domingo, 12 de abril de 2009

pérdida

Tengo 24 años y es la primera vez en mi vida que tecleo mi edad llorando.  De vez en cuando me alivia cuando hago algo por primera vez porque para mí uno es joven mientras queden cosas que hacer por primera vez. Hace tres semanas obtuve un resultado positivo de embarazo por primera vez. Y hace tres semanas me hice tres pruebas más para estar segura.  Hace tres semanas lloré por primera vez porque iba a ser mamá y la idea me aterrorizaba.  Hace tres semanas le dije en una tarjeta al hombre que llevo amando por casi cinco años que íbamos a tener algo nuestro, algo no planificado, algo no buscado, pero nuestro y hace tres semanas le vi una felicidad en los ojos que nunca antes le había visto. Desde hace tres semanas mi papá sonríe como hace tiempo no le veía sonreir.  Yo tenía miedo, mucho miedo.  Miedo porque trabajo y estudio. Miedo porque la casa no es suficientemente grande. Miedo porque no sabía si la relación era suficientemente fuerte para aguantar algo así. Miedo porque no tenemos dinero. Miedo porque soy sagitario y el cambio me da mucho miedo. Nacería un 30 de noviembre de 2009, concebido y nacido el mismo año. Sagitario como yo.  Dejé de beber, me chupé una monga a lo macho, sin un sólo medicamento.

No se vió nada en el primer sonograma y me dijeron que podía ser una de tres: o me embaracé tarde y me enteré demasiado temprano (lo cual explicaría que el ritmo fuese totalmente inútil), que fuese ectópico (idea que cancelé desde el principio) o que fuese múltiple, intenté descartarlo pero tengo que confesar que era lo más compatible con mi suerte habitual.

Me sacaron sangre como cinco veces buscando proporciones de hormonas, hasta la vida es así de calculada. Esa hormona hcg, debe duplicarse cada 48 horas. En mi última visita el lunes pasado, me dijeron que había subido como se suponía.  Empecé a buscar nombres, a ver cunitas, a ordenar moviles de mariposas para poner en el techo, tenía sueño todo el tiempo y mi esposo le hablaba a mi ombligo por las noches. Llegaba más temprano y me miraba como si yo tuviese una constelación de estrellas por dentro. Hasta la sicóloga nos dio medio de alta cuando nos vio. Nos dijo que nos veiamos más relajados, más felices. Me dejé de preocupar por los viajes que no iba a dar,  me compré jabones de manteca de cacao, emepecé a tomar más agua y vitaminas, a tomar ácido fólico y a permitirme comer lo que se me viniese en gana. Decidí decírselo a mi jefe, aunque no me diera la permanencia nunca. Le dije a mi esposo que le hiciéramos una cuenta de ahorros tan pronto naciera para que no se le hiciera todo tan difícil como a nosotros. El me dijo que nos fuéramos a un hotel antes de que la barriga estuviese dificil de manejar, que cenáramos rico, que sacáramos tiempo para nosotros.  Que cuando naciera nos iríamos a tatuar, como siempre habíamos dicho. De momento todo tenía sentido, todo parecía congruente, Dios tiene un sentido del humor negro pero no tan cruel como el mío; me dije. Como siempre me pasa cuando le doy el beneficio de la duda a alguien, me equivoqué.

Empezamos a recoger la casa, mi amiga de toda la vida vino a ayudarme a hacer un resaque de clóset. Un jueves santo, día de limpieza en esta casa. Y comencé a sangrar. De poquito en poquito primero, nada muy alarmante. Aún así llamé al médico y me mandó a acostar. Y yo reza que reza, de poquito en poquito, tampoco muy alarmante aparentemente.  Y así estuve más de 38 horas, acostada, metiéndome progesterona cada 12 horas y a veces un poco antes, para ver si paraba de sangrar.  Y me empezó a doler, de montón en montón. El doctor ya me había dicho que el cuadro no pintaba bien, 50/50 de probabilidades.  Por eso no apuesto, si mi probabilidad es 50/50 es una pérdida segura. Y así fue.

Es irónico como al principio no podía pronunciar estoy embarazada y ahora lo otro ni siquiera lo puedo refrasear. El embarazo al menos lo decía de otras formas: vamos a ir 1.15 personas, buena suerte titi, vas a ser abuela, no puedo ir al viaje en diciembre porque voy a estar recién paría, mi cumple #25 estaré a punto de reventar, no puedo beber nada que no tenga 400mg de ácido fólico por volumen,  etc. etc, etc.
Y me da tanta pena, no conmigo que he tendido (perdonen mi lirismo) un año de pinga. Me da pena porque odio que me desilusionen y por encima de eso odio desilusionar. Y la gente que más desilusionada está, no se dan ni la oportunidad de echarse a llorar porque sienten que me tienen que cuidar. 

Los niveles de hcg bajaron. Selección natural dice el médico. Uno de cada cinco embarazos se pierde. Si mis chances son 1 de 5 también pierdo, recién me entero. Él doctor dice que aunque yo llore o pataletee, él celebra porque preño, porque sabemos que me embarazo. Que ahora si voy a seguir buscando . . .  pero es que yo no estaba buscando nada. Es que yo le busqué y le encontré una razón teológica a todo esto para entenderlo, aceptarlo, pero ya había pasado la etapa de aceptación y estaba en la puta etapa feliz que siempre es la más corta. Mi esposo, metió toda su felicidad recién convertida en tristeza y se la tragó, me metió a la ducha, me bañó y me secó el pelo sonriéndome y sin mediar palabra. A mí nunca me consuelan las desgracias ajenas y si lo uso para consolar a alguien es que no encontré otro recurso.

