miércoles, 2 de diciembre de 2009

margen de error*

todo se reduce a números.
todo se reduce a divisiones.
todo se convierte en un cálculo monetario.
todo definido en un error matemático.
un error de esos
donde los dígitos no caben en la pantalla.
un error de esos químicos,
parecidos a los desajustes hormonales.
todo cabe en oraciones cortas.
nada necesita mayúsculas.
nada necesita signos de exclamación.
todo envuelto en puntos suspensivos...
todo agarrado de un signo de pregunta.
un signo gigante e infinito.
un signo de donde cuelga
el amor que te tengo.
un signo como un garfio
atravesándome el ombligo.
un signo como un anzuelo
entremedio de mis costillas.
vivo en un paréntesis,
donde me encerraste hace unos cuantos meses
quizás hace unos cuantos años
es que en los paréntesis no hay medidores de tiempo
no hay relojes de arena
de esos que me colgabas en el cuello
cuando prometías esperarme
cuando me creía que tu espera sería gratuita
vivo en un paréntesis,
en una profunda coma,
de esas que tanto detesto,
porque no tengo pausas en la mente
no tengo pausas en el vértice,
vivo en un paréntesis
que no tiene nada de explicativo
hoy escuché tu voz
y esta vez no tenía eco
esta vez no retumbaba
tenía un tono de olvido
tenía un dejo de engaño
de engañarnos, de mentirnos
de hacernos los que no sabemos
los que no se acuerdan
que una vez las voces llenaban el espacio
atravesaban el mundo
cada uno en un océano distinto
y era suficiente
hoy hablamos de cuentas y de muebles
hoy hablamos de divorcio y de sartenes
hoy hablamos de los perros y el cable
hoy hablamos de gastos y tragedias
hoy hablamos de vajillas e hipotecas
hoy lloré y me dio vergüenza
de esas de encuentros extraños
de esas de amantes con una equis al frente
hoy lloré y me dio tristeza
porque me he gastado en ti la memoria
todo un inventario de tus lunares
siempre es feo llorar frente a alguien
que se conoce tu cuerpo desnudo
siempre es feo llorar lejos de alguien
que te autografió las entrañas
y te sacó del mundo.
hoy entré a aquella casa
esa casa perfectamente limpia
entré y te dejé un cheque
miré la casa vacía,
miserablemente reluciente
con una nota flaca
que decía se te extraña
y yo sintiéndome extraña
en este cuerpo desconocido
esta extraña sedienta
esta extraña con frío
esta extraña sin agenda
esta extraña caótica
esta extraña con un hambre masculina
esta extraña que amaste un día
esta extraña que miró la casa
cuarenta y siete veces
antes de dejarla de nuevo vacía
el mismo número de días
que lleva este cuerpo cerrado
con corriente en las perillas
soy buena con los números
aunque los detesto
y uso calculadoras solares
porque sospecho del resto
no quiero escucharte distante
no quiero leerte extrañarme
no soy capaz de dividir
la casa limpia entre tantos
tengo un dolor multiplicante
un vacío recalcitrante
detesto tener que medirte
no existen teoremas equivalentes
no hay espacios equidistantes
no hay opciones congruentes
necesito con urgencia restarte
tienes que dejar de exponenciarte

viernes, 27 de noviembre de 2009

Gracias Tardías

Me negaba rotundamente a escribir una oración clichosa de acción de gracias. Pero mi familia poco a poco se ha ido achicando contrario a años anteriores y soy la oradora designada por “default”. Además ayer fue mi cumpleaños y hoy amanecí hormonal, así que aquí va.

Doy gracias ante todo porque de alguna milagrosa manera he logrado levantarme todas las mañanas de este año. He logrado encontrar una razón o muchas razones en distintas ocasiones para coger este cuerpecito mío y levantarlo, (debo confesar que algunos días logré arrastrarlo) salir de la cama e intentar sobrevivir un día más.

