.

Quisiera hacer algo grande
pero trabajo como una burra
y completo con fondos federales
lleno de “peros” mis paros
y lo que está hecho de incongruencias
lo reconcilio con falsas alianzas.


El ‘ay bendito’ me da trabajo
pero me da pena el país
que en boca del líder
la palabra patria se vuelve agua
y en boca mía es un mero susurro
en vez de “del mar y el sol”
“la libertad, la libertad”
Un trasgresión cortita sin efectos
y cruzo los dedos mientras transgredo
doblando con la boca:
"... ansionsa la libertad"

-Fingers crossed just in case.-

domingo 1 de noviembre de 2009

nana de niños genio


Hoy voy a ver a mi niño y tengo el corazón contento
Y uso la palabra corazón con el permiso de mis maestros
Porque ese niño me vuelve cursi
Me pone idiota
me vuelve madre.
Convierte mis rabietas en canciones
Mis perretas las vuelve nanas.

Hoy voy a ver a mi niño y tengo miedo
Miedo de que en tres meses ya tenga nuevos lunares
Miedo a que no le brillen los ojos como antes
Ese niño tiene memoria mágica
Lo sé porque yo también la tengo
y él es mi compinche sagitariano

y cuando tenga veinticinco
tendrá la bendición maldita
de recordar lo que le pasó a los cinco
y cuando mucho antes de sus veinticinco
ame con tanta fuerza que le duelan hasta las uñas
podrá cerrar su amor como se cierran los ojos
porque yo también podía y puedo hacerlo.

Tengo miedo a que me pregunte
Cosas que no sé contestarle
Y no hay nada más probable
Tal vez me pregunte por qué papá ya no me habita
O quizás él me explique
Los niños genios son formidables

Voy a mantener su amor
Con las estrategias más baratas
Llevarlo al cine, comprarle juguetes
Dejarlo que se llene la cara de mantecado
Y si nada de eso funciona
Trataré de decirle sin llorar
Lo mucho que lo amo
Lo mucho que extraño esa risa en las mañanas
Esas carcajadas sanadoras
Esos abrazos como los míos
Tan llenos de amor,
tan fuertes y dolorosos.



viernes 30 de octubre de 2009

De-espacios y vacíos...


Tal vez la vida es esto. Emocionarse por llenar una nevera de cosas que a uno le gusta. Tal vez la plenitud está en estirar el cuerpo completo en la amplitud de una cama vacía. Y aprender técnicas de nivelación como dormir cada noche en un lado diferente por aquello de un día no entrar y ver la cama completamente ladeada hacia la izquierda.
Tal vez voy aprendiendo a desarrollar sistemas nuevos de supervivencia, de engaño, de soluciones temporales cruzando los dedos por que lo sean.
Tal vez los ojos se llenan de ver hombres hermosos con barrigas perfectas y nombres impronunciables en la pantalla de un cine o un televisor. Quizás todo funciona con mayor agilidad cuando las distracciones de uno son un caso petrolero que no apela a la más ínfima fibra de sensibilidad humana. Quizás para que el verbo de conmoverme se logre únicamente con un testigo maltratado por una jueza neurótica y las apariciones en nuestra oficina de un abogado hermosamente negro que tiene la delicadeza de comprar botellas de agua después del almuerzo. Tal vez necesitaba una buena excusa para volver a salir en noches de semana como si los años no hubiesen pasado. Como si yo creyera en las mismas cosas. Como si no necesitara cuatro veces el alcohol que necesitaba antes para cometer una estupidez. Como si no sintiera el maltrato en el cuerpo cuando intento pensar en las mañanas frente a un ordenador.
Tal vez me venía tocando ya. Tal vez venía siendo hora de hermanarme con las mujeres de mi vida de nuevo. De abrazar a mis mujeres nuevas que me van simplificando la existencia de maneras insospechadas. De vivir a través de esas emociones que ya no me salen tan espontáneamente. Quizás me toca dirigirles sus malas decisiones y saboreármelas como si fueran mías. Tal vez me toca divertirme dirigiendo sus juegos de palabras y seducciones, de bodas y mudanzas, de rupturas y despedidas de solteras. Tal vez me he vuelto una Pilar Ternera a quien le hace feliz saber que otros son felices y retozan en sus hamacas.
Tal vez me llegó el tiempo cerca de mi cuarto de siglo de dormir donde dormí de niña por suficientes semanas como para recordar que alguna vez lo fui y que aunque la pobre está apaleada y aterrada, sigue estando allí.
Tal vez es tiempo de enseñarle a mi cuerpo a pasar hambre. A educar a mis apetitos de una buena vez. A satisfacerme con insinuaciones, con invitaciones holográmicas, con provocaciones que en el fondo no tienen la menor intención de realmente ser. De jugar a escribir palabras en el móvil y mantener a mis fantasmas a la distancia de un teclado.
Tal vez es tiempo de recordarle a mi vientre que bailaba antes y después de estar vacío. De peinarme uno que otro viernes y al menos 21 días al mes usar ropa interior como si alguien la fuese a ver.
Tal vez es la época de sacrificar el dinero del cable y pagarme un masaje o dos al mes. Sigo siendo felina después y sobretodo antes de todo.

