domingo, 11 de mayo de 2014

Sin turulete

Mi cuerpo es un tipo bien organizado y maquiavélico. Soy despistada en general, no porque no recuerde las fechas importantes, sino porque usualmente no sé en qué día estoy viviendo. Sin embargo mi cuerpo tiene un sistema infalible para recordar. Los magos nunca revelan sus secretos, así que no tengo la más mínima idea de cómo lo logra. Su especialidad son las fechas tristes, los aniversarios de partidas, lo que hubiesen sido cumpleaños, las celebraciones que ya están inevitablemente rotas por los siglos de los siglos, amén.

Extrañar nunca se me ha dado bien. He podido formular una manera romántica de hacerlo, pero en términos prácticos el extrañar no me sale natural. Lo tengo que trabajar, maquinear, numerar, recordarme que se supone que me sienta de esa manera, hacer una lista mental de lo que falta y ¡zas!, extraño. A mis 4 años, despedí a mis papás el primer día del colegio con la mano y sin mirar atrás, como si fuese nada. Quizás tiene que ver con que fui a muchos funerales de chiquita y católica al fin, a muchas misas, rosarios, novenarios y letanías.

Mi abuela organizaba los rosarios en su casa. Se encargaba de todo, los invitados, el chocolate caliente, el queso de papa, las galletas danesas en su lata siempre azul, café con media, flores del patio, velas al santo, casa limpia, recordatorios por teléfono en tiempos en los que el teléfono era de rosca y había que marcar número a número para que a nadie se le olvidara ir a rezar. Mi abuela siempre fue buena para los nacimientos y las muertes. Adivinaba el sexo del bebé por la forma de la panza, te aseguraba si venía hermanito o hermanita de acuerdo a la localización del remolino en la cabeza del primogénito. Las muertes las manejaba con clase y naturalidad. Nunca la vi perder la compostura ni guindarse de la caja de un muerto a llorar. Lo de mi abuela nunca fueron los excesos. Mi abuela era literalmente toda una dama, directamente del Barrio Venezuela y podía dar clases de etiqueta a cualquier duquesa. Extraño a mi abuela. No solo cuando la gente se muere y los creman sin anuncio y sin llantos. La extraño a diario.




Así como pienso en la voz de Dios como la de Morgan Freeman, pienso en la voz de mi abuela como la parte recta de mi conciencia. Cuando niña la escuchaba diciéndome que si me tragaba las pepitas de las parchas, me crecería un árbol en el ombligo. De adolescente la escuchaba diciéndome que si dejaba que me tocaran la rodilla, dejaba que me tocaban todo lo demás, de adulta la escucho regañándome cuando me robo bolígrafos de restaurantes, cuando bebo de más, me parece escucharla diciéndome que salí a mi abuelo o si intento decir una mentira, la oigo, que no hay mentiras blancas, todas son mentiras y ya.

Usualmente cuando más la extraño, amanezco con un antojo terrible de desayunar cremas. Así que si tengo la fortuna de que sea un sábado, pongo bien bajito a hervir la leche, echo la harina que tenga a la mano, cáscara de limón, clavitos, raja de canela y azúcar y lloro mientras espero a que se cueza. Mi abuela decía que si mirabas mucho lo que estabas cocinando, no se hacía, se pasmaba el hervor, la carne no ablanda, el tenedor no traspasa la papa, la crema se tarda una eternidad. Así que lo hago a propósito, para que la farina me deje llorarla un poco más.

Siempre he intentado entender los más grandes fenómenos emocionales y existenciales desde los cuerpos. El amor mismo, su franca decadencia, su inevitable deterioro, si el amor está compuesto de dos personas de cuerpos degenerativos, pues no podría ser de otra forma. Para ciertas cosas me gusta lo concreto. Por eso siempre he detestado la física y la geometría. No puedo asociarlos a ningún tipo de cotidianidad.

Mi abuela era buena con la mente y con las manos. Sumaba al chavo la compra sin mediar calculadora. No era muy cariñosa, recuerdo restregarme en su falda como un gato para que me acariciara. Sin embargo, me cosía trajes para mí y mis muñecas, me cantaba turulete, me mecía en el sillón, me sacaba los piojos, me compró mi cama de Xuxa, me cocinaba lo que yo quisiera. Su amor era menos físico, sin dramas ni complicaciones, era sencillo, contundentemente práctico y mucho más concreto.