Doy gracias porque soy mucho más fuerte de lo que jamás creí ser y que se joda voy a ser un poco arrogante y me voy a alabar un poco porque me lo merezco.
Me han tirado con todo, y estoy viva. Respiro, me levanto, me maquillo, canto mientras me baño, sonrío todos los días, abrazo, escribo, trabajo, estudio, duermo y respiro otra vez. Creo en la gente y sí, creo en el amor, y doy gracias por todas las personas nuevas que han llegado a mi vida, doy gracias por las personas viejas que nunca se han ido muy lejos, doy gracias por las personas no tan nuevas que se pasean de vez en cuando por aquí y doy gracias también por los que ya no están conmigo. Doy gracias por los seres que me amaron y aquellos que dejaron de amarme. Por aquellos que me han hecho reír a carcajadas y aquellos que me han hecho llorar hasta el ahogo (que muchas veces han sido los mismos). Doy gracias por todo lo que me han enseñado de la vida y de mí misma. Doy gracias porque rocé el milagro de ser mamá y me cambió la vida para siempre. Doy gracias por Amelie, porque la amé y la amo y la mento a cada rato, porque la extraño y eso me enseña que soy capaz de amar de maneras nobles, de maneras largas, de maneras dolorosas, pero de maneras grandes. Doy gracias por el dolor que siento algunas noches, porque me daba mucho miedo perder la capacidad de dolerme y todavía la tengo. Doy gracias por las corrientes me que recorren el cuerpo, porque todavía soy quien era y sigo siendo un signo de fuego. Doy gracias por el niño de mi vida que ha sido y es mi mayor maestro, porque creo que nadie nunca me ha amado de una forma tan honesta como esa. Doy gracias por mi familia, por mis padres que engavetan sus problemas para cargar con los míos, por añorarme, consentirme, llorar conmigo, reír conmigo, por llamarme todos los días, por soportar mis cambios radicales de humor, mis perretas, mis llantenes, mis locuras, mis buenas y malas decisiones. Doy gracias por mis amigas, por su diversidad, porque algunas me hornean bizcochos, otras me hacen arreglos de flores, otras me escriben entradas de blog, otras me envían repasos de derecho, otras me defienden a capa y espada, otras me hacen reír, otras me llevan a bailar, otras me alimentan, otras me llevan a la playa y otras se comunican conmigo desde el otro lado de los océanos, doy gracias porque están ahí y han estado para mí mucho más d e lo que yo he estado para ellas. Porque han sabido decir la palabra correcta o el abrazo necesario o la mala palabra urgente o sencillamente me han tocado el pelo mientras lloro o han prestado la oreja sin censurar mis herejías. Doy gracias por mi hermano porque es un hombre hermoso en toda la extensión de la palabra. Doy gracias por mi trabajo por todo lo que he aprendido, porque tengo gente que me enseña, doy gracias por mi jefe porque aunque a veces no la comparta no deja de sorprenderme su visión del mundo.
Agradezco esta nueva oportunidad que la vida le ha dado a mi familia aunque haya venido disfrazada de tragedia, como dice una canción de Bebe “pero mi casa se vuelve a construir aunque los tornados la destrocen”. Doy gracias por la música que llena mi casa. Por la paz que me habita. Por todos los placeres que he tenido la dicha de experimentar. Por la buena comida, los buenos vinos, las buenas letras. Porque he llegado al segundo año de derecho Dios sabrá cómo.
Doy profundas gracias por Milán y Tokio mis alegrías cotidianas, mis enojos intermitentes, mi cardiovascular dos veces al día, los ojos que se alegran de verme, los ojos que se entristecen cuando lloro, que se confunden cuando bailo. Los cuatro ojos que me saludan cada mañana.

Agradezco mi salud, mi corazón que de vez en cuando se acelera demás y de vez en cuando me acuchilla, mi cerebro que funciona, que es elástico y abierto, por mis ojos miopes que graban caras y ayudan a mi cerebro gimnasta a crear historias, por estas manos que saben acariciar según dicen, por este ombligo que me centra y me empuja hacia delante, por mi boca grande que logra cosas, y mis brazos fuertes que abrazan sin piedad.