Es domingo de Pascua y no lo voy a decir en español para no ofender a mi abuela, creo que sólo se puede ser hereje en castellano castizo. I’m fucking pissed off at God.
A veces pienso (pero es uno de esos pensamientos que mi formación católica cancela por culposos) que no le puedes demostrar a la vida que te gusta mucho o valoras mucho algo, porque indudablemente te lo va a quitar… es una mala traducción porque realmente las herejías las pienso en inglés, me siento menos culpable en inglés.
“Don’t let life know that you really want something, because she will take it away from you, she’s a woman and a mother after all.” -Yo

Probablemente me está salvando de algo peor, de un niño enfermo, de un embarazo terrible, qué se yo, en el fondo lo sé pero necesito sentir rabia ahora, necesito tener coraje porque soy una inútil cuando estoy triste. Yo soy cruel, siempre lo he sido y la condición empeora mientras tecleo.  El doctor me explicó la selección natural. La selección natural es de mis principios favoritos, después de Murphy claro está. Pasa en las tortugas, en los perros y hasta en los elefantes. Pero yo nunca he escuchado de un elefante que mire cunas en forma de Arca de Noé, no he escuchado de una tortuga que llame a sus amigas a decirle que van a ser titis, no he escuchado que un delfín abrace más y mejor a su pareja porque está encinta y mira que yo leo información absurda.

Tengo una receta de unas pastillas antiprogesterona, para que ayuden al cuerpo a eliminar lo que formó. La cosita humana que empezó a formarse dentro de mí, que termine de diluirse.  Unas pastillas que la gente usa como método abortivo. Prefiero la selección natural y si me raspé una monga, con dolor en el cuerpo y en las coyunturas, sin casi poder respirar y con una tos infernal sin medicamentos para que ese cuasi bebé no le pasara nada. Me voy a chupar este dolor como Dios manda también porque en el fondo es un alivio.  He sentido tanto dolor emocional últimamente y nunca sé bien dónde lo siento. Decimos que nos duele el corazón, porque es lo que bombea sangre, el motor del cuerpo y como nos gusta pensar que el amor es el motor de la vida, ya está, analogía fácil.

A mí me duele el vientre, como si me lo estuviesen acuchillando, así que tal vez mi alma se mudó ahí hace 7 semanas.  Aunque mi bebé no se le llegase a formar el corazón. Tal vez lo tenía en forma de espiral, alejándose cada vez más del punto de partida. O tal vez como los elefantes tienen sus brújulas vitales con la forma del símbolo del infinito, regresan a donde nacen para morir.  Los médicos dicen que antes, las mujeres tenían abortos naturales a cada rato, lo adjudicaban a un atraso prolongado y luego un periodo abundante. Sostengo mi postura sobre la hermosura de la ignorancia.  El alivio que yo sentiría si fuese tan sólo eso, un atraso de más de un mes y un periodo terrible. Pero nunca he tenido la suerte de no saber, siempre sé, sé de qué tamaño era, sé cuándo llegaba, sé cuántas semanas tenía, y hasta sé como mi vida pareció cambiar tan sólo por saber que se formaba en mí. Tal vez mi bebé era del tamaño de un guisante pero tendría corazón de elefante y murió donde mismo se formó. 

jueves, 26 de marzo de 2009

arisca


Hay gente que tiene ciertas influencias en mí, que ni yo misma entiendo. Cuando esto me ha pasado el 98% de las ocasiones son hombres. No sé si se debe a que las cosas simples me bloquean, me aturden, me embrutecen. Si me pides el resultado de 8x7 inevitablemente en mi mente multiplico 7x7=49, entonces le sumo 7 y por fin llego al maldito 56 que nunca aparece como un reflejo en ningún lóbulo de mi cerebro. Sin embargo si me planteas uno de esos “ problem solvings” larguísimos donde te preguntan, si Jaime es mayor que Juan 4 años y Pedro el menor que Jaime 2 años, y Marcos es menor que Juan pero mayor que Pedro por año y medio y la suma de todas las edades es 78, cuántos años tiene Juan??? Por algún misterio homeopático puedo resolverlo.

Pero hay ciertos seres que inutilizan mi inteligencia. Antes pensaba que era mi corazón, mi sentimentalismo que tenía un poder limitante sobre mi raciocinio. Sin embargo hoy tengo la certeza de que mi debilidad está en la piel. No sólo porque mi piel no produce suficiente melanina y me salen paños cuando tomo Sol, lo cual es siempre porque: #1 me encanta broncearme y #2 porque tengo la caprichosa alergia al bloqueador solar que me imposibilita protegerme sin sentir que estoy siendo frita o torturada con aceite caliente.

Mi piel me debilita porque soy felina. Tengo la necesidad esa innata de los gatos de ser tocados. Me restrego contra la gente. Sin embargo me cohibo muchísimo de andar repartiendo mimos por el mundo. Es más por lo regular me pongo arisca. Cuando la gente me abraza no sé qué hacer, mi torpeza se ensalza y me salgo del intento de abrazo antes de tiempo, no sé moverme si tengo un brazo encima. Esto lo descubrí tarde, como casi todo en mi vida. Así que cuando quiero a la gente, la pellizco, los aprieto, les halo el pelo, les muerdo un hombro, les hago llaves de lucha libre. La ternura me cuesta. Entonces cuando pongo en práctica toda la terapia mental que me doy para rescatar la feminidad que debe estar sumergida bajo mi fuerza que a veces pienso que está hecha de testosterona y me lanzo a acariciar y no me responden; en vez de alejarme cabizbaja y con el rabo entre las patas, me desboco. Porque soy excesiva. Soy testaruda. Me creo invencible. Soy medio hombre y cuando me rechazan me creo que es una invitación. Cuando me ignoran lo tomo como un reto. Y apuesto a mí.

Y es que mi piel, como es mía, de tal palo tal astilla, siempre tiene hambre. Una tristeza profunda me cierra el estómago pero me abre la piel. Una amiga futura doctora me dijo, justo lo que necesitaba oir de la estudiante de medicina que nunca seré, el cuerpo es perfecto, la piel deja entrar y salir lo justo, lo necesario, lo que puede manejar. Mi piel padece de escasez. Mi piel es seca y si le pongo una cantidad mediana de una de esas cremas de olores imposibles, puedo ver cómo mi piel la devora, la desaparece, se la traga. Por eso no me duran los perfumes, ni los maquillajes, mi piel decide ser impermeable y a diferencia de las cremas a quienes mi piel se chupa, mi piel se vuelve resistente a los colores del maquillaje y al alcohol del perfume. Por eso si quiero que un perfume me dure, me tengo que comprar el dichoso kit de shower gel, body cream, splash y perfume, porque si no, el aroma sencillamente rebota. Y no huelo a nada.

