sábado, 3 de abril de 2010

alunarada marcada cicatrizada



Deliro por los lunares. Me gustan las marcas. Me seducen casi automáticamente las cicatrices. Tengo la teoría de que todo lo que nos atrae tiene una razón de ser. Casi siempre doy en el clavo de por qué cierta cosa, cierta canción, cierto olor, o hasta cierta persona, engrana perfectamente con nuestros sentidos y de verla, oírla, olerla, tocarla uno sencillamente sabe que encaja con el gusto de uno. Que conste que hablo de cosas, canciones, olores y algunas veces gente. Yo tengo muy pocos lunares, son hasta numerables para sorpresa de muchos. Tengo dos lunares que trazan una línea diagonal del lado derecho de mi cuello hacia la mandíbula, tengo un lunar en el mismo centro de mi cuello como si fuese un blanco de tiro dirigido a mi tráquea, tengo un lunar en mi brazo derecho casi a dos pulgadas del codo, tengo los rastros de lo que alguna vez fue un lunar en el lado izquierdo de mi nariz, una amiga me lo arrancó, (cosa que ella aún niega), luego intenté perforarme la nariz en sustitución pero mi cuerpo decidió que no le daba la gana de tener un cuerpo extraño en un lado de la nariz y empezó a encapsularlo para sacarlo, vaya cuerpo caprichoso que tengo y debo confesar que el cuerpo casi siempre me gana. Ya está. Casi cinco, se cuentan con una mano. Nunca me ha gustado un hombre que no esté lleno de lunares o de pecas, tienen que tener al menos una decena.
Con las cicatrices me pasa lo mismo, tengo una cicatriz en la rodilla izquierda, tiene la forma del mapa de África y nunca he podido recordar si bajó o subió de lugar con mi crecimiento (quizás ninguna de las anteriores porque de los diez en adelante no crecí mucho que digamos), me caí probablemente de las únicas tres veces que jugué al escondite porque nunca fui muy deportista, mi madre me dijo no salgas, que tienes tu primer bailecito y con la suerte que tú tienes regresas toa’ mondá y ahí fui yo a esconderme en una marquesina, a asustarme cuando salió la vecina y a bajar la cuesta como si tuviese coordinación motora, como si la acera no fuese una especie de escalón y a pelarme la rodilla y a llorar más por la cantaleta que me esperaba que por el mismo dolor, y a recibir el “te lo dije”, y a por más que me lo dijeron ponerme un pantalón pegado para mi primera fiesta y dejar literalmente la piel en él; y hasta el sol de hoy. Tengo una cicatriz debajo del seno izquierdo de mi primera varicela; la madre, como le decía mi abuela. Tengo una cicatriz en la barbilla que nadie recuerda cómo me hice, mi abuela decía que uno siempre tiene una cicatriz en la barbilla, parece que Dios sabía que con mi poca actividad física los chances de provocarme una eran pocos así que me la proveyó. Y eso es todo. El primer noviecito que tuve, cuando se cortaba el pelo cortitito parecía que el barbero era un chapucero, porque se le veían todas esas líneas pequeñitas en el cráneo y cada una era la anécdota de un cantazo. Creo que eso fue lo que me conquistó.
Cuando el año pasado se me durmió parte del cuerpo y me hicieron cuchucientos mil exámenes que terminé de hacerme recién, la neuróloga me dijo entre muchas otras cosas que en las placas salían unos puntitos en mi cerebro. Que si no fuese porque yo había llegado allí con una sintomatología (lo siento pero me encanta esa palabra) hubiese presumido que esos puntitos eran marcas naturales, como lunares cerebrales, o quizás hasta alguna cicatriz de alguna caída que no recuerdo o que ni siquiera se le dio la importancia en su momento. Marina, que así se llama mi neuróloga me decía: “¿me entiendes? Como esas marcas que uno tiene en el cuerpo, que no se sabe ni de qué son.” Esas son de las poquísimas ocasiones en que aprecio que me traten como idiota. Quise decirle que no, que carecía de lunares, de cicatrices y de marcas en general. Que cuando me fueron a alambrar los dientes la ortodoncista luego de recitar los múltiples desastres dentales que me encontró, me dijo que tenía la huella del pulgar izquierdo en el paladar. Mi madre me dijo que era de esperarse, en los sonogramas aparecía chupándome el dedo. Así que no, mis marcas (menos la de la barbilla) tienen razón de ser. No se lo dije a la neuróloga, aunque quise preguntarle si todo el mundo tenía lunares y cicatrices por las paredes internas de la cabeza o entremedio de los pensamientos.
