viernes, 15 de noviembre de 2013

Mudanza




Anoche dormí por primera vez en mi nueva casa. Mi octava casa en poco menos de 10 años. Para ponerlo en perspectiva, mis perros cumplirán 5 años en marzo y han vivido: en una casa en el medio de la nada en Carraízo, en un baño de la casa donde me críe, en el área del pasillo y la cocina de un piso en Villa Panty, en la mitad de un apartamento (casi estudio) en la Placita de Santurce, el cual cerqué absurdamente en el mismo medio como si fuese un gallinero, y en un balcón bastante grande en Miramar. Ayer jueves, puse su casita en el medio de una terraza inmensa y de primera intención no se atrevían a salir. Asomaban los hocicos incrédulos, como si tanto espacio tuviese que ser una trampa. El síndrome de José Arcadio amarrado al árbol, que una vez lo desamarran, la soga es lo de menos. Uno echa raíces, lo quiera o no.
Tengo unas plantitas en casa que de alguna extraña manera han sobrevivido, siguen creciendo, comiéndose su propia tierra. Los tiestos se les han quedado pequeñitos, como si requirieran más tierra, espacios más amplios, no sólo agua, cáscaras de huevo y borra de café. Dicen que si pones una plantita en una caja con un boquetito, crecerá en dirección a la luz, buscándola. Pero no sabía que había que cambiarlas de tiesto, que las raíces crecen, no sólo las ramas, y si se les queda pequeño el espacio se comen la tierra e inevitablemente la secan, se secan.


Habría entonces que devolverlas a la tierra, para que se estiren, se alimenten de lo que fueron y se propaguen. El recao no crece si no es en un tiesto largo me contaron, las semillitas vuelan a otros lados pero la planta se queda estéril, imposibilitada de ser generosa.
Estoy acostumbrada a las cosas temporales. Llevo un año con unas cortinas que no combinan que están ahí puramente para que no entre tanto la luz y para que mis vecinos no me vean sin ropa día tras día. Mi retrovisor fue accidentado hace 6 meses y ya va por la segunda tanda de cinta adhesiva. No he comprado un solo objeto de decoración, un juego de sábanas que me guste, una vajilla decente desde hace más de 7 años porque todo siempre me ha parecido transitorio, con fecha de expiración, temporal. Siempre han habido bolsas que he botado sin abrir después de meses, cajas que se han mudado de casa en casa sin ser nunca reabiertas. Es como si llevara acampando casi una década. Como si me hubiese puesto un pañuelo en la cabeza y me hubiese unido a los gitanos. Pero la realidad es que no ha sido así, no me volví nómada por convicción, mucho menos por rebeldía. Las tantas mudanzas se sienten más como huidas que como viajes. Me siento más fugitiva que viajera, más vagabunda que turista. 


Será que hace unos años me quedé sin raíces. Perdimos la casa donde crecimos o quizás nos la quitaron. Poco importa en realidad. La fuerza de los verbos no está en quien ejercita la acción, es más bien en quién recae, quien la recibe. Esa casa, como la conocíamos, ya no existe, le pusieron colores que nunca le hubiésemos puesto, unas puyas en la parte de arriba de la pared, para nosotros desapareció. La casa y sus alrededores, la casa y cualquier ruta que la cruce, ya no hay atajos que la incluyan, la borramos del mapa, de nuestro mapa. Así que no tengo toco palo. No tengo esa casa a donde regresar y estirarme y alimentarme de lo que fui. Mi hogar lo llevo conmigo, y lo voy regando en mis casas, en mis ex apartamentos, en los espacios en donde gocé y lloré, desempaqué, viví, empaqué y me fui.

Mi collar favorito lo compré en el Festival de Claridad del año pasado, es de metal y tiene tallado: “soy adicta al movimiento”. Quizás porque concibo el movimiento como baile, viaje, actividad, emoción. Si algo se mueve, en mi imaginario, es porque está vivo. Sin embargo el concepto de mudarme, a estas alturas del partido me causa pavor. La palabra mudarse viene de mutar, de cambiar, de moverse. Las serpientes mudan la piel, los pájaros las plumas y es como si se reconstruyeran, casi casi como si se rehicieran. El otro día leí que “El guaraguao dura 70 años. A los 40 muda su plumaje, uñas y vive 30 años más”. Quizás por vivir en una isla sin estaciones, el cambio se nos vuelve una cosa demasiado ajena. Celebro el mínimo cambio, los nuevos lunares que en realidad son pecas, celebro que las noches se pongan un poco más frescas, un poco más largas. Nací en noviembre por lo que amo el otoño, cómo cambian los colores de las hojas, cómo se desnudan las ramas poco a poco, la cuestión esta de la seducción.