Quizá por ahora la estrategia de pensar en divisiones hipotecarias y la pérdida de un plan médico es la más adulta que se me ha ocurrido. Quizás ignorar las ansias de llorar con la misma maestría que ignoro el hambre tanto antes de acostarme, como en el mismo medio de la noche. Quizás es lo saludable y lo correcto. Tratar a mis perros como si fuesen humanos porque después de todo son mi comuna y la ficción jurídica de que técnicamente alguien me espera.
Tal vez es hora de hacer las pases con el silencio, con el mío que es muy distinto a aquél. El mío que está más lleno de voces que una casa con una docena de infantes.
Quizás la felicidad se reduce para gente como yo a no secarse cuando uno sale del baño y que nadie te hinche las pelotas por los rastros de agua limpia que te siguen por la casa. Quizás sí necesito tantas tantas cosas, que por mi característica testarudez lo quiero todo o nada. Y ganó esta última.
Quizás se me hace más fácil sonreír en un apartamento lleno de cuadros en las paredes aunque no tenga una silla y una mesa dónde comer. Cuadros o de mujeres desnudas o de tacones, porque quizás es mi forma de marcar territorio… un espacio lleno de palabras (escritas porque estoy sola), lleno de amor (perruno porque estoy sola), lleno de mí (porque estoy sola) y la palabra sola me dan ganas de llorar porque me parece hermosa. La práctica hace la perfección después de todo, inclusive en esto.
No me enrabio cuando algo se rompe, no me irrito cuando algo se mancha, me río cuando algo se pierde, suspiro cuando algo no prende, no lloro cuando nadie llega, porque llego yo y la casa parece completa.
En menos de un mes cumplo años y me da tristeza que no voy a recibir flores, acto seguido recuerdo que hace años que no las recibo y decido hacer algo grande, quizás celebrarme dependiendo como amanezca. Probablemente como siempre desayunando chocolate y quizás tirarme de un avión con paracaídas como regalo a mi cuerpo, un recordatorio contundente de que aún vibra. Quizás algo más profundo como marcarme, tatuarme para dolerme y recordarme que hay dolores más agudos, más físicos, más científicamente explicables y que tienen un principio y un final específico. Y mirarme en el espejo y ver una marca hermosa, sublimemente superficial, verme adornada y adolorida y tener la certeza que en mi próximo cumpleaños ya no parecerá ni siquiera una herida.

