jueves, 28 de julio de 2016

El Día Que Me Venció El Olvido

Mi primera novela está disponible en Kindle, si no tienes un Kindle puedes bajar el app.

"El Día que me venció el Olvido cuenta a dos voces la historia de 3 mujeres de 3 generaciones distintas. El lector se siente dentro de la cabeza, desde los ojos y entre las piernas de una narradora que vive de prisa intentando escapar de la genética y las decisiones de su familia. La novela obliga a mirarse desde los ojos del Alzheimer, del desdén, de la indiferencia y desde la erotización del dolor. Una narración concisa, íntima, cotidiana, irreverente, humana y poderosa que produce cosquillas de las buenas y de las malas en el lector que observa a una abuela que olvida, una madre que ignora y una hija que intenta recolectar y juntar los pedazos antes de que el olvido los desaparezca..."

Cómprala aquí:





viernes, 15 de abril de 2016

O Mejor Oferta



Cada cierto tiempo vemos casas. No tenemos un ritmo o un ritual aparente. Un día cualquiera tomamos decisiones grandes, con la naturalidad con la que hacemos compra o decidimos irnos a beber a la Plaza de Santurce. Así nos mudamos juntos o él se mudó conmigo o yo tuve que mudarme y él me siguió… a veces pienso que vivimos juntos desde el primer junte, así que nuestros aniversarios nunca serán claros ni definitivos. Casi siempre el comienzo del cuento es que uno le envía a otro un clasificado, un “se vende”. La economía está jodida y por eso es el momento perfecto para comprar, dicen. Es el peor momento para vender, como en todo, que alguien pierda una casa que pagó casi toda la vida es un golpe de suerte esperanzador para otro que ahora puede comprar una casa en un área en la que jamás soñó vivir. Aunque ahora esté del lado de la esperanza no deja de darme tristeza. A veces nos enviamos casas de medio millón de pesos, por si nos pegamos, nos enviamos casas de playa por si nos sentimos valientes y lo dejamos todo un día y montamos un kiosco en pleno Rincón y vivimos felices para siempre en trajes de baño, bronceados, con la casa llena de arena y el corazón lleno de viento de mar.

Ir a ver una casa es como una cita a ciegas. Uno se viste bonito, pa’ que piensen (o te crean) que tienes el presupuesto y te cojan en serio. Él brilla la guagua porque ahí nos ven llegar. Yo dejo las plumas, las pulseras escandalosas, me pongo un trajecito, unas plataformas, unas dormilonas, la cartera bonita, los espejuelos caros.


A veces los realtors citan a más de uno, siempre me parece sospechoso, me levanta banderas, desconfío al instante, la otra pareja, la otra familia, se convierte en competencia de algo que uno ni siquiera sabe si quiere. Si alguien es doctor, ingeniero, licenciado o arquitecto tiene ya las de ganar. Si alguien tiene hijos le enseñan con más detalle la casa, enfatizan en las ventajas del espacio para que los nenes jueguen, si no tenemos hijos nos explican en qué cuarto los pondríamos, lo conveniente que es esa calle para aprender a correr bicicleta y verlos jugar.

Yo pido pocas cosas, he vivido en muchas casas. Necesito luz, ventanales, espacios abiertos, cocinas que no tienten la claustrofobia, que cocinar nunca se convierta en un acto de aislamiento sino todo lo contrario, en el centro de la fiesta, en la razón del parisón. Él quiere que la urbanización sea cerrada, que el patio sea amplio, que quepan 2 carros en el garaje, que no tenga que agacharse para entrar a los cuartos, que no tenga que bañarse jorobado, que las ventanas sean de seguridad.


A mí no me gustan las casas nuevas, desconfío de su estructura, de la prisa con que las construyen, me asusta ser de las primeras que compra en algo que quizás se convierta en una comunidad fantasma, en un pequeño pueblo desierto. Me enamoro de la amplitud de los espacios, me importan más los sitios de estar que los mismos cuartos. No me molesta para nada que las casas estén viejitas, maltratadas, que les haga falta cariño, me parece que son síntomas de que sobreviven, de que se las han visto, las han pasado, y lo han aguantado.


Entonces hay casas que se sienten oscuras, con una oscuridad que no tiene que ver con tragaluces ni con que no esté conectada la electricidad. Hay paredes que parece que encierran llantos, hay pasillos que se sienten tan cargados que pareciera que el techo está a punto de echarse a llorar.

