viernes, 3 de julio de 2009

Diluida

Ella no se cortaba las puntas del pelo. Nunca se tragó la idea esa extraña de que cortando las puntas se estimulaban las raíces, no cedía ni ante evidencia científica de que las plantas y los árboles actuaban así. No usaba marrón, ni estampados con estrellas, ni charol, ni combinaba más de tres colores, ni usaba dorado, ni curduroy, ni velvet. Todo por principio. Estaba llena de principios, de certezas, de teorías con o sin fundamentos. Creía en tantas cosas, en la astrología, en las almas gemelas, en la literatura, en la patria, en la independencia, en la belleza de lo sencillo, en la poca importancia del dinero, en la carencia absoluta del temor de hacer el ridículo. Medía cinco pies durante el día, semi descalza y de noche medía cinco o seis pulgadas más. No salía sin delineador, es más no despertaba al lado de nadie sin tener el lápiz debajo de la almohada. Se bañaba con agua fría, más bien helada. Comía de todo, sin importarle absolutamente nada, bebía de todo, con una particular tendencia a los licores masculinos. Era elástica y parecía incapaz de sentarse como una damita. Era brillante, o al menos eso se creía, eso decían. Era una comediante innata, podía hacer reír a casi cualquier ser humano, y lo mejor de todo era que lo lograba casi sin proponérselo. Coqueteaba casi por reflejo. Le dolían: el hambre del mundo, el racismo, el prejuicio, la homofobia, la falta de acceso a la educación, la desmoralización de su isla, la mentira, la injusticia, las enfermedades, le dolían, por más lejanas que le fuesen todas. Amaba su país, como uno ama a su primer amor, sin ningún límite porque no se conoce otra forma de hacerlo. No se peinaba y se asoleaba con refrescos de soda, siempre quedando color caramelo. Nunca se había pintado el pelo, no creía en las uñas postizas y le aterraba cualquier profesión que requiriera una chaqueta.
Quería viajar, conocer el mundo, costásele lo que le costase, aprender idiomas como sólo se aprenden honesta y permanentemente; por necesidad.
Era apasionada, tan apasionada, que parecía que se tragaba a sus parejas, los absorbía y poco a poco dentro de ella le parecía que desaparecían. Como se beben las copas, como se acaban los libros, como se acaban las canciones.
Ella no quería que la amasen muchísimo, quería amar muchísimo y sentirse adorada, que no es lo mismo. No le interesaban los trucos detrás de la magia. Le gustaba el espectáculo, la expectativa, la tensión, los subibajas emocionales, los escalofríos. No le interesaban los juegos de las manos del mago, ni los trucos de iluminaciones, ni las cajas con puertas secretas. Quería magia, durara lo que durara, estuviese hecha de lo que estuviese hecha.
Amaba los libros, no el objeto, si no la puerta que se abría en las novelas, esa vida de otros que se volvía propia, por algunos días, por lo que durara el viaje, ya fuesen 100 o 550 páginas. Cuando le gustaba una frase, rompía la página, no había forma que se perdiera la marca. No importaba que fuese una edición de colección. Escribía poesía, más que cualquier otra cosa, le salía natural. Jamás mecanografiaba poesía, eso era asesinarla desde el principio, la poesía estaba hecha a lápiz y papel.
Ella se pasaba cantando, delante de cualquiera, se sabía la letra de más canciones que probablemente cualquier otra persona que le duplicara la edad, otro de sus dones inútiles decía ella. No cocinaba, ni limpiaba, ella estaba hecha para mayores cosas.
No se peinaba, ni hacía ejercicios y una vez un amante le dijo que si se ejercitara, hubiese tenido el cuerpo perfecto. Y ella le dijo que hasta ahora no había tenido quejas de aquella versión imperfecta. Y así desechaba cuanta crítica recibiese, porque se sentía grandiosa y no había nadie que mereciese cambiar esa percepción, absolutamente nadie. Estaba llena de teorías.
Creía en Dios, más de lo que se permitía confesar, rezaba a diario, un par de veces, a su forma, por supuesto. Estaba orgullosa de su voluptuosidad, de la inmensidad de su boca, de la escasez de su pecho, de la longitud de su cuello, y hasta de la fealdad de sus pies.
Estaba orgullosa de su cabeza, de su cabeza dura, centrada, cerrada en ocasiones pero amplísima en tantas otras. Era difícil de escandalizar. Se le hacía demasiado fácil perdonar. Pero tenía totalmente delimitado todo aquello imperdonable. Tenía una mala suerte relativa. Todo le daba más trabajo de lo usual, pero al final los resultados solían ser mejores de lo habitual.
No quería casarse, no quería tener hijos, no quería tener dinero, quería un doctorado. No para poner una “d”, una “r” y una “a” delante de su nombre. Sino por el placer que se imaginaba que sería dedicar casi una decena de años a leer, leer literatura!
Quería ser una peliona toda la vida, discutir temas políticos en las bohemias, cantar hasta cuando desconocidos la oyesen, vivir sin peinarse, sin planchar la ropa, con pocos lujos y muchos placeres, con pocas pertenencias y centenares de viajes. Ella no quería ser madre, no quería ser esposa, ni siquiera le interesaba tanto ser amiga, ella quería ser amante y no en la acepción de adulterio más bien en el marco de amar como si fuese algo a lo que uno se dedica y recibir lo mismo como compensación. Porque ella sentía que lo hacía bien, la entretenía, la mantenía ocupada, la enfocaba, la obligaba a quedarse en un lugar, a establecer una ruta. Cuando no tenía pareja se desbocaba, no podía parar de hacer cosas, de buscar pasatiempos, de aprender lenguajes, leer libros, ver películas, ir a lugares, comprar pasajes, ir a fiestas, beberse todo lo que su torrente sanguíneo le permitía. No era que se sintiese sola, era que su intensidad se desparramaba, que su cerebro tenía demasiado tiempo para crecer. Cuando andaba sola, las camisas eran más cortas, las pantallas más largas, las salidas más continuas, las carcajadas eran más sonoras y sus discusiones con el mundo también. Ella estaba llena de teorías. Ella confiaba en sus habilidades amatorias, en su capacidad de cambiar a la gente, de afectar su medio ambiente, de encontrar poesía hasta en las calamidades y cuando algo muy feo le pasaba, escribía algo tan hermoso, que parecía haber valido la pena.
Era lo único que le tentaba de la maternidad, poder escribir sobre eso. Lo mismo con los tatuajes y la tentación de lanzarse al vacío, porque tenía muy pocos miedos y eso es siempre muy peligroso. No tenía muchos amigos, eso pensaba, pero conocía mucha gente. Tenía muy pocas lealtades y por lo mismo muchas menos preocupaciones. No tenía tacto ni filtro y era capaz de decir lo que fuese a quien fuera. Andaba con una navaja en la lengua, siempre tenía la contestación a medio salir. Tenía un apetito voraz, en todos los sentidos posibles, nada parecía llenarla, y por más que leyera, por más que comiera, por más que cantara, por más bocas que espulgara, siempre estaba insatisfecha. Por lo mismo, se levantaba todas las mañanas con una emoción grandísima de que tal vez ese preciso día podía encontrar aquello que pudiese darle sentido a todo y por lo mismo todas las noches se acostaba un poquito derrotada. Todas las mañanas se tocaba el cuerpo completo y se daba cuenta de nuevo de que estaba completa, que lo tenía todo y aún así no era suficiente. Y esa sensación de seguir necesitando, la volvía a levantar, la ponía a cantar, a leer el doble, a debatir con gente inteligente para salvar el mundo, a comerse la boca de alguien porque por algún sitio se tenía que llenar.