Doy gracias por lo que soy, por lo que fui y por lo que seré. Porque existo. Por este cuarto de siglo. Por las oportunidades, por los triunfos y las pérdidas. Doy gracias a Dios porque existe y porque de alguna misteriosa manera sigo creyendo en muchas cosas, cosas grandes cosas pequeñas cosas ciertas y otras dudosas.
Gracias.



martes, 24 de noviembre de 2009

Conspiración del Gabo

Hoy el Gabo siguó el camino hacia tu casa, parece que mi carro es tan voluntarioso como la dueña y decidió hacerse el que no sabe que esa casa ya no es mía. Quizás ya viene siendo tiempo de cambiar de carro, llevamos más tiempo de la cuenta juntos. Puede ser que el Gabo (y en parte es mi culpa por ponerle un nombre tan carismático), tiene personalidad propia y lo cierto es que recibía mejor trato de tu parte. Hoy se enojó conmigo el carro y se cerró prendido, con las llaves dentro y los limpia parabrisas encendidos. Quizás los carros, como los perros tienen edad humana multiplicada por siete y si es así el Gabo está acercándose a los 17, y es una edad difícil.

La cuestión es que el Gabo se confabuló con mis hormonas, con mi cumpleaños que se acerca, con la mierda de día que he tenido, con mi camisa nueva de paquete que ensucié con el blanqueador que usé para limpiar el inodoro, con el agua que no tengo porque mi casera olvidó pagar la fianza, con el Internet que decidió dejar de funcionar, con el módem que sencillamente se desprogramó porque aparentemente no le gusta el mes de noviembre, con el jamón de mi nevera que decidió dañarse cuando no tiene ni una puta semana de comprado, con mis amigos que se van de viaje, con mis amigas que están tan enamoradas que me dan ganas de vomitar, con un taller de cine exquisito que me tiene la sensibilidad de punta y a punto de estallar, con Bebe y Estopa que son los sustitutos de mi loquera que por lo que veo ahora también es sólo tuya, con mis perros que antes eran nuestros y que se han empeñado en comerse una pared por ninguna razón aparente. El Gabo se ha vuelto poderoso, y se pasa sacando recibos tuyos y cartas tuyas de debajo de las alfombras, el baúl las produce cual máquina de hacer dinero, estoy convencida de que el Gabo se ha confabulado con Dalí también, sí el carro de mi familia que al principio estaba destinado a ser mío y que a mí nada más se me ocurre nominar las cosas con semejantes nombres, Dios proteja de mí misma los hijos que algún día puede que tenga si no tienen un padre con suficiente carácter como para imponérseme. La cosa es que sospecho una conspiración donde se unen el banco, el mismo que se queda con la casa donde crecí, se une con mi jefe que no tiene la menor idea trágica, se une con mis pretendientes platónicos que en el fondo viven aterrados de mí y no los culpo, se unen a mi terrible forma de conducir, a mi desorganización, a mi bendita mala suerte y un día como hoy se puso de acuerdo el Gabo con las cuatro cervezas que me tomé, con mi terrible alimentación, con esta dichosa monga que jura que a va a vencerme a menos de una semana de mis 25 y por unos 123 segundos me dio nostalgia y permití que mi carro rebasara un semáforo más de la cuenta. Concentrándose mi cuerpo tan sólo en el no querer dormir sola este viernes. En mi cuerpo felino deseando ser tocado como necesidad cuasi biológica, en lo seguro que se sentía tu cuerpo, en lo feliz que me hacía ese torso caliente contra mi espalda, estuvieses sobrio o ebrio, fuesen la una o las cuatro de la madrugada, me hubiese acostado sonriendo o mordiendo la almohada de rabia, hacia ti, contra ti, a pesar de ti, por encima de ti, por ti…

Y me imaginé llegando a esa casa, de donde aún tengo una llave, entrando por la puerta sufriendo taquicardia, atravesando la sala casi jadeando, caminando ese pasillo cortito vacío que se me haría eterno y encontrando esa cama vacía, como casi siempre; vacía.

