jueves, 5 de febrero de 2009

A B I S M A L




Me llaman los abismos
me halan del otro lado de la baranda
Sin ningún fundamento suicida
Me atraen profundamente
Por eso los evito,
por eso les saco el cuerpo
Porque hay algo detrás de mi ombligo
Un algo que me empuja hacia ellos
Es una hipnosis curiosa
Un abrazo al acecho

El domingo me paré frente al mío
acaricié sus bordes,
intenté oler su fondo
Y le lloré desde lo más profundo
y me tragó hasta lo más hondo

lo hice con los ojos cerrados
a los barrancos no se les mira por dentro
cuando abro los ojos
a veces estoy dentro
y el resto estoy fuera y por eso los cierro
me sumergí a sabiendas
con pleno conocimiento

ese abismo está hecho
de mis ganas tan masculinas
de corrientes submarinas
y de hormonas malabaristas
de remolinos de viento
y la debilidad de mi vértice

ese abismo me dejó mirarlo
me hizo creer que no me hundía
me juró que estando desnuda
la gravedad se deshacía

Me licuó el albedrío
la voluntad me la hizo líquida
porque ese abismo
es un cuerpo de agua
me pliega la memoria
y me arruga los dedos


se come los sonidos
domina mis poros
hace que mi pelo flote
hace que mi cuerpo se hunda

y así vivo ahora
flotante y hundida
densa y líquida
grávida y vacía

jueves, 29 de enero de 2009

auto-ayuda

No me gustan los libros de autoayuda. Respeto a los lectores de autoayuda porque la realidad es (y cito a mi maestra en esto): si leer un libro de auto ayuda te va a disuadir de pegarle un tiro a alguien o de cortarte las venas tú mismo, pues bienvenidos sean. En algún momento llegué a leerlos y no me sirvieron de mucho. En cambio la literatura común y corriente parecía aliviarme, regalarme respuestas. Cuando uno está buscando contestaciones las va a encontrar en los ingredientes de la comida enlatada, en las instrucciones de cómo montar un mueble, en los dígitos del reloj. Lo peligroso es que uno va a encontrar aquello que quiere encontrar. En las nubes si intentas ver un payaso, verás un payaso, en el horóscopo todo tendrá sentido, si te conviene que lo tenga. Y así los pseudo astrólogos de los periódicos y revistas escriben 36 parrafitos y los barajan entre los signos zodiacales, pura economía y no del lenguaje.
He conseguido otros métodos. Nosotros la clase media pobre o pobre y media, no nos podemos dar el lujo de enfermarnos, demás está decirse mucho menos el lujo de deprimirnos. Sin contar con lo que cuesta un psiquiatra, sin siquiera mencionar que la mitad no acepta plan médico o no acepta el que uno tiene, que están llenos por las próximas dos a tres semanas, y que quizás cuando al fin consigues que te atienda resulta que el tipo es un soberano patán y que no tiene ni pizca de química con uno. Entonces, ¿qué? Pasar por el proceso nuevamente y conseguir una cita cuando ya uno ni se acuerda de qué le iba a hablar en primer lugar.
Pues no, uso mejores métodos, no menos costosos, no tienen efectividad comprobada, pero ahí vamos. Tomo café, una vez al día y me regalo una hora de euforia. Intento vestirme mejor, me embarro de maquillaje y cuando siento unas profundas ganas de llorar me imagino caminando con las lágrimas negras por toda la cara.
De vez en cuando me trago una pastilla de melatonina, que es un arma de doble filo. Por un lado me hace dormir, por otro me regala unos sueños tan vívidos que no son necesariamente terapéuticos. Tengo tres alarmas para despertarme, una dice: “Make $ome”, la otra (15 minutos después) dice “You need $!” Y la última dice: “por si acaso”. Empiezan a las 7:15am y la última me grita a las 7:50am. Porque están sabiamente programadas para ir subiendo de volumen y con un timbre cada vez más desagradable.
Aunque me levante tarde, me regalo 5 minutos de besar y acariciar a mi perra. La saco a pasear, la alimento y me voy pensando que ella se pasará el día esperando que yo regrese. Demás está decir que no hago la cama y estoy permitiendo que el caos reine al menos en mi baño y en mi habitación. Porque desde hace una semana y un día, la organización me parece desoladora.
Me escudo en las nuevas teorías que he aprendido en la universidad porque no tengo tiempo para otros libros, gracias a Dios no tengo tiempo para sentarme a pensar, gracias a Dios no tengo tiempo para llorar y me concedo el tiempo de bañarme y se acabó. Uso un poco de tiempo para contestarle a mis amigas, que me dan lecciones de la gran amiga que nunca he sido para nadie. Porque he estado demasiado ocupada siendo pareja. Me he pasado cumpliendo con mis compromisos, cumpliendo con mis contratos, con mis promesas y mis sacramentos. Y ahora, ahora siento que le debo una explicación al mundo, de por qué estoy pasando por esto, mientras sólo me pregunto por qué no encuentro la fuerza para hacer lo que sé que tengo que hacer. Me pregunto por qué no veo esto como una sencilla disolución de un contrato. Dos personas voluntariamente contratan, se comprometen a ciertas cosas a cambio de otras. Se tiene el derecho de esperar cierta conducta de la otra persona y a cambio el deber de cumplir con lo pactado. Una de las partes viola las condiciones del contrato. No hace falta una maestría en responsabilidades contractuales para saber el resultado.
Por qué no dejo que por fin mi inteligencia me rija porque la he tenido subordinada y no ha sido muy efectivo.

Una vez me leyeron la mano y me dijeron que la línea de mi cabeza era casi infinita. ¿Casi? Como es obvio pregunté y la respuesta fue bastante obvia también: casi infinita, porque la línea del corazón te la pica por la mitad.

Entre mis múltiples métodos de autoayuda, está el engavetamiento hasta nuevo aviso de mi modestia, así que me disculpan. Soy una mujer inteligente, más inteligente que bonita, más inteligente que buena, más inteligente que lógica, más inteligente que práctica, más inteligente de lo que a veces quisiera ser. Porque espero y se espera más de una mujer inteligente. Es como un deber impuesto. Tienes inteligencia, pues tienes que usarla y dar el ejemplo. No hay excusa, tienes una preparación académica, tienes una profesión, tienes mundo y no dependes. Así que las decisiones que uno toma no se justifican por melodramas, por cultura, época, trauma de infancia, repetición de patrones aprendidos, co-dependencia y mucho menos por esa teoría ambivalente de lo que se supone que sea el amor.