Entonces al séptimo, al octavo intento, vamos a ver una casa, en una urbanización vieja de esas que me gustan, de esas que siento que podré correr por las mañanas y saludar a las abuelitas que no tengo en los balcones de otras casas. Y de pronto los techos son altos, y no podemos evitar mirarnos disimulando y de repente la luz entra por todos lados y nos sonreímos de lado a lado y nos deja de importar la extraña distribución de los espacios. Llego a un patio gigante y veo a mis perros correr, empiezo a rescatar más perros y por qué no, uno que otro gato porque tenemos espacio demás. Agrandamos el cuarto master, me construyo un baño nuevo en un par de años, hago la cocina a mi gusto, siempre supe que mis boards en Pinterest tendrían uso después de todo.

No puedo demostrar que me encanta la casa, porque él me mira y me susurra preguntando si de verdad me gusta, que si me veo ahí, que si la quiero, y me aterra que si le digo que sí, hace una oferta, sin contratar inspectores, sin pedir tasación, sin regatear el precio, sin tener un plan determinado, sin saber en lo que se está metiendo. Lo sé capaz, porque así lo hizo conmigo. No dijo que necesitaba ver más casas, no preguntó si alguien había muerto allí, ni cuanto tiempo llevaba desocupada, no solicitó alquiler con opción de compra, no investigó de dónde venían las manchas de mis paredes, ni la razón original de las grietas en mis techos. Ofreció por encima del precio original, sin averiguar sobre mis vicios ocultos, sin sospechar de las hipotecas ejecutadas entre mis costillas, sin saber que yo coleccionaba ruinas en mi construcción.

Luego de ver y fotografiar cada rincón de la dichosa casa idílica, nos vamos casi corriendo, huyéndole al enamoramiento, la cagadera que uno siente cuando te das cuenta de que el jevo te está gustando de verdad. Y callamos en el carro mirando los alrededores. Y en el próximo semáforo abrimos las bocas y pintamos la entrada rara de un color funky y antes de que cambie a verde, remplazamos todas las ventanas a ventanas de seguridad, y sin más, estamos guiando sin tener la radio prendida, sin destino, pasándonos de la salida, guindando hamacas en el patio, contratando a un amigo para que nos pinte un mural. Tuvimos que parar a darnos unas cervezas, porque se nos secó el galillo de tanto arreglo y remodelación. Le encontramos ventaja a que “los nenes” compartieran un baño, hicimos un área para beber vinitos y escuchar discos de vinil, calculamos que teníamos estacionamiento para más de 7 carros y hasta para la yola que siempre estamos por comprar. Yo accedí al perro grande y él me dejó llenar las paredes de cuadros de mujeres. Sembramos un huerto casero, hicimos una terraza de madera, pusimos cortinas, nos deshicimos de medio juego de cuarto porque no cabía.




Y así fuimos a nuestra segunda cita, como uno va a encontrarse con el jevo por segunda vez, blindado. Con las antenas prendidas, con los consejos de los viejos, de los amigos, del contratista. Y encontramos manchas de humedad en los pisos. Y la distribución del espacio se nos hizo raro. Y nos dimos cuenta de que habían 3 tipos distintos de ventanas. Y el baño se nos hizo demasiado pequeño para compartirlo por los próximos 30 años. Y nos cuestionamos si valía la pena meterle tanto esfuerzo, tanto sudor, a una estructura de más de 3 décadas. Y nos fijamos en que no había suficiente espacio de almacenaje. Que no había explicación para tener un contador en el medio de la sala, que quizás todo ese espacio, ese pedazo favorito de nuestro futuro nidito fue una adición sin planificación del antiguo dueño. Que a lo mejor agrandar el master, hacer un baño nuevo, hacer la cocina a mi gusto terminaba costando más de lo que queríamos o podíamos gastar. Que el comején de las ventanas no era de los comunes, era de los peores. Que no sabíamos el trato que le habían dado a esa casa vieja. Así que desmonté las cunas de los niños que no tuve, enrollé el mural que no pintamos y me llevé la yola que nunca navegamos. Y nos montamos en carros distintos en silencio, sabiendo que quizás de aquí a unos años nos reiríamos de esta cita a ciegas, de cómo creímos que nos enamoramos, de como jurábamos que quizás, quizás esa casa nos hubiera dado “un vino de amor al tiempo”.