Mi piel sufre de escasez; casi no tengo lunares, los puedo contar con los dedos de una mano, casi no tengo pelo, mi piel es desértica. Entonces de ahí debe venir esa tendencia a traicionarme. En que a mi piel al igual que yo le falta orgullo y le sobra apetito. Mi árbol favorito es el sauce llorón, y lo que me afecta de él, porque todo lo que nos gusta es porque nos afecta de algún modo, no es su aparente tristeza, ni su nombre profundamente melancólico, es esa sed perpetua que el pobre tiene. Por eso los sauces tienen que estar cerca de cuerpos de agua. Alguien me dijo una vez, (porque soñaba con tener algún día uno frente a la puerta de mi casa), que sus raíces destruyen las tuberías, si no tienen agua a su alcance, destruyen lo que está en medio para conseguirla.

Soy un signo de fuego, lo que podría explicar los designios erráticos de mi piel y comparto mi vida con un signo de tierra. Lo podemos ver de diferentes formas. Cuando hay fuertes incendios forestales los apagan con sacos de tierra. Pero por otro lado qué es un volcán sino un montón de tierra encubando otro montón de piedra derretida, caliente, fogosa. Un volcán con el que se puede vivir tranquilamente por años, cuidado si por décadas. Y el día menos pensado, sin ningún tipo de aviso metereológico explota y comparte su fuego con sus alrededores, se derrama, se libera. Le tengo terror a los volcanes. Será porque no los conozco o porque me parecen demasiado conocidos.

Hoy amanecí acuosa. Será porque es domingo y los detesto. Relaciono el agua con la tristeza. El aire con la libertad. El fuego con las pasiones. La tierra con la permanencia. Detesto el estado de reposo de los domingos. Lo infalible del lunes. El aire de despedida que tienen. La inercia esa que me corta la respiración. Por eso me gustan los jueves, su sabor a anticipación. El derecho que nos da a mí y a mi piel de sentir sed y complacernos. El aturdimiento con el que consigo ignorar las palizas emocionales, los ayunos de afecto y sólo recordar esa hambre mañanera que es lo que abre mis ojos en las mañanas. Hambre. Un hambre capaz de derrotar a la poca lógica que he podido ir reuniendo. Y es por eso que a través de mi vida, en diferentes temporadas alguien ha tenido el poder sobre mí, de imposibilitarme el detenerme, el parar, el analizar. Y de pronto no importan las justificaciones, de pronto no importa si ya no me parezco a lo que quería ser, no importa si a cualquier amiga la reprendería por mi comportamiento, no importa. Porque es como el chocolate. No puedo decirle que no. Nunca parece ser suficiente. Nunca me empalago. Nunca me canso, nunca me hastío y lo peor y mejor de todo es que nunca me satisfago. No es casualidad que el verbo satisfacer sea de los peores para conjugar. El lenguaje, al menos el nuestro no es arbitrario, está lleno de causalidades y conexiones maravillosas. Satisfice, satisfago, satisfaré. Parece una burla. Y tan imposible es de conjugar como de realizar. Y mi piel por extensión no se satisface. Como cualquier compulsivo, como cualquier adicto, como cualquier dependiente de cualquier cosa, se le escapa el control. Y por eso mi piel es maquiavélica dentro de su condición. Predice, calcula, se autosuministra las dosis necesarias para engañar el metabolismo, se prepara para invernar, porque a eso hemos llegado. Y cuando mi piel no consigue lo que quiere, porque después de todo tengo buenos genes en cuanto a juventud y mi piel es una niña engreida, que pataletea y se deprime cuando no le dan lo que busca… y cuando mi piel se deprime nada más funciona. El resto de mis órganos van cayendo por efecto dominó, ni las clásicas causas hormonales son tan dañinas, y cuando yo me equivoco, o me excedo y termina mi piel sufriendo las consecuencias, porque la gente cuando te conoce sabe exactamente dónde dolerte. Y durante mi vida siempre me han disciplinado en esos términos, (estos seres extraños que me idiotizan) me castigan sin tocarme. No me afectan los gritos, ni las malas palabras, no me asustan las amenazas, ni los objetos voladores, no me conmueven las escenas. Pero esa tortura china del silencio, del silencio que se mete por mis oidos y entre mis piernas, me destroza los nervios.

Cuando viví en España en un momento dado estuve casi tres meses sin que me tocaran. Me fui a un salón de belleza con la excusa de ponerme regia para regresar. Una de esas estupideces colectivas de tener la obligación de llegar mejor de lo que uno se fue, al menos por fuera. Y la chica con el pelo de mil colores, con un recorte sólo comprensible en ese continente me llamó diciendo mi nombre de una forma en la que no le reconocí ni una sílaba y me sentó a lavarme el pelo. Hasta eso hacen diferente allá. No me buscó conversación. No me dio ninguna instrucción ni le preocupó que se me mojara la blusa. Me masajeó el cráneo sin exagerar por unos 15-20 minutos. Despacio, rápido, delicadamente, bruscamente, casi rascándome, casi acariciándome, a veces me hincaba, a veces me producía escalofríos, en momentos me sentía sumamente incómoda, en momentos me sentía sumamente feliz, alguien me tocaba y las lágrimas no dejaban de bajarme hasta el cuello. Algo bueno tenía que ella no se hubiese preocupado por no mojarme con la regadera.

En mi cerebro nunca hay silencio, ni siquiera cuando me esfuerzo. El silencio me parece un arma blanca, un bisturí quirúrgico. Cuando mi piel parlanchina no puede ser solidaria con ese gallinero que está 24/7 dentro de mi cráneo mi sistema se desequilibra. Y empiezan a haber escapes de información y de cordura en todas las direcciones. Dicen que la gente que se corta las venas lo hace para llamar la atención porque de hacerlo correctamente sería una muerte terriblemente lenta y dolorosa. Sin embargo aseguran que si uno se corta la vena carótida, tiene una muerte prácticamente instantánea sin mencionar que infalible. Creo que tengo venas carótidas ramificándose como las raíces de los sauces llorones, cuasi infinitas, despiadas, desesperadas y sedientas, buscando y multiplicándose exponencialmente por toda mi piel.