No se justifica el aguante, el perdón ese vacío, el para toda la vida, no se justifica con ninguna idiosincrasia ni romana, católica ni apostólica, no se justifica que sea la institución medular de la sociedad, no se justifica. No se justifica que apueste mi salud mental a cambio de ese cuerpo hermoso al menos cinco horas al día.
No hay una excusa que me permita intentar algo ya intentado, experimentar algo que ha fallado en tantas veces aunque los que estuviesen mezclando los líquidos en las probetas no fuésemos nosotros. Si mezclas amarillo y azul y te da verde, mezclas amarillo y azul y da verde, mezclas azul y amarillo y da verde. El significado de la estupidez o de la locura sería pensar que a la cuarta vez por alguna extraña razón mezclarás pintura amarilla y pintura azul y obtendrás algún otro color del prisma que no sea verde.

Y quisiera tener la fuerza de decir que no quiero, que no me lo merezco, que no lo soporto, que un contrato es un contrato, que teníamos un acuerdo, que se rompieron las reglas, que eso de que siempre hay una segunda oportunidad se lo inventó un maldito reincidente. Quiero establecer el ejemplo lógico de que si un empleado, el empleado estrella de una compañía se roba $5 dólares del petty cash, hay que despedirlo. Aunque lleve 20 años trabajando para la compañía, porque quién nos garantiza que no había robado antes, quién nos garantiza que no lo volverá a hacer, quién nos garantiza que no robará cantidades aún mayores, quién nos garantiza que si no lo hubiésemos atrapado con las manos en la masa, jamás se hubiese arrepentido en su vida. Porque los seres humanos interactuamos mediante relaciones de poder. Somos animales que luchamos por las mismas cosas, territorio, reproducción, alimento, supervivencia. Y que ese animal/empleado estrella que se robó cinco tristes dólares, no va a decidir que después de ese momento nunca volverá a hacerlo, que aprendió su lección y que vivirá agradecido y será perpetuamente leal a esa compañía por esa concesión. No señores, ese empleado que se robó cinco dólares, aprendió una lección muy distinta. Sus actos no tuvieron consecuencias, lo cual se traduce en lenguaje simple: me salí con la mía.

Así funciona la corrupción, así funciona el narcotráfico, así funcionan los abusos de poder, así funcionan los matrimonios, así funcionan los niños, así funcionan las mascotas.

Como pueden ver mi repulsión a los libros de auto ayuda nada tienen que ver con un rechazo al contenido, es que mi propio carácter es incompatible con ciento veinticinco páginas de mensajes optimistas.

El otro día una amiga a quien amo, pero quien no tiene ni la menor idea de lo que estoy viviendo me lanzó una pregunta: ¿y cuál es tu plan de vida ahora? Plan de vida. Soy sagitario, tengo veinticuatro años, un bachillerato, un juris doctor recién comenzado, una deuda hipotecaria recién contraída, muchos más pasivos que activos, una perra (que viene con una deuda en el veterinario), un préstamo estudiantil que me llega dos veces al año y que estaré pagando toda la vida. Dejé mis pastillas anticonceptivas por las manchas en mi cerebro por lo que estoy atravesando una crisis hormonal encima de todo. Y el plan de vida que he tenido desde hace cinco años acaba de colapsar y no tenía seguro contra sucesos catastróficos porque siempre he creído que la industria de seguros completa vive del miedo de la gente y eso debería ser el verdadero mercado negro y mi amiga con mi misma edad pero con su corazón casi intacto me pregunta si me he preguntado qué quiero hacer con mi vida.
Pues tengo dos opciones y ninguna es viable.
Opción #1: Quiero cerrar los ojos y regresar hacia atrás (valga la redundancia necesaria) y con mis dedos mágicos borrar todo esto, donar unas cuantas neuronas y creerme que no pasó nada, que nada de esto es grave, que ni siquiera es real. Quiero seguir con el plan que tenía que me parecía maestro.
Opción #2: Quiero cerrar los ojos y aparecer en un sitio nuevo, con todas las posibilidades del mundo con mi nombre encima. Tratar de recordar algún suceso doloroso y trágico y tener una tabla rasa. Ser lo que era antes de ver lo que he visto.

Pero mi opción real es sobrevivir. Sobrevivir a fuerza de café, melatonina, alcohol y oraciones. Embarrarme los ojos de maquillaje. Esperar el préstamo, pintarme el pelo, ponerme lentes de contacto de algún color, broncearme, darme un Spa, rezarle a Dios que me hable, conseguir a alguien que me diga neutralmente y con sabiduría cuasi divina qué hacer, dónde depositar esta decepción degenerativa y dónde invertir estas cantidades absurdas de amor que ahora me sobran, me pesan y me lastiman cada vez que inhalo y exhalo. Seguiré con mi operativo de autoayuda, escuchar a Bebé cantar: hoy vas a ser la mujer, que te dé la gana de ser, hoy te vas a querer como nadie te ha sabido querer, hoy vas a mirar pa’lante que pa’tras ya te dolió bastante… la canto y la canto para creérmelo, la canto como un mantra que en algún momento se adherirá a mi subconsciente y me sanará.

jueves, 22 de enero de 2009

rota





Mi maestra me dijo un día, realmente nos dijo, pero por alguna razón cuando ella habla, si yo estoy en el perímetro, se siente como si se dirigiera a mí. Que había ocasiones donde el amor se rompía y se rompía tan violentamente, que si te quedabas quietecito y prestabas atención podía escucharlo romperse.

Mis caderas se salen de sitio, lo descubrí con la danza del vientre; suenan, el sonido viene justo antes del dolor. Un dolor intenso, una presión que no me permite moverme, casi siempre necesito la ayuda de otra persona para que la cadera vuelva a su lugar original. Hay gente que se estrilla las coyunturas, se halan los dedos hasta que truenen, se estiran la espalda hasta que produce un chasquido. Nunca he entendido esa costumbre tal vez porque lo asocio con el doloroso dislocarse de mis caderas. Cuando uno tiene una cosa, un objeto donde por alguna razón uno ha puesto cantidades industriales de afecto, ya sea porque alguien se lo regaló, porque lleva tiempo con uno, porque lo compró en un sitio lejano, porque costó mucho dinero o porque simplemente es hermoso, en el momento en que se rompe se convierte en la cosa más odiosa del mundo.

Un profesor nos dijo una vez que si alguien te rompía o te mutilaba tu libro favorito, no había por qué preocuparse, porque ya lo habías leído, lo tenías dentro de ti y nadie podía quitártelo. Que me quiten lo bailado dicen los gitanos. Es por eso que amo muy pocas cosas materiales. Soy torpe y despistada, suelo romper o perder las cosas, las que me importan y las que no también. Amo mi pasaporte, porque sin él no puedo salir. Amo la sortija de compromiso de mi abuela porque me recuerda las cosas que merezco y las que no quiero en mi vida. Amo mis zapatos Christian Lacroix, no sólo porque son satinados y tienen un enorme lazo rosa, no sólo porque si yo fuera unos zapatos sería esos, (me gustan las cosas que tienes que amar u odiar, que te obligan a tener alguna reacción hacia ellas) los amo porque costaban más de cuatroscientos dólares y los compré a treintaysiete con impuestos. El resto de los objetos que amo, casi todos están cubiertos de plumas y a estas alturas sabrán que tengo un fetiche con las plumas.