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martes, 22 de septiembre de 2015

A cuenta gotas






Mi abuela era supersticiosa, más católica que las monjas y supersticiosa. Creo que aparte de nuestro amor por los perros es en lo único en lo que nos parecemos. No han habido misas, rosarios, clases de cocina, ni de costura, que cierren el resto de ese abismo. No pongo mis carteras en el piso porque se me van los chavos, si se me derrama la sal echo por encima del hombro izquierdo con la mano derecha puñaditos de sal tres veces para que le caiga al diablo, me pongo histérica cuando abren una sombrilla en un sitio con techo y no hay Dios que me haga pasar por debajo de una escalera.

Todos mis cumpleaños, mi abuela ponía un vaso lleno de agua al revés sobre un plato para detener la lluvia. Yo llevo haciéndolo desde que tengo uso de razón. Si me voy de fin de semana, tan pronto llego al hotel lo hago, si quiero ir a la playa viro el vaso, el Día Nacional de la Salsa se viran vasos en mi casa sin excepción. Tengo amigos que me llaman y me piden que lo haga. Los más incrédulos han visto los cielos despejarse en menos de una hora después del viraje milagroso. He tenido peleas legendarias con gente que se ha atrevido a tocar el vaso y derramar el agua. Sin embargo, en este eterno verano seco, nunca supe qué hacer. No tengo un conjuro para la falta de lluvia, no tengo un antídoto para este tipo de escasez.



Hace ya más de tres meses, un martes para ser exactos, mi concubino me llamó a decirme que se iba temprano de la oficina, que el racionamiento empezaba en dos días, que era inminente, que teníamos que prepararnos, que él se iba para Mayagüez al otro día y no me iba a dejar a mí ese tostón. Yo pillé una risa burlona entre mis labios mientras al otro lado del teléfono se escuchaba un “te importa un carajo, ¿verdad?”. Tenía razón. El racionamiento me parecía ese por ahí viene el lobo por ahí viene el lobo que nunca llega. Pensaba que la sequía funcionaba como los huracanes que se acercan y se acercan y luego viran a última hora y destruyen alguna otra isla que probablemente ya derrumbaron la última vez. Llegué a una casa con un zafacón inmenso repleto de agua, galones y galones desperdigados en el comedor, botellitas junto al fregadero, cubos al lado de los inodoros, lavadora llena, bañeras llenas. La casa se había vuelto un almacén de humedad, una locura de plástico y mililitros. Dos días después, tal como prometían los periódicos y las redes sociales, dejó de salir agua por mis grifos.


Me preguntaron que qué yo hubiese hecho, que cómo yo hubiese sobrevivido. Probablemente hubiese intentado comprar agua embotellada cuando ya se hubiese acabado, seguramente me hubiese bañado en casa de mis papás mientras les durase, o en la oficina, o en el gimnasio, o en el mismo mar, no sé. La cosa es tengo una relación enfermiza, reincidente y de amor y odio con Cupey. Me crié en Cupey, me fui a España, regresé a Cupey, me casé, me mudé al mismo Cupey, me divorcié, volví al Cupey de mis padres, me mudé a Río Piedras, luego a Santurce, luego a Miramar y adivinen dónde vivo en feliz concubinato, obvio que en Cupey. Cuna de próceres tales como Tito Trinidad, no me lo invento, hay literalmente un rótulo verde que lo dice y del que me reído por los últimos 15 años a lo menos. Uno siempre vuelve, o por lo menos yo siempre vuelvo a los viejos sitios en los que haya amado o no la vida. Cupey estuvo en racionamiento desde el día 1. Pasamos por todos los planes, un día sí y un día no, un día sí y dos no, un día sí y tres no. Hubo un momento en que perdimos la cuenta y hasta nos bañamos con galones el día en que teníamos agua.