Pero uno se va diluyendo en las mudanzas, va dejando rastros de quien uno es en cajas y papeles de periódico, en la cristalería que infaliblemente se desbaratará y en las cosas que desparecen, porque cada mudanza tiene su propio triángulo de las Bermudas y hay cosas que sencillamente se desvanecen cada vez que cambio de dirección. Y me da pánico pensar que estoy esparcida en 7 casas, que no sólo hay pares de pantallas que nunca recuperaré sino fragmentos de lo que pude haber sido.

Las mudanzas te dejan extenuado, vapuleado, adolorido y en lo personal me dejan derrotada. Es como si una vez más no hubiese logrado que funcionara. Porque mis casas se convierten en mis ex casas, ese ex que denota que está afuera, que está en el pasado, que se habla de algo que fue y sencillamente dejó de serlo. Y yo no soy amiga de mis exes. Cambio mis direcciones, mis estados de cuenta, mis tarjetas de crédito, transfiero el agua, transfiero la luz y cada vez que voy al dentista, al oftalmólogo, al ginecólogo y le tengo que decir que no, que esa ya no es mi dirección, que cambié de casa otra vez, me da un poco de vergüenza, como cuando estás intentando salvar vidas donando sangre y te hacen miles preguntas de tus antiguos compañeros sexuales para saber si tu sangre es transferible como las deudas de energía eléctrica y de acueductos y alcantarillados.

Mis mudanzas son evidencia fehaciente de mi inconstancia, son un registro de mis inestabilidades, un diario de mis inconsecuencias.
Es cierto que muchas de esas mudanzas están sujetas a cambios ajenos a mi voluntad, pero también es cierto que de alguna forma u otra he consentido. No he bajado el último update de mi celular porque me encantan los cambios pero los cambios que yo decido, no los que me imponen. Y me he mudado 7 veces en los últimos ocho años y estoy exhausta.

Mi octava casa está cerquita de la difunta casa de mi niñez. Mi octava casa tiene ventanas de guillotina como mi primer apartamento de soltera. Mi octava casa tiene una terraza inmensa para mis perritos. Le sobra la luz y tiene aire acondicionado. Tiene ice maker y calentador de línea. Esta casa no parece un refugio, no tiene ambiente de escala, no huele a limbo. Tiene un aire de permanencia, y eso me aterra. Asomo el hocico incrédula, presiento la trampa. Tendrá que ver con que la última vez que me permití echar raíces me arrancaron medio tronco. 


Pero en mi octava casa hay una luz que viene siguiéndome desde mi sexta casa, como quien no quiere la cosa. He intentado escabullirme pero ahora echo raíces aéreas, tipo mangle, de esas que se enredan y forman barreras para que nadie entre. Pero en ellas viven peces y moluscos de colores. Las raíces siempre se salen con la suya, aparentemente, la luz también.

 


 

viernes, 16 de agosto de 2013

Izquierdosa



Mi primer amor era el hijo de un amiga de mami, grande, fuerte, tosco. El nene me zarandeaba cada vez que me veía y a mí, a mí, pues, me encantaba. Luego en Kinder me enamoré de uno con novia, una novia colorá con pelo riso y ojos verdes que me hizo preguntarle a mi madre si la gente con ojos claros veía de otro color. Mami con mucha lógica y muy poca dulzura me contestó preguntándome: ¿tú ves marrón? Desde entonces siempre he desconfiado un poco de la gente cuyos ojos no sean lo suficientemente oscuros. Mi tercer amor fue un nene flaco, alto, ojeroso, con pestañas larguísimas, los ojos perpetuamente aguaos, boquetitos en los cachetes, asmático y zurdo. Dicen que a la tercera va la vencida.

El nene llegaba tarde todos los días y faltaba mucho. La maestra lo llevaba al palo porque todos sus trabajos estaban sucios. Un día me puse a mirarle la libreta de caligrafía y era cierto, las páginas tenían borrones, un mar de carbón por encima de los trazos. Yo terminaba las cosas a las millas, y me ponía a mirarlo. Me eslembaba viendo cómo el pobre se contorneaba en el pupitre para poder escribir. Volvía su torso un espiral, su cuerpo sencillamente no conseguía acomodo. Escribir para él era toda una proeza. En esas contemplaciones estaba cuando la maestra le pegó un grito, “mira la libreta, está asquerosa chico” y yo alcé la mano, “permiso misi, lo que pasa es que él escribe con la mano que no es y por eso le pasa la mano por encima a lo que acaba de escribir y se le ensucia todo, yo vi las páginas y estaban limpias”. La maestra me miró mal, me dijo que no me metiera en lo que no me importaba y así lo conquisté.