viernes 3 de julio de 2009

Diluida

Ella no se cortaba las puntas del pelo. Nunca se tragó la idea esa extraña de que cortando las puntas se estimulaban las raíces, no cedía ni ante evidencia científica de que las plantas y los árboles actuaban así. No usaba marrón, ni estampados con estrellas, ni charol, ni combinaba más de tres colores, ni usaba dorado, ni curduroy, ni velvet. Todo por principio. Estaba llena de principios, de certezas, de teorías con o sin fundamentos. Creía en tantas cosas, en la astrología, en las almas gemelas, en la literatura, en la patria, en la independencia, en la belleza de lo sencillo, en la poca importancia del dinero, en la carencia absoluta del temor de hacer el ridículo. Medía cinco pies durante el día, semi descalza y de noche medía cinco o seis pulgadas más. No salía sin delineador, es más no despertaba al lado de nadie sin tener el lápiz debajo de la almohada. Se bañaba con agua fría, más bien helada. Comía de todo, sin importarle absolutamente nada, bebía de todo, con una particular tendencia a los licores masculinos. Era elástica y parecía incapaz de sentarse como una damita. Era brillante, o al menos eso se creía, eso decían. Era una comediante innata, podía hacer reír a casi cualquier ser humano, y lo mejor de todo era que lo lograba casi sin proponérselo. Coqueteaba casi por reflejo. Le dolían: el hambre del mundo, el racismo, el prejuicio, la homofobia, la falta de acceso a la educación, la desmoralización de su isla, la mentira, la injusticia, las enfermedades, le dolían, por más lejanas que le fuesen todas. Amaba su país, como uno ama a su primer amor, sin ningún límite porque no se conoce otra forma de hacerlo. No se peinaba y se asoleaba con refrescos de soda, siempre quedando color caramelo. Nunca se había pintado el pelo, no creía en las uñas postizas y le aterraba cualquier profesión que requiriera una chaqueta.
Quería viajar, conocer el mundo, costásele lo que le costase, aprender idiomas como sólo se aprenden honesta y permanentemente; por necesidad.
Era apasionada, tan apasionada, que parecía que se tragaba a sus parejas, los absorbía y poco a poco dentro de ella le parecía que desaparecían. Como se beben las copas, como se acaban los libros, como se acaban las canciones.
Ella no quería que la amasen muchísimo, quería amar muchísimo y sentirse adorada, que no es lo mismo. No le interesaban los trucos detrás de la magia. Le gustaba el espectáculo, la expectativa, la tensión, los subibajas emocionales, los escalofríos. No le interesaban los juegos de las manos del mago, ni los trucos de iluminaciones, ni las cajas con puertas secretas. Quería magia, durara lo que durara, estuviese hecha de lo que estuviese hecha.
Amaba los libros, no el objeto, si no la puerta que se abría en las novelas, esa vida de otros que se volvía propia, por algunos días, por lo que durara el viaje, ya fuesen 100 o 550 páginas. Cuando le gustaba una frase, rompía la página, no había forma que se perdiera la marca. No importaba que fuese una edición de colección. Escribía poesía, más que cualquier otra cosa, le salía natural. Jamás mecanografiaba poesía, eso era asesinarla desde el principio, la poesía estaba hecha a lápiz y papel.
Ella se pasaba cantando, delante de cualquiera, se sabía la letra de más canciones que probablemente cualquier otra persona que le duplicara la edad, otro de sus dones inútiles decía ella. No cocinaba, ni limpiaba, ella estaba hecha para mayores cosas.
No se peinaba, ni hacía ejercicios y una vez un amante le dijo que si se ejercitara, hubiese tenido el cuerpo perfecto. Y ella le dijo que hasta ahora no había tenido quejas de aquella versión imperfecta. Y así desechaba cuanta crítica recibiese, porque se sentía grandiosa y no había nadie que mereciese cambiar esa percepción, absolutamente nadie. Estaba llena de teorías.
Creía en Dios, más de lo que se permitía confesar, rezaba a diario, un par de veces, a su forma, por supuesto. Estaba orgullosa de su voluptuosidad, de la inmensidad de su boca, de la escasez de su pecho, de la longitud de su cuello, y hasta de la fealdad de sus pies.
Estaba orgullosa de su cabeza, de su cabeza dura, centrada, cerrada en ocasiones pero amplísima en tantas otras. Era difícil de escandalizar. Se le hacía demasiado fácil perdonar. Pero tenía totalmente delimitado todo aquello imperdonable. Tenía una mala suerte relativa. Todo le daba más trabajo de lo usual, pero al final los resultados solían ser mejores de lo habitual.
No quería casarse, no quería tener hijos, no quería tener dinero, quería un doctorado. No para poner una “d”, una “r” y una “a” delante de su nombre. Sino por el placer que se imaginaba que sería dedicar casi una decena de años a leer, leer literatura!
Quería ser una peliona toda la vida, discutir temas políticos en las bohemias, cantar hasta cuando desconocidos la oyesen, vivir sin peinarse, sin planchar la ropa, con pocos lujos y muchos placeres, con pocas pertenencias y centenares de viajes. Ella no quería ser madre, no quería ser esposa, ni siquiera le interesaba tanto ser amiga, ella quería ser amante y no en la acepción de adulterio más bien en el marco de amar como si fuese algo a lo que uno se dedica y recibir lo mismo como compensación. Porque ella sentía que lo hacía bien, la entretenía, la mantenía ocupada, la enfocaba, la obligaba a quedarse en un lugar, a establecer una ruta. Cuando no tenía pareja se desbocaba, no podía parar de hacer cosas, de buscar pasatiempos, de aprender lenguajes, leer libros, ver películas, ir a lugares, comprar pasajes, ir a fiestas, beberse todo lo que su torrente sanguíneo le permitía. No era que se sintiese sola, era que su intensidad se desparramaba, que su cerebro tenía demasiado tiempo para crecer. Cuando andaba sola, las camisas eran más cortas, las pantallas más largas, las salidas más continuas, las carcajadas eran más sonoras y sus discusiones con el mundo también. Ella estaba llena de teorías. Ella confiaba en sus habilidades amatorias, en su capacidad de cambiar a la gente, de afectar su medio ambiente, de encontrar poesía hasta en las calamidades y cuando algo muy feo le pasaba, escribía algo tan hermoso, que parecía haber valido la pena.
Era lo único que le tentaba de la maternidad, poder escribir sobre eso. Lo mismo con los tatuajes y la tentación de lanzarse al vacío, porque tenía muy pocos miedos y eso es siempre muy peligroso. No tenía muchos amigos, eso pensaba, pero conocía mucha gente. Tenía muy pocas lealtades y por lo mismo muchas menos preocupaciones. No tenía tacto ni filtro y era capaz de decir lo que fuese a quien fuera. Andaba con una navaja en la lengua, siempre tenía la contestación a medio salir. Tenía un apetito voraz, en todos los sentidos posibles, nada parecía llenarla, y por más que leyera, por más que comiera, por más que cantara, por más bocas que espulgara, siempre estaba insatisfecha. Por lo mismo, se levantaba todas las mañanas con una emoción grandísima de que tal vez ese preciso día podía encontrar aquello que pudiese darle sentido a todo y por lo mismo todas las noches se acostaba un poquito derrotada. Todas las mañanas se tocaba el cuerpo completo y se daba cuenta de nuevo de que estaba completa, que lo tenía todo y aún así no era suficiente. Y esa sensación de seguir necesitando, la volvía a levantar, la ponía a cantar, a leer el doble, a debatir con gente inteligente para salvar el mundo, a comerse la boca de alguien porque por algún sitio se tenía que llenar.