Algunas mañanas me pregunto, qué habrá sido de ella, si estará presa debajo de una chaqueta, diluida entre mi columna, con muchas menos certezas y el doble de las teorías. Me pregunto si mi comediante es ahora un mimo triste que intenta gritarme sin voz.

domingo, 31 de mayo de 2009

duelo

Ya puedo pronunciar tu nombre,

no porque duela menos,

sino porque alivia un poco.

 

Hace cuatro semanas y un día

que ya no estás.

Y todavía te hablo como si estuvieras.

Todavía abro la puerta esperando verte,

todavía me imagino tu silueta en el pasillo.

Y tengo la impresión de que ese pasillo crece,

porque todos los días lo veo más infinito.

 

Todavía se siente un vacío,

una ausencia terrible.

Y sentirme triste

porque no te tengo,

me hace estar menos sola.

 

Y ese espacio tuyo ahora está lleno de dos presencias

y ni siquiera multiplicando los seres,

ni siquiera con el doble del ruido,

Con el doble del trabajo, con el doble de los tropiezos

se reduce ni un porciento la certeza de que no estás.

No estás detrás de mis talones,

no estás frente a mi puerta .

Y quisiera creerme eso que siempre digo:

que el amor es como la energía,

que no se pierde ni se destruye;

se transforma

 

Se que estás transformada,

indudablemente en algun lugar lo estás.

Soy yo la perdida,

la destruída,

soy yo porque no soy ni amor ni energía.

 

Te veo mirándome desde la puerta,

como si hubieses sabido,

como si tus presentimientos fueran más sabios que los míos.

Y recuerdo verte feliz, más feliz que nunca,

más rápido que nunca,

casi casi volando,

casi casi bailando en círculos alrededor de nosotros.

Casi casi como un conjuro,

como un ejercicio mágico

como si te llevaras todo,

como si fueras capaz de absorber:

las maldiciones, los daños, las mentiras, los rencores.

Como si te lo llevaras todo,

como si pudieses salvarme,

como si fueses mi amuleto de la suerte,

un cuarzo de todos los colores.

 

Prefiero creerme que tenías una misión suicida

de esas llenas de honores y salvaciones

y no que un descuido,

una prisa asesina,

una desidia vecina,

te arrancó sin propósito.

Justo frente a mis ojos,

un primer sábado de mayo,

sin lluvias purificadoras,

 con un maldito sol de aliado,

con un grito amado que decía: Dios Mío

casi herético para algunos

porque los dolores debieran ser todos humanos

cuando no lo son no tienen mérito.

 

Y entendí la locura,

entendí las pasiones suicidas

y entendí lo gritos funerarios

y entendí la sombra de la muerte

enredada en la garganta.

Y peleé con Dios de nuevo,

que está harto de mis rabietas.

Y no supimos llorar juntos,

porque hay dolores que no pueden combinarse.

Y quería tirarme al agua,

quería comerme la tierra,

quería arrancarme el pelo.

 

Y todavía, amo mucho menos mi casa,

cierro un poco los ojos cada vez que la bordeo

y sé que algo debo de estar pagando

mi culpa católica es indomable

y mi tristeza inefable

una tristeza larga,

de esas que se muerden la cola

y me arrepiento de tantas cosas;

de minutos que llegué muy tarde

de precauciones que no se tomaron

de caminatas demasiado cortas

de regaños demasiado gritados

y ahora no me importan las sandalias rotas

ni los cables destrozados

ni los cientos de dólares invertidos

porque daría cualquier cosa por ver esos ojos de nuevo

por olerte otra vez la boca,

por cantarte nanas, por inventarte más versos,

no de estos versos horribles,

los poetas odiamos las elegías propias.

 

Porque llorar ya no es lo mismo,

cuando tú no bebes mi tristeza.

Y sí, me he vuelto cursi

y sí, canto mucho menos.