jueves, 12 de marzo de 2009

fóbica


Me intrigan las fobias. Tengo curiosidad por los miedos. No sé si tenga que ver con que siempre he tenido la teoría de que lo último que se pierde es el miedo. Por debajo de la esperanza, cuando se agota la fe, he tenido la cuasi certeza de que debe haber un profundo terror. Cabe la posibilidad de que como me atraen los opuestos y como tengo inclinaciones obsesivas, presiento que la obsesión debe ser prima hermana de la fobia, o mejor aún probablemente sean amantes. Después de todo, ambas son perturbaciones, sensaciones que te trastornan y por lo regular aquello que te trastoca tiene un efecto o terrible o riquísimo.
Hace ya dos noviembres que me leyeron mi carta astral. Tenía una corazonada, pero mis dones no están ni entrenados ni codificados y nunca estoy segura si es un buen o un mal presentimiento. Era un 15 de noviembre, 2007 para ser exactos y sentía que todo me estaba saliendo mal. Antes de buscar un santero que me hiciera un despojo, y me dijera que necesitaba un rodao’ de cabeza, y dos gallinas, porque de seguro tenía un trabajo, preferí consultarle a los astros.
Los astros me intimidan menos. Me dijeron muchas cosas, como suele pasar, mucho más de lo que necesitaba escuchar. Entre las más impactantes, que siento que nadie me ama como me merezco y todo parte de la premisa de que no sé amar. Que me he repetido tantas veces que no quiero ser madre, que no quiero ser madre, que no quiero ser madre, que ya logré convencer a mi cuerpo y mi cuerpo no se ha preparado para eso, por lo que muy previsiblemente sin ayuda no podré reproducirme. Según ella nada que no se pueda sanar con terapias de respiración. Que mi ascendente es en cáncer, lo que explica mis continuos roces y tempestades con la gente de ese signo. Que tendría una crisis matrimonial grande en marzo del 2008 y en noviembre del 2008, la más grande de todas, y que de ahí se decidiría definitivamente si la cosa proseguía o no. Que estaba atravesando un tránsito en Plutón que me duraría ya no recuerdo ni cuánto, sólo sé que ya tenía a Plutón enganchado cuando llegué a su oficina y estoy segurísima de que lo tengo encaramado en la espalda y adherido a mi columna vertebral todavía. También me dijo que este febrero que pasó, era un buen momento para ya haber sanado y concebir.
Lo más interesante y lo que no entendí (aunque creí que sí en el momento) era la explicación de lo significaría en mi vida un tránsito en Plutón. Hoy todo está claro. Para aquellos escépticos sólo les sugeriré que lo vean como poesía, porque así yo lo vi hasta que lo entendí. Casi todo lo que no entiendo o aquello que me produce una sensación incómoda y rica a la vez de curiosidad y confusión lo miro como poesía: la geometría, la física, la filosofía y algunos de los seres que me he atrevido a amar.
Yo también me pregunté que rayos podía significar un tránsito en Plutón fuera de lo obvio: que me esperaba una suerte del carajo en lo que terminaba de pasar el planeta enano con sus tres lunas. Lo mágico de Plutón es que te pasea por tus miedos. Léanse el mito de Perséfone. Así me lo explicaron: resumen masticado y digerido; era un doncella que el dios de los muertos Plutón raptó y llevó con él a vivir al infierno. Después de ahí pasa unas temporadas con él, la deja irse pero siempre tiene que regresar al inframundo. Algunas versiones del mito dicen que las entradas y salidas de Perséfone marcan las estaciones. Yo soy Perséfone, hasta cierta fecha que estoy intentando encontrar en las anotaciones que hice de esa cita. Lo importante es que Plutón te enfrenta a tus propios miedos. Las cosas a las que más le temas en la vida te las pondrá de frente e inevitablemente saldrás o destruido o invencible. Ella me dijo que son proyecciones, que lo que viera terrible en otras personas, especialmente mujeres serían reflejos de cosas feas que tengo dentro de mí (que aparentemente son muchas más de las que había contabilizado).
Honestamente no me asustaron las profecías porque a mi entender yo casi no sentía miedo. Ella me mencionó algunos miedos y algunas formas en que se podría manifestar, tengo miedo a la escasez (quién no) así que me pasaría al borde siempre de no tener nada, tengo miedo de no tener el control, así que tendría muchos quebrantos de salud en su mayoría por razones emocionales. Hoy día a 16 no tan felices meses viviendo con Plutón como un radar detrás de mí tengo mis miedos bien claritos: miedo a la vejez, miedo a la culpa, miedo al arrepentimiento, miedo a la pobreza, miedo a la pérdida, miedo a no tener quién me cuide, miedo a la desolación, miedo al desamparo, miedo a la exclusividad, miedo a la mediocridad, miedo a la decepción, fobia a decepcionar, fobia a la locura, fobia a la infidelidad, fobia a desconocerme, fobia a que me cambien, fobia a no poder reconocerme, fobia a la imposibilidad, fobia a la permanencia, fobia al compromiso, fobia al perdón, a la entrega, a mi incapacidad de amar y a su recíproco.
Hay ciertas fobias que no son mentales. Sencillamente el cuerpo rechaza cierta cosa, por ejemplo la hidrofobia y la fotofobia. Pueden ser aversiones mentales, simples temores, pero también puede ser la incapacidad del cuerpo de manejar el agua o la luz. Parecería mentira a las cosas a las cuales la gente le tiene fobia. No los terrores comunes: cucarachas, alturas, tiburones, sitios cerrados. Hay fobias hermosas (ahí voy yo con la poesía) y otras detestables (en mi humilde y fuerte opinión: inventadas) que han sido utilizadas para justificar cosas atroces. Fobia a los pelos, a los gérmenes, a las mujeres hermosas, a los homosexuales, fobias fálicas, fobias raciales, a los teléfonos, a los duendes, a los franceses, a los niños, a los viernes 13, a la gente calva y al papel. Miedo a ruborizarse, a los cirujanos, a los alfileres, a la desnudez, a las decisiones, a los puentes.
No puedo dejar de preguntarme qué le haría Plutón a estas personas.
Sólo les puedo decir, que Plutón es súper creativo. Y los dejo con la prueba más reciente. Llevo dos días peleando. Discutiendo sin tregua con la persona que amo, casi no lo veo últimamente y aún así lo logro. Ese ser humano que me obsesiona y me aterra (en sus dos concepciones), anda por el mundo en un vehículo de dos ruedas. Anda expuesto a cualquier cosa, vulnerable a los conductores ebrios, a las carreteras llenas de cráteres, a los aguaceros dispersos, a la poca iluminación de la zona rural donde vivo (entiéndase dos carriles que no hacen uno sin líneas que los dividan y sin ningún espacio para esquivar a nada ni a nadie). Anda protegido por un rosario que él mismo no entiende, por un triste reflector que le cruza el pecho cual reina de belleza, protegido con una camiseta con una calavera y un casco con dientes. Ese hombre que reúne tres cuartas partes de mis fobias y que ha sido cómplice de Plutón me tiene con el terror de que mi mala suerte sea contagiosa al borde de un quebrantamiento nervioso por culpa de una dichosa motora.
Hoy venía camino a mi casa, rumiando las palabras que escribiría hoy. La diatriba que le dirigiría como continuación de lo que nunca termino de decir cuando estoy rabiosa. Escribir es seducir dice mi maestra, y yo disfruto del “foreplay” (disculpando el espanglish porque preliminares no lo ilustra bien) de escribir en mi cabeza, voy dándole forma, amasándolo sin escribir una palabra. Y mientras refunfuño en mi cabeza por el día que he tenido y mientras peleo con el ausente por el coraje de ayer y los pasados, me fijo en el tapón absurdo de las casi once de la noche. Y de pronto me llega la imagen de la ambulancia que me pasó hace minutos por el lado y el tráfico está detenido, y una guagua me pasa por el lado en contra del tránsito y se estaciona en el mismo medio del carril contrario, la dejan con las luces intermitentes y tres muchachos corren como locos. Los curiosos se agolpan, para variar eficazmente y con prisa, lo menos característico de nuestro pueblo en cualquier caso menos en el de averiguar. Y veo una motora destrozada en el piso. No hay nadie llorando, no hay histerias colectivas. Y el miedo ahí soplándome la nuca de nuevo. Y le doy unas gracias cortas y culpables a Dios porque la motora no es una Harley. Probablemente alguna otra mujer rezaba porque lo fuera. Y marco los diez números porque del susto se me olvida que si presiono el dos lo llamo. Y no contesta. Y sale la dichosa grabadora que me tortura, dicho sea de paso me aterra la espera. Y lloro. Lloro todo el camino hasta mi casa, le mando un mensaje de texto lleno de un amor que no pude encontrar al medio día cuando rabiaba. Y Plutón me pone la imagen de ese cuerpo que amo en el suelo. Y no le agradezco la enseñanza. Porque estoy harta de sus formas. De sus talleres de alto impacto. Que suerte tienen aquellos que le temen a los alfileres y a los gatos.