Algunas mañanas me pregunto, qué habrá sido de ella, si estará presa debajo de una chaqueta, diluida entre mi columna, con muchas menos certezas y el doble de las teorías. Me pregunto si mi comediante es ahora un mimo triste que intenta gritarme sin voz.

domingo 31 de mayo de 2009

duelo

Ya puedo pronunciar tu nombre,

no porque duela menos,

sino porque alivia un poco.

 

Hace cuatro semanas y un día

que ya no estás.

Y todavía te hablo como si estuvieras.

Todavía abro la puerta esperando verte,

todavía me imagino tu silueta en el pasillo.

Y tengo la impresión de que ese pasillo crece,

porque todos los días lo veo más infinito.

 

Todavía se siente un vacío,

una ausencia terrible.

Y sentirme triste

porque no te tengo,

me hace estar menos sola.

 

Y ese espacio tuyo ahora está lleno de dos presencias

y ni siquiera multiplicando los seres,

ni siquiera con el doble del ruido,

Con el doble del trabajo, con el doble de los tropiezos

se reduce ni un porciento la certeza de que no estás.

No estás detrás de mis talones,

no estás frente a mi puerta .

Y quisiera creerme eso que siempre digo:

que el amor es como la energía,

que no se pierde ni se destruye;

se transforma

 

Se que estás transformada,

indudablemente en algun lugar lo estás.

Soy yo la perdida,

la destruída,

soy yo porque no soy ni amor ni energía.

 

Te veo mirándome desde la puerta,

como si hubieses sabido,

como si tus presentimientos fueran más sabios que los míos.

Y recuerdo verte feliz, más feliz que nunca,

más rápido que nunca,

casi casi volando,

casi casi bailando en círculos alrededor de nosotros.

Casi casi como un conjuro,

como un ejercicio mágico

como si te llevaras todo,

como si fueras capaz de absorber:

las maldiciones, los daños, las mentiras, los rencores.

Como si te lo llevaras todo,

como si pudieses salvarme,

como si fueses mi amuleto de la suerte,

un cuarzo de todos los colores.

 

Prefiero creerme que tenías una misión suicida

de esas llenas de honores y salvaciones

y no que un descuido,

una prisa asesina,

una desidia vecina,

te arrancó sin propósito.

Justo frente a mis ojos,

un primer sábado de mayo,

sin lluvias purificadoras,

 con un maldito sol de aliado,

con un grito amado que decía: Dios Mío

casi herético para algunos

porque los dolores debieran ser todos humanos

cuando no lo son no tienen mérito.

 

Y entendí la locura,

entendí las pasiones suicidas

y entendí lo gritos funerarios

y entendí la sombra de la muerte

enredada en la garganta.

Y peleé con Dios de nuevo,

que está harto de mis rabietas.

Y no supimos llorar juntos,

porque hay dolores que no pueden combinarse.

Y quería tirarme al agua,

quería comerme la tierra,

quería arrancarme el pelo.

 

Y todavía, amo mucho menos mi casa,

cierro un poco los ojos cada vez que la bordeo

y sé que algo debo de estar pagando

mi culpa católica es indomable

y mi tristeza inefable

una tristeza larga,

de esas que se muerden la cola

y me arrepiento de tantas cosas;

de minutos que llegué muy tarde

de precauciones que no se tomaron

de caminatas demasiado cortas

de regaños demasiado gritados

y ahora no me importan las sandalias rotas

ni los cables destrozados

ni los cientos de dólares invertidos

porque daría cualquier cosa por ver esos ojos de nuevo

por olerte otra vez la boca,

por cantarte nanas, por inventarte más versos,

no de estos versos horribles,

los poetas odiamos las elegías propias.

 

Porque llorar ya no es lo mismo,

cuando tú no bebes mi tristeza.

Y sí, me he vuelto cursi

y sí, canto mucho menos.

Y no, no quiero amar igual de fuerte,

no creo que pueda de todas formas,

no creo que deba, por órdenes médicas.

No hay pastillas felices, ni aspirinas,

ni placeres extáticos, ni melatonina,

que diluyan naturalmente la pena.

 

Me niego a soluciones químicas,

que me alivien el dolor,

me pregunto dónde se guarda el dolor

cuando se cubre de antidepresivos

dónde lo esconden y por cuánto tiempo

y qué pasa cuándo regresa

¿no será el dolor como los ríos?

que siempre vuelven a su cauce

y cuando menos uno lo espera

se rompe la represa

con toda la intensidad

que se ha ido acumulando.