Tengo una cosa con el agua, siempre la he tenido. Tengo otra cosa con la escasez, siempre la he tenido. Me lo han dicho videntes, astrólogos, naturópatas que leen el iris del ojo, sicólogos y siquiatras. Y con esta sequía esas dos cosas se han mezclado de la peor y la mejor manera. Soy una nueva persona. Lo confieso. Yo me lavaba el pelo dos veces al día, dejaba correr el agua  mientras me desenredaba los nudos de la maranta, dejaba correr el agua mientras fregaba, mientras me lavaba los dientes, a veces hasta mientras me ponía los lentes, sin ningún sentido. A veces sencillamente se me olvidaba cerrar las plumas y me lo recordaban los ladridos mojados de mis perros o el ruido de cascada desde la cocina. Esta sequía me ha cambiado, tanto como te cambia un viaje al otro lado del mundo, o a Cuba que está justo en la esquina. Me propuse no maldecir desde el principio. Mientras me bañaba con galones me obligué a pensar en gente que nunca ha experimentado el placer del chorro de agua potable desde una ducha. Más allá, pensé en la imagen ya clichosa pero no por eso menos cierta de niños tomando agua turbia directamente de los charcos. Somos una isla bendecida dicen. Que me perdonen los puristas, pero esa afirmación hace que se me retuerza la fe. El hecho de que lo peor que nos pueda pasar sea tener agua 2 veces a la semana, me aterra. ¿Cuáles serán los criterios para conceder ciertas bendiciones a ciertas áreas geográficas? ¿Se habrán llegado a acuerdos? ¿Se habrán llenado solicitudes? ¿Se habrán establecido métodos de pago? ¿Habrán fechas de expiración que desconocemos? ¿Se nos acabará el pan de piquito otro martes cualquiera?

Una vez tuve un profesor de escrituras sagradas del medio oriente, recuerdo mi decepción cuando vi que era un cura jesuita, más que nada porque presumí su falta total de objetividad en el tema, sin embargo, aquel sacerdote me dijo unas palabras que son el mantra de todas mis creencias: “si me quitan mis dudas, me quitan mi fe”. En el momento en el que dejas de preguntarte, dejas de estar en el presente, dejas de existir.


En la sequía del noventa y pico, mi abuela nos calentaba calderos de agua y las mezclaba con el agua fría para que no nos congeláramos. Decía mientras nos bañaba, que había que dar gracias porque teníamos agua almacenada, porque teníamos gas para prender la estufa y poder entibiar el agua para bañarnos. En aquel entonces no tenía idea de la suerte que tenía de tener a mi abuela, punto. Esta sequía ha sido como un retiro espiritual, de esos que te hacen llorar a propósito y darte cuenta de que no eres tan buena persona después de todo, y para los que vivimos en pareja ha sido como un boot camp matrimonial, se pasa más trabajo, se gasta más dinero y uno no puede meterse bajo el chorro cuando está de mal humor. Mi compañero me calienta los galones de agua plásticos en el microondas y se asegura de reponer el agua que usamos. Cuando me voy a bañar, ya tengo galones tibios en el segundo piso. Obviamente con mi típica suerte, en medio de esta sequía me he lastimado rodillas, hombros, brazos y en muchas ocasiones, ha sido él quien me ha bañado con agua tibia, como hacía mi abuela. En el mismo medio de la sequía, para apaciguar mi pánico a la escasez, mi desconfianza en la humanidad en general, en décadas distintas, con tecnologías diferentes, alguien me ha amado lo suficiente como para almacenar agua, calentarla y dejármela correr, aunque sea justo la necesaria.

Perdonen la cursilería, el optimismo y el cliché bonito, pero ayer me quitaron el racionamiento y hasta nuevo aviso me permito sentirme bendecida.


viernes, 13 de febrero de 2015

Viernes 13




Un compañero de trabajo, militar retirado, me enseñó hace más de una década, medio en serio, medio en broma, que el miedo es lo que mantiene al mundo en sitio. Las relaciones son relaciones de poder y el poder y el miedo son aliados. Los miedos, como las manías, te dicen todo de la gente. Un hombre en un lugar oscuro, le da miedo que lo roben, que lo maten, una mujer en un lugar oscuro, le da miedo que la violen, que la maten, muchas veces en ese orden. Los miedos responden a construcciones culturales, a lecciones de vida, a herencias familiares, a situaciones históricas o anecdóticas, a experiencias terribles, a cuentos creídos y a mecánicas de supervivencia codificadas en nuestros ADNs.