Mi abuela sobrevivió un cáncer, pero el Alzheimer se enamoró de ella, de sus manos que cosían y cocían, de la dulzura de su voz, de cómo cualquier planta se le daba, de su patio siempre prendido, de cómo dibujaba como si retratara con las manos, de cómo se persignaba cuando yo decía barbaridades, de cómo con 4 cosas cocinaba un manjar.

Cuando mi abuela empezó a olvidar, a cruzar nombres, a cocinar lo no comestible, a mentar muertos como vivos y vivos como muertos, cuando comenzó a sospechar que le robábamos, cuando pensaba que le mentíamos y nos rogaba a gritos que la devolviéramos a casa de su mamá, ahí fue que entendí el concepto de extrañar. Cuando mi abuela se enfermó, cuando su mente empezó a diluirse, ahí fue cuando realmente conocí a mi mamá. Entendí de qué mi madre estaba hecha, cómo es que amamos las Pérez. Las citas al neurólogo, las pastillas a las horas exactas, el intentar formarle conversación, el repetir las cosas en exactamente el mismo tono y con el mismo amor, las múltiples notas escritas por toda la casa, la paciencia, el no llevarle la contraria, el sacarla de la casa, darle una vuelta y devolverla a ver en cuál de las vueltas se acordaba de que esa era su casa desde el principio.

Voy a cumplir 30 años y nada es como pensé que sería. Hay algo con la cercanía a la 3era década que le da a una (o sea a mí y a este cuerpo caprichoso) con cuestionárselo todo, desde los genes pasados hasta los genes futuros. Encima, hay un ajoro interno de lograr cosas, de ponerse fechas como si de la nada alguien hubiese encendido un conteo regresivo y tuviese una bomba a punto de estallarme justo detrás del ombligo. Pero todo parece medio incompleto y sin propósito desde que ella se fue. Me inunda de tristeza que mi abuela no hubiese visto que me gradué de derecho, me da mucha pena que no hubiese conocido a mi compañero de vida, que no viera la versión mía de ser tití. Aunque por otro lado, podría ser un alivio que no se haya enterado de que soy divorciada, que tengo un tatuaje, que hace 2 elecciones que no voto, que no se me da ni una mata de recao y que escribí una novela donde ella sale y tiene más de una escena que la harían santificarse y soltar unas cuantas “Ave María Purísima”, pero bueno… A mis 17 mi abuela ya me estaba diciendo que una nena tan linda no se podía quedar a vestir santos. ¿Qué pensaría mi abuela si me viera a los 29 sin hijos ni planes de tenerlos? Y ahí es que la matemática me jode.

Siempre quise ser más abuela que mamá. Ujum, problemas con el compromiso desde antes que la vida me diera razones para tenerlos. Sé que sería la abuela más divertida del universo sin lugar a dudas. Pero el rol que toca antes me aterroriza. Entonces sumo y resto, no creo que la vida me dé para ser hija, madre y abuela. Dudo que pueda programar en etapas toda esta intensidad. Pienso en la edad que tendrían mis padres si algún día me decido a multiplicarme y no hay manera de que pueda regalarle a mis hijos no nacidos ni planificados una abuela joven y llena de energía, sin regalarles a una madre ajorada, resentida y pelá.