 

Son 29 días, y he llorado 24.

Mi edad se multiplica,

se nota alrededor de mis ojos.

Le he perdido el miedo a tantas cosas.

Benedetti decía gracias a Dios que tengo la poesía,

me imagino que se refería

a que evita un poco la violencia,

la distrae, la disimula.

Yo he ido aprendiendo a distribuir mi rabia.

Intento usarla con sabiduría.

Estoy esperando a terminar mi cuota.

Es un conteo regresivo, como todo.

 

Seis meses de duelo dice mi loquera.

Algunos piensan que es sólo una acumulación de pruebas.

La gota que colmó la copa, que pudo haber sido cualquiera.

Pero no lo fue.

Es una tragedia.

Solita, independiente, poderosa.

Destructora, despiadada, agonizante.

Una tragedia de un sábado cualquiera.

Otra derrota para una temporada desastrosa.

Una tristeza que no quiero combatir.

Combatirla sería olvidarte.

Y olvidarte sería terminar de perderte.

 

 

 

domingo 12 de abril de 2009

pérdida

Tengo 24 años y es la primera vez en mi vida que tecleo mi edad llorando.  De vez en cuando me alivia cuando hago algo por primera vez porque para mí uno es joven mientras queden cosas que hacer por primera vez. Hace tres semanas obtuve un resultado positivo de embarazo por primera vez. Y hace tres semanas me hice tres pruebas más para estar segura.  Hace tres semanas lloré por primera vez porque iba a ser mamá y la idea me aterrorizaba.  Hace tres semanas le dije en una tarjeta al hombre que llevo amando por casi cinco años que íbamos a tener algo nuestro, algo no planificado, algo no buscado, pero nuestro y hace tres semanas le vi una felicidad en los ojos que nunca antes le había visto. Desde hace tres semanas mi papá sonríe como hace tiempo no le veía sonreir.  Yo tenía miedo, mucho miedo.  Miedo porque trabajo y estudio. Miedo porque la casa no es suficientemente grande. Miedo porque no sabía si la relación era suficientemente fuerte para aguantar algo así. Miedo porque no tenemos dinero. Miedo porque soy sagitario y el cambio me da mucho miedo. Nacería un 30 de noviembre de 2009, concebido y nacido el mismo año. Sagitario como yo.  Dejé de beber, me chupé una monga a lo macho, sin un sólo medicamento.
No se vió nada en el primer sonograma y me dijeron que podía ser una de tres: o me embaracé tarde y me enteré demasiado temprano (lo cual explicaría que el ritmo fuese totalmente inutil), que fuese ectópico (idea que cancelé desde el principio) o que fuese múltiple, intenté descartarlo pero tengo que confesar que era lo más compatible con mi suerte habitual.
Me sacaron sangre como cinco veces buscando proporciones de hormonas, hasta la vida es así de calculada. Esa hormona hcg, debe duplicarse cada 48 horas. En mi última visita el lunes pasado, me dijeron que había subido como se suponía.  Empecé a buscar nombres, a ver cunitas, a ordenar moviles de mariposas para poner en el techo, tenía sueño todo el tiempo y mi esposo le hablaba a mi ombligo por las noches. Llegaba más temprano y me miraba como si yo tuviese una constelación de estrellas por dentro. Hasta la sicóloga nos dio medio de alta cuando nos vio. Nos dijo que nos veiamos más relajados, más felices. Me dejé de preocupar por los viajes que no iba a dar,  me compré jabones de manteca de cacao, emepecé a tomar más agua y vitaminas, a tomar ácido fólico y a permitirme comer lo que se me viniese en gana. Decidí decírselo a mi jefe, aunque no me diera la permanencia nunca. Le dije a mi esposo que le hiciéramos una cuenta de ahorros tan pronto naciera para que no se le hiciera todo tan difícil como a nosotros. El me dijo que nos fueramos a un hotel antes de que la barriga estuviese dificil de manejar, que cenaramos rico, que sacaramos tiempo para nosotros.  Que cuando naciera nos iríamos a tatuar, como siempre habíamos dicho. De momento todo tenía sentido, todo parecía congruente, Dios tiene un sentido del humor negro pero no tan cruel como el mío; me dije. Como siempre me pasa cuando le doy el beneficio de la duda a alguien, me equivoqué.
Empezamos a recoger la casa, mi amiga de toda la vida vino a ayudarme a hacer un resaque de closet. Un jueves santo, día de limpieza en esta casa. Y comencé a sangrar. De poquito en poquito primero, nada muy alarmante. Aún así llamé al médico y me mandó a acostar. Y yo reza que reza, de poquito en poquito, tampoco muy alarmante aparentemente.  Y así estuve más de 38 horas, acostada, metiéndome progesterona cada 12 horas y a veces un poco antes, para ver si paraba de sangrar.  Y me empezó a doler, de montón en montón. El doctor ya me había dicho que el cuadro no pintaba bien, 50/50 de probabilidades.  Por eso no apuesto, si mi probabilidad es 50/50 es una pérdida segura. Y así fue.
Es irónico como al principio no podía pronunciar estoy embarazada y ahora lo otro ni siquiera lo puedo refrasear. El embarazo al menos lo decía de otras formas: vamos a ir 1.15 personas, buena suerte titi, vas a ser abuela, no puedo ir al viaje en diciembre porque voy a estar recien paría, mi cumple #25 estaré a punto de reventar, no puedo beber nada que no tenga 400mg de ácido fólico por volumen,  etc. etc, etc.
Y me da tanta pena, no conmigo que he tendido (perdonen mi lirismo) un año de pinga. Me da pena porque odio que me desilusionen y por encima de eso odio desilusionar. Y la gente que más desilusionada está, no se dan ni la oportunidad de echarse a llorar porque sienten que me tienen que cuidar. 
Los niveles de hcg bajaron. Selección natural dice el médico. Uno de cada cinco embarazos se pierde. Si mis chances son 1 de 5 también pierdo, recién me entero. Él doctor dice que aunque yo llore o pataletee, él celebra porque preño, porque sabemos que me embarazo. Que ahora si voy a seguir buscando . . .  pero es que yo no estaba buscando nada. Es que yo le busqué y le encontre una razón teológica a todo esto para entenderlo, aceptarlo, pero ya había pasado la etapa de aceptación y estaba en la puta etapa feliz que siempre es la más corta. Mi esposo, metió toda su felicidad recién convertida en tristeza y se la tragó, me metió a la ducha, me bañó y me secó el pelo sonriéndome y sin mediar palabra. A mí nunca me consuelan las desgracias ajenas y si lo uso para consolar a alguien es que no encontré otro recurso.
Es domingo de Pascua y no lo voy a decir en español para no ofender a mi abuela, creo que sólo se puede ser hereje en castellano castizo. I’m fucking pissed off at God.
A veces pienso (pero es uno de esos pensamientos que mi formación católica cancela por culposos) que no le puedes demostrar a la vida que te gusta mucho o valoras mucho algo, porque indudablemente te lo va a quitar… es una mala traducción porque realmente las herejías las pienso en inglés, me siento menos culpable en inglés.
“Don’t let life know that you really want something, because she will take it away from you, she’s a woman and a mother after all.” -Yo
 