A veces lo cuento como mi primer amor, porque fue mi primera postal de San Valentín. Era una tarjetita de Tazmania y decía en su letra: “me gustas más que la lucha libre”. Más de una veintena de años después creo que ha sido una de las declaraciones de amor más honestas que he tenido el privilegio de recibir. Ese año mis papás separaron Felicilandia entero para celebrar mi cumpleaños. El día antes, la mamá del nene llamó a la mía y le dijo que no iba a poder ir porque estaba en el hospital con asma. Yo le dije a mis papás que cancelaran el cumpleaños, la fiestecita cuasi fiesta patronal no tenía sentido si él no iba. La yo de segundo grado era casi tan voluntariosa y dramática como la actual.
Desde ahí desarrollé un fetiche con los zurdos. Cuando alguien me dice que es zurdo, automáticamente sube en mi escala de estima a modo de express pass. A alguna gente le pasa con ciertos signos zodiacales, a otros cuando toman los mismos talleres de rediseño personal y otros tantos por ser de un partido o fanáticos de algún equipo de algún deporte en particular, pero a mí me pasa con los zurdos. Me enternece cómo se mueven, me embelesan sus manierismos, me fascina la forma en que interactúan con un mundo hecho por y para diestros.

Apenas un 13% de la población es zurda, lo que les da este aura de modelos limitados estilo boutique. Tengo un amigo doctor que me garantiza que los zurdos están mal cableados y que él, en lo personal, no sale con zurdas. También me hizo la salvedad de que en mi caso muy particular esta configuración errónea podría funcionarme, dadas mis circunstancias (queriendo decir que tengo un corto circuito por default). Esta gente no es que azarosamente usen una mano en vez de la otra, hay estudios que dicen que oyen mejor con el oído izquierdo, ven mejor con el ojo izquierdo y su visión espacial completa se dirige por la izquierda. Los zurdos, los pilotos, las azafatas y los fumadores (otra debilidad personal en rehabilitación) tienen una expectativa de vida 9 años menor que el resto de los mortales.

Una vez llamé a una persona con la que vivía y le pregunté, ¿para qué lado es que tú pones los ganchos de ropa? Me contestó preguntándome: ¿me estás preguntando que para qué lado es que van los ganchos? Le dije que no, que no había una forma correcta, que le estaba preguntando cuál era la suya y él me aseguró que él estaba correcto, el gancho va hacia la izquierda cuando la pieza de ropa está frente a ti, que si tenía dudas fuera a las tiendas y lo comprobara. Comprobé que él era derecho, por dentro y por fuera y que vivía en un mundo hecho a su favor.


Siempre he tenido, tuve y tengo la corazonada de que los zurdos tienen el corazón más grande que los derechos. Aunque mi sentido de ubicación espacial es paupérrimo, según lo que he leído, el corazón está situado en alguna región del tórax, entre los pulmones, encima del diafragma, separado de las vértebras, por delante del esófago y detrás del esternón. Básicamente es imposible de localizar para nosotros los no cirujanos cardiovasculares. Pero nos enseñan que está en el lado izquierdo o al menos ahí nos ponemos la mano derecha* para jurar. Quizás mi amor por los zurdos viene de una ecuación bien directa y clichosa de que usan más el lado del cuerpo donde se ubica el corazón. Tal vez es porque presiento que tienen una noción más amplia de sus alrededores. Presumo que como la necesidad es la madre de la invención, no han tenido más remedio que familiarizarse con formas y maneras distintas a las propias. Me parece que tienen una dosis más alta de empatía, una capacidad más profunda de solidaridad. 

 

La yo de ahora ama a un hombre más grande que ella. El presente me da trabajo pero vamos, amo a un hombre más grande que yo. Anatómicamente hablando, tiene que tener el corazón más grande que el mío. El tamaño promedio de un corazón dicen que es el del puño cerrado. Si él mide trece pulgadas y media más que yo, matemáticamente hablando mi hipótesis es requete probable. Médicamente hablando que un corazón se engrandezca es un peligro para la salud. Un corazón agrandado se puede deber a exceso de ejercicio y al tener que aclimatarse a las condiciones del organismo, como músculo solidario que es. El corazón es el dirigente del tráfico, por algo tendremos a un zurdo encaminando la vida por las venas.