Por ahora he intentado hacer las veces de... Hornear el pernil de Nochebuena, hacer el coquito de abuela, lo cual es imposible porque soy incapaz de abrir un coco con un machete y abuela no tenía una versión de nada que no fuera “from scratch”. He intentado replicar el jamón con piña de despedida de año, la ensalada de papa con ingredientes que ni como, agarrarme a lo poco de ella que heredé. Pero no me sale ser tronco. Mi abuela nos daba una excusa para juntarnos, una cuasi obligación de reunirnos en su casa, dejar todo de lado y ser gente civil y amorosa por varias horas. Detener el paso del tiempo, recordar aquellas épocas donde todo era más sencillo o parecía serlo. Ahora es diferente, ahora juntarnos es recordar ausencias. Ya no hay un ente regulador que no nos deje sacarnos cosas en cara. No hay un árbitro que regule las malas palabras o mantenga los chistes colorados a cierto nivel. Lo he intentado, hacer el pavo en mi casa con todo y el asco que me dan las aves muertas, invitar a todos con sus respectivas parejas y disparejas, y hasta hornear un pernil de 34 libras. Pero siempre hay algo, una familia nueva, un horario de trabajo que no se ajusta, una custodia compartida, otro compromiso y al final de todos modos abuela no está, mi coquito está hecho con ingredientes enlatados y aunque nadie se dé cuenta yo lo sé. Y no hay forma de guardar, preservar y volver a experimentar los sabores, los olores. Siempre siento que le falta algo a la ensalada, que no hay celebración si no le compramos la caja de chocolates rellena de cherries, los jabones marca Maja para las gavetas de la ropa, no hay quien nos obligue a comernos las 12 uvas a la media noche, a sacar la maleta a la calle para los viajes, a tirar el cubo de agua desde el balcón, faltan las alusiones a Muñoz Marín y el salmo 23 cuando las cosas se salen de control.


Cuando abuela se fue, no hubo un funeral, ni muchas misas, ni rosarios, ni novenarios, para nosotros había sido una pérdida demasiado larga. Me gusta pensar que alguna viejita agradecida los habrá hecho en su casa sin que faltaran galletas danesas ni chocolate caliente con queso de papa. Después de años enferma de olvido, recuerdo el alivo que sentía, el triunfo diario de que me llamara por mi nombre, así como recuerdo la primera vez que me preguntó que quién era yo. Estuvo yéndose por casi 10 años, hasta que por fin se fue. Quizás por eso no tengo prisa de ser mamá, aunque me sobren los buenos ejemplos. No tendré a mi abuela para que me adivine el sexo del bebé por la forma de mi barriga, ni que esté en el parto para confirmar su apuesta (capricorniana al fin le encantaba ganar), para que me diga qué será el próximo sin siquiera darme tiempo a decidir si quiero otro, no estará abuela para ponerle de inmediato una manito de azabache, para prenderle una vela, para cosernos ropa con la misma tela para la foto familiar.

Abuela no está y toda celebración es un recordatorio. No quiero  ni puedo olvidarme de esa ausencia, de ese dolorcito en el pecho que no se quita aunque se suavice intermitentemente, porque dolerme la mantiene cerca, y olvidarme sería una vez más, volver a perderla.



viernes, 15 de noviembre de 2013

Mudanza




Anoche dormí por primera vez en mi nueva casa. Mi octava casa en poco menos de 10 años. Para ponerlo en perspectiva, mis perros cumplirán 5 años en marzo y han vivido: en una casa en el medio de la nada en Carraízo, en un baño de la casa donde me críe, en el área del pasillo y la cocina de un piso en Villa Panty, en la mitad de un apartamento (casi estudio) en la Placita de Santurce, el cual cerqué absurdamente en el mismo medio como si fuese un gallinero, y en un balcón bastante grande en Miramar. Ayer jueves, puse su casita en el medio de una terraza inmensa y de primera intención no se atrevían a salir. Asomaban los hocicos incrédulos, como si tanto espacio tuviese que ser una trampa. El síndrome de José Arcadio amarrado al árbol, que una vez lo desamarran, la soga es lo de menos. Uno echa raíces, lo quiera o no.
Tengo unas plantitas en casa que de alguna extraña manera han sobrevivido, siguen creciendo, comiéndose su propia tierra. Los tiestos se les han quedado pequeñitos, como si requirieran más tierra, espacios más amplios, no sólo agua, cáscaras de huevo y borra de café. Dicen que si pones una plantita en una caja con un boquetito, crecerá en dirección a la luz, buscándola. Pero no sabía que había que cambiarlas de tiesto, que las raíces crecen, no sólo las ramas, y si se les queda pequeño el espacio se comen la tierra e inevitablemente la secan, se secan.