jueves, 19 de febrero de 2009

sin fecha




Nosotros los que escribimos, y cuando digo nosotros me refiero a todos esos que no escribimos por ninguna otra razón que no sea porque no podemos dejar de hacerlo, porque no concebimos la vida de otra forma, porque es casi una religión, es una relación de amor y odio, es una adicción y somos nosotros mismos, ese es el verbo que nos define: escribir. Presumo que a todos nos pasa, que a veces encontramos escritos viejos, y a veces ni tan viejos y al leerlos no reconocemos las palabras. Y para gente como nosotros y digo nosotros por aquello de no sentirme que sólo a mí me pasan estos episodios de amnesia selectiva, las palabras lo son todo. Cuando alguien me dice eso no fue lo que quise decir, no lo entiendo. Nunca he sido muy empática o solidaria pero no lo entiendo porque yo siempre digo exactamente lo que quiero decir. A veces no me sale el tono que quería o lo exagero más de la cuenta, pero el mensaje me sale naturalmente específico, muchas veces sin tacto, sin pudor, y la mayor parte del tiempo en contra de lo considerado "politicamente correcto". Todo aquello que no me permito o no logro decir o no lo entiendo, lo escribo. Tal vez por eso encuentro cosas viejas y me parecen nuevas, y a veces contienen unos dolores tan profundos, que por ser lejanos ya no les puedo reconocer su intensidad. Otras pocas me leo eufórica, optimista, plena y se me hace bastante fácil recordar por qué. Pero siempre en el fondo del escrito me encuentro, me reconozco, a veces me perdono y muchas otras me recrimino. Me leo y redescubro que hay cosas que nunca cambian, que hay sensaciones que se rehabilitan, pero que no se curan. Que como la energía y el amor, se transforman, pero nunca se destruyen del todo. Aquí les presto un ejemplo que encontré (para variar, sin fecha):
" Montarme en un avión e irme lejos, lejos, lejos, tan lejos que sólo sea posible con más de tres escalas, tan lejos que el idioma no tenga la misma raíz que el mío, tan lejos que sea normal que nadie me entienda. Lejos donde nadie se imagine donde acaba mi horizonte; tan lejos que mis malas decisiones no me sigan la pista. Un lugar que tenga estaciones, que me sorprenda 4 veces al año. Un lugar donde pasen décadas, antes de lograr una rutina. Quiero irme lejos con la tranquilidad de que nadie me extrañe, que nadie susurre mi nombre un treinta y uno de diciembre, un sitio donde esté tan sola que pueda olvidar mi propio cumpleaños, que mi edad se desvanezca, que no pueda recordarla. Un país tan lejano que me haga borrar las veces que amé. Quiero vivir como una eterna turista viéndolo todo hermoso, incapaz de amar lo que el lugar realmente es. Me voy a pasar los días impresionada, que todas las caras para mí sean nuevas, una manada de desconocidos entreteniendo mis ojos, sin la ansiedad de buscar a alguien. Con la certeza de que no soy nadie, otra cara en la marejada. Podré caminar sin rumbo, sentirme felizmente perdida, naturalmente desorientada, sin nada que me guíe. Vivir la vida tomando fotos; fotos para mí, no para enseñarlas. Sin deseos de regresar a ningún lugar. Quiero vivir de lado a lado, sintiendo muy poco, sin anhelar nada, sin nostalgias patrióticas, sin celos furiosos. Sin esperar por nada ni nadie, con la felicidad de una vacación. Tan sola como me siento ahora, pero sola por lejos, sola por decisión. " 