Y no, no quiero amar igual de fuerte,

no creo que pueda de todas formas,

no creo que deba, por órdenes médicas.

No hay pastillas felices, ni aspirinas,

ni placeres extáticos, ni melatonina,

que diluyan naturalmente la pena.

 

Me niego a soluciones químicas,

que me alivien el dolor,

me pregunto dónde se guarda el dolor

cuando se cubre de antidepresivos

dónde lo esconden y por cuánto tiempo

y qué pasa cuándo regresa

¿no será el dolor como los ríos?

que siempre vuelven a su cauce

y cuando menos uno lo espera

se rompe la represa

con toda la intensidad

que se ha ido acumulando.

 

Son 29 días, y he llorado 24.

Mi edad se multiplica,

se nota alrededor de mis ojos.

Le he perdido el miedo a tantas cosas.

Benedetti decía gracias a Dios que tengo la poesía,

me imagino que se refería

a que evita un poco la violencia,

la distrae, la disimula.

Yo he ido aprendiendo a distribuir mi rabia.

Intento usarla con sabiduría.

Estoy esperando a terminar mi cuota.

Es un conteo regresivo, como todo.

 

Seis meses de duelo dice mi loquera.

Algunos piensan que es sólo una acumulación de pruebas.

La gota que colmó la copa, que pudo haber sido cualquiera.

Pero no lo fue.

Es una tragedia.

Solita, independiente, poderosa.

Destructora, despiadada, agonizante.

Una tragedia de un sábado cualquiera.

Otra derrota para una temporada desastrosa.

Una tristeza que no quiero combatir.

Combatirla sería olvidarte.

Y olvidarte sería terminar de perderte.

 

 

 

domingo, 12 de abril de 2009

pérdida

Tengo 24 años y es la primera vez en mi vida que tecleo mi edad llorando.  De vez en cuando me alivia cuando hago algo por primera vez porque para mí uno es joven mientras queden cosas que hacer por primera vez. Hace tres semanas obtuve un resultado positivo de embarazo por primera vez. Y hace tres semanas me hice tres pruebas más para estar segura.  Hace tres semanas lloré por primera vez porque iba a ser mamá y la idea me aterrorizaba.  Hace tres semanas le dije en una tarjeta al hombre que llevo amando por casi cinco años que íbamos a tener algo nuestro, algo no planificado, algo no buscado, pero nuestro y hace tres semanas le vi una felicidad en los ojos que nunca antes le había visto. Desde hace tres semanas mi papá sonríe como hace tiempo no le veía sonreir.  Yo tenía miedo, mucho miedo.  Miedo porque trabajo y estudio. Miedo porque la casa no es suficientemente grande. Miedo porque no sabía si la relación era suficientemente fuerte para aguantar algo así. Miedo porque no tenemos dinero. Miedo porque soy sagitario y el cambio me da mucho miedo. Nacería un 30 de noviembre de 2009, concebido y nacido el mismo año. Sagitario como yo.  Dejé de beber, me chupé una monga a lo macho, sin un sólo medicamento.

No se vió nada en el primer sonograma y me dijeron que podía ser una de tres: o me embaracé tarde y me enteré demasiado temprano (lo cual explicaría que el ritmo fuese totalmente inútil), que fuese ectópico (idea que cancelé desde el principio) o que fuese múltiple, intenté descartarlo pero tengo que confesar que era lo más compatible con mi suerte habitual.

Me sacaron sangre como cinco veces buscando proporciones de hormonas, hasta la vida es así de calculada. Esa hormona hcg, debe duplicarse cada 48 horas. En mi última visita el lunes pasado, me dijeron que había subido como se suponía.  Empecé a buscar nombres, a ver cunitas, a ordenar moviles de mariposas para poner en el techo, tenía sueño todo el tiempo y mi esposo le hablaba a mi ombligo por las noches. Llegaba más temprano y me miraba como si yo tuviese una constelación de estrellas por dentro. Hasta la sicóloga nos dio medio de alta cuando nos vio. Nos dijo que nos veiamos más relajados, más felices. Me dejé de preocupar por los viajes que no iba a dar,  me compré jabones de manteca de cacao, emepecé a tomar más agua y vitaminas, a tomar ácido fólico y a permitirme comer lo que se me viniese en gana. Decidí decírselo a mi jefe, aunque no me diera la permanencia nunca. Le dije a mi esposo que le hiciéramos una cuenta de ahorros tan pronto naciera para que no se le hiciera todo tan difícil como a nosotros. El me dijo que nos fuéramos a un hotel antes de que la barriga estuviese dificil de manejar, que cenáramos rico, que sacáramos tiempo para nosotros.  Que cuando naciera nos iríamos a tatuar, como siempre habíamos dicho. De momento todo tenía sentido, todo parecía congruente, Dios tiene un sentido del humor negro pero no tan cruel como el mío; me dije. Como siempre me pasa cuando le doy el beneficio de la duda a alguien, me equivoqué.

Empezamos a recoger la casa, mi amiga de toda la vida vino a ayudarme a hacer un resaque de clóset. Un jueves santo, día de limpieza en esta casa. Y comencé a sangrar. De poquito en poquito primero, nada muy alarmante. Aún así llamé al médico y me mandó a acostar. Y yo reza que reza, de poquito en poquito, tampoco muy alarmante aparentemente.  Y así estuve más de 38 horas, acostada, metiéndome progesterona cada 12 horas y a veces un poco antes, para ver si paraba de sangrar.  Y me empezó a doler, de montón en montón. El doctor ya me había dicho que el cuadro no pintaba bien, 50/50 de probabilidades.  Por eso no apuesto, si mi probabilidad es 50/50 es una pérdida segura. Y así fue.