Hace no tanto me fui de viaje, un viaje largo, exótico y lejano y medio. Me fui a un sitio prácticamente desconocido por completo para mí, para mi compañero de viaje y para prácticamente todo el que respondía con ojos grandes, cabeza echada para atrás, ceño fruncido y un “¿Turquía???” preñado de incredulidad, de prejuicios, de desconocimiento, de ignorancia y por supuesto, de miedo.

Todos los años nos parecen duros, cortos, crueles, llenos de muertes, de escasez y siempre estamos locos de que se acaben y nos prometemos que el próximo será el nuestro y cambiará nuestras vidas para siempre. En el 2014 hubo Chikungunya, hubo Ébola, hubo Siria, hubo guerra, entre otras cosas terribles. Todo lo que sentimos cercano, nos da la facilidad de relacionarnos y esto suele movernos el suelo como si acabase de ser descubierto o pasase por primera vez. Mientras las cosas permanezcan lejanas, no palpables, mientras no conozcamos a alguien que conozca a alguien que las sufra, es como si no tuviésemos manera de relacionarnos o preocuparnos o sentirnos vulnerables a ellas. Así que meses antes del viaje nos pasamos pendientes al conflicto en Siria, vivimos con repelente de mosquitos, con los brazaletes que seguimos comprando aunque nos aseguraban que no funcionaban, vivimos con las ventanas cerradas, prendiendo el aire más temprano, pagando aún más de luz eléctrica cada vez.
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Días antes de irnos, a pesar de que logramos esquivar el amenazante Aedes aegypti, mi compañero se contagió de un virus peor. Comenzó con una ansiedad leve, con preguntas esporádicas sobre la situación política de nuestro destino, nuestro destino fronterizo a Irán y a Siria. A esto le siguió una búsqueda de artículos sobre todos los peligros que nos esperaban al otro lado del mundo a donde nos dirigíamos voluntariamente y gastando nuestros ahorros. Un sitio donde no se nos había perdido nada (en palabras de mi madre) a encontrar posible y probablemente un secuestro, un bombazo, o la muerte misma (según avanzaban sus averiguaciones). Recordemos que una boricua murió en Turquía, por lo que se cumple el principio de cercanía suficiente. El miedo había entrado a nuestra casa, a nuestra relación, y lo peor de todo (en mi egoísta y viajero cerebro), amenazaba mi viaje, ¡y hasta ahí!



Mis miedos suelo tenerlos bastante identificados y controlados, casi casi rotulados y archivados por orden alfabético. Los miedos, en principio, son buenos, son reflejos de la vida, de la capacidad de adaptación, un principio básico de la supervivencia. Sentimos miedo cuando percibimos que se nos acerca un peligro (real, imaginario, pasado, presente, futuro, remoto), es un instinto animal y a la vez una de las emociones más humanas existentes. En mi librito lo último que se pierde es el miedo, no la fe.

En nuestra casa, los síntomas del miedo fueron irritabilidad, resentimiento, procrastinación de las tareas relacionadas al viaje, un veto al tema de la inminente partida y discusiones sobrias y ebrias al respecto. En el periodo de incubación se me acusó de ser tan “fearless”, tan “reckless”… Nunca me he considerado audaz, ni intrépida, mucho menos temeraria. Pero esa clasificación de “sin miedo”, de “libre de miedos” se me ha quedado rebotando desde entonces.

¿Le tengo miedo a los aviones? No. ¿Le tengo miedo a lo desconocido? No. ¿Le temo a ir a un país donde no hablen mi idioma? No. ¿Me da miedo la cultura musulmana? No. ¿Le tengo miedo a la comida de otros lugares? No. ¿Le tengo miedo al ébola? No.

Tengo miedo específicos, casi siempre puedo trazarlos a alguna raíz muy particular. Claro que tengo miedos irracionales, tengo pesadillas con que se me meta un lagartijo en el pelo y lo mate tratando de sacarlo. Le tengo pánico a que un murciélago se me enrede en la maranta. Le tengo miedo a que me asalten con una jeringuilla, a que intenten sacarme sangre y no salga ni una gota. Le tengo miedo a las palomas, a la mierda de palomas, en realidad. Vivo aterrorizada de que me dé Alzheimer y se me olvide los nombres y las caras de la gente que amo con pasión. Me da miedo quedarme sola, me da miedo tener hijos, me da miedo que el miedo haga que se me haga demasiado tarde para tener hijos si decido hacerlo, me da pánico que mi cuerpo no sea capaz de tenerlos, me da terror tenerlos y enterarme tardíamente que soy soberanamente inepta como mamá.