Ahora que lo pienso, crecer es romperse constante y continuamente. Las dos estrías que tengo en mis caderas son por el crecimiento acelerado e inoportuno de mis dimensiones. Cuando a uno le crecen los dientes, los colmillos, las muelas, los cordales, crecen rompiéndote las encías. Recuerdo cuando me empezaron a crecer los senos, tardé muchísimo y no crecieron mucho que digamos, pero por alguna razón dolían intensamente y por esa misma inexplicable razón todo codazo, bolazo, tropiezo, terminaba hundiéndose en mis brasielitos cuasi de juguete y el dolor era imposible.

Hoy amanecí rota. Por debajo de mis senos que ya no tienen excusas de dolerse.

Lo he intentado todo y no logro recomponerme. Ni siquiera Frank Sinatra logra rellenarme la rotura nueva que tengo. No lo escuché. Saben ese sonido, ese terrible sonido de las gomas de un carro chillar contra el pavimento que avisan el inminente estruendo de un choque catastrófico. No lo tuve. Me rompí sin previo aviso, sin notificación, sin avisos de inundaciones, sin cuidado con el escalón, sin cuidado resbala mojado, sin fuera de servicio, sin cuidado posibles derrumbes, sin cuidado posibles desplazamientos de terreno. Tuve todas las anteriores pero sin aviso: inundación, caída, resbalada, torcedura, rotura, derrumbre, entiéndase: desaparición absoluta del terreno. Ando derramándome por todos sitios, perdiendo, vaciándome, mientras camino. Todo lo que me encuentro se convierte en una lluvia de piedras. La gente que se ríe, los seres que se besan, las personas que comen con gusto, los locutores de radio, el profesor hablando de hipotecas, mi jefe preguntándome con su cara de ángel si estoy bien, la maldita grabadora que me repite sin piedad que mis calificaciones N O   E S T  A  N       D    I      S        P           O            N                  I                        B                                L                           E                             SSSSSSSSSSSSS, las fotos de Obama bailando con su mujer, el café que me regaló un socio del bufete, el guardia de seguridad deteniendo el elevador para que me monte, mi perra que me lame las piernas mientras escribo tratando de encontrarme la herida, todos me apalean sin piedad, todos me dan codazos donde me duele. Porque me duele en todos sitios, porque así son las hemorragias internas y uso el verbo más cursi del idioma español a falta de uno que me lastime los dedos mientras oprimo las teclas del teclado. Porque quisiera tatuarme cerca de los huesos para llorar rabiosamente y creerme que lloro porque la aguja y la tinta me rozan los nervios. Porque actúo masculinamente y pospongo el llanto, porque necesito ser productiva, necesito ser funcional y no puedo escribirle un cheque en blanco a mis tarjetas de crédito, a la hipoteca, al seguro del carro, al cable, al carro y decirles que me den una prórroga indefinida porque estoy ROTA y no puedo pensar, no puedo comer, no puedo respirar, no puedo facturar, no puedo escribir un puto cheque que no me recuerde que estoy lacerada, herida, mutilada, adolorida, dañada, destruida y rota más allá de posible reparación.

Y me sorprende lo fuerte que me ha hecho este boquete. Aparentemente es como cuando uno se pilla un dedo con una puerta, y la uña se pone violeta y el dedo, late, late y late, y si te haces un pequeñito orificio encima de la uña, experimentarás el dolor más atroz que un ser humano pueda sentir pero sólo por un segundo y luego de repente un alivio absurdo, casi mágico y por lo mismo imposible. En las películas aparece cuando alguien se disloca un brazo y cuando se lo acomodan la persona grita desgarradoramente, pero vuelve a caer en su lugar y cesa el dolor.

Todavía no me he autodiagnosticado, no sé si es una fractura, si tengo algo dislocado, si me rompí algo de verdad, o si me falta un órgano. Sólo sé que algo me falta, algo se rompió.  Y las cosas rotas nunca quedan iguales, se les sigue la pista de la pega, se rompen de nuevo a la menor provocación y mil veces peor que la primera. Y de pronto es una figura irreconocible, son trocitos de algo que ya no es. Necesito voluntarios, gente que me hale por mis cuatro extremidades, hasta que todo caiga en su lugar. No me voy a quejar, pero quiero agujerearme mis veinte uñas para ver si por alguna de ellas se escapa esta presión.

Aparentemente así es la vida, una noche te acuestas entera y la próxima mañana te levantas rota. Ya ven que tenía razón en tocarme el cuerpo al despertar, mi instinto no me falla, presentía que algún día al hacer inventario me pasaría algo así.

 

PS No me hagan preguntas: cualifican como codazos. 


jueves, 15 de enero de 2009

MANIÅTICA


Lo primero que me enseñó mi maestra fue que a la gente se le conoce por sus manías. Hasta entonces juraba que con preguntar fecha de nacimiento y calcular el signo zodiacal de la persona ya tenía media tarea hecha. Nosotros nos referimos a manías cuando hablamos de un patrón de comportamiento, pero por lo regular algo que no es lo normal. Sin embargo el diccionario nos lo define inclinándose más a la locura, a los delirios. Casi siempre que se le añade el –manía al final de una palabra es una “inclinación excesiva”, “impulso obsesivo”, “hábito patológico”.

Así empezó nuestro taller de cuentos. Aprendimos que la mejor manera de crear un personaje es a través de sus manías. Las manías de los personajes son las que nos hacen recordarlos. Y así: una mujer que nunca se le oyó cantar, otra que sus carcajadas espantaban a las palomas, un hombre que no pisa las líneas del suelo, otro que recita la Odisea cuando le hace el amor a una mujer, otra que le gustaba acostarse con sus amantes delante de su marido ciego, otra que le agarraba la mano al hijo para salirse con la suya. Manías, hábitos, costumbres, distinciones.

Así nos conocimos: por ahí empezamos a desnudarnos por primera vez. Yo tenía muy pocas manías en ese entonces. No soportaba ver migajas de pan en el recipiente de la mantequilla, recogía las cosas del suelo con los dedos de los pies, y me tocaba todo el cuerpo por las mañanas. Todavía mantengo esas tres y he acumulado muchas más. Recuerdo las más llamativas, una compañera ponía las cosas en orden alfabético cuando se enfadaba, incluso encima del escritorio: bolígrafo, cinta adhesiva, grapadora, lápiz, regla, teléfono, etc. A otra le gustaba caminar en ropa interior por la casa, cuando las cortinas estaban abiertas. Otra se ponía un rollo de papel de inodoro entre las piernas, incluso nos confesó que en ese preciso momento tenía uno mientras nos hablaba. Algunos les gustaba robar en las farmacias, otros en tiendas por departamento, y muchas otras las he olvidado. Quizás porque yo también las tenía y no me parecieron tan raras.