Es irónico como al principio no podía pronunciar estoy embarazada y ahora lo otro ni siquiera lo puedo refrasear. El embarazo al menos lo decía de otras formas: vamos a ir 1.15 personas, buena suerte titi, vas a ser abuela, no puedo ir al viaje en diciembre porque voy a estar recién paría, mi cumple #25 estaré a punto de reventar, no puedo beber nada que no tenga 400mg de ácido fólico por volumen,  etc. etc, etc.
Y me da tanta pena, no conmigo que he tendido (perdonen mi lirismo) un año de pinga. Me da pena porque odio que me desilusionen y por encima de eso odio desilusionar. Y la gente que más desilusionada está, no se dan ni la oportunidad de echarse a llorar porque sienten que me tienen que cuidar. 

Los niveles de hcg bajaron. Selección natural dice el médico. Uno de cada cinco embarazos se pierde. Si mis chances son 1 de 5 también pierdo, recién me entero. Él doctor dice que aunque yo llore o pataletee, él celebra porque preño, porque sabemos que me embarazo. Que ahora si voy a seguir buscando . . .  pero es que yo no estaba buscando nada. Es que yo le busqué y le encontré una razón teológica a todo esto para entenderlo, aceptarlo, pero ya había pasado la etapa de aceptación y estaba en la puta etapa feliz que siempre es la más corta. Mi esposo, metió toda su felicidad recién convertida en tristeza y se la tragó, me metió a la ducha, me bañó y me secó el pelo sonriéndome y sin mediar palabra. A mí nunca me consuelan las desgracias ajenas y si lo uso para consolar a alguien es que no encontré otro recurso.

Es domingo de Pascua y no lo voy a decir en español para no ofender a mi abuela, creo que sólo se puede ser hereje en castellano castizo. I’m fucking pissed off at God.
A veces pienso (pero es uno de esos pensamientos que mi formación católica cancela por culposos) que no le puedes demostrar a la vida que te gusta mucho o valoras mucho algo, porque indudablemente te lo va a quitar… es una mala traducción porque realmente las herejías las pienso en inglés, me siento menos culpable en inglés.
“Don’t let life know that you really want something, because she will take it away from you, she’s a woman and a mother after all.” -Yo

Probablemente me está salvando de algo peor, de un niño enfermo, de un embarazo terrible, qué se yo, en el fondo lo sé pero necesito sentir rabia ahora, necesito tener coraje porque soy una inútil cuando estoy triste. Yo soy cruel, siempre lo he sido y la condición empeora mientras tecleo.  El doctor me explicó la selección natural. La selección natural es de mis principios favoritos, después de Murphy claro está. Pasa en las tortugas, en los perros y hasta en los elefantes. Pero yo nunca he escuchado de un elefante que mire cunas en forma de Arca de Noé, no he escuchado de una tortuga que llame a sus amigas a decirle que van a ser titis, no he escuchado que un delfín abrace más y mejor a su pareja porque está encinta y mira que yo leo información absurda.

Tengo una receta de unas pastillas antiprogesterona, para que ayuden al cuerpo a eliminar lo que formó. La cosita humana que empezó a formarse dentro de mí, que termine de diluirse.  Unas pastillas que la gente usa como método abortivo. Prefiero la selección natural y si me raspé una monga, con dolor en el cuerpo y en las coyunturas, sin casi poder respirar y con una tos infernal sin medicamentos para que ese cuasi bebé no le pasara nada. Me voy a chupar este dolor como Dios manda también porque en el fondo es un alivio.  He sentido tanto dolor emocional últimamente y nunca sé bien dónde lo siento. Decimos que nos duele el corazón, porque es lo que bombea sangre, el motor del cuerpo y como nos gusta pensar que el amor es el motor de la vida, ya está, analogía fácil.

A mí me duele el vientre, como si me lo estuviesen acuchillando, así que tal vez mi alma se mudó ahí hace 7 semanas.  Aunque mi bebé no se le llegase a formar el corazón. Tal vez lo tenía en forma de espiral, alejándose cada vez más del punto de partida. O tal vez como los elefantes tienen sus brújulas vitales con la forma del símbolo del infinito, regresan a donde nacen para morir.  Los médicos dicen que antes, las mujeres tenían abortos naturales a cada rato, lo adjudicaban a un atraso prolongado y luego un periodo abundante. Sostengo mi postura sobre la hermosura de la ignorancia.  El alivio que yo sentiría si fuese tan sólo eso, un atraso de más de un mes y un periodo terrible. Pero nunca he tenido la suerte de no saber, siempre sé, sé de qué tamaño era, sé cuándo llegaba, sé cuántas semanas tenía, y hasta sé como mi vida pareció cambiar tan sólo por saber que se formaba en mí. Tal vez mi bebé era del tamaño de un guisante pero tendría corazón de elefante y murió donde mismo se formó. 

jueves, 26 de marzo de 2009

arisca


Hay gente que tiene ciertas influencias en mí, que ni yo misma entiendo. Cuando esto me ha pasado el 98% de las ocasiones son hombres. No sé si se debe a que las cosas simples me bloquean, me aturden, me embrutecen. Si me pides el resultado de 8x7 inevitablemente en mi mente multiplico 7x7=49, entonces le sumo 7 y por fin llego al maldito 56 que nunca aparece como un reflejo en ningún lóbulo de mi cerebro. Sin embargo si me planteas uno de esos “ problem solvings” larguísimos donde te preguntan, si Jaime es mayor que Juan 4 años y Pedro el menor que Jaime 2 años, y Marcos es menor que Juan pero mayor que Pedro por año y medio y la suma de todas las edades es 78, cuántos años tiene Juan??? Por algún misterio homeopático puedo resolverlo.