Y él me devolvió a mi casa derrotado, es que él sólo recuerda nuestra casa por fuera como tanta otra gente sólo por fuera, pero después de todo él se hizo gente cuando llegó a mis manos, es un acuariano total, terco pero llevadero, ya se irá haciendo a la idea, están yendo a terapia de grupo, a veces él con mis hormonas, a veces él con mi torso friolento, a veces él con mi vértice, a veces él solo. No se puede quejar vive más caótico pero más posible, más regado pero más querido, tiene un techo y tiene paz, ¿qué más puede pedir? El Gabo original escribió “la nitidez perversa de la nostalgia” mi carro es todo un Buendía. Igualito que José Arcadio que estuvo amarrado a un árbol tanto tiempo, que cuando lo soltaron se quedó a sus pies. Mi pobre Gabo se confundió por dos minutos, es que hace tiempo que mis perímetros no rozaban tus circunferencias, es que tuvo un día de pinga el pobre.



viernes, 13 de noviembre de 2009

Bipolar




Me ha tocado vivir siempre en los dos lados,
casi siempre del lado que menos me convence,
que menos me apela, que menos me conmueve.

Y digo me ha tocado como cosa estratégica
para no asumirme vendida
para no entenderme cedida
para no aceptar que me he ido laxando
y que extraño mi rigidez.

Aquella rigidez con fundamentos
bordada de teorías.
Aquella rigidez apasionada
como todo lo violento
Aquella rigidez violenta
como todo lo apasionado

Y hoy lleno mi laxitud de argumentos
que se escriben con “e” de excusas
y me falta convencimiento
pa’ decir que me lo creo

Que me he mudado bastante a la derecha
por razones hipotecarias
por préstamos académicos
por responsabilidades contractuales
por obtener un grado en derecho

Que ya me he acostumbrado
a que mis tacos no resuenen
por estar trabajando en alfombras.
Y mi alma gitana se pasea en chaqueta
incómoda pero intacta
despeinada pero exacta.

Y mis revoluciones se reducen a palabras
es lo que hago con todo
con todo lo que amo
y con todo lo que me duele.
Lo pillo en un poema.
Lo congelo en una página.

Lo aprendí de un doctor,
el mismo que me declaró llena,
el mismo que me anunció vacía,
el mismo que me congeló las entrañas.
Me parece que todavía
algunas partes de mi cuerpo
lagrimean en cubos de hielo

Es parte de estar en este polo
que cuando hablo parezco parte
que cuando callo creo sospechas
que por mi ropa me declaran miembro
por como como, se nota que conspiro.

Intento no reírme
porque sólo sé hacerlo a carcajadas
sonoras, gritadas, vulgares,
no se puede ser soez y patriota
(aparentemente)
Nunca ha sido mi culpa
tengo la boca demasiado grande
el hambre demasiado corriente
las ganas casi casi “arrabaleras”
la sangre exagerada-mente incorrecta.

Y protesto quedándome sentada
cuando el gobernador entra por la puerta
y diciendo “la libertad” en vez de “del mar y el sol”
cuando una mezzo soprano canta el himno
y con un poco de disimulo
me saco la mano del pecho
en la segunda intervención.

Sintiéndome culpable porque soy católica
como versión oficial
que casi nunca se parece a la verdadera

Y en el fondo me gusta más
lo que dice el pastor que lo que dice el cura
y en el fondo me conmueve más
el himno en inglés que el turístico en español.

Y me aterra pensar salir en el periódico
vestida así en este lado del bando
con un reloj de diamantes en la mano izquierda
y una sortija artesanal en la derecha.

Tal vez me he convertido
en una hipócrita orgánica
en una bipolar medicada
en una farsa justificada.