Me he enamorado de un zurdo, reincidente al fin. He cedido el lado izquierdo de la cama y ahora mi cepillo de diente está siempre en el lado derecho del espejo. No importa la forma en la que cuelgue la ropa limpia, porque en un hogar ambidiestro, ninguna forma es la correcta. Pero por las mañanas ya tengo la greca lista y puesta en la hornilla, con el mango a la izquierda, por supuesto. Como como zurda, por lo que nuestros codos no chocan nunca. Atléticamente hablando los zurdos son considerados aventajados. Quizás tiene que ver con el factor sorpresa, con la falta de previsibilidad, con un sistema de moción totalmente distinto. Tal vez en el fondo es una cuestión evolutiva y en el futuro naceremos zurdos, sin apéndice, sin cordales y con menos dedos en los pies. A lo mejor estoy viciada pero siento la certeza de que los zurdos tocan distinto a la mayor parte de la humanidad. Quizá toda mi teoría es una simple excusa para justificar que amo a un corazón más diestro en amar que el de esta derecha perennemente izquierdosa.  

miércoles, 22 de mayo de 2013

#fail

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Llevaba exactamente 2 meses y 4 días esperando que pasara. Abrir mi Facebook y ver un despliegue de “Lcda.”, “Lcdo.”, “PASS” en los estatus de mis amigos, conocidos, añadidos, etc. También sabía lo que iba a poner yo de estatus: “PASS #puñeta”. El día antes habían comenzado los rumores de que los resultados ya estaban. Esa mañana sin embargo, no había pasado nada, bajé la guardia y le canté nanas a mi ansiedad convenciéndola de que la Junta Examinadora de Aspirantes al Ejercicio de la Abogacía y la Notaría (sí, la letanía era obligatoria) sería gubernamental, formal y enviaría el mensaje en horas cristianas y laborables. Sin embargo a eso de las cinco de la tarde del viernes, empezaron a bajar por mis pupilas el reguerete de agradecimientos cristianos, felicitaciones de colegas y licenciados y licenciadas. Con el corazón literalmente en la boca, que descubrí en ese instante que lo que implica es que los latidos se sienten tan fuertes en la tráquea, que dudas que el corazón bombee detrás de la caja torácica, tiene que estar ahí enganchado entre las amígdalas, impidiéndote tragar, imposibilitándote el mismo respirar. 

Abrí mi email, el de Hotmail, el más viejo y lleno de todos. Vi el tan esperado mensaje, remitente: Junta Examinadora del Tribunal Supremo (juntaexaminadora@noreply.ramajudicial.pr). El título del mensaje era menos dramático de lo que esperaba: “Notificación de Informe de Puntuación e Instrucciones”. Bajé la vista, scroll down, scroll down, no podía leer, oprimí enlaces, abrí ventanas, y no lograba llegar a mi perfil, no encontraba la puta puntuación. Encontré la “Lista de Personas que Aprobaron la Reválida General y Notarial.” Abrí la General, la importante, la que es cincuenta pesos más cara, la que sin ella la otra es mera decoración. Había una lista de seis números y cuatro letras. Once páginas llenas de seis números y cuatro letras. Regresé al correo intentando buscar cuál era mi número, aunque me lo sabía de memoria: 0113. Mi reválida fue el 13 de marzo de 2013 y mi asiento era el 0113. Me faltaban números, mi cerebro no me respondía. De pronto tuve la revelación de que esos seis números eran los últimos números de mi seguro social. Mi número de seguro social, que me lo enseñó a memorizar una monjita en la escuela superior, mi número de seguro social, que hasta ahora apenas me ha servido para llenar planillas e identificarme con mi banco cada vez que meten la pata, (cosa que pasa cada semana y media). Bajé la vista, seguí buscando mis números, no los últimos 4 como siempre, los últimos 6. Lo encontré en la sexta página de once páginas llenas de aspirantes y resultados. Ahí estaban, #19 de abajo pa’arriba, #31 de arriba pa’abajo, en un fondo gris y en fuente negrita, los 6 dígitos que representaban mi identidad justo al lado de un FAIL. Cuatro FAILS arriba y siete FAILS ABAJO. Y no sentí nada. 

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Seguí mirando los números y las letras como si tuviesen un mensaje oculto, como si fuese una imagen 3D de esas que al ponerte bizco se manifiestan ante tus ojos. Un compañero de trabajo entró a la oficina a hablarme de proyectos y cosas pendientes. Me quedé con la mirada absorta, con la boca entreabierta mientras él seguía hablando y yo no escuchaba nada, le veía la mandíbula moviéndose, sin subtítulos, sin “close caption for the hearing impaired”. Sin más lo interrumpí, le dije: “me colgué”. Él abrió los ojos, me dijo “no jodas”, se paró y me abrazó. Se disculpó porque odio que me abracen, en especial cuando estoy abrumada y me dijo que era lo único que podía hacer. Le dije que me tenía que ir, apagué la computadora, lo dejé todo a mitad y huí. 