Pero hay ciertos seres que inutilizan mi inteligencia. Antes pensaba que era mi corazón, mi sentimentalismo que tenía un poder limitante sobre mi raciocinio. Sin embargo hoy tengo la certeza de que mi debilidad está en la piel. No sólo porque mi piel no produce suficiente melanina y me salen paños cuando tomo Sol, lo cual es siempre porque: #1 me encanta broncearme y #2 porque tengo la caprichosa alergia al bloqueador solar que me imposibilita protegerme sin sentir que estoy siendo frita o torturada con aceite caliente.

Mi piel me debilita porque soy felina. Tengo la necesidad esa innata de los gatos de ser tocados. Me restrego contra la gente. Sin embargo me cohibo muchísimo de andar repartiendo mimos por el mundo. Es más por lo regular me pongo arisca. Cuando la gente me abraza no sé qué hacer, mi torpeza se ensalza y me salgo del intento de abrazo antes de tiempo, no sé moverme si tengo un brazo encima. Esto lo descubrí tarde, como casi todo en mi vida. Así que cuando quiero a la gente, la pellizco, los aprieto, les halo el pelo, les muerdo un hombro, les hago llaves de lucha libre. La ternura me cuesta. Entonces cuando pongo en práctica toda la terapia mental que me doy para rescatar la feminidad que debe estar sumergida bajo mi fuerza que a veces pienso que está hecha de testosterona y me lanzo a acariciar y no me responden; en vez de alejarme cabizbaja y con el rabo entre las patas, me desboco. Porque soy excesiva. Soy testaruda. Me creo invencible. Soy medio hombre y cuando me rechazan me creo que es una invitación. Cuando me ignoran lo tomo como un reto. Y apuesto a mí.

Y es que mi piel, como es mía, de tal palo tal astilla, siempre tiene hambre. Una tristeza profunda me cierra el estómago pero me abre la piel. Una amiga futura doctora me dijo, justo lo que necesitaba oir de la estudiante de medicina que nunca seré, el cuerpo es perfecto, la piel deja entrar y salir lo justo, lo necesario, lo que puede manejar. Mi piel padece de escasez. Mi piel es seca y si le pongo una cantidad mediana de una de esas cremas de olores imposibles, puedo ver cómo mi piel la devora, la desaparece, se la traga. Por eso no me duran los perfumes, ni los maquillajes, mi piel decide ser impermeable y a diferencia de las cremas a quienes mi piel se chupa, mi piel se vuelve resistente a los colores del maquillaje y al alcohol del perfume. Por eso si quiero que un perfume me dure, me tengo que comprar el dichoso kit de shower gel, body cream, splash y perfume, porque si no, el aroma sencillamente rebota. Y no huelo a nada.

Mi piel sufre de escasez; casi no tengo lunares, los puedo contar con los dedos de una mano, casi no tengo pelo, mi piel es desértica. Entonces de ahí debe venir esa tendencia a traicionarme. En que a mi piel al igual que yo le falta orgullo y le sobra apetito. Mi árbol favorito es el sauce llorón, y lo que me afecta de él, porque todo lo que nos gusta es porque nos afecta de algún modo, no es su aparente tristeza, ni su nombre profundamente melancólico, es esa sed perpetua que el pobre tiene. Por eso los sauces tienen que estar cerca de cuerpos de agua. Alguien me dijo una vez, (porque soñaba con tener algún día uno frente a la puerta de mi casa), que sus raíces destruyen las tuberías, si no tienen agua a su alcance, destruyen lo que está en medio para conseguirla.

Soy un signo de fuego, lo que podría explicar los designios erráticos de mi piel y comparto mi vida con un signo de tierra. Lo podemos ver de diferentes formas. Cuando hay fuertes incendios forestales los apagan con sacos de tierra. Pero por otro lado qué es un volcán sino un montón de tierra encubando otro montón de piedra derretida, caliente, fogosa. Un volcán con el que se puede vivir tranquilamente por años, cuidado si por décadas. Y el día menos pensado, sin ningún tipo de aviso metereológico explota y comparte su fuego con sus alrededores, se derrama, se libera. Le tengo terror a los volcanes. Será porque no los conozco o porque me parecen demasiado conocidos.

Hoy amanecí acuosa. Será porque es domingo y los detesto. Relaciono el agua con la tristeza. El aire con la libertad. El fuego con las pasiones. La tierra con la permanencia. Detesto el estado de reposo de los domingos. Lo infalible del lunes. El aire de despedida que tienen. La inercia esa que me corta la respiración. Por eso me gustan los jueves, su sabor a anticipación. El derecho que nos da a mí y a mi piel de sentir sed y complacernos. El aturdimiento con el que consigo ignorar las palizas emocionales, los ayunos de afecto y sólo recordar esa hambre mañanera que es lo que abre mis ojos en las mañanas. Hambre. Un hambre capaz de derrotar a la poca lógica que he podido ir reuniendo. Y es por eso que a través de mi vida, en diferentes temporadas alguien ha tenido el poder sobre mí, de imposibilitarme el detenerme, el parar, el analizar. Y de pronto no importan las justificaciones, de pronto no importa si ya no me parezco a lo que quería ser, no importa si a cualquier amiga la reprendería por mi comportamiento, no importa. Porque es como el chocolate. No puedo decirle que no. Nunca parece ser suficiente. Nunca me empalago. Nunca me canso, nunca me hastío y lo peor y mejor de todo es que nunca me satisfago. No es casualidad que el verbo satisfacer sea de los peores para conjugar. El lenguaje, al menos el nuestro no es arbitrario, está lleno de causalidades y conexiones maravillosas. Satisfice, satisfago, satisfaré. Parece una burla. Y tan imposible es de conjugar como de realizar. Y mi piel por extensión no se satisface. Como cualquier compulsivo, como cualquier adicto, como cualquier dependiente de cualquier cosa, se le escapa el control. Y por eso mi piel es maquiavélica dentro de su condición. Predice, calcula, se autosuministra las dosis necesarias para engañar el metabolismo, se prepara para invernar, porque a eso hemos llegado. Y cuando mi piel no consigue lo que quiere, porque después de todo tengo buenos genes en cuanto a juventud y mi piel es una niña engreida, que pataletea y se deprime cuando no le dan lo que busca… y cuando mi piel se deprime nada más funciona. El resto de mis órganos van cayendo por efecto dominó, ni las clásicas causas hormonales son tan dañinas, y cuando yo me equivoco, o me excedo y termina mi piel sufriendo las consecuencias, porque la gente cuando te conoce sabe exactamente dónde dolerte. Y durante mi vida siempre me han disciplinado en esos términos, (estos seres extraños que me idiotizan) me castigan sin tocarme. No me afectan los gritos, ni las malas palabras, no me asustan las amenazas, ni los objetos voladores, no me conmueven las escenas. Pero esa tortura china del silencio, del silencio que se mete por mis oidos y entre mis piernas, me destroza los nervios.