Casi siempre la otra gente, es la que le señala a uno cuán maniático es. No puedo ver un maniquí sin ropa en las tiendas, los visto casi compulsivamente. Cuando veo a la gente caminando y tienen la etiqueta de la ropa por fuera se las quiero arreglar. No hablo de cosas importantes antes de desayunar, no veo noticias antes de dormir. Huelo los platos y los vasos cuando los friego. Sólo bebo cerveza directamente de la botella. Me combino la ropa interior con lo que me pongo encima, rezo una novena al Divino Niño sólo cuando lo amerita la ocasión, como por ejemplo cuando me voy a montar en un avión. Imprimo casi cinco confirmaciones de vuelo cuando voy a viajar. Miro el libro de cocina aunque ya domine lo que voy a hacer. Sólo como palomitas de maíz cuando en el mismo bocado incluyo chocolate. No pido cosas en los restaurantes que yo misma pueda cocinar. Hago todo lo posible por no repetir combinaciones de ropa. No soporto verle un pelo a alguien en la cara o en la ropa. Siempre cocino como si toda las generaciones de los Buendía vinieran a comer a mi casa. Le pongo la alarma al carro al menos tres veces cada vez que me bajo. No uso velvet, no combino el negro con el marrón, no me combino la sombra de los ojos con la ropa, por lo regular evito el charol, con la excepcion de despedida de año no me pinto las uñas ni los labios de rojo y probablemente la gente que me conoce podrá mencionar un centenar más de manías que a mí por ser mías se me escapan.

Tengo una amiga que se va del sitio donde está si alguien estornuda o tose sin taparse la boca. Tengo otra que cuando se lava las manos en un baño público espera a que otra persona abra la puerta para no tener que tocarla. Otra amiga te pregunta si tienes herpes antes de prestarte un lapiz labial. Conozco hombres que siempre se ponen camisillas bajo las camisas. Otros que hacen ruidos extraños cuando comen los alimentos que no requieren ningún tipo de estruendo tales como: gelatina, sopa, huevo, frutas enlatadas. Del hombre al que más manías le conozco no voy a mencionar ninguna, porque vivo con un virgo así que las manías virgonianas me tomarían un blog completo.

Me pregunto qué dicen mis manías de mí. Creo que algunas mienten un poco: por la cuestión de vestir los maniquíes parecería que soy pudorosa o que le tengo aversión a la desnudez (todo lo contrario), mi manía con los pelos y las etiquetas, tal vez diría que soy cuidadosa y pulcra, (tampoco).

Resumo el resto en el orden correspondiente: detesto la putrefacción y no quiero restos de comida en mi comida, soy vaga y poco atlética y por eso recojo todo con mis pies (o tal vez pienso que de algo me tenían que servir unos dedos tan feos), quiero saber por las mañanas que mi cuerpo está completo, hasta que no desayuno no estoy lista para lidiar con nada, no veo noticias porque sueño con lo que me impresiona, soy una terrible ama de casa y dudo hasta de mi capacidad de fregar, estoy orgullosa de la marca de cerveza que bebo, me parece un desperdicio usar un vaso plástico para eso u hacer que alguien friegue un vaso de un líquido que está hermosamente situado en una botella creada para él, soy torpe así que las probabilidades de que muestre mi ropa interior cuando me agacho, me siento, subo escaleras es inmensa, así que me combino y no es tan escandaloso. No rezo suficiente y el Divino Niño me concede las cosas el 99.99% de las ocasiones que recurro a él y no quiero gastar mis chances. Una vez me dejo un avión y estoy traumatizada y me juré que no me volvería a pasar en la vida. Lo del libro de cocina responde a lo mismo: baja autoestima casera. Me encanta tanto el dulce que lo salado sólo me parece que tiene sentido acompañado de lo dulce (por eso como galletas dulces en la playa), no pago por algo que yo puedo hacer y modestia aparte probablemente mejor y luego estoy dispuesta a pagar casi cualquier precio por algo que no tengo la menor idea de cómo se hace. Soy superficial y antes tenía mucha más ropa que ahora y me podía dar el lujo sin esfuerzo de no repetir, dicen que en los pelos están los pensamientos de la gente y no deben andar por ahí sueltos (es un peligro), siempre he tenido el estómago de un camionero de seis pies y trescientas libras, el hambre me pone de mal humor, le temo a la escasez y cocino como si todo el mundo padeciera de los mismo que yo. Es el primer carro que pago, se llama Gabo, es el único que tenemos, vivo en una isla donde la criminalidad cae casi en la categoría de ciencia ficción y soy despistada así que siempre pienso que no he puesto la alarma aún, el velvet se parece demasiado al material con el que forran los ataúdes por dentro, mi mamá siempre me dijo que el marrón y el negro no combinaban y aún no lo he podido superar, no uso sombras del color de la ropa porque sencillamente Stacy and Clinton de What Not to Wear me dijeron que no, lo del rojo y el charol responden a que tengo facciones y volúmenes que tiene la inclinación a rayar en lo vulgar y gracias a todas las “latinas” de Hollywood puedo ser malinterpretada con facilidad (también trato de usar “animal print” en pequeñas cantidades: blusas y zapatos aunque me encantan por la misma razón) y escribo sin puntos ni comas porque pienso demasiado rápido, más rápido que 70 palabras por minuto y si pongo un punto pierdo una idea.

Mi maestra leía mis escritos y se quedaba sin respiración, tengo la manía de no hacer pausas, ni escribiendo, ni hablando, ni pensando, ni viviendo; qué dirá eso de mí?