Habría entonces que devolverlas a la tierra, para que se estiren, se alimenten de lo que fueron y se propaguen. El recao no crece si no es en un tiesto largo me contaron, las semillitas vuelan a otros lados pero la planta se queda estéril, imposibilitada de ser generosa.
Estoy acostumbrada a las cosas temporales. Llevo un año con unas cortinas que no combinan que están ahí puramente para que no entre tanto la luz y para que mis vecinos no me vean sin ropa día tras día. Mi retrovisor fue accidentado hace 6 meses y ya va por la segunda tanda de cinta adhesiva. No he comprado un solo objeto de decoración, un juego de sábanas que me guste, una vajilla decente desde hace más de 7 años porque todo siempre me ha parecido transitorio, con fecha de expiración, temporal. Siempre han habido bolsas que he botado sin abrir después de meses, cajas que se han mudado de casa en casa sin ser nunca reabiertas. Es como si llevara acampando casi una década. Como si me hubiese puesto un pañuelo en la cabeza y me hubiese unido a los gitanos. Pero la realidad es que no ha sido así, no me volví nómada por convicción, mucho menos por rebeldía. Las tantas mudanzas se sienten más como huidas que como viajes. Me siento más fugitiva que viajera, más vagabunda que turista. 


Será que hace unos años me quedé sin raíces. Perdimos la casa donde crecimos o quizás nos la quitaron. Poco importa en realidad. La fuerza de los verbos no está en quien ejercita la acción, es más bien en quién recae, quien la recibe. Esa casa, como la conocíamos, ya no existe, le pusieron colores que nunca le hubiésemos puesto, unas puyas en la parte de arriba de la pared, para nosotros desapareció. La casa y sus alrededores, la casa y cualquier ruta que la cruce, ya no hay atajos que la incluyan, la borramos del mapa, de nuestro mapa. Así que no tengo toco palo. No tengo esa casa a donde regresar y estirarme y alimentarme de lo que fui. Mi hogar lo llevo conmigo, y lo voy regando en mis casas, en mis ex apartamentos, en los espacios en donde gocé y lloré, desempaqué, viví, empaqué y me fui.

Mi collar favorito lo compré en el Festival de Claridad del año pasado, es de metal y tiene tallado: “soy adicta al movimiento”. Quizás porque concibo el movimiento como baile, viaje, actividad, emoción. Si algo se mueve, en mi imaginario, es porque está vivo. Sin embargo el concepto de mudarme, a estas alturas del partido me causa pavor. La palabra mudarse viene de mutar, de cambiar, de moverse. Las serpientes mudan la piel, los pájaros las plumas y es como si se reconstruyeran, casi casi como si se rehicieran. El otro día leí que “El guaraguao dura 70 años. A los 40 muda su plumaje, uñas y vive 30 años más”. Quizás por vivir en una isla sin estaciones, el cambio se nos vuelve una cosa demasiado ajena. Celebro el mínimo cambio, los nuevos lunares que en realidad son pecas, celebro que las noches se pongan un poco más frescas, un poco más largas. Nací en noviembre por lo que amo el otoño, cómo cambian los colores de las hojas, cómo se desnudan las ramas poco a poco, la cuestión esta de la seducción.


Pero uno se va diluyendo en las mudanzas, va dejando rastros de quien uno es en cajas y papeles de periódico, en la cristalería que infaliblemente se desbaratará y en las cosas que desparecen, porque cada mudanza tiene su propio triángulo de las Bermudas y hay cosas que sencillamente se desvanecen cada vez que cambio de dirección. Y me da pánico pensar que estoy esparcida en 7 casas, que no sólo hay pares de pantallas que nunca recuperaré sino fragmentos de lo que pude haber sido.

Las mudanzas te dejan extenuado, vapuleado, adolorido y en lo personal me dejan derrotada. Es como si una vez más no hubiese logrado que funcionara. Porque mis casas se convierten en mis ex casas, ese ex que denota que está afuera, que está en el pasado, que se habla de algo que fue y sencillamente dejó de serlo. Y yo no soy amiga de mis exes. Cambio mis direcciones, mis estados de cuenta, mis tarjetas de crédito, transfiero el agua, transfiero la luz y cada vez que voy al dentista, al oftalmólogo, al ginecólogo y le tengo que decir que no, que esa ya no es mi dirección, que cambié de casa otra vez, me da un poco de vergüenza, como cuando estás intentando salvar vidas donando sangre y te hacen miles preguntas de tus antiguos compañeros sexuales para saber si tu sangre es transferible como las deudas de energía eléctrica y de acueductos y alcantarillados.