Tal vez me creo guerrillera con manicura
es que es tan fácil confundir
la claridad con la locura.

Quisiera hacer algo grande
pero trabajo como una burra
y completo con fondos federales
lleno de “peros” mis paros
y lo que está hecho de incongruencias
lo reconcilio con falsas alianzas.


El ‘ay bendito’ me da trabajo
pero me da pena el país
que en boca del líder
la palabra patria se vuelve agua
y en boca mía es un mero susurro
en vez de “del mar y el sol”
“la libertad, la libertad”
Un trasgresión cortita sin efectos
y cruzo los dedos mientras transgredo
doblando con la boca:
"... ansionsa la libertad"

-Fingers crossed just in case.-

domingo, 1 de noviembre de 2009

nana de niños genio


Hoy voy a ver a mi niño y tengo el corazón contento
Y uso la palabra corazón con el permiso de mis maestros
Porque ese niño me vuelve cursi
Me pone idiota
me vuelve madre.
Convierte mis rabietas en canciones
Mis perretas las vuelve nanas.

Hoy voy a ver a mi niño y tengo miedo
Miedo de que en tres meses ya tenga nuevos lunares
Miedo a que no le brillen los ojos como antes
Ese niño tiene memoria mágica
Lo sé porque yo también la tengo
y él es mi compinche sagitariano

y cuando tenga veinticinco
tendrá la bendición maldita
de recordar lo que le pasó a los cinco
y cuando mucho antes de sus veinticinco
ame con tanta fuerza que le duelan hasta las uñas
podrá cerrar su amor como se cierran los ojos
porque yo también podía y puedo hacerlo.

Tengo miedo a que me pregunte
Cosas que no sé contestarle
Y no hay nada más probable
Tal vez me pregunte por qué papá ya no me habita
O quizás él me explique
Los niños genios son formidables

Voy a mantener su amor
Con las estrategias más baratas
Llevarlo al cine, comprarle juguetes
Dejarlo que se llene la cara de mantecado
Y si nada de eso funciona
Trataré de decirle sin llorar
Lo mucho que lo amo
Lo mucho que extraño esa risa en las mañanas
Esas carcajadas sanadoras
Esos abrazos como los míos
Tan llenos de amor,
tan fuertes y dolorosos.



viernes, 30 de octubre de 2009

De-espacios y vacíos...


Tal vez la vida es esto. Emocionarse por llenar una nevera de cosas que a uno le gusta. Tal vez la plenitud está en estirar el cuerpo completo en la amplitud de una cama vacía. Y aprender técnicas de nivelación como dormir cada noche en un lado diferente por aquello de un día no entrar y ver la cama completamente ladeada hacia la izquierda.
Tal vez voy aprendiendo a desarrollar sistemas nuevos de supervivencia, de engaño, de soluciones temporales cruzando los dedos por que lo sean.
Tal vez los ojos se llenan de ver hombres hermosos con barrigas perfectas y nombres impronunciables en la pantalla de un cine o un televisor. Quizás todo funciona con mayor agilidad cuando las distracciones de uno son un caso petrolero que no apela a la más ínfima fibra de sensibilidad humana. Quizás para que el verbo de conmoverme se logre únicamente con un testigo maltratado por una jueza neurótica y las apariciones en nuestra oficina de un abogado hermosamente negro que tiene la delicadeza de comprar botellas de agua después del almuerzo. Tal vez necesitaba una buena excusa para volver a salir en noches de semana como si los años no hubiesen pasado. Como si yo creyera en las mismas cosas. Como si no necesitara cuatro veces el alcohol que necesitaba antes para cometer una estupidez. Como si no sintiera el maltrato en el cuerpo cuando intento pensar en las mañanas frente a un ordenador.
Tal vez me venía tocando ya. Tal vez venía siendo hora de hermanarme con las mujeres de mi vida de nuevo. De abrazar a mis mujeres nuevas que me van simplificando la existencia de maneras insospechadas. De vivir a través de esas emociones que ya no me salen tan espontáneamente. Quizás me toca dirigirles sus malas decisiones y saboreármelas como si fueran mías. Tal vez me toca divertirme dirigiendo sus juegos de palabras y seducciones, de bodas y mudanzas, de rupturas y despedidas de solteras. Tal vez me he vuelto una Pilar Ternera a quien le hace feliz saber que otros son felices y retozan en sus hamacas.
Tal vez me llegó el tiempo cerca de mi cuarto de siglo de dormir donde dormí de niña por suficientes semanas como para recordar que alguna vez lo fui y que aunque la pobre está apaleada y aterrada, sigue estando allí.
Tal vez es tiempo de enseñarle a mi cuerpo a pasar hambre. A educar a mis apetitos de una buena vez. A satisfacerme con insinuaciones, con invitaciones holográmicas, con provocaciones que en el fondo no tienen la menor intención de realmente ser. De jugar a escribir palabras en el móvil y mantener a mis fantasmas a la distancia de un teclado.
Tal vez es tiempo de recordarle a mi vientre que bailaba antes y después de estar vacío. De peinarme uno que otro viernes y al menos 21 días al mes usar ropa interior como si alguien la fuese a ver.
Tal vez es la época de sacrificar el dinero del cable y pagarme un masaje o dos al mes. Sigo siendo felina después y sobretodo antes de todo.