Me pareció que tenía total sentido. Tengo lunares por dentro. Tengo cicatrices donde casi nadie las puede ver a menos que sea a través de resonancia magnética nuclear. No sólo me sentí sumamente especial, sino que me sentí medio aliviada. Me he pasado la vida buscándome lunares nuevos en la piel. Celebrando puntos hechos con tinta, desilusionándome cada vez que la seudo marca salía con jabón. En estos días que ya se cumple más de un año de los dichosos exámenes y que se cumple un año de un par de tragedias más, me ha dado con preguntarme que si tuviese más dinero y pudiese hacerme más exámenes de esas placas mágicas casi de nave espacial, qué otras cicatrices saldrían. Qué lunares nuevos (si alguno) me habré logrado apañar. ¿Por dentro se podrá ver que algo se me murió dentro? ¿Quedarán rastros de ese intento de vida fallido? Sin contarle nada a nadie, ¿podría un médico saber que un par de meses después del baquiné en mis entrañas me congelaron el centro de mí? ¿Saldrá en las placas que me quemaron con hielo, literalmente, por dentro y por fuera? ¿Será que la vida me dio el mínimo posible de marcas susceptibles a la visión humana para compensar?






Hace poco más de dos semanas tuve uno de los mejores fines de semana de mi vida. Aproveché el viaje y me marqué. Tengo una pluma dibujada entre mis costillas, en el lado izquierdo de mi cuerpo. Tengo una marca que me compré con fondos federales. Explicar la pluma me parece redundante. No sólo tengo un fetiche con las plumas y casi siempre se me ve con plumas colgando de las orejas (hasta en el día de mi boda) sino que sobrevivo porque escribo, no han habido soluciones químicas, ni naturales, no han habido llantos ni maratones, libros ni consejos, sicoterapeutas, ni curas, ni doctores, ni hipnotizadores, ni borracheras de las lindas, ni polvos mágicos, que hayan logrado en mí lo que logra escribir. Mientras escribo me quejo, acepto, asumo, lloro, cierro, abro, recuerdo, revivo, mato, archivo, descubro, aclaro, defino, digiero, eternizo, desaparezco, me apropio, me despido, me corto, me curo, me sano. Soy ritualista, desde siempre, cuando pasaban cosas importantes necesitaba algún acto simbólico para marcarlo, así cuando mis primeros enamoramientos fracasaban, me cortaba el pelo, cambiaba de perfume, dejaba de ir a lugares, no usaba las cosas que me regalaban. Pero el tiempo pasa y se me fueron haciendo poca cosa los recortes y las botellas nuevas. He cambiado también mis licores con los rompimientos, cambié el whiskey por el vodka, el vodka por el vino, el vino por el champagne, el champagne por la cerveza… creo que en parte tenía ganas de culminar mi primer cuarto de centenario con algo definitivo. Quizás hacerme un recordatorio permanente, tener una marca que nadie me causó sin mi permiso, porque permiso y consentimiento no es lo mismo y me importan tres divinos si el Código Civil está de acuerdo o no. Me quise regalar una cicatriz y hasta firmé papeles para que nadie fuera culpable de la mutilación que escogí. Quizás por una vez en mi vida quería saber de dónde venía el golpe, darme la satisfacción de escoger el día y la hora adolorida y mirar esas dos manos desconocidas (que irónicamente fueron cancerianas) y decirles hiéreme, pero yo te digo dónde y cuándo y tener esa cuasi certeza de la forma en que quedaría mi cicatriz. Porque nunca me imagino las fuentes de mis dolores y cuando recibo el primer impulso nervioso que es el dolor, me duele más el susto, la sorpresa, que el dolor mismo. Y lo peor es que se supone que el dolor es la forma que tiene el cuerpo de alertarte que puedes recibir una lesión pero en mi caso mis reflejos son tan flojos que el dolor hasta este momento sólo me ha dicho: “¿adivina qué?, ¡te lesionaron! (o te lesionaste)”.