Cuando viví en España en un momento dado estuve casi tres meses sin que me tocaran. Me fui a un salón de belleza con la excusa de ponerme regia para regresar. Una de esas estupideces colectivas de tener la obligación de llegar mejor de lo que uno se fue, al menos por fuera. Y la chica con el pelo de mil colores, con un recorte sólo comprensible en ese continente me llamó diciendo mi nombre de una forma en la que no le reconocí ni una sílaba y me sentó a lavarme el pelo. Hasta eso hacen diferente allá. No me buscó conversación. No me dio ninguna instrucción ni le preocupó que se me mojara la blusa. Me masajeó el cráneo sin exagerar por unos 15-20 minutos. Despacio, rápido, delicadamente, bruscamente, casi rascándome, casi acariciándome, a veces me hincaba, a veces me producía escalofríos, en momentos me sentía sumamente incómoda, en momentos me sentía sumamente feliz, alguien me tocaba y las lágrimas no dejaban de bajarme hasta el cuello. Algo bueno tenía que ella no se hubiese preocupado por no mojarme con la regadera.

En mi cerebro nunca hay silencio, ni siquiera cuando me esfuerzo. El silencio me parece un arma blanca, un bisturí quirúrgico. Cuando mi piel parlanchina no puede ser solidaria con ese gallinero que está 24/7 dentro de mi cráneo mi sistema se desequilibra. Y empiezan a haber escapes de información y de cordura en todas las direcciones. Dicen que la gente que se corta las venas lo hace para llamar la atención porque de hacerlo correctamente sería una muerte terriblemente lenta y dolorosa. Sin embargo aseguran que si uno se corta la vena carótida, tiene una muerte prácticamente instantánea sin mencionar que infalible. Creo que tengo venas carótidas ramificándose como las raíces de los sauces llorones, cuasi infinitas, despiadas, desesperadas y sedientas, buscando y multiplicándose exponencialmente por toda mi piel.