Mis mudanzas son evidencia fehaciente de mi inconstancia, son un registro de mis inestabilidades, un diario de mis inconsecuencias.
Es cierto que muchas de esas mudanzas están sujetas a cambios ajenos a mi voluntad, pero también es cierto que de alguna forma u otra he consentido. No he bajado el último update de mi celular porque me encantan los cambios pero los cambios que yo decido, no los que me imponen. Y me he mudado 7 veces en los últimos ocho años y estoy exhausta.

Mi octava casa está cerquita de la difunta casa de mi niñez. Mi octava casa tiene ventanas de guillotina como mi primer apartamento de soltera. Mi octava casa tiene una terraza inmensa para mis perritos. Le sobra la luz y tiene aire acondicionado. Tiene ice maker y calentador de línea. Esta casa no parece un refugio, no tiene ambiente de escala, no huele a limbo. Tiene un aire de permanencia, y eso me aterra. Asomo el hocico incrédula, presiento la trampa. Tendrá que ver con que la última vez que me permití echar raíces me arrancaron medio tronco. 


Pero en mi octava casa hay una luz que viene siguiéndome desde mi sexta casa, como quien no quiere la cosa. He intentado escabullirme pero ahora echo raíces aéreas, tipo mangle, de esas que se enredan y forman barreras para que nadie entre. Pero en ellas viven peces y moluscos de colores. Las raíces siempre se salen con la suya, aparentemente, la luz también.

 


 

viernes, 16 de agosto de 2013

Izquierdosa



Mi primer amor era el hijo de un amiga de mami, grande, fuerte, tosco. El nene me zarandeaba cada vez que me veía y a mí, a mí, pues, me encantaba. Luego en Kinder me enamoré de uno con novia, una novia colorá con pelo riso y ojos verdes que me hizo preguntarle a mi madre si la gente con ojos claros veía de otro color. Mami con mucha lógica y muy poca dulzura me contestó preguntándome: ¿tú ves marrón? Desde entonces siempre he desconfiado un poco de la gente cuyos ojos no sean lo suficientemente oscuros. Mi tercer amor fue un nene flaco, alto, ojeroso, con pestañas larguísimas, los ojos perpetuamente aguaos, boquetitos en los cachetes, asmático y zurdo. Dicen que a la tercera va la vencida.

El nene llegaba tarde todos los días y faltaba mucho. La maestra lo llevaba al palo porque todos sus trabajos estaban sucios. Un día me puse a mirarle la libreta de caligrafía y era cierto, las páginas tenían borrones, un mar de carbón por encima de los trazos. Yo terminaba las cosas a las millas, y me ponía a mirarlo. Me eslembaba viendo cómo el pobre se contorneaba en el pupitre para poder escribir. Volvía su torso un espiral, su cuerpo sencillamente no conseguía acomodo. Escribir para él era toda una proeza. En esas contemplaciones estaba cuando la maestra le pegó un grito, “mira la libreta, está asquerosa chico” y yo alcé la mano, “permiso misi, lo que pasa es que él escribe con la mano que no es y por eso le pasa la mano por encima a lo que acaba de escribir y se le ensucia todo, yo vi las páginas y estaban limpias”. La maestra me miró mal, me dijo que no me metiera en lo que no me importaba y así lo conquisté.

A veces lo cuento como mi primer amor, porque fue mi primera postal de San Valentín. Era una tarjetita de Tazmania y decía en su letra: “me gustas más que la lucha libre”. Más de una veintena de años después creo que ha sido una de las declaraciones de amor más honestas que he tenido el privilegio de recibir. Ese año mis papás separaron Felicilandia entero para celebrar mi cumpleaños. El día antes, la mamá del nene llamó a la mía y le dijo que no iba a poder ir porque estaba en el hospital con asma. Yo le dije a mis papás que cancelaran el cumpleaños, la fiestecita cuasi fiesta patronal no tenía sentido si él no iba. La yo de segundo grado era casi tan voluntariosa y dramática como la actual.
Desde ahí desarrollé un fetiche con los zurdos. Cuando alguien me dice que es zurdo, automáticamente sube en mi escala de estima a modo de express pass. A alguna gente le pasa con ciertos signos zodiacales, a otros cuando toman los mismos talleres de rediseño personal y otros tantos por ser de un partido o fanáticos de algún equipo de algún deporte en particular, pero a mí me pasa con los zurdos. Me enternece cómo se mueven, me embelesan sus manierismos, me fascina la forma en que interactúan con un mundo hecho por y para diestros.