Algunas noches me parecería que las palabras las escribió otra, pero algunos días me levanto con la palabra lejos dentro de la boca y presiento que si el escrito tuviera la fecha sería justo la de ayer.

jueves, 5 de febrero de 2009

A B I S M A L




Me llaman los abismos
me halan del otro lado de la baranda
Sin ningún fundamento suicida
Me atraen profundamente
Por eso los evito,
por eso les saco el cuerpo
Porque hay algo detrás de mi ombligo
Un algo que me empuja hacia ellos
Es una hipnosis curiosa
Un abrazo al acecho

El domingo me paré frente al mío
acaricié sus bordes,
intenté oler su fondo
Y le lloré desde lo más profundo
y me tragó hasta lo más hondo

lo hice con los ojos cerrados
a los barrancos no se les mira por dentro
cuando abro los ojos
a veces estoy dentro
y el resto estoy fuera y por eso los cierro
me sumergí a sabiendas
con pleno conocimiento

ese abismo está hecho
de mis ganas tan masculinas
de corrientes submarinas
y de hormonas malabaristas
de remolinos de viento
y la debilidad de mi vértice

ese abismo me dejó mirarlo
me hizo creer que no me hundía
me juró que estando desnuda
la gravedad se deshacía

Me licuó el albedrío
la voluntad me la hizo líquida
porque ese abismo
es un cuerpo de agua
me pliega la memoria
y me arruga los dedos


se come los sonidos
domina mis poros
hace que mi pelo flote
hace que mi cuerpo se hunda

y así vivo ahora
flotante y hundida
densa y líquida
grávida y vacía

jueves, 29 de enero de 2009

auto-ayuda

No me gustan los libros de autoayuda. Respeto a los lectores de autoayuda porque la realidad es (y cito a mi maestra en esto): si leer un libro de auto ayuda te va a disuadir de pegarle un tiro a alguien o de cortarte las venas tú mismo, pues bienvenidos sean. En algún momento llegué a leerlos y no me sirvieron de mucho. En cambio la literatura común y corriente parecía aliviarme, regalarme respuestas. Cuando uno está buscando contestaciones las va a encontrar en los ingredientes de la comida enlatada, en las instrucciones de cómo montar un mueble, en los dígitos del reloj. Lo peligroso es que uno va a encontrar aquello que quiere encontrar. En las nubes si intentas ver un payaso, verás un payaso, en el horóscopo todo tendrá sentido, si te conviene que lo tenga. Y así los pseudo astrólogos de los periódicos y revistas escriben 36 parrafitos y los barajan entre los signos zodiacales, pura economía y no del lenguaje.
He conseguido otros métodos. Nosotros la clase media pobre o pobre y media, no nos podemos dar el lujo de enfermarnos, demás está decirse mucho menos el lujo de deprimirnos. Sin contar con lo que cuesta un psiquiatra, sin siquiera mencionar que la mitad no acepta plan médico o no acepta el que uno tiene, que están llenos por las próximas dos a tres semanas, y que quizás cuando al fin consigues que te atienda resulta que el tipo es un soberano patán y que no tiene ni pizca de química con uno. Entonces, ¿qué? Pasar por el proceso nuevamente y conseguir una cita cuando ya uno ni se acuerda de qué le iba a hablar en primer lugar.
Pues no, uso mejores métodos, no menos costosos, no tienen efectividad comprobada, pero ahí vamos. Tomo café, una vez al día y me regalo una hora de euforia. Intento vestirme mejor, me embarro de maquillaje y cuando siento unas profundas ganas de llorar me imagino caminando con las lágrimas negras por toda la cara.
De vez en cuando me trago una pastilla de melatonina, que es un arma de doble filo. Por un lado me hace dormir, por otro me regala unos sueños tan vívidos que no son necesariamente terapéuticos. Tengo tres alarmas para despertarme, una dice: “Make $ome”, la otra (15 minutos después) dice “You need $!” Y la última dice: “por si acaso”. Empiezan a las 7:15am y la última me grita a las 7:50am. Porque están sabiamente programadas para ir subiendo de volumen y con un timbre cada vez más desagradable.
Aunque me levante tarde, me regalo 5 minutos de besar y acariciar a mi perra. La saco a pasear, la alimento y me voy pensando que ella se pasará el día esperando que yo regrese. Demás está decir que no hago la cama y estoy permitiendo que el caos reine al menos en mi baño y en mi habitación. Porque desde hace una semana y un día, la organización me parece desoladora.
Me escudo en las nuevas teorías que he aprendido en la universidad porque no tengo tiempo para otros libros, gracias a Dios no tengo tiempo para sentarme a pensar, gracias a Dios no tengo tiempo para llorar y me concedo el tiempo de bañarme y se acabó. Uso un poco de tiempo para contestarle a mis amigas, que me dan lecciones de la gran amiga que nunca he sido para nadie. Porque he estado demasiado ocupada siendo pareja. Me he pasado cumpliendo con mis compromisos, cumpliendo con mis contratos, con mis promesas y mis sacramentos. Y ahora, ahora siento que le debo una explicación al mundo, de por qué estoy pasando por esto, mientras sólo me pregunto por qué no encuentro la fuerza para hacer lo que sé que tengo que hacer. Me pregunto por qué no veo esto como una sencilla disolución de un contrato. Dos personas voluntariamente contratan, se comprometen a ciertas cosas a cambio de otras. Se tiene el derecho de esperar cierta conducta de la otra persona y a cambio el deber de cumplir con lo pactado. Una de las partes viola las condiciones del contrato. No hace falta una maestría en responsabilidades contractuales para saber el resultado.
Por qué no dejo que por fin mi inteligencia me rija porque la he tenido subordinada y no ha sido muy efectivo.

Una vez me leyeron la mano y me dijeron que la línea de mi cabeza era casi infinita. ¿Casi? Como es obvio pregunté y la respuesta fue bastante obvia también: casi infinita, porque la línea del corazón te la pica por la mitad.