jueves, 12 de marzo de 2009

fóbica


Me intrigan las fobias. Tengo curiosidad por los miedos. No sé si tenga que ver con que siempre he tenido la teoría de que lo último que se pierde es el miedo. Por debajo de la esperanza, cuando se agota la fe, he tenido la cuasi certeza de que debe haber un profundo terror. Cabe la posibilidad de que como me atraen los opuestos y como tengo inclinaciones obsesivas, presiento que la obsesión debe ser prima hermana de la fobia, o mejor aún probablemente sean amantes. Después de todo, ambas son perturbaciones, sensaciones que te trastornan y por lo regular aquello que te trastoca tiene un efecto o terrible o riquísimo.
Hace ya dos noviembres que me leyeron mi carta astral. Tenía una corazonada, pero mis dones no están ni entrenados ni codificados y nunca estoy segura si es un buen o un mal presentimiento. Era un 15 de noviembre, 2007 para ser exactos y sentía que todo me estaba saliendo mal. Antes de buscar un santero que me hiciera un despojo, y me dijera que necesitaba un rodao’ de cabeza, y dos gallinas, porque de seguro tenía un trabajo, preferí consultarle a los astros.
Los astros me intimidan menos. Me dijeron muchas cosas, como suele pasar, mucho más de lo que necesitaba escuchar. Entre las más impactantes, que siento que nadie me ama como me merezco y todo parte de la premisa de que no sé amar. Que me he repetido tantas veces que no quiero ser madre, que no quiero ser madre, que no quiero ser madre, que ya logré convencer a mi cuerpo y mi cuerpo no se ha preparado para eso, por lo que muy previsiblemente sin ayuda no podré reproducirme. Según ella nada que no se pueda sanar con terapias de respiración. Que mi ascendente es en cáncer, lo que explica mis continuos roces y tempestades con la gente de ese signo. Que tendría una crisis matrimonial grande en marzo del 2008 y en noviembre del 2008, la más grande de todas, y que de ahí se decidiría definitivamente si la cosa proseguía o no. Que estaba atravesando un tránsito en Plutón que me duraría ya no recuerdo ni cuánto, sólo sé que ya tenía a Plutón enganchado cuando llegué a su oficina y estoy segurísima de que lo tengo encaramado en la espalda y adherido a mi columna vertebral todavía. También me dijo que este febrero que pasó, era un buen momento para ya haber sanado y concebir.
Lo más interesante y lo que no entendí (aunque creí que sí en el momento) era la explicación de lo significaría en mi vida un tránsito en Plutón. Hoy todo está claro. Para aquellos escépticos sólo les sugeriré que lo vean como poesía, porque así yo lo vi hasta que lo entendí. Casi todo lo que no entiendo o aquello que me produce una sensación incómoda y rica a la vez de curiosidad y confusión lo miro como poesía: la geometría, la física, la filosofía y algunos de los seres que me he atrevido a amar.
Yo también me pregunté que rayos podía significar un tránsito en Plutón fuera de lo obvio: que me esperaba una suerte del carajo en lo que terminaba de pasar el planeta enano con sus tres lunas. Lo mágico de Plutón es que te pasea por tus miedos. Léanse el mito de Perséfone. Así me lo explicaron: resumen masticado y digerido; era un doncella que el dios de los muertos Plutón raptó y llevó con él a vivir al infierno. Después de ahí pasa unas temporadas con él, la deja irse pero siempre tiene que regresar al inframundo. Algunas versiones del mito dicen que las entradas y salidas de Perséfone marcan las estaciones. Yo soy Perséfone, hasta cierta fecha que estoy intentando encontrar en las anotaciones que hice de esa cita. Lo importante es que Plutón te enfrenta a tus propios miedos. Las cosas a las que más le temas en la vida te las pondrá de frente e inevitablemente saldrás o destruido o invencible. Ella me dijo que son proyecciones, que lo que viera terrible en otras personas, especialmente mujeres serían reflejos de cosas feas que tengo dentro de mí (que aparentemente son muchas más de las que había contabilizado).
Honestamente no me asustaron las profecías porque a mi entender yo casi no sentía miedo. Ella me mencionó algunos miedos y algunas formas en que se podría manifestar, tengo miedo a la escasez (quién no) así que me pasaría al borde siempre de no tener nada, tengo miedo de no tener el control, así que tendría muchos quebrantos de salud en su mayoría por razones emocionales. Hoy día a 16 no tan felices meses viviendo con Plutón como un radar detrás de mí tengo mis miedos bien claritos: miedo a la vejez, miedo a la culpa, miedo al arrepentimiento, miedo a la pobreza, miedo a la pérdida, miedo a no tener quién me cuide, miedo a la desolación, miedo al desamparo, miedo a la exclusividad, miedo a la mediocridad, miedo a la decepción, fobia a decepcionar, fobia a la locura, fobia a la infidelidad, fobia a desconocerme, fobia a que me cambien, fobia a no poder reconocerme, fobia a la imposibilidad, fobia a la permanencia, fobia al compromiso, fobia al perdón, a la entrega, a mi incapacidad de amar y a su recíproco.
Hay ciertas fobias que no son mentales. Sencillamente el cuerpo rechaza cierta cosa, por ejemplo la hidrofobia y la fotofobia. Pueden ser aversiones mentales, simples temores, pero también puede ser la incapacidad del cuerpo de manejar el agua o la luz. Parecería mentira a las cosas a las cuales la gente le tiene fobia. No los terrores comunes: cucarachas, alturas, tiburones, sitios cerrados. Hay fobias hermosas (ahí voy yo con la poesía) y otras detestables (en mi humilde y fuerte opinión: inventadas) que han sido utilizadas para justificar cosas atroces. Fobia a los pelos, a los gérmenes, a las mujeres hermosas, a los homosexuales, fobias fálicas, fobias raciales, a los teléfonos, a los duendes, a los franceses, a los niños, a los viernes 13, a la gente calva y al papel. Miedo a ruborizarse, a los cirujanos, a los alfileres, a la desnudez, a las decisiones, a los puentes.
No puedo dejar de preguntarme qué le haría Plutón a estas personas.
Sólo les puedo decir, que Plutón es súper creativo. Y los dejo con la prueba más reciente. Llevo dos días peleando. Discutiendo sin tregua con la persona que amo, casi no lo veo últimamente y aún así lo logro. Ese ser humano que me obsesiona y me aterra (en sus dos concepciones), anda por el mundo en un vehículo de dos ruedas. Anda expuesto a cualquier cosa, vulnerable a los conductores ebrios, a las carreteras llenas de cráteres, a los aguaceros dispersos, a la poca iluminación de la zona rural donde vivo (entiéndase dos carriles que no hacen uno sin líneas que los dividan y sin ningún espacio para esquivar a nada ni a nadie). Anda protegido por un rosario que él mismo no entiende, por un triste reflector que le cruza el pecho cual reina de belleza, protegido con una camiseta con una calavera y un casco con dientes. Ese hombre que reúne tres cuartas partes de mis fobias y que ha sido cómplice de Plutón me tiene con el terror de que mi mala suerte sea contagiosa al borde de un quebrantamiento nervioso por culpa de una dichosa motora.
Hoy venía camino a mi casa, rumiando las palabras que escribiría hoy. La diatriba que le dirigiría como continuación de lo que nunca termino de decir cuando estoy rabiosa. Escribir es seducir dice mi maestra, y yo disfruto del “foreplay” (disculpando el espanglish porque preliminares no lo ilustra bien) de escribir en mi cabeza, voy dándole forma, amasándolo sin escribir una palabra. Y mientras refunfuño en mi cabeza por el día que he tenido y mientras peleo con el ausente por el coraje de ayer y los pasados, me fijo en el tapón absurdo de las casi once de la noche. Y de pronto me llega la imagen de la ambulancia que me pasó hace minutos por el lado y el tráfico está detenido, y una guagua me pasa por el lado en contra del tránsito y se estaciona en el mismo medio del carril contrario, la dejan con las luces intermitentes y tres muchachos corren como locos. Los curiosos se agolpan, para variar eficazmente y con prisa, lo menos característico de nuestro pueblo en cualquier caso menos en el de averiguar. Y veo una motora destrozada en el piso. No hay nadie llorando, no hay histerias colectivas. Y el miedo ahí soplándome la nuca de nuevo. Y le doy unas gracias cortas y culpables a Dios porque la motora no es una Harley. Probablemente alguna otra mujer rezaba porque lo fuera. Y marco los diez números porque del susto se me olvida que si presiono el dos lo llamo. Y no contesta. Y sale la dichosa grabadora que me tortura, dicho sea de paso me aterra la espera. Y lloro. Lloro todo el camino hasta mi casa, le mando un mensaje de texto lleno de un amor que no pude encontrar al medio día cuando rabiaba. Y Plutón me pone la imagen de ese cuerpo que amo en el suelo. Y no le agradezco la enseñanza. Porque estoy harta de sus formas. De sus talleres de alto impacto. Que suerte tienen aquellos que le temen a los alfileres y a los gatos.