Quizá por ahora la estrategia de pensar en divisiones hipotecarias y la pérdida de un plan médico es la más adulta que se me ha ocurrido. Quizás ignorar las ansias de llorar con la misma maestría que ignoro el hambre tanto antes de acostarme, como en el mismo medio de la noche. Quizás es lo saludable y lo correcto. Tratar a mis perros como si fuesen humanos porque después de todo son mi comuna y la ficción jurídica de que técnicamente alguien me espera.
Tal vez es hora de hacer las paces con el silencio, con el mío que es muy distinto a aquél. El mío que está más lleno de voces que una casa con una docena de infantes.
Quizás la felicidad se reduce para gente como yo a no secarse cuando uno sale del baño y que nadie te hinche las pelotas por los rastros de agua limpia que te siguen por la casa. Quizás sí necesito tantas tantas cosas, que por mi característica testarudez lo quiero todo o nada. Y ganó esta última.
Quizás se me hace más fácil sonreír en un apartamento lleno de cuadros en las paredes aunque no tenga una silla y una mesa dónde comer. Cuadros o de mujeres desnudas o de tacones, porque quizás es mi forma de marcar territorio… un espacio lleno de palabras (escritas porque estoy sola), lleno de amor (perruno porque estoy sola), lleno de mí (porque estoy sola) y la palabra sola me dan ganas de llorar porque me parece hermosa. La práctica hace la perfección después de todo, inclusive en esto.
No me enrabio cuando algo se rompe, no me irrito cuando algo se mancha, me río cuando algo se pierde, suspiro cuando algo no prende, no lloro cuando nadie llega, porque llego yo y la casa parece completa.
En menos de un mes cumplo años y me da tristeza que no voy a recibir flores, acto seguido recuerdo que hace años que no las recibo y decido hacer algo grande, quizás celebrarme dependiendo como amanezca. Probablemente como siempre desayunando chocolate y quizás tirarme de un avión con paracaídas como regalo a mi cuerpo, un recordatorio contundente de que aún vibra. Quizás algo más profundo como marcarme, tatuarme para dolerme y recordarme que hay dolores más agudos, más físicos, más científicamente explicables y que tienen un principio y un final específico. Y mirarme en el espejo y ver una marca hermosa, sublimemente superficial, verme adornada y adolorida y tener la certeza que en mi próximo cumpleaños ya no parecerá ni siquiera una herida.