Llamé a mi madre, por alguna razón sentía que la había traicionado por haberle contado a alguien antes que a ella de mi fracaso. Literalmente, “fail” se traduce en fracaso y fracaso significa según la Real Academia Española (tan honorable como la Junta misma) no obtener un resultado u obtener un resultado adverso, que terminan siendo la misma cosa. En mi casa mis perros se bebieron mis primeras lágrimas como siempre y mi novio fue lo suficientemente sabio como para sobarme la espalda y decir muy poco. Dio en el clavo, ¿cómo te sientes? Y ahí estaba, el verdadero resultado, no sabía cómo sentirme por una sencilla y arrogante razón: no sabía cómo se sentía el fracaso. Nunca había fracasado de una forma tan personal. 

Nunca terminé mi tesina para graduarme del Programa de Honor y 7 años después evito pasar por Estudios Hispánicos para no encontrarme con el profesor que me estaba ayudando a redactarla, sigo sintiendo que le debo algo, a él, no a mí. El año pasado recibí un email el 30 de noviembre, el sujeto del correo: “Ready to say good bye to the terrible 2’s and welcome the terrible 3’s?” Un “unfriendly reminder” del bebé que perdí hace 3 años, porque nunca me di de baja de la lista de correos de The Bump. Lo asumí como un fracaso del cuerpo, no mío, del cuerpo. Todavía tengo una hipoteca fallida en mi historial de crédito, que podría limpiar con mi sentencia de divorcio y sus estipulaciones, que tienen 3 años recién cumplidos también. Y como buena abogada sin licencia del fracaso de esa sociedad de bienes gananciales asumí mi mitad. Pero este fracaso es mío, completo, un fracaso de 4 años y casi una casa en préstamos estudiantiles. El Derecho y el matrimonio, de un pájaro mis dos alas chuecas. 

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La gente que fracasa poco pareciera deberle explicaciones al mundo cada vez que pasa. Entonces uno siente que decepciona, puedes oler la desilusión en la pregunta después de la pregunta: “¿tú? ¿de verdá?” Entonces lo peor es el miedo a la interrogante, al cantazo imprevisto, al cuestionamiento, a la mirada de pena, al consuelo reciclado de que casi nadie se gradúa en 4 años, mucho menos del Programa de Honor, que más de la mitad de las parejas se divorcian, que 1 de cada 4 embarazos se pierde, que la reválida sólo la pasa un 30%. Nunca me consuelan los por cientos. Nunca me alivian las pérdidas de otros, nunca me calma la violencia lejana, ni las comparaciones, ni las historias del primo, de la hermana, del político famoso que se superó. Odio el auto ayuda en todas sus formas declaradas. 

He pasado las 5 etapas de duelo en tiempo récord, apenas un wikén. El viernes dije que jamás me sometería a esa tortura otra vez. El sábado lloré de rabia pensando en los 3 meses de estudios, las 2,600 páginas de mamotretos leídas, las ojeras, los callos en los dedos, las donaciones a Office Depot y Office Max en copias y materiales. El domingo me pasé la manita en que sólo me tomé 2 semanas para estudiar full time y trabajé más de 40 horas el resto del tiempo. Pero soy intransigente conmigo, las excusas y las justificaciones no son aceptables entre las 17 mujeres que viven dentro de mí. El lunes me atreví a mirar mis puntuaciones y recordé que había botado todas mis notas y repasos, así de orgullosa y arrogante soy. Ayer decidí pedir copias certificadas de mis libretas de contestación para mirar mi fracaso a los ojos, escudriñarlo, entenderlo, llorarlo, dolerme, cantarme nanas, abofetearme si fuese preciso. Empezar quizás, sólo quizás, a asesinar árboles por una licencia que no sé si usaré. Pero, no quiero más áreas de mi alma máter que no quiera pisar, no quiero abrir mi correo electrónico con los ojos casi cerrados, como paseando en un campo minado, no quiero solicitar un trabajo o un préstamo y que aparezca una deuda que no es mía pero no he dejado de cargar. Quiero estar lista, para todas las preguntas impertinentes que sin duda llegarán muchas veces más, sonreír, dar pelo y decir: “Sí, me colgué. Y tú, ¿qué cuentas?” 