jueves, 19 de febrero de 2009

sin fecha




Nosotros los que escribimos, y cuando digo nosotros me refiero a todos esos que no escribimos por ninguna otra razón que no sea porque no podemos dejar de hacerlo, porque no concebimos la vida de otra forma, porque es casi una religión, es una relación de amor y odio, es una adicción y somos nosotros mismos, ese es el verbo que nos define: escribir. Presumo que a todos nos pasa, que a veces encontramos escritos viejos, y a veces ni tan viejos y al leerlos no reconocemos las palabras. Y para gente como nosotros y digo nosotros por aquello de no sentirme que sólo a mí me pasan estos episodios de amnesia selectiva, las palabras lo son todo. Cuando alguien me dice eso no fue lo que quise decir, no lo entiendo. Nunca he sido muy empática o solidaria pero no lo entiendo porque yo siempre digo exactamente lo que quiero decir. A veces no me sale el tono que quería o lo exagero más de la cuenta, pero el mensaje me sale naturalmente específico, muchas veces sin tacto, sin pudor, y la mayor parte del tiempo en contra de lo considerado "politicamente correcto". Todo aquello que no me permito o no logro decir o no lo entiendo, lo escribo. Tal vez por eso encuentro cosas viejas y me parecen nuevas, y a veces contienen unos dolores tan profundos, que por ser lejanos ya no les puedo reconocer su intensidad. Otras pocas me leo eufórica, optimista, plena y se me hace bastante fácil recordar por qué. Pero siempre en el fondo del escrito me encuentro, me reconozco, a veces me perdono y muchas otras me recrimino. Me leo y redescubro que hay cosas que nunca cambian, que hay sensaciones que se rehabilitan, pero que no se curan. Que como la energía y el amor, se transforman, pero nunca se destruyen del todo. Aquí les presto un ejemplo que encontré (para variar, sin fecha):
" Montarme en un avión e irme lejos, lejos, lejos, tan lejos que sólo sea posible con más de tres escalas, tan lejos que el idioma no tenga la misma raíz que el mío, tan lejos que sea normal que nadie me entienda. Lejos donde nadie se imagine donde acaba mi horizonte; tan lejos que mis malas decisiones no me sigan la pista. Un lugar que tenga estaciones, que me sorprenda 4 veces al año. Un lugar donde pasen décadas, antes de lograr una rutina. Quiero irme lejos con la tranquilidad de que nadie me extrañe, que nadie susurre mi nombre un treinta y uno de diciembre, un sitio donde esté tan sola que pueda olvidar mi propio cumpleaños, que mi edad se desvanezca, que no pueda recordarla. Un país tan lejano que me haga borrar las veces que amé. Quiero vivir como una eterna turista viéndolo todo hermoso, incapaz de amar lo que el lugar realmente es. Me voy a pasar los días impresionada, que todas las caras para mí sean nuevas, una manada de desconocidos entreteniendo mis ojos, sin la ansiedad de buscar a alguien. Con la certeza de que no soy nadie, otra cara en la marejada. Podré caminar sin rumbo, sentirme felizmente perdida, naturalmente desorientada, sin nada que me guíe. Vivir la vida tomando fotos; fotos para mí, no para enseñarlas. Sin deseos de regresar a ningún lugar. Quiero vivir de lado a lado, sintiendo muy poco, sin anhelar nada, sin nostalgias patrióticas, sin celos furiosos. Sin esperar por nada ni nadie, con la felicidad de una vacación. Tan sola como me siento ahora, pero sola por lejos, sola por decisión. " 

Algunas noches me parecería que las palabras las escribió otra, pero algunos días me levanto con la palabra lejos dentro de la boca y presiento que si el escrito tuviera la fecha sería justo la de ayer.

jueves, 5 de febrero de 2009

A B I S M A L




Me llaman los abismos
me halan del otro lado de la baranda
Sin ningún fundamento suicida
Me atraen profundamente
Por eso los evito,
por eso les saco el cuerpo
Porque hay algo detrás de mi ombligo
Un algo que me empuja hacia ellos
Es una hipnosis curiosa
Un abrazo al acecho

El domingo me paré frente al mío
acaricié sus bordes,
intenté oler su fondo
Y le lloré desde lo más profundo
y me tragó hasta lo más hondo

lo hice con los ojos cerrados
a los barrancos no se les mira por dentro
cuando abro los ojos
a veces estoy dentro
y el resto estoy fuera y por eso los cierro
me sumergí a sabiendas
con pleno conocimiento

ese abismo está hecho
de mis ganas tan masculinas
de corrientes submarinas
y de hormonas malabaristas
de remolinos de viento
y la debilidad de mi vértice

ese abismo me dejó mirarlo
me hizo creer que no me hundía
me juró que estando desnuda
la gravedad se deshacía

Me licuó el albedrío
la voluntad me la hizo líquida
porque ese abismo
es un cuerpo de agua
me pliega la memoria
y me arruga los dedos


se come los sonidos
domina mis poros
hace que mi pelo flote
hace que mi cuerpo se hunda

y así vivo ahora
flotante y hundida
densa y líquida
grávida y vacía