viernes, 3 de julio de 2009

Diluida

Ella no se cortaba las puntas del pelo. Nunca se tragó la idea esa extraña de que cortando las puntas se estimulaban las raíces, no cedía ni ante evidencia científica de que las plantas y los árboles actuaban así. No usaba marrón, ni estampados con estrellas, ni charol, ni combinaba más de tres colores, ni usaba dorado, ni curduroy, ni velvet. Todo por principio. Estaba llena de principios, de certezas, de teorías con o sin fundamentos. Creía en tantas cosas, en la astrología, en las almas gemelas, en la literatura, en la patria, en la independencia, en la belleza de lo sencillo, en la poca importancia del dinero, en la carencia absoluta del temor de hacer el ridículo. Medía cinco pies durante el día, semi descalza y de noche medía cinco o seis pulgadas más. No salía sin delineador, es más no despertaba al lado de nadie sin tener el lápiz debajo de la almohada. Se bañaba con agua fría, más bien helada. Comía de todo, sin importarle absolutamente nada, bebía de todo, con una particular tendencia a los licores masculinos. Era elástica y parecía incapaz de sentarse como una damita. Era brillante, o al menos eso se creía, eso decían. Era una comediante innata, podía hacer reír a casi cualquier ser humano, y lo mejor de todo era que lo lograba casi sin proponérselo. Coqueteaba casi por reflejo. Le dolían: el hambre del mundo, el racismo, el prejuicio, la homofobia, la falta de acceso a la educación, la desmoralización de su isla, la mentira, la injusticia, las enfermedades, le dolían, por más lejanas que le fuesen todas. Amaba su país, como uno ama a su primer amor, sin ningún límite porque no se conoce otra forma de hacerlo. No se peinaba y se asoleaba con refrescos de soda, siempre quedando color caramelo. Nunca se había pintado el pelo, no creía en las uñas postizas y le aterraba cualquier profesión que requiriera una chaqueta.
Quería viajar, conocer el mundo, costásele lo que le costase, aprender idiomas como sólo se aprenden honesta y permanentemente; por necesidad.
Era apasionada, tan apasionada, que parecía que se tragaba a sus parejas, los absorbía y poco a poco dentro de ella le parecía que desaparecían. Como se beben las copas, como se acaban los libros, como se acaban las canciones.
Ella no quería que la amasen muchísimo, quería amar muchísimo y sentirse adorada, que no es lo mismo. No le interesaban los trucos detrás de la magia. Le gustaba el espectáculo, la expectativa, la tensión, los subibajas emocionales, los escalofríos. No le interesaban los juegos de las manos del mago, ni los trucos de iluminaciones, ni las cajas con puertas secretas. Quería magia, durara lo que durara, estuviese hecha de lo que estuviese hecha.
Amaba los libros, no el objeto, si no la puerta que se abría en las novelas, esa vida de otros que se volvía propia, por algunos días, por lo que durara el viaje, ya fuesen 100 o 550 páginas. Cuando le gustaba una frase, rompía la página, no había forma que se perdiera la marca. No importaba que fuese una edición de colección. Escribía poesía, más que cualquier otra cosa, le salía natural. Jamás mecanografiaba poesía, eso era asesinarla desde el principio, la poesía estaba hecha a lápiz y papel.
Ella se pasaba cantando, delante de cualquiera, se sabía la letra de más canciones que probablemente cualquier otra persona que le duplicara la edad, otro de sus dones inútiles decía ella. No cocinaba, ni limpiaba, ella estaba hecha para mayores cosas.
No se peinaba, ni hacía ejercicios y una vez un amante le dijo que si se ejercitara, hubiese tenido el cuerpo perfecto. Y ella le dijo que hasta ahora no había tenido quejas de aquella versión imperfecta. Y así desechaba cuanta crítica recibiese, porque se sentía grandiosa y no había nadie que mereciese cambiar esa percepción, absolutamente nadie. Estaba llena de teorías.