No me da miedo mi muerte, pero le tengo miedo a la muerte de mis padres. Me da miedo que mi hermano cometa un terror terrible de esos que ni familiares, ni conocidos, ni préstamos, logren solucionar. Me da pánico que le pase algo, cualquier cosa a Valeria. Me da terror que Iván crezca y me olvide. Le temo a que no me sea suficiente la longevidad de mis perros. Me da miedo morirme sin ver lugares que quiero ver, sin vivir cosas que quiero vivir. Me da terror no publicar un libro nunca. Tengo miedo a arrepentirme, a no vivir suficiente, a morirme con un “what if” en la médula de mis huesos. Me da miedo no pasar nunca la reválida, y más miedo aún no volverlo a intentar. Y sí, confieso que me da miedo también caminar, sola o acompañada por una calle oscura, en Istanbul o en Santurce, en Ankara o en Río Piedras, en Cappadocia o en Cupey. Me daba miedo antes y me da miedo después de que alguien atropellara a alguien que no conozco pero con quien tengo 56 amigos en común según Facebook, suficientemente cerca otra vez.

Le tengo miedo al cáncer, un miedo latente, real, mordaz y punzante. Un terror que cada cierto tiempo se aparece y me sonríe. Un miedo que me susurra al oído que esas pruebas de rutina siempre tienen la posibilidad de cagarme la vida para siempre. Un miedo que se me revuelca cuando una mujer con un año más que yo y 3 hijos se muere, luego de verla decir que sabe que Dios la va a salvar. Un miedo que me recuerda que hace seis años me dibujaron una escalerita del cáncer y me lo enseñaron a dos escalones de donde yo estaba. Un pánico que me hizo decir corta, saca, congela lo que sea porque no creo en la observación, no creo en la espera, no creo en salvarme con rezos. Creo en la violencia. Creo en exterminar el miedo del cuerpo y del alma sin ningún tipo de piedad. El miedo hay que matarlo, sacarlo de raíz, quemarlo con frío o con calor, no con oraciones ni con velas, hay que matarlo con radiación, con quimio, con una visita al año. El miedo se combate de frente y mirándolo a los ojos. El miedo se combate acostándote aterrada en una burra y sintiéndote el ser humano más miserable del mundo con una bata de papel rajada en el pecho. El miedo se combate con el miedo frío que te entra cuando el médico te dice que te bajes más, que te bajes más, y que te espatarres frente a una lupa gigante y una lámpara de luz blanca, mientras un hombre con mascarilla te trastea las vísceras y te saca un cantito de tus entrañas para mandarlo a examinar y esperar 2 semanas a que te llamen si sale algo mal. Porque nunca llaman a decirte que todo está bien. Y mientras tanto una se caga del miedo, la vida se paraliza y las próximas semanas van en una cámara lenta que tortura y enloquece.

Porque el miedo no tiene que ver con otra gente, el miedo tiene que ver con uno. Y si le huyes, te encuentra. Atrás, de frente, porque lo llevas contigo, es parte de ti. No se queda atrás con mudanzas, ni cambios de imagen, se agudiza con el tiempo, se activa con la lluvia, como el barrunto. Caminas en un campo minado sin zapatos ni rotulación. Se camufla con la felicidad y te coge desprevenido.



Mi miedo al cáncer está encriptado en mi sangre, en mi familia le da cáncer hasta a los perros. Mi tía se murió a los 33 años. 3 años más que yo, y yo no me quiero morir de cáncer carajo. Me pregunto cómo sería vivir antes de que eso fuera una posibilidad. Cómo será vivir de verdad sin miedo. No tengo la más remota idea pero haré todo lo posible para alcanzarlo, seguiré yendo a sitios donde no se me ha perdido nada como vacuna, continuaré mirando a los ojos al lagartijo que me espera a diario en las escaleras de mi casa como medida preventiva, miraré a ambos lados cuando cruzo la calle y me aseguraré de tener el espray de pimienta listo. Le llevaré ventaja a mis genes, haciendo sudokus en las noches, arrastraré a mi compañero a amarnos en países fronterizos al conflicto, seguiré religiosamente humillándome en una burra, y de vez en cuando, por qué no, rezaré, cruzaré los dedos y prenderé una que otra vela.