Probablemente me está salvando de algo peor, de un niño enfermo, de un embarazo terrible, qué se yo, en el fondo lo sé pero necesito sentir rabia ahora, necesito tener coraje porque soy una inútil cuando estoy triste. Yo soy cruel, siempre lo he sido y la condición empeora mientras tecleo.  El doctor me explicó la selección natural. La selección natural es de mis principios favoritos, después de Murphy claro está. Pasa en las tortugas, en los perros y hasta en los elefantes. Pero yo nunca he escuchado de un elefante que mire cunas en forma de Arca de Noé, no he escuchado de una tortuga que llame a sus amigas a decirle que van a ser titis, no he escuchado que un delfín abrace más y mejor a su pareja porque está encinta y mira que yo leo información absurda.
Tengo una receta de unas pastillas antiprogesterona, para que ayuden al cuerpo a eliminar lo que formó. La cosita humana que empezó a formarse dentro de mí, que termine de diluirse.  Unas pastillas que la gente usa como método abortivo. Prefiero la selección natural y si me raspé una monga, con dolor en el cuerpo y en las coyunturas, sin casi poder respirar y con una tos infernal sin medicamentos para que ese cuasi bebé no le pasara nada. Me voy a chupar este dolor como Dios manda también porque en el fondo es un alivio.  He sentido tanto dolor emocional ultimamente y nunca sé bien donde lo siento. Decimos que nos duele el corazón, porque es lo que bombea sangre, el motor del cuerpo y como nos gusta pensar que el amor es el motor de la vida, ya está, analogía fácil.
A mí me duele el vientre, como si me lo estuviesen acuchillando, así que tal vez mi alma se mudó ahí hace 7 semanas.  Aunque mi bebé no se le llegase a formar el corazón. Tal vez lo tenía en forma de espiral, alejándose cada vez más del punto de partida. O tal vez como los elefantes tienen sus brújulas vitales con la forma del símbolo del infinito, regresan a donde nacen para morir.  Los médicos dicen que antes, las mujeres tenían abortos naturales a cada rato, lo adjudicaban a un atraso prolongado y luego un periodo abundante. Sostengo mi postura sobre la hermosura de la ignorancia.  El alivio que yo sentiría si fuese tan sólo eso un atraso de más de un mes y un periodo terrible. Pero nunca he tenido la suerte de no saber, siempre sé, sé de qué tamaño era, sé cuándo llegaba, sé cuántas semanas tenía, y hasta sé como mi vida pareció cambiar tan sólo por saber que se formaba en mí. Tal vez mi bebé era del tamaño de un guisante pero tendría corazón de elefante y murió donde mismo se formó. 