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jueves, 16 de agosto de 2012

de polvos y peces


He estado callada, pero por razones muy distintas a las habituales. Cuando nosotros éramos chiquitos, (y cuando digo nosotros me refiero a mi hermanito y a mí, y cuando digo mi hermanito me refiero a un hombre de casi 6 pies casado y con una hija) y estábamos callados, mi mamá se preocupaba. La recuerdo gritándonos con primer nombre, segundo nombre y dos apellidos, “¿qué hacen que no los escucho?”. Porque si después de la tormenta viene la calma, la pregunta lógica sería ¿qué viene después de la calma? Y el silencio de dos niños que estén despiertos sólo puede significar o la confabulación de algún plan maquiavélico o el intento de resolución de un desastre ya cometido. 

A veces concibo la vida como algo así, un niño que si está callado es porque se trae algo entre manos. Una niña que si está tranquila es porque algo hizo o algo está por hacer. Y la vida se ha portado tan bonito conmigo últimamente que mi reacción obvia y natural ha sido aterrorizarme. Pensar que me está pasando la manita para prepararme para el cantazo inminente. Como cuando a uno le ponían vacunas y te sobaban el cantito antes del puyazo y en mi caso mi pediatra salía dizque a comprar café y la asistente me decía que dizque tenía un chicle en una nalga y me lo limpiaba con alcohol y después dizque me picaba un mosquito y luego del pinchazo yo empezaba a llorar y entraba mi pediatra dizque de comprar café y perseguía a su asistente con un bate por “hacer llorar a la nena” y yo me reía del simulacro de violencia doméstica en venganza por lastimarme y así siempre he tenido una noción retorcida de la violencia y de que me pasen la manita en general. 

Tengo problemas con las entradas y las salidas, nací 10 días tarde y con fórceps, aprendí a caminar sin gatear, no quería ir a la escuela porque no sabía leer, sólo llegué a correr bicicleta quitándole una de las rueditas de atrás, por lo que soy una adulta que no sabe correr bicicleta y detesto con toda mi alma y su recipiente el refrán “eso es como correr bicicleta” porque si fuera por eso estaría bien jodida en esta vida (no que no lo esté). Lloré cuando me pusieron los braces, lloré cuando me los quitaron, soy esa persona que hace el ridículo empujando las puertas que se halan y halando las puertas que se empujan, por más grande que diga hale o empuje.

Y para ser honestos (y lo escribo con los ojos cerrados como cuando a alguien le van a arrancar la curita) estoy bien feliz. Y no sé escribir cosas felices y soy bien supersticiosa, y creo que todo lo salo, y confío en que mi mamá me saló al no ponerme una manita de azabache, y tengo una certeza torera de que si lo nombro lo cago, de que si lo cuento desaparece, que si abro los ojos todo se me escapa porque estoy soñando o peor aún que si me descuido y los cierro, todo se desvanece.

Y los jueves en vez de escribir me levanto a limpiar, porque me he enamorado de un pez al que le falta el aire. Y por primera vez me importan los polvos viejos que puedan vivir debajo de mi cama, me aterra la idea de que mi caos confabule con el asma y me ahogue la luz que lleva meses dentro de mi casa. Y así él va abriendo puertas y ventanas para que la luz y la música y la ciudad convivan con nosotros de jueves a domingo. Y así yo voy cerrándolo todo con un miedo terrible a que todo se escape, por lo mismo que antes se tapaban la boca al estornudar, para evitar que se le escape el alma a uno. Y llevo años hablando del amor como hablo de los peces como mascotas, plantas que cagan, piezas ornamentales que hay que alimentar. Pero la realidad es que de niña tuve un Betta, un pez suicida que se lanzaba de la pecera cada dos semanas y yo lo rescaté del piso varias veces, recuerdo la sensación viscosa del pez aún vivo en mis manos, recuerdo los segundos esos eternos de echarlo en la pecera con los ojos entrecerrados rogándole al Dios de los peces Betta que por favor lo rescatara otra vez y recuerdo el momento ese triunfal de verlo moverse como si no hubiese pasado ni un segundo sin poder respirar, pero también recuerdo con aún mayor vividez, (la nitidez perversa de la nostalgia le llamaba el Gabo), lo desgarrador que fue la única vez que lo eché en la pecera y se fue directo al fondo. 


Y llevo meses con la nevera llena, con la cama vestida, con las hornillas que prenden intermitentemente por primera vez en años. Llevo muchos jueves barriendo, pero muchos más viernes sin cenar sola, y he utilizado todas mis estrategias infalibles para espantar la luz que se me ha metido por debajo de las plantas de los pies y que me hace desenredarme el pelo al menos una vez cada dos semanas y nada ha funcionado. Todo pareciera indicar que mi pez no es un pez betta sino un pez león. Un pez de esos de picadura venenosa como las vacunas mismas, que previenen enfermedades y tienen efectos secundarios, un pez que pica y provoca fiebre y comportamientos extraños, un pez que desequilibra ecosistemas construidos por años de independencia intensa, años de sobrevivir peces bettas de los suicidas, meros de mandíbulas grandes que meten miedo, chillos comestibles y pargos carnívoros. 