Creía en Dios, más de lo que se permitía confesar, rezaba a diario, un par de veces, a su forma, por supuesto. Estaba orgullosa de su voluptuosidad, de la inmensidad de su boca, de la escasez de su pecho, de la longitud de su cuello, y hasta de la fealdad de sus pies.
Estaba orgullosa de su cabeza, de su cabeza dura, centrada, cerrada en ocasiones pero amplísima en tantas otras. Era difícil de escandalizar. Se le hacía demasiado fácil perdonar. Pero tenía totalmente delimitado todo aquello imperdonable. Tenía una mala suerte relativa. Todo le daba más trabajo de lo usual, pero al final los resultados solían ser mejores de lo habitual.
No quería casarse, no quería tener hijos, no quería tener dinero, quería un doctorado. No para poner una “d”, una “r” y una “a” delante de su nombre. Sino por el placer que se imaginaba que sería dedicar casi una decena de años a leer, leer literatura!
Quería ser una peliona toda la vida, discutir temas políticos en las bohemias, cantar hasta cuando desconocidos la oyesen, vivir sin peinarse, sin planchar la ropa, con pocos lujos y muchos placeres, con pocas pertenencias y centenares de viajes. Ella no quería ser madre, no quería ser esposa, ni siquiera le interesaba tanto ser amiga, ella quería ser amante y no en la acepción de adulterio más bien en el marco de amar como si fuese algo a lo que uno se dedica y recibir lo mismo como compensación. Porque ella sentía que lo hacía bien, la entretenía, la mantenía ocupada, la enfocaba, la obligaba a quedarse en un lugar, a establecer una ruta. Cuando no tenía pareja se desbocaba, no podía parar de hacer cosas, de buscar pasatiempos, de aprender lenguajes, leer libros, ver películas, ir a lugares, comprar pasajes, ir a fiestas, beberse todo lo que su torrente sanguíneo le permitía. No era que se sintiese sola, era que su intensidad se desparramaba, que su cerebro tenía demasiado tiempo para crecer. Cuando andaba sola, las camisas eran más cortas, las pantallas más largas, las salidas más continuas, las carcajadas eran más sonoras y sus discusiones con el mundo también. Ella estaba llena de teorías. Ella confiaba en sus habilidades amatorias, en su capacidad de cambiar a la gente, de afectar su medio ambiente, de encontrar poesía hasta en las calamidades y cuando algo muy feo le pasaba, escribía algo tan hermoso, que parecía haber valido la pena.
Era lo único que le tentaba de la maternidad, poder escribir sobre eso. Lo mismo con los tatuajes y la tentación de lanzarse al vacío, porque tenía muy pocos miedos y eso es siempre muy peligroso. No tenía muchos amigos, eso pensaba, pero conocía mucha gente. Tenía muy pocas lealtades y por lo mismo muchas menos preocupaciones. No tenía tacto ni filtro y era capaz de decir lo que fuese a quien fuera. Andaba con una navaja en la lengua, siempre tenía la contestación a medio salir. Tenía un apetito voraz, en todos los sentidos posibles, nada parecía llenarla, y por más que leyera, por más que comiera, por más que cantara, por más bocas que espulgara, siempre estaba insatisfecha. Por lo mismo, se levantaba todas las mañanas con una emoción grandísima de que tal vez ese preciso día podía encontrar aquello que pudiese darle sentido a todo y por lo mismo todas las noches se acostaba un poquito derrotada. Todas las mañanas se tocaba el cuerpo completo y se daba cuenta de nuevo de que estaba completa, que lo tenía todo y aún así no era suficiente. Y esa sensación de seguir necesitando, la volvía a levantar, la ponía a cantar, a leer el doble, a debatir con gente inteligente para salvar el mundo, a comerse la boca de alguien porque por algún sitio se tenía que llenar.

Algunas mañanas me pregunto, qué habrá sido de ella, si estará presa debajo de una chaqueta, diluida entre mi columna, con muchas menos certezas y el doble de las teorías. Me pregunto si mi comediante es ahora un mimo triste que intenta gritarme sin voz.