Busqué a un par de manos que no amase y que ni siquiera me hubiesen tocado antes, que ni siquiera me hablaran en el idioma que tanto amo y que por lo mismo tanto me lastima. Porque quizás es cierto lo que me dice un amigo y quizás me gusta más el dolor de lo que me atrevo a reconocer. Quise tener ese último dolor de la época. En realidad quisiera siempre saber cuál es el último, ese último abrazo, ese último beso que no se da por compromiso, quisiera saber cuál es el último revolcón que me doy con alguien porque siento que el último siempre debiera ser más intenso que el primero. Uno debería tener el derecho y la potestad de besar, de abrazar, de morder, de desnudar, de dolerse con la intensidad, con la rabia, con la tristeza de que es el último; como una cuestión de clausura, por la misma razón que enterramos los muertos, para delimitar el dolor, para concretizar la pérdida. Quise marcarme y que me doliera y llorar como una niña del dolor y decidir que era el último llanto, el último dolor y quería llorar mucho y de ser posible hasta sangrar mucho y que el artista me creyera loca y hasta suicida y salir de allí herida por última vez y por primera vez victoriosa.




Fui el día antes a mirar portfolios y me gustó uno en particular, parecían todos bocetos pero en vez de papel en piel. En la portada solamente decía Isaac. Isaac que significa “hará reír”, a mí, que hago reír a la gente con una facilidad innata y que hacerme reír requiere de una combinación específica de cosas que casi nunca pasa. Y me fui deseando regresar al otro día y encontrarme con Isaac. Al otro día regresé y me atendió primero un muchacho que parecía preadolescente y de quién desconfié instantáneamente porque no tenía tatuajes visibles. Se me acercó otro que sí tenía marcas obvias y le expliqué lo que quería, dónde lo quería, de qué tamaño y de qué color, fue como ordenar dolor en un catálogo. Antes de entrar por la puerta le dije a Dios que por favor me enviara una señal si esto iba a ser catastrófico, y espero que nadie se ofenda porque yo rece antes de tatuarme. A mi abuela no se lo digan. Ella tiene Alzheimer y yo escojo con pinzas lo que le cuento. Es un ejercicio como hablarle a las personas en coma. A veces se ríe y hasta a veces parece que me entiende. Así que yo sólo le cuento lo que le alegraría. Abuela me voy a casar, abuela me gradué, abuela me casé, abuela me aceptaron en Derecho, abuela voy a ser abogada, abuela estoy embarazada, abuela vas a tener un bisnieto y si es nena se va a llamar Ana en tu honor, abuela me dieron la permanencia, abuela me gusta un nene rubio y de ojos claros (nació en los 30, ¿qué esperaban?), abuela la gente dice que cocino divino, abuela las cremas me quedan como las tuyas, etc… mi abuela no entiende de anacronismos ni de cronologías. Pero a mi abuela nunca le diría: abuela mi primer voto no fue popular, abuela me colgué en una clase, abuela me paso llorando las madrugadas, abuela perdí el bebé, abuela me mataron a Amelie, abuela me voy a divorciar, abuela me divorcié, abuela me tatué, y sí para ella estarían todas en la misma categoría. Quizás si le dijera a abuela que cuando me acerqué al mostrador el hombre aquel me inspiraba paz y me dijo que se especializaba en colores, y que me iba a salir caro y me puso su portfolio al frente y cuando miré la portada tenía un nombre bíblico: Isaac.

Me alzó la camisa con una delicadeza totalmente innecesaria. Los hombres al principio siempre piensan que me voy a romper. Me pintó con tinta para confirmar el tamaño y la localización y le dije mirando el borrador azulado en mi costado, quizás un poquito más para atrás, para después decirle que él lo había puesto en el lugar perfecto de primera intención. La perfección me cuesta hasta cuando la veo con mis propios ojos. Desconfío de que las cosas salgan bien a la primera. Me acosté en una camilla de aspecto bastante quirúrgico. El me pilló la camisa con el sostén bastante avergonzado para mi sorpresa. Me alegré de tener ropa interior en combinación, mi abuela decía que siempre había que tener ropa interior decente por si había que llevar a uno al hospital de emergencia, yo lo he llevado a otro nivel y siempre me la combino, por si ocurren otros tipos de emergencias. Mi amiga solidaria se sentó a mi lado y me agarró la mano por si las moscas. El chico me preguntó si estaba lista y yo le pregunté si realmente en algún momento la gente está realmente lista y riéndose me dijo que nunca. Me pidió por favor con su cara dulce, con su voz dulce y con sus ojos