miércoles, 31 de diciembre de 2008

OCHO NEGRO

Sí, me lo voy a permitir y voy a escribir de lo inevitable. Del año. De este año que ha sido un mal amante. O tal vez como dice mi astróloga en mi mente nadie ama como amo yo y lo más triste de todo es que no sé amar. No me lo inventé, así se posicionaron los astros para verme nacer, 10 días más tarde de lo supuesto. Hace exactamente un año atrás suspiraba aliviada de que el 2007 finalmente había terminado. Sí, tengo un patrón de conducta, como toda mujer maltratada, no es mala suerte, es mal gusto. Cáncer en el gusto, me parece que genético-hereditario/conducta aprendida; como todo.
En el 2003 había alcanzado mi mayoría de edad parcial. Estaba estudiando una carrera hermosa que me llenaba de felicidad cada mañana. No tenía grandes aspiraciones monetarias y tenía el gran sueño de irme a España el próximo año. No tenía ahorros ni grandes ni pequeños (eso aún no ha cambiado, ajá, patrones de conducta) pero algo me llamaba del otro lado del océano, o tal vez demasiadas cosas me empujaban a huir de aquí. Luego aprendí que a lo que uno le huye de las ciudades, se va con uno. No permanece en la ciudad, país, pueblo o continente anterior, te persigue, porque la mayoría de las veces ya lo tienes dentro. Esa noche, el 31 de diciembre de 2003 iba a trabajar en un hotel, mi tía me compró un jabón de ruda, para restregarme fuertemente todo lo malo (que ahora que lo pienso no habían tantas cosas malas después de todo), agua de rosas para bañarme y atraer todo lo bueno, un cubo dentro de la ducha para recoger toda el agua que caía y volvérmela a tirar por encima. Recuerdo lo que quería que llegara, dinero para el viaje, poderme ir al viaje y alguien que me amara mucho. Tenía en ese momento alguien que me amaba mucho, (también he aprendido que el mucho se mide de acuerdo a las capacidades del que ama, no a las necesidades del amado) en el fondo quería que esa persona me amara más, entiéndase: mejor. Esa noche trabajé en un hotel, me llamaron para esa noche en particular, necesitamos a alguien mayor de 18 años que sea bilingüe y que pueda trabajar hoy… silencio en la línea. Y yo pasando lista, edad, ajá, idioma, ajá, hoy, ajá. YO! Cuento largo corto porque tengo 5 años que cubrir. Trabajé en ese hotel por más de tres años, con ese dinero fui a España y conocí a quien hoy día es mi esposo. Mi recomendación es que sean exageradamente específicos en lo que pidan, escuchen mi consejo y no tienten la creatividad y sentido del humor de Dios.
Creo que la despedida del 2005 fue la última vez que le dije adiós a un año con nostalgia y emoción a la vez. Acababa de regresar de España, era una persona nueva (que al sol de hoy todavía estoy intentando conocer y atemperar con mi yo vieja) y me graduaba y casaba el año entrante. De ahí en adelante los años han sido complicados, complejos. Aunque casi siempre termino reconciliándome a finales de año conmigo, con el resto de la gente tengo la debilidad de reconciliarme casi instantáneamente. Al final del año intento buscar razones para dar gracias y hacer mi lista de peticiones específicas, después de cierto año siempre lloro a las 12, tengo problemas con las despedidas y las pérdidas. Soy un caso perfecto para una tesis sicológica.
Una de mis abuelas, la testigo de Jehová me decía cuando estaba triste que hiciera una lista de las cosas que Jehová me había dado y las que no me había dado y me iba a dar cuenta obligatoriamente de lo afortunada que soy. Recuerdo las listas kilométricas de bendiciones y mis esfuerzos sobrehumanos a mi corta edad para reclamarle a Dios las carencias. Escribía cosas como que no me había dado una hermana, que realmente nunca quise tener, pero la premisa era las cosas que no me había dado. Todavía lo hago.
Pasando lista: este novio mío, el 2008 me regaló una aceptación a estudios postgraduados, un curso de tarot, una posible nueva carrera, una costeocondritis, las dos semanas más dolorosas y aterradoras de mi vida (que me hicieron darme cuenta de que tengo más y mejores amigas de lo que pensé y de lo que merezco), dos o tres funerales, un taller maravilloso de creación de novelas, varios ataques de pánico, tres meses de desempleo, un resultado sospechoso en un PAP (que vino acompañado de 15 días esperando el anuncio de un cáncer), un resultado negativo, demasiadas mongas para poder contar, Amelie (mi perrita que amo de un modo para nada saludable), Siemprejueves (mi blog, al que tengo abandonado y que de las pocas resoluciones que tengo es amarlo mejor), una salida larga del país, una amiga nueva y maravillosa que se parece tanto a mí que obviamente me asusta, una cafetera espectacular, una perforación en la nariz que me duró menos que algunos de mis amores más cortos (y que me tiene sin poder donar sangre hasta junio del año que viene), un trabajo nuevo, compañeras de trabajo que enriquecen mi rutina, un jefe nuevo (Cáncer: con el mismo cumpleaños que uno de mis amantes más dolorosos) a quien admiro y envidio porque parece ser uno de los seres más libres que he conocido, la inauguración de una nueva relación con mi primo que hasta hace poco casi ni conocía, la reaparición de mi fantasma más terco que hizo entrada en mi vida para decirme cibernéticamente perdón y gracias y con esa gracia que le caracteriza me cerró un punto abierto en el universo y en el corazón.
El 2008 me regaló demasiadas lecturas de casos y tribunales, muy poca literatura, muy poco cine, poca playa, un concierto de Juan Luis Guerra, otro de Black Guayaba y otro de Luis Miguel, prácticamente todos regalados, dos spas, una hipnosis regresiva (en la que aprendí que le temo a que nadie nunca me sepa cuidar), una sicóloga medio loca (me consta que es redundante) que me dijo que vivía con Sleeping with the Enemy, mucho alcohol, mucho menos humo y nicotina, maratones de estudio (totalmente nuevos para mí), una parálisis en el lado derecho del cuerpo, una visita al fisiatra, otras a la neuróloga, laboratorios de sangre, un CT Scan, el descubrimiento de unos puntos de origen desconocido en mi cerebro, una preocupación nueva de un posible padecimiento vascular/cardiaco, la prohibición de mis pastillas anticonceptivas, una naturópata en San Lorenzo que se llama Ruvva y que mirándome la iris del ojo me desnudó la salud. Esto vino acompañado de una fuerte recomendación de evitar carnes rojas, harinas blancas, y refrescos y siete pastillas naturales diarias.
El 2008 fue tan amable de traerme sube y bajas de peso, unas nuevas, prematuras e imprudentes líneas de expresión a los lados de la boca (ni que me hubiese reído tanto en el año), paños en los brazos, la revelación de la isla Caja de Muertos, algunos viajes por la isla, unas pocas visitas a moteles, un colapso de mi sistema nervioso, un nuevo pavor a abrir el buzón y encontrar deudas facturadas, un préstamo estudiantil el cual planifico utilizar de las formas más placenteras posibles, nuevos pagos y mensualidades, más altas tasas de interés, más altos balances adeudados, un odio profundo por mi banco, muchas ralladuras en el carro, un abrazo a mi mejor amigo directamente de Jalisco, y desde Sevilla: más visitas de las esperadas de mi ________(estoy buscando inventarme una nueva palabra, porque ya ni amiga ni hermana me bastan), muchas más felicitaciones de cumpleaños de las que coseché, buenísimas cenas, mejores vinos, el estado comatoso de Ananda (mi computadora), una sobrina (probablemente Valentina) en camino, ni una boda, ni un bautizo, ni bailes de graduación.
Mi año oscuro se llevó a Frida (mi gata hermosamente gorda), me la intercambió por muchas canciones nuevas que amo, Elsa & Fred, dos boletos gratis para viajar intercontinentalmente, seminarios mágicos de escritores latinoamericanos que Mayra tuvo la bondad de invitarme, la despedida de compañeros de trabajo que me hicieron mejor ser humano y una profunda preocupación por la salud de mi papá. El 2008 se llevó aquellos vestigios de memoria que hacían que mi abuela en ocasiones me reconociera, y no logró recuperar mi fe como esperaba. Me obsequió además una familia política que no había adoptado como tal.
El 2008 me hizo esperar, esperar, esperar y esperar. Lo que resistes, persiste. Se me repitieron todas las pesadillas que más detesto, la de la playa esa que nunca he visto que se recoge completa y yo le grito a la gente que corra y nadie me hace caso y el mar arropa todo y se lo lleva, también la de que me persiguen y estoy tratando de entrar a casa de mis padres y el portón no abre, la de la chorrera que es como un túnel y cuando llego a la mitad está llena de agua, y por último la de que tengo un letargo tan grande que no puedo casi abrir lo ojos, ni moverme, ni hablar ni reaccionar. No puedo contar las veces que las soñé. A veces soñaba una y me despertaba y me lavaba la cara y cuando me volvía a acostar o se repetía o empezaba a soñar otra diferente, pero de las mismas cuatro. La mayor parte del tiempo en el 2008 estando despierta, me sentí en una continua persecución, como que ninguna puerta se me abría, como que me estaba ahogando, como que me lo quitaban todo y como que no podía reaccionar, por más que quisiera. Anoche no soñé, porque no dormí. Ahí lo tienen: un festín de psicoanálisis.
Quiero abandonar este año, no quiero reconciliarme con él ni agradecerle lo aprendido, quiero que nos dejemos inmaduramente, rabiosamente, y que jamás nuestros caminos se vuelvan a cruzar, así de radical. De la forma en que es imposible hacerlo en esta isla. Lo siento no sé ser amiga de mis pasados amantes. No me sale, me parece contranatural, confuso, como si el tiempo se doblara y el pasado y el presente se tocaran. Lo dejo por la verdadera razón por la cual uno debe romper con la gente: porque ha logrado que yo no me guste. Voy a sonreír a las 12, tal vez hasta me ría, porque ha sido cruel no sólo conmigo sino con mucha gente y aunque me pasó la manita regalándome ciertas cositas, la mayoría de ellas me las sudé y las demás me las cobró con creces. Agarró mis mayores miedos y me los paseó constante y continuamente por la piel, lo cambio pelo a pelo por el 2009 y me abrazo a él con mínimas expectativas. Lo recibo con nimias resoluciones: escribir más, preocuparme menos, no sentirme culpable y proteger mi mente con uñas y dientes, hasta de mí misma si es necesario. Prometo escribir las cosas buenas que me traiga para regalarles algo más optimista el año que viene para estas mismas fechas. Le pido que me ame más y mejor, salud, viajes, fortaleza, fe, fortuna. Y ahora voy a pedir específicamente: que me borre los puntos del cerebro, y que cuando los borre se me olvide por qué estoy tan resentida, que no se me adormezca más ninguna parte del cuerpo (ni del espíritu), que me ayude a ser mejor Edmaris, mejor estudiante, mejor amiga, hermana, hija, sobrina, nieta, prima, esposa, madrastra, ama, paralegal, escritora. Que me recuerde cómo se perdona, que me ayude a tener una mejor relación con Dios (que no tenga que ver con culpa, quebrantos de salud, necesidad o miedo), que me lleve (por lo menos) a Alaska, New York y Argentina, que se lleve los problemas económicos que me rodean a mí y a la gente que amo, que no me haga esperar o que me deje de doler tanto la espera, que me regale tolerancia (no poniéndola a prueba una y otra vez), que me amen con pasión y compasión, que me quite el terror que me da cuando me siento soberanamente feliz.
Me caso hoy con el 2009, como buena estudiante de Derecho con capitulaciones, de 365 páginas y 8,760 cláusulas. Entro desilusionada, por lo que no me llevaré grandes chascos.
Todo lo mío es mío y lo de él también (incluyendo frutos y rentas, inflaciones y aumentos, por el pasar del tiempo o esfuerzo de cualquiera). Él se queda con todas mis deudas y las suyas. El contrato expira en el 2010 y lo cambio única y exclusivamente con la garantía de uno mejor. Quiero despedir el 2009 llorando, rogándole que no se me vaya.