Entre mis múltiples métodos de autoayuda, está el engavetamiento hasta nuevo aviso de mi modestia, así que me disculpan. Soy una mujer inteligente, más inteligente que bonita, más inteligente que buena, más inteligente que lógica, más inteligente que práctica, más inteligente de lo que a veces quisiera ser. Porque espero y se espera más de una mujer inteligente. Es como un deber impuesto. Tienes inteligencia, pues tienes que usarla y dar el ejemplo. No hay excusa, tienes una preparación académica, tienes una profesión, tienes mundo y no dependes. Así que las decisiones que uno toma no se justifican por melodramas, por cultura, época, trauma de infancia, repetición de patrones aprendidos, co-dependencia y mucho menos por esa teoría ambivalente de lo que se supone que sea el amor.

No se justifica el aguante, el perdón ese vacío, el para toda la vida, no se justifica con ninguna idiosincrasia ni romana, católica ni apostólica, no se justifica que sea la institución medular de la sociedad, no se justifica. No se justifica que apueste mi salud mental a cambio de ese cuerpo hermoso al menos cinco horas al día.
No hay una excusa que me permita intentar algo ya intentado, experimentar algo que ha fallado en tantas veces aunque los que estuviesen mezclando los líquidos en las probetas no fuésemos nosotros. Si mezclas amarillo y azul y te da verde, mezclas amarillo y azul y da verde, mezclas azul y amarillo y da verde. El significado de la estupidez o de la locura sería pensar que a la cuarta vez por alguna extraña razón mezclarás pintura amarilla y pintura azul y obtendrás algún otro color del prisma que no sea verde.

Y quisiera tener la fuerza de decir que no quiero, que no me lo merezco, que no lo soporto, que un contrato es un contrato, que teníamos un acuerdo, que se rompieron las reglas, que eso de que siempre hay una segunda oportunidad se lo inventó un maldito reincidente. Quiero establecer el ejemplo lógico de que si un empleado, el empleado estrella de una compañía se roba $5 dólares del petty cash, hay que despedirlo. Aunque lleve 20 años trabajando para la compañía, porque quién nos garantiza que no había robado antes, quién nos garantiza que no lo volverá a hacer, quién nos garantiza que no robará cantidades aún mayores, quién nos garantiza que si no lo hubiésemos atrapado con las manos en la masa, jamás se hubiese arrepentido en su vida. Porque los seres humanos interactuamos mediante relaciones de poder. Somos animales que luchamos por las mismas cosas, territorio, reproducción, alimento, supervivencia. Y que ese animal/empleado estrella que se robó cinco tristes dólares, no va a decidir que después de ese momento nunca volverá a hacerlo, que aprendió su lección y que vivirá agradecido y será perpetuamente leal a esa compañía por esa concesión. No señores, ese empleado que se robó cinco dólares, aprendió una lección muy distinta. Sus actos no tuvieron consecuencias, lo cual se traduce en lenguaje simple: me salí con la mía.

Así funciona la corrupción, así funciona el narcotráfico, así funcionan los abusos de poder, así funcionan los matrimonios, así funcionan los niños, así funcionan las mascotas.

Como pueden ver mi repulsión a los libros de auto ayuda nada tienen que ver con un rechazo al contenido, es que mi propio carácter es incompatible con ciento veinticinco páginas de mensajes optimistas.

El otro día una amiga a quien amo, pero quien no tiene ni la menor idea de lo que estoy viviendo me lanzó una pregunta: ¿y cuál es tu plan de vida ahora? Plan de vida. Soy sagitario, tengo veinticuatro años, un bachillerato, un juris doctor recién comenzado, una deuda hipotecaria recién contraída, muchos más pasivos que activos, una perra (que viene con una deuda en el veterinario), un préstamo estudiantil que me llega dos veces al año y que estaré pagando toda la vida. Dejé mis pastillas anticonceptivas por las manchas en mi cerebro por lo que estoy atravesando una crisis hormonal encima de todo. Y el plan de vida que he tenido desde hace cinco años acaba de colapsar y no tenía seguro contra sucesos catastróficos porque siempre he creído que la industria de seguros completa vive del miedo de la gente y eso debería ser el verdadero mercado negro y mi amiga con mi misma edad pero con su corazón casi intacto me pregunta si me he preguntado qué quiero hacer con mi vida.
Pues tengo dos opciones y ninguna es viable.
Opción #1: Quiero cerrar los ojos y regresar hacia atrás (valga la redundancia necesaria) y con mis dedos mágicos borrar todo esto, donar unas cuantas neuronas y creerme que no pasó nada, que nada de esto es grave, que ni siquiera es real. Quiero seguir con el plan que tenía que me parecía maestro.
Opción #2: Quiero cerrar los ojos y aparecer en un sitio nuevo, con todas las posibilidades del mundo con mi nombre encima. Tratar de recordar algún suceso doloroso y trágico y tener una tabla rasa. Ser lo que era antes de ver lo que he visto.

Pero mi opción real es sobrevivir. Sobrevivir a fuerza de café, melatonina, alcohol y oraciones. Embarrarme los ojos de maquillaje. Esperar el préstamo, pintarme el pelo, ponerme lentes de contacto de algún color, broncearme, darme un Spa, rezarle a Dios que me hable, conseguir a alguien que me diga neutralmente y con sabiduría cuasi divina qué hacer, dónde depositar esta decepción degenerativa y dónde invertir estas cantidades absurdas de amor que ahora me sobran, me pesan y me lastiman cada vez que inhalo y exhalo. Seguiré con mi operativo de autoayuda, escuchar a Bebé cantar: hoy vas a ser la mujer, que te dé la gana de ser, hoy te vas a querer como nadie te ha sabido querer, hoy vas a mirar pa’lante que pa’tras ya te dolió bastante… la canto y la canto para creérmelo, la canto como un mantra que en algún momento se adherirá a mi subconsciente y me sanará.

jueves, 22 de enero de 2009

rota





Mi maestra me dijo un día, realmente nos dijo, pero por alguna razón cuando ella habla, si yo estoy en el perímetro, se siente como si se dirigiera a mí. Que había ocasiones donde el amor se rompía y se rompía tan violentamente, que si te quedabas quietecito y prestabas atención podía escucharlo romperse.