Y estoy tan acostumbrada a tanto nadar pa’ morir en la orilla, a que todo se rompa, a tropezar con mis propios pies. A perder las cosas, a sacar copias y copias de mis llaves. A diariamente descubrirme moretones de origen desconocido. Encontrar que compro el mismo esmalte una y otra vez convencida de que es un color distinto al anterior. A dejar las plumas de la casa abiertas sin ninguna razón. Por eso quizás voy buscando la fisura, trazándole la ruta al futuro accidente, al nuevo moretón. Voy directo a mi colección de esmaltes convencida de que voy a leer de nuevo: Forget me not. (no como las flores azules, sino como la película de horror). No salgo de la casa sin cerrarlo todo, puertas, plumas y ventanas. 

Llevo meses pasándole yo la manita a la vida, cantándole turulete pa’que siga siendo esta nena buena que desconozco, “duerme, duerme negrita”, le hablo a la vida bajito, rezo susurrando, mientras miro a media madrugada a mi pez amado respirar, lo toco un poco para asegurarme que no se le sienta la piel viscosa, abro los ojos despacito, sorprendiéndome todas las veces de que el pez león existe, que el apartamento sigue lleno de luz y que en una casa sin polvos viejos, es mucho más facil respirar. 


sábado, 31 de diciembre de 2011

El silencio de los elefantes



Llevo muda 3 meses. Históricamente, desde que fundé, abrí, me inventé o pujé este blog en el 2008, es el año que menos he escrito. No he estado muda, muda, porque los que me conocen saben que el silencio no es una de mis aplicaciones. Usualmente me tengo miedo cuando estoy callada y los que han hecho el intento o el aguaje de quererme aprenden a tenerle terror a mis periodos mudos. Será porque el mar se calma justo antes de la tormenta. Y últimamente los piropos que me gano o que me regalan, todos tiene el factor común de desastre natural o fenómeno atmosférico. Y la vida me ha enseñado, a la mala como siempre, que no se sabe si por isleña, por mi ascendente en Cáncer, porque quizás sí soy hija de Yemayá, por mi padre pisciano, porque un cura me dijo que cuando dudara me le enfrentara, cuando estoy muda o a punto de desbordarme, me siento frente al mar. Soy una hoarder hasta emocional, todo lo acumulo, en el carro y en las costillas, todo lo almaceno, en los tobillos y en el apartamento, en particular las tristezas, porque a veces no tengo tiempo o ganas de bregar con ellas, como con las deudas, alguna gente que quiero, mis asignaciones de derecho y las despedidas, miro para el otro lado, las ignoro mientras puedo y luego el día menos pensado, no me caben, no cabemos, no quepo y me desbordo. Hay gente que colapsa ante el exceso, gente que se rompe en el caos, pero yo no, yo soy exceso y soy caos y cuando estoy a punto de derramarme me siento en la orilla del mar.



Mis llantos y mis silencios parecen funcionar como las mareas, se ven alterados por la cercanía y la atracción de la luna y el sol. Quizás he estado digiriendo demasiadas cosas, y quizás he tenido miedo de hablar demás como siempre y quizás este era un año para vivir y no para escribir. Pero he escrito, escribí una novela que me tomó un año y 10 meses de silencios y lágrimas y un parto el 11/11/2011 de 132 páginas. Y puse el punto final y me eché a llorar y llorando me delineé los ojos, y llorando abrí una cerveza, y llorando me puse un traje y llorando me pinté la trompa y llorando bajé en el ascensor y llorando me monté en el carro de un angelito y él me llevó a secarme las lágrimas a pura salsa. Y al otro día mi mamá literaria cuando le conté del lagrimeo involuntario, me dijo: “coño, ¿cómo no vas a llorar? ¡Si esto ha sido un parto larguísimo!” 22 meses de gestación, como los embarazos más largos, los de los elefantes.