jueves, 23 de octubre de 2008

La boda de ella . . .



La última vez que la ví, fue el día de mi boda. La única cerveza que me dejaron tomarme directito de la botella fue con ella, viajó desde Buenos Aires para eso. Fue mi flower girl de emergencia: qué guachada!,me dijo cuando se lo pedí; me muero muerta Edmaris!!! Mi nombre no suena nunca como suena en la boca de Elena. El día antes, cuando me medía el traje,( sí; menos de 24 horas antes de la ceremonia) además de mi madre sólo dejé que ella me viera. Tenía la certeza de que me diría justo lo que necesitaba escuchar: estás diosa! Y yo como siempre incrédula seguía pregunta, que pregunta.Pero me estás cargando, estás divina.

La conocí en Salamanca, no vivía conmigo pero a veces parecía que sí, mi mamá me preguntaba si yo estaba en España o en Argentina porque se me pegaban las palabras, el acento, la alegría. Recuerdo que se volvía loca cuando una de sus hermanas le escribía, nos leía los mensajes y preguntaba, acaso no es un amorrrr??? Es que es la más linda, mirála… y en la pantalla del ordenador, la misma cara de ella, claro que era la más linda del mundo, era su hermana gemela. Su melli, como ella le llama. Me acuerdo como si fuera hoy un mensaje que decía algo así como: No ha salido el sol en Buenos Aires, pero es que el sol se fue contigo Nitus. Asi le dicen nitus, y me preguntaba por qué se llevaban así, cómo era posible que dos hermanas para colmo de males gemelas se escribieran con tanto amor y se extrañaran tan apasionadamente. Y debo confesar que en el principio lo diagnostiqué como un síntoma de la distancia. Pero yo viví con ella y todavía, más de tres años después a veces yo misma siento que el sol se mueve tras de ella. 

 Ele resplandece, no miento, por encima de sus guachadas, quilombos, remeras, polleras, ojotas, camperas y miles de otras palabras que extraño tanto, amaba escucharla decir oye gordis, o llamarle flaco a todo el mundo. Elena no le temía a preguntar a cualquier desconocido cuando estábamos perdidas y por eso siempre sentíamos que sabíamos a donde nos dirigíamos si la estábamos siguiendo a ella. Era la reina de los especiales y si veía un abrigo en piel en rebaja de 500 euros rebajado a 200 llamaba al padre y le decía con la naturalidad del mundo: Papá adivina qué, te acabo de ahorrar 300 euros. Cómo que en qué me he gastado todo eso papá, pues en viviiiiirr, claro en vivir apoco no fue para eso que vine.