jueves 26 de marzo de 2009

arisca


Hay gente que tiene ciertas influencias en mí, que ni yo misma entiendo. Cuando esto me ha pasado el 98% de las ocasiones son hombres. No sé si se debe a que las cosas simples me bloquean, me aturden, me embrutecen. Si me pides el resultado de 8x7 inevitablemente en mi mente multiplico 7x7=49, entonces le sumo 7 y por fin llego al maldito 56 que nunca aparece como un reflejo en ningún lóbulo de mi cerebro.  Sin embargo si me planteas uno de esos “ problem solvings” larguísimos donde te preguntan, si Jaime es mayor que Juan 4 años y Pedro el menor que Jaime 2 años, y Marcos es menor que Juan pero mayor que Pedro por año y medio y la suma de todas las edades es 78, cuántos años tiene Juan??? Por algún misterio homeopático puedo resolverlo.

Pero hay ciertos seres que inutilizan mi inteligencia. Antes pensaba que era mi corazón, mi sentimentalismo que tenía un poder limitante sobre mi raciocinio. Sin embargo hoy tengo la certeza de que mi debilidad está en la piel. No sólo porque mi piel no produce suficiente melanina y me salen paños cuando tomo Sol, lo cual es siempre porque: #1 me encanta broncearme y #2 porque tengo la caprichosa alergia al bloqueador solar que me imposibilita protegerme sin sentir que estoy siendo frita o torturada con aceite caliente.

Mi piel me debilita porque soy felina. Tengo la necesidad esa innata de los gatos de ser tocados. Me restrego contra la gente. Sin embargo me cohibo muchísimo de andar repartiendo mimos por el mundo. Es más por lo regular me pongo arisca.  Cuando la gente me abraza no sé qué hacer, mi torpeza se ensalza y me salgo del intento de abrazo antes de tiempo, no sé moverme si tengo un brazo encima. Esto lo descubrí tarde, como casi todo en mi vida.  Así que cuando quiero a la gente, la pellizco, los aprieto, les halo el pelo, les muerdo un hombro, les hago llaves de lucha libre. La ternura me cuesta. Entonces cuando pongo en práctica toda la terapia mental que me doy para rescatar la femeneidad que debe estar sumergida bajo mi fuerza que a veces pienso que está hecha de testosterona y me lanzo a acariciar y no me responden; en vez de alejarme cabizbaja y con el rabo entre las patas, me desboco. Porque soy excesiva. Soy testaruda. Me creo invencible. Soy medio hombre y cuando me rechazan me creo que es una invitación. Cuando me ignoran lo tomo como un reto. Y apuesto a mí.

Y es que mi piel, como es mía, de tal palo tal astilla, siempre tiene hambre. Una tristeza profunda me cierra el estómago pero me abre la piel. Una amiga futura doctora me dijo, justo lo que necesitaba oir de la estudiante de medicina que nunca seré, el cuerpo es perfecto, la piel deja entrar y salir lo justo, lo necesario, lo que puede manejar. Mi piel padece de escasez. Mi piel es seca y si le pongo una cantidad mediana de una de esas cremas de olores imposibles, puedo ver cómo mi piel la devora, la desaparece, se la traga. Por eso no me duran los perfumes, ni los maquillajes, mi piel decide ser impermeable y a diferencia de las cremas a quienes mi piel se chupa, mi piel se vuelve resistente a los colores del maquillaje y al alcohol del perfume. Por eso si quiero que un perfume me dure, me tengo que comprar el dichoso kit de shower gel, body cream, splash  y perfume, porque si no, el aroma sencillamente rebota. Y no huelo a nada.

Mi piel sufre de escasez; casi no tengo lunares, los puedo contar con los dedos de una mano, casi no tengo pelo, mi piel es desértica. Entonces de ahí debe venir esa tendencia a traicionarme. En que a mi piel al igual que yo le falta orgullo y le sobra apetito. Mi árbol favorito es el sauce llorón, y lo que me afecta de él, porque todo lo que nos gusta es porque nos afecta de algún modo, no es su aparente tristeza, ni su nombre profundamente melancólico, es esa sed perpetua que el pobre tiene.  Por eso los sauces tienen que estar cerca de cuerpos de agua. Alguien me dijo una vez, (porque soñaba con tener algún día uno frente a la puerta de mi casa), que sus raíces destruyen las tuberías, si no tienen agua a su alcance, destruyen lo que está en medio para conseguirla.

Soy un signo de fuego, lo que podría explicar los designios erráticos de mi piel y comparto mi vida con un signo de tierra. Lo podemos ver de diferentes formas. Cuando hay fuertes incendios forestales los apagan con sacos de tierra. Pero por otro lado qué es un volcán sino un montón de tierra encubando otro montón de piedra derretida, caliente, fogosa. Un volcán con el que se puede vivir tranquilamente por años, cuidado si por décadas. Y el día menos pensado, sin ningún tipo de aviso metereológico explota y comparte su fuego con sus alrededores, se derrama, se libera. Le tengo terror a los volcanes. Será porque no los conozco o porque me parecen demasiado conocidos.