Apenas un 13% de la población es zurda, lo que les da este aura de modelos limitados estilo boutique. Tengo un amigo doctor que me garantiza que los zurdos están mal cableados y que él, en lo personal, no sale con zurdas. También me hizo la salvedad de que en mi caso muy particular esta configuración errónea podría funcionarme, dadas mis circunstancias (queriendo decir que tengo un corto circuito por default). Esta gente no es que azarosamente usen una mano en vez de la otra, hay estudios que dicen que oyen mejor con el oído izquierdo, ven mejor con el ojo izquierdo y su visión espacial completa se dirige por la izquierda. Los zurdos, los pilotos, las azafatas y los fumadores (otra debilidad personal en rehabilitación) tienen una expectativa de vida 9 años menor que el resto de los mortales.

Una vez llamé a una persona con la que vivía y le pregunté, ¿para qué lado es que tú pones los ganchos de ropa? Me contestó preguntándome: ¿me estás preguntando que para qué lado es que van los ganchos? Le dije que no, que no había una forma correcta, que le estaba preguntando cuál era la suya y él me aseguró que él estaba correcto, el gancho va hacia la izquierda cuando la pieza de ropa está frente a ti, que si tenía dudas fuera a las tiendas y lo comprobara. Comprobé que él era derecho, por dentro y por fuera y que vivía en un mundo hecho a su favor.


Siempre he tenido, tuve y tengo la corazonada de que los zurdos tienen el corazón más grande que los derechos. Aunque mi sentido de ubicación espacial es paupérrimo, según lo que he leído, el corazón está situado en alguna región del tórax, entre los pulmones, encima del diafragma, separado de las vértebras, por delante del esófago y detrás del esternón. Básicamente es imposible de localizar para nosotros los no cirujanos cardiovasculares. Pero nos enseñan que está en el lado izquierdo o al menos ahí nos ponemos la mano derecha* para jurar. Quizás mi amor por los zurdos viene de una ecuación bien directa y clichosa de que usan más el lado del cuerpo donde se ubica el corazón. Tal vez es porque presiento que tienen una noción más amplia de sus alrededores. Presumo que como la necesidad es la madre de la invención, no han tenido más remedio que familiarizarse con formas y maneras distintas a las propias. Me parece que tienen una dosis más alta de empatía, una capacidad más profunda de solidaridad. 

 

La yo de ahora ama a un hombre más grande que ella. El presente me da trabajo pero vamos, amo a un hombre más grande que yo. Anatómicamente hablando, tiene que tener el corazón más grande que el mío. El tamaño promedio de un corazón dicen que es el del puño cerrado. Si él mide trece pulgadas y media más que yo, matemáticamente hablando mi hipótesis es requete probable. Médicamente hablando que un corazón se engrandezca es un peligro para la salud. Un corazón agrandado se puede deber a exceso de ejercicio y al tener que aclimatarse a las condiciones del organismo, como músculo solidario que es. El corazón es el dirigente del tráfico, por algo tendremos a un zurdo encaminando la vida por las venas.


Me he enamorado de un zurdo, reincidente al fin. He cedido el lado izquierdo de la cama y ahora mi cepillo de diente está siempre en el lado derecho del espejo. No importa la forma en la que cuelgue la ropa limpia, porque en un hogar ambidiestro, ninguna forma es la correcta. Pero por las mañanas ya tengo la greca lista y puesta en la hornilla, con el mango a la izquierda, por supuesto. Como como zurda, por lo que nuestros codos no chocan nunca. Atléticamente hablando los zurdos son considerados aventajados. Quizás tiene que ver con el factor sorpresa, con la falta de previsibilidad, con un sistema de moción totalmente distinto. Tal vez en el fondo es una cuestión evolutiva y en el futuro naceremos zurdos, sin apéndice, sin cordales y con menos dedos en los pies. A lo mejor estoy viciada pero siento la certeza de que los zurdos tocan distinto a la mayor parte de la humanidad. Quizá toda mi teoría es una simple excusa para justificar que amo a un corazón más diestro en amar que el de esta derecha perennemente izquierdosa.