Elena nos regañaba como si fuera la tía de todas: Pero ojo, que eso está remal hecho, no te podés poner eso, si te veo todas las lolas boluda, te pensás poner eso con un corpiño nomás? Y nosotras muertas de la risa, ella entraba por la puerta y yo exhibicionista al fin andaba siempre en panties por toda la casa, no hacía más que llegar me daba una nalgada  y me decía: en bombachas! No entendía por qué andábamos siempre en jeans, hasta en pleno verano. Se pintaba los labios para salir a bailar, siempre rojos y cuando algún españolito se tiraba la maroma de decirnos: queréis follar, Ele los ponía nuevos. Si algún viejo verde le miraba el busto a ella o a alguna de las demás con el típico: qué es eso? Ella les respondía: Lolas! Qué acaso no te amamantaron, pobre!!! Elena creía en el amor y por eso detestaba los hombres poco caballerosos, se gozaba las cartas de amor que nos mandaban a nosotras y nos decía que teníamos suerte, porque cuando a ella le gustaba alguien, el flaco no le daba bolas y viceversa. Elena comía zanahoria, muchas zanahorias cuando se iba a broncear, nunca entendimos por qué. Si no fuera por ella yo no habría ido a París, no me quedaba casi dinero y los alojamientos eran carísimos. Rápido nos dijo: pero boluda, no podés vivir en Europa y no ir a París, París es lo más. Le explicamos nuestra situación económica precaria y como siempre no habíamos terminado y ya nos tenía solución: se quedan con Lucre, mi hermana, ella vive en París. Y yo le digo Elena tú estás loca (porque nosotros ponemos el tú frente a los verbos) yo no conozco a tu hermana, se supone que yo llegue allá y le diga: mucho gusto Lucre, yo soy Edmaris, amiga de Elena y me voy a quedar aquí por casi dos semanas. Elena mirándome con cara de incrédula: sí, cuál es el problema? Le explicamos que no se podía, que qué vergüenza, etc., etc., etc. Ele agarró el móvil: mamá que honda? Sí, mirá, que tengo que volver a París, sí, sí, ya sé que fui hace un par de semanas, pero entendé, mis amigas las boricuas (se moría de la risa cuando decía esa palabra) nunca han ido a París. Ya, ya les dije, pero no se atreven, así que tengo que ir, ajá, acordáte que es mi cumple, bueno, bueno.listo. ya está: nos vamos a París .

En un segundo Elena me llevó a París, me llevó a Valencia, a Málaga, a Sevilla, a Cádiz. Ella era la tour guide por excelencia, cuando nos despertábamos ella ya había desayunado y hasta a Misa había ido. Luego nos sorprendía cuando nos enseñaba las fotos, tenía fotos de todo, rótulos, plantas, piso, bares, gente, perros, mariposas, y hasta de nosotras mismas sin saberlo.

Un día de verano estábamos todas en la Plaza Mayor, hacía mucho calor después de un invierno largo e inusualmente frío según me enteré después. Todas con nuestros helados y de la nada sale Elena: Chicas; Estoy Chocha! Todas nos quedamos mudas, mirándonos las unas a las otras. A mí por lo regular me tocaba traducir, Ele: no sé lo que estás diciendo, pero cuando vayas a Puerto Rico, por favor no lo digas frente a mi abuela.

Elena es mi propia Mafalda de carne y hueso. Con ella tuve un picnic en París, en el puente al lado del Louvre, con más de una docena de argentinos y comimos chocotorta, una cosa que nunca he podido superar, chocolate y dulce de leche, no hace falta decir más. Con ella probamos el verdadero dulce de leche, y los pecaminosos alfajores.

Hace un par de semanas fui al correo a buscar un paquete o algo que aparentemente no cupo en el palomar, no, no tengo la dicha de un buzón. Y cuál fue mi sorpresa cuando veo que es de Buenos Aires, una invitación de boda y por alguna extraña razón no puedo dejar de llorar. Fue el día que venía el huracán Omar, llevé a mi perra al veterinario y fui al correo, los preparativos naturales de un huracán.

Elena se me casa y me lleno de felicidad por ella. Pero no puedo estar allí, no puedo decirle me muero muerta, estoy chocha, que linda que eres, estás diosa y nunca he visto una novia más linda que tú, no existe. No puedo prometerle como ella lo hizo conmigo que si alguien se atreve a venir de blanco la saco a patadas. No puedo abrazar al novio y sentir el alivio de que me da buena vibra. No puedo decirle a ella cara a cara que la boda pasa en un segundo, que trate de recordar cómo huele, una que otra canción, que no guarde un pedazo de bizcocho, no sé si los argentinos hacen eso, pero que no lo haga de todas formas, que es un asco comerse un bizcocho un año después. Y  quisiera, sacar a Julito a un lado, no importa lo bueno que sea y amenazarlo, como hacemos los puertorriqueños cuando queremos a alguien. Amenazar a la pareja  y decirle que si me la lastima, voy a sacar todos los ahorros que no tengo para ir a golpearlo. Decirle que es el hombre más afortunado del mundo porque se casa con el sol. Pedirle que por favor siempre le regale flores, que le toque el pelo hasta que se duerma, que la despierte a besos, porque Elenita cree en el amor. Siempre ha creído en él antes de sentirlo, antes de conocerlo y sólo la gente noble sabe hacer eso. Que le aseguro que Elena lo va a hacer reir como nadie, porque se pasa el día cantando, porque ama el cine y se memoriza escenas y música de fondo. Que con Ele puede ir a cualquier lugar en el mundo porque ella es una brújula. Yo soy una bruja y siempre he creído que merezco ser feliz, pero Ele cree en la gente. Sé que Ele se pintará la boca de rojo para salir a pasear, le tomará miles de fotos a él, a los letreros de las calles, a todo lo que le llame la atención. Que la perdone los días que esté de mal humor que son un porciento minúsculo, que casi todo puede ser justificado intestinal u hormonalmente. Que le complazca sus caprichos y que nunca nunca la deje de mirar con ternura. Que le construya un laboratorio de revelado porque ella es de esos seres que ven las estaciones, los cambios de luz en el cielo y que si alguna vez por alguna razón totalmente fuera de su control ella está triste, que le cante la canción que ella me prestó: I can’t take my eyes off you, I can’t take my eyes off you, I can’t take my eyes…

Elena es fácil desearte que seas feliz, porque la felicidad por clichoso que parezca, la llevas a dondequiera que vas.  