Cuando perdí mi bebé hace ya casi 3 años, estuve a punto de tatuarme un elefante, la única razón por la que no lo hice, es que no quería que mi primera marca perpetuara lo que en ese entonces catalogué como una pérdida. Para la gente tan desorganizada y caótica como yo, poder clasificar las cosas que te pasan y que sientes, resulta en un gran alivio. Los elefantes son los animales terrestres más grandes que han sobrevivido la evolución. Un elefante al nacer pesa 120 kilogramos, mi peso ideal serían 120 libras. (aunque ya probablemente esté 11 libras por encima de eso) Lo curioso para mí es que sus cerebros son también magnánimos, o sea cerebros de once libras. La mayor parte de su cerebro es para la audición, el gusto y el movimiento y tienen orejas inmensas pero su gran función no es para oírte mejor como la “abuelita” de La Caperucita Roja, si no para poder enfriarles la sangre porque están llenitas de venas. Siempre he pensado que me hicieron llorona para salvarme y salvar a quienes me rodean. Soy rabiosa por naturaleza y tengo un carácter que debería pertenecer a un cuerpo que pesara toneladas, quizás un estómago también, pero en los momentos en que estoy siendo más dura, más grande, las lágrimas me ablandan, me cortan la furia, me sabotean la voz y me boicotean la crudeza. Quizás por eso mi fascinación con los elefantes nunca ha tenido que ver con su grandeza, ni tan siquiera con su permanencia como especie sobre la tierra, que pareciera que saben vivir mejor que el resto, como si fuesen más árboles que animales, sino que siempre me ha parecido que sus ojos encierran toda la nobleza y la tristeza del mundo. Dicen que el elefante más grande que existió pesó once mil kilos y murió el año que nació mi mamá. Los elefantes son de las pocas cosas que a mi madre y a mí nos gustan. A ella le gustan los perfumes de flores y frutas, a mí de especias y maderas. A ella le gustan los colores, a mí el blanco y el negro. A ella le gusta el chocolate suave, a mí el oscurísimo e intenso. A ella le gusta Sandro, a mí me hubiese gustado Camilo Sesto.


Los elefantes son lampiños como mi familia y se enfangan para que no los piquen los mosquitos. Dicen que son de los poquísimos animales que tienen la capacidad reconocerse ante un espejo, adoptan crías ajenas y le rinden duelos a sus muertos. Tienen un chorro de sonidos para expresar distintas cosas, casi casi un lenguaje. Sin embargo cuando pasan por algún lugar donde hay restos de elefantes, guardan silencio.


Mucha gente piensa que los elefantes tienen miedo a los ratones. En realidad, lo que ocurre es que los elefantes no ven muy bien, como tiene los ojos a los lados de sus cabezas y sus cabezas son tan enormes, no puedan distinguir con claridad cualquier cosa pequeña que se mueva delante de ellos. Su grandeza los traiciona, por eso no le gustan las sorpresas y se ponen nerviosos y hasta violentos ante movimientos bruscos.


Ha sido un año magnánimo, sobrecogedor, abrumador en muchas formas, más grande que grande, y quizás por eso he escrito tan poco. En el 2011 perdí a mi abuela, la perdí por completo aunque ya hacía mucho que el olvido me la había arrebatado, se me volvió tan sólo presencia, amor y energía, gané a mi sobrina, la niña de mis ojos, me enamoré de la salsa, viajé a Guadalajara y escuché gente diciendo y comprobando que se puede y se debe vivir de la palabra, mi maestra leyó mi manuscrito y me dijo que estaba orgullosa de mí, tengo un trabajo nuevo donde me pagan por pensar y escribir, la Escuela de Derecho no me ha causado una aneurisma, se atrevieron a quererme y yo me dejé querer, me detuve cuando fue necesario aún viviendo con la miope sensación de que nací sin frenos.


Me acerco a los 30 y la vida se siente tan nueva, tan distinta todos los días, tan clara y tan absurda, tan confusa y tan maravillosa. Pero me doy cuenta que ya cuando busco mi año de nacimiento en formularios de internet tengo que bajar mucho más que antes los números para encontrar el mío, que la vida se va haciendo tan cortita, mientras más grande uno se hace. Los elefantes no son tan longevos como otros animales que han sobrevivido la evolución, como las tortugas por ejemplo, no llegan a ser centenarios, no duran más de 90 años. La gente habla de "cementerios de elefantes", porque se encuentran restos de elefantes en una misma zona. La realidad es que antes de morir, los elefantes por instinto, buscan el agua, y por eso se van a morir cerquita de los otros.


Necesito un año lleno de agua, lleno de mar, lleno de viajes, lleno de palabras, lleno de amor, de auto reconocimiento, de silencios necesarios, de plantas de los pies adoloridas por tanta salsa, de ojos acuosos por tanta felicidad, quiero tener a mis elefantes cerca, andar con mi amada manada como siempre, quiero bañarme en el lodo pero siempre acompañada, quizás una trompa que besar, no quiero más restos de elefantes amados, quiero tener claro que no es mi culpa ser grande y cegata, y que está bien serlo, que no soy la única que odia las sorpresas que no sean viajes o taquillas de conciertos. Poder entender y aceptar que para nosotros los elefantes, 90 años son más que suficientes.