Mis caderas se salen de sitio, lo descubrí con la danza del vientre; suenan, el sonido viene justo antes del dolor. Un dolor intenso, una presión que no me permite moverme, casi siempre necesito la ayuda de otra persona para que la cadera vuelva a su lugar original. Hay gente que se estrilla las coyunturas, se halan los dedos hasta que truenen, se estiran la espalda hasta que produce un chasquido. Nunca he entendido esa costumbre tal vez porque lo asocio con el doloroso dislocarse de mis caderas. Cuando uno tiene una cosa, un objeto donde por alguna razón uno ha puesto cantidades industriales de afecto, ya sea porque alguien se lo regaló, porque lleva tiempo con uno, porque lo compró en un sitio lejano, porque costó mucho dinero o porque simplemente es hermoso, en el momento en que se rompe se convierte en la cosa más odiosa del mundo.

Un profesor nos dijo una vez que si alguien te rompía o te mutilaba tu libro favorito, no había por qué preocuparse, porque ya lo habías leído, lo tenías dentro de ti y nadie podía quitártelo. Que me quiten lo bailado dicen los gitanos. Es por eso que amo muy pocas cosas materiales. Soy torpe y despistada, suelo romper o perder las cosas, las que me importan y las que no también. Amo mi pasaporte, porque sin él no puedo salir. Amo la sortija de compromiso de mi abuela porque me recuerda las cosas que merezco y las que no quiero en mi vida. Amo mis zapatos Christian Lacroix, no sólo porque son satinados y tienen un enorme lazo rosa, no sólo porque si yo fuera unos zapatos sería esos, (me gustan las cosas que tienes que amar u odiar, que te obligan a tener alguna reacción hacia ellas) los amo porque costaban más de cuatroscientos dólares y los compré a treintaysiete con impuestos. El resto de los objetos que amo, casi todos están cubiertos de plumas y a estas alturas sabrán que tengo un fetiche con las plumas.

Ahora que lo pienso, crecer es romperse constante y continuamente. Las dos estrías que tengo en mis caderas son por el crecimiento acelerado e inoportuno de mis dimensiones. Cuando a uno le crecen los dientes, los colmillos, las muelas, los cordales, crecen rompiéndote las encías. Recuerdo cuando me empezaron a crecer los senos, tardé muchísimo y no crecieron mucho que digamos, pero por alguna razón dolían intensamente y por esa misma inexplicable razón todo codazo, bolazo, tropiezo, terminaba hundiéndose en mis brasielitos cuasi de juguete y el dolor era imposible.

Hoy amanecí rota. Por debajo de mis senos que ya no tienen excusas de dolerse.

Lo he intentado todo y no logro recomponerme. Ni siquiera Frank Sinatra logra rellenarme la rotura nueva que tengo. No lo escuché. Saben ese sonido, ese terrible sonido de las gomas de un carro chillar contra el pavimento que avisan el inminente estruendo de un choque catastrófico. No lo tuve. Me rompí sin previo aviso, sin notificación, sin avisos de inundaciones, sin cuidado con el escalón, sin cuidado resbala mojado, sin fuera de servicio, sin cuidado posibles derrumbes, sin cuidado posibles desplazamientos de terreno. Tuve todas las anteriores pero sin aviso: inundación, caída, resbalada, torcedura, rotura, derrumbre, entiéndase: desaparición absoluta del terreno. Ando derramándome por todos sitios, perdiendo, vaciándome, mientras camino. Todo lo que me encuentro se convierte en una lluvia de piedras. La gente que se ríe, los seres que se besan, las personas que comen con gusto, los locutores de radio, el profesor hablando de hipotecas, mi jefe preguntándome con su cara de ángel si estoy bien, la maldita grabadora que me repite sin piedad que mis calificaciones N O   E S T  A  N       D    I      S        P           O            N                  I                        B                                L                           E                             SSSSSSSSSSSSS, las fotos de Obama bailando con su mujer, el café que me regaló un socio del bufete, el guardia de seguridad deteniendo el elevador para que me monte, mi perra que me lame las piernas mientras escribo tratando de encontrarme la herida, todos me apalean sin piedad, todos me dan codazos donde me duele. Porque me duele en todos sitios, porque así son las hemorragias internas y uso el verbo más cursi del idioma español a falta de uno que me lastime los dedos mientras oprimo las teclas del teclado. Porque quisiera tatuarme cerca de los huesos para llorar rabiosamente y creerme que lloro porque la aguja y la tinta me rozan los nervios. Porque actúo masculinamente y pospongo el llanto, porque necesito ser productiva, necesito ser funcional y no puedo escribirle un cheque en blanco a mis tarjetas de crédito, a la hipoteca, al seguro del carro, al cable, al carro y decirles que me den una prórroga indefinida porque estoy ROTA y no puedo pensar, no puedo comer, no puedo respirar, no puedo facturar, no puedo escribir un puto cheque que no me recuerde que estoy lacerada, herida, mutilada, adolorida, dañada, destruida y rota más allá de posible reparación.

Y me sorprende lo fuerte que me ha hecho este boquete. Aparentemente es como cuando uno se pilla un dedo con una puerta, y la uña se pone violeta y el dedo, late, late y late, y si te haces un pequeñito orificio encima de la uña, experimentarás el dolor más atroz que un ser humano pueda sentir pero sólo por un segundo y luego de repente un alivio absurdo, casi mágico y por lo mismo imposible. En las películas aparece cuando alguien se disloca un brazo y cuando se lo acomodan la persona grita desgarradoramente, pero vuelve a caer en su lugar y cesa el dolor.

Todavía no me he autodiagnosticado, no sé si es una fractura, si tengo algo dislocado, si me rompí algo de verdad, o si me falta un órgano. Sólo sé que algo me falta, algo se rompió.  Y las cosas rotas nunca quedan iguales, se les sigue la pista de la pega, se rompen de nuevo a la menor provocación y mil veces peor que la primera. Y de pronto es una figura irreconocible, son trocitos de algo que ya no es. Necesito voluntarios, gente que me hale por mis cuatro extremidades, hasta que todo caiga en su lugar. No me voy a quejar, pero quiero agujerearme mis veinte uñas para ver si por alguna de ellas se escapa esta presión.

Aparentemente así es la vida, una noche te acuestas entera y la próxima mañana te levantas rota. Ya ven que tenía razón en tocarme el cuerpo al despertar, mi instinto no me falla, presentía que algún día al hacer inventario me pasaría algo así.

 

PS No me hagan preguntas: cualifican como codazos.