jueves, 9 de octubre de 2008

BARRUNTO



Un día entré a una boutique, porque ya había agotado todos mis recursos y porque tenían una pancarta gigante enfrente llena de porcientos. Como siempre me pasa las vendedoras tratan de convencerme de que la talla que estoy buscando no es mi talla, “mides cómo qué; 5’5” y pesas como 120 lb, es imposible que ese sea tu size”. Mido cinco pies con una pulgada y media que no cuenta para nada y las otras cuatro pulgadas me las suplo con tacones sin importar para donde voy o el sufrimiento  que pueda causarle a mis pies, la belleza duele, eso dicen. Las libras por lo tanto estan más o menos acertadas dependiendo el momento preciso del mes. Luego tengo que explicarles que mi cuerpo engaña y que soy pequeñita arriba e inversamente proporcional abajo y prefiero que quepa la parte inferior de mi cuerpo y luego cortar la tela que sobre. Una señora mayor, cubana, me rescató de las pirañas y me dijo: “tú lo que necesitas es un traje línea A”, y me sacó un traje que no me gustó para nada, fuscia, con pinceladas doradas, yo soy plateada, blanco y negro. Pero accedí en agradecimiento por el rescate y me medí el traje que resultó quedarme (modestia ausente) espectacular. La señora me explicó que ese era el corte perfecto para la estructura  de mi cuerpo, cosa que nadie tuvo la bondad de informarme antes, en los miles de calvarios similares. Y de momento suspira y me dice: “por tu vida mi santa, pero qué trapecio tan hermoso tú tienes”. Yo sonrío y le doy las gracias de rigor. “Tú no sabes lo que la mayoría de mis clientas darían por un trapecio así algunas hasta se lo maquillan.” Y yo me río con la risa nerviosa esa que me sale cuando no sé qué decir, la señora se retira y le pregunto a mi madre, qué carajo es un trapecio? Y me señala toda la parte entre  mi cuello y mi pecho. Y justo ahí, esa zona donde yo sólo reconocía la clavícula se convirtió en mi trapecio.

Mi clavícula es la única parte del cuerpo que me he fracturado en mi vida. Sí, así de atlética soy. Cuando tenía 3 ó 4 añitos mi papá estaba cocinando y yo estaba sentada encima del mostrador de la cocina, mi mamá sujetándome y papi le dice a mami que mire o pruebe algo, mami se acerca a él y yo me inclino para ver también y me fui de boca y me fracturé la clavícula. La curiosidad es un deporte peligroso. Cuando me río mucho, de esas carcajadas prolongadas que te sacan las lágrimas y después te hacen sentir aliviado como después de un estornudo o de otras cosas, a mí me provoca un dolor agudo en la clavícula, en un lado en partícular.  Tengo la clavícula de una persona muchísimo más flaca que yo, huesuda, tal vez por eso fue fácil de romper.

Hay un poemario que se llama barrunto y el sonido de esa palabra me enamoró sin saber lo que significaba, cosa que me suele pasar.  Oficialmente barrunto viene de barruntar, presentir, pero en Puerto Rico le llaman barrunto a un malestar en los huesos o en las coyunturas cuando va a llover, lo dicen las abuelas, que las heridas viejas se resienten ante el presentimiento de lluvia. Cuando me río mucho, me duele la clavícula y luego me duele tanto que me dan ganas de llorar, barrunto de la peor calaña, la parte más bonita de mi cuerpo se niega a olvidar que algún día se rompió.  Ni siquiera recuerdo la caída y aunque alguna gente diga que es imposible yo tengo memoria desde mis dos.  Mi madre nos decía cuando a mi hermano y a mí nos daba pavera: ríanse mucho, ríanse que después van a llorar, de seguro se lo decía mi abuela a ella y a mi abuela mi bisabuela y así consecutivamente la maldición de generación en generación.  Cuando me siento feliz, soberanamente feliz, a la misma vez siento miedo, siento pavor, porque sé que ahí está la verdadera teoría de la relatividad. Después de la tempestad viene la calma dicen, y yo digo: después de la calma qué viene: quisiera decir otra cosa pero mi experiencia vital me dice que viene una tempestad mucho peor. Y muchas veces la tempestad no es realmente peor, pero uno va acumulando tempestades, fracturas, barruntos y lo que la primera vez se enfrentó con toda la valentía del mundo, uno lo enfrenta herido, con menos municiones, con la embarcación remendada, con miedo por la vividez del recuerdo. Mi madre dice que la primera vez que se fue de parto, si se le puede llamar así cuando el doctor te ordena que vayas al hospital a parir no sintió miedo, pero la segunda vez, tan pronto pisó el hospital se aterrorizó porque lo recordó todo, el primer parto completo, vividamente, esas imágenes que nunca volvió a ver en todos esos años se le avalanzaron de golpe. Mi colombiano favorito lo dice mejor: la nitidez perversa de la nostalgia.

Nos pasa con muchas cosas, se me cierra el estómago si entro al restaurante donde alguna vez fui muy feliz. Y poco a poco uno termina siendo herido con demasiada facilidad, hasta cuando menos se lo espera, cuando uno ya se ha dado de alta emocional. Prendo la radio y sale Franco De Vita y dice: “ y por qué dejamos que esto se fuera tan lejos, que se nos escapara de las manos…” y no puedo dejar de llorar y soy una persona feliz, relativamente feliz.  Pero hace mucho tiempo alguien me dejó de querer o tal vez nunca me quiso y aunque estoy sanada, cuando escucho esa frase algo dentro se vuelve a romper. Es el presentimiento de lluvia, yo me trepo con facilidad en cualquier mostrador y no pienso en caerme. Pero amo mucho y entrego mucho y a veces el barrunto me come viva.  Porque mi espíritu es una carretera boricua, llena de hoyos que rellenan con un poco de brea, y al primer diluvio, la abertura original se convierte en un cráter.

Hay un tipo de llanto, que es tan fuerte que se pone el cielo blanco, que se nubla la vista, que parece que cambian las dimensiones de la habitación y que el aire no puede llegar a donde debería. Clínicamente, humanamente, el dolor emocional es tan abrumador que el cuerpo intenta apagarlo, como sea, el cuerpo no es bruto dice mi costurera, a veces uno sí lo es. Como los knock outs  en el boxeo, el cerebro da vueltas dentro del cráneo y llega el momento donde el cuerpo no aguanta más y se derrumba. En mi isla llueve y el tráfico se convierte en un funeral gigante. Tengo un amigo que dice que es como si lloviera pega y los automóviles dejan de moverse. En un país donde las casas tienen más carros que gente, llueve y nos detenemos. Todo se inunda, la electricidad colapsa, los carros se hunden, las alcantarillas se revientan y algunos lloramos en los carros. Porque a veces no hay tiempo, porque no sabemos dónde duele y abrimos los ojos por las mañanas lentamente con miedo a levantarnos y que ese dolorcito todavía esté ahí, o lo que es peor que nunca se haya ido en realidad. Porque eso es lo mágico de las rupturas; no todas se curan con el tiempo, a veces una cicatriz en la piel ya añeja al exponerse a altas temperaturas reaparece como si estuviese acabadita de hacer. Cuando pasa mucho tiempo y no me duele la clavícula, me da tristeza porque pienso que tal vez ya no me río como antes.

A veces miro a mi abuela que no sabe si llueve o escampa. Y me pregunto si mi primer amor tenía razón, si tal vez mi abuela tenía tantas memorias tristes que decidió olvidar, si tal vez ese olvido que es tan terrible para nosotros para ella es la única cura posible a su barrunto.

Ayer cayó un diluvio y me pregunté si mientras llovía a alguien le dolía un hueso y pensaba en mí.