Hoy amanecí acuosa. Será porque es domingo y los detesto.  Relaciono el agua con la tristeza. El aire con la libertad. El fuego con las pasiones. La tierra con la permanencia.  Detesto el estado de reposo de los domingos. Lo infalible del lunes. El aire de despedida que tienen. La inercia esa que me corta la respiración. Por eso me gustan los jueves, su sabor a anticipación. El derecho que nos da a mí y a mi piel de sentir sed y complacernos. El aturdimiento con el que consigo ignorar las palizas emocionales, los ayunos de afecto y sólo recordar esa hambre mañanera que es lo que abre mis ojos en las mañanas. Hambre. Un hambre capaz de derrotar a la poca lógica que he podido ir reuniendo. Y es por eso que a través de mi vida, en diferentes temporadas alguien ha tenido el poder sobre mí, de imposibilitarme el detenerme, el parar, el analizar.  Y de pronto no importan las justificaciones, de pronto no importa si ya no me parezco a lo que quería ser, no importa si a cualquier amiga la reprendería por mi comportamiento, no importa. Porque es como el chocolate. No puedo decirle que no. Nunca parece ser suficiente. Nunca me empalago. Nunca me canso, nunca me hastío y lo peor y mejor de todo es que nunca me satisfago. No es casualidad que el verbo satisfacer sea de los peores para conjugar. El lenguaje, al menos el nuestro no es arbitrario, está lleno de causalidades y conexiones maravillosas. Satisfice, satisfago, satisfaré. Parece una burla. Y tan imposible es de conjugar como de realizar. Y mi piel por extensión no se satisface. Como cualquier compulsivo, como cualquier adicto, como cualquier dependiente de cualquier cosa, se le escapa el control. Y por eso mi piel es maquiavélica dentro de su condición. Predice, calcula, se autosuministra las dosis necesarias para engañar el metabolismo, se prepara para invernar, porque a eso hemos llegado. Y cuando mi piel no consigue lo que quiere, porque después de todo tengo buenos genes en cuanto a juventud y mi piel es una niña engreida, que pataletea y se deprime cuando no le dan lo que busca… y cuando mi piel se deprime nada más funciona. El resto de mis órganos van cayendo por efecto dominó, ni las clásicas causas hormonales son tan dañinas, y cuando yo me equivoco, o me excedo y termina mi piel sufriendo las consecuencias, porque la gente cuando te conoce sabe exactamente dónde dolerte. Y durante mi vida siempre me han disciplinado en esos términos, (estos seres extraños que me idiotizan) me castigan sin tocarme. No me afectan los gritos, ni las malas palabras, no me asustan las amenazas, ni los objetos voladores, no me conmueven las escenas. Pero esa tortura china del silencio, del silencio que se mete por mis oidos y entre mis piernas, me destroza los nervios.

Cuando viví en España en un momento dado estuve casi tres meses sin que me tocaran. Me fui a un salón de belleza con la excusa de ponerme regia para regresar. Una de esas estupideces colectivas de tener la obligación de llegar mejor de lo que uno se fue, al menos por fuera. Y la chica con el pelo de mil colores, con un recorte sólo comprensible en ese continente me llamó diciendo mi nombre de una forma en la que no le reconocí ni una sílaba y me sentó a lavarme el pelo. Hasta eso hacen diferente allá.  No me buscó conversación. No me dio ninguna instrucción ni le preocupó que se me mojara la blusa.  Me masajeó el cráneo sin exagerar por unos 15-20 minutos. Despacio, rápido, delicadamente, bruscamente, casi rascándome, casi acariciándome, a veces me hincaba, a veces me producía escalofríos, en momentos me sentía sumamente incómoda, en momentos me sentía sumamente feliz, alguien me tocaba y las lágrimas no dejaban de bajarme hasta el cuello. Algo bueno tenía que ella no se hubiese preocupado por no mojarme con la regadera.

En mi cerebro nunca hay silencio, ni siquiera cuando me esfuerzo. El silencio me parece un arma blanca, un bisturí quirúrgico.  Cuando mi piel parlanchina no puede ser solidaria con ese gallinero que está 24/7 dentro de mi cráneo mi sistema se desequilibra. Y empiezan a haber escapes de información y de cordura en todas las direcciones.  Dicen que la gente que se corta las venas lo hace para llamar la atención porque de hacerlo correctamente sería una muerte terriblemente lenta y dolorosa. Sin embargo aseguran que si uno se corta la vena carótida, tiene una muerte prácticamente instantánea sin mencionar que infalible. Creo que tengo venas carótidas ramificándose como las raíces de los sauces llorones, cuasi infinitas, despiadas, desesperadas y sedientas, buscando y multiplicándose exponencialmente por toda mi piel.