dulces, que me quedara lo más quieta posible y que hiciera lo que me diera la gana pero que no me echara para atrás, que si el dolor era demasiado no le retirara el cuerpo, que le avisara y él se detenía y nos tomábamos todos los descansos que yo quisiera. Poético, pero no sentí miedo hasta ese momento. Aunque sí había tenido pensamientos atemorizantes como por ejemplo que que tal si con la ley de Murphy y mi suerte habitual al tipo le da con estornudar o algo por el estilo mientras me marcaba. Mi amiga me dijo que eso era totalmente absurdo, pero me suelen pasar cosas ridículamente absurdas. Isaac me dijo que el contorno era lo más doloroso y que esa era la primera parte, en este punto ya yo le creía cualquier cosa que me dijera. Acto seguido el sonido terrible acompañado de la sensación de que me iban a taladrar las costillas, así que cerré los ojos antes de sentirlo porque de todas formas era imposible verlo en mi posición. No se me ocurrió ese detalle, me hubiese gustado mirar, como miro detenidamente la aguja cuando dono sangre (cosa que no podré hacer hasta marzo 14 del año que viene) me aterran las agujas y por lo mismo siento la necesidad de observar cuando me introducen una aguja en las venas. Cuando era chiquita le pedía un espejo al dentista para mirar lo que me hacían y eso me tranquilizaba. Mi amiga me preguntó cómo se sentía y que si dolía mucho. Yo le contesté que no me dolía, que más bien se sentía como si me estuviesen cortando con una navaja. Ella me dijo que eso sonaba horrible.
Isaac me preguntaba si estaba bien, si estaba segura y si era como me lo imaginaba. Le dije que no, que me lo imaginaba mucho peor. No solté ni una sola lágrima. Es más, me la pasé hablando como siempre, hablando de cualquier cosa, contándole a mi amiga de ataques de pánico propios y ajenos, de desastres laborales y chistes familiares. Creo que sólo le apreté la mano en algún momento del primer minuto. Ni siquiera recuerdo la música de fondo. Por lo regular en mi mente le pongo música de fondo a las cosas, como si viviera en una película. Recuerdo las canciones que sonaban en momentos importantes que no voy a mencionar. Él me dijo que en realidad ya lo peor había pasado. Que si había estado bien hasta ahora, no iba a tener problemas con el resto. Me explicó que iba a hacerle más detalles a la pluma un poco más profundos “so with time it doesn’t fade into… well I guess into you” creo que me enamoré un poco. Cuando me sombreaba la pluma se sentía cómo me agujeraba la piel y a la vez como si fueran muchos choquecitos eléctricos. Con el tiempo se sentía caliente, como cuando uno se tira por una chorrera y la piel te roza el borde y te quema. Mi amiga me dice que si no fuera porque ella me estaba mirando la cara, dejándose llevar por mi descripción jamás en la vida se tatuaría. Que no es congruente lo que le cuento con mi cara que no tenía ni una chispa de agonía. Un hombre altísimo se paró en el mostrador a mirarme, hacía muecas de dolor mientras miraba como me marcaban. Isaac le preguntó si estaba bien y él le dijo que estaba impresionado de cuán bien yo me lo estaba tomando, Isaac le dijo: “I know, I’m impressed, she’s a trooper”. Le preguntó al señor si él tenía tatuajes a lo cual aquel hombrezote le contestó que en toda su espalda. Pero que empezó a hacerse uno en el costillar y que todavía le faltaba como hora y media de trabajo y nunca regresó porque recuerda demasiado bien el dolor. Isaac le dijo que era uno de los peores sitios para tatuarse y que para colmo era mi primero. Aparentemente él es de los que creen que la primera vez es la más dolorosa. Ya yo no pienso así. Creo que con el tiempo los dolores son más agudos, es como refinar el paladar, como educar los sentidos. Con el tiempo uno desarrolla una memoria del dolor y en ocasiones los dolores nuevecitos, cortitos y recientes se vuelven bien grandes porque se unen con los viejos. Los dolores a diferencia de nosotros son solidarios. Y muchas veces los dolores pequeñitos son más intensos, como arrancarse una curita o cortarse un dedo con papel.
No podía creer cuando me limpió y me dijo que ya había terminado. Me miré y le dije que era perfecto. Él nunca sabrá lo difícil que es lograr eso en mí. Lo abracé un poco, pero se me escurrió, el hombre que me dijo que no echara el cuerpo para atrás ante el dolor, echó el cuerpo para atrás frente al abrazo. Creo que lo confundí. Le di las gracias, y creo que se confundió aún más. Los hombres no entienden cuando una le agradece al terminar.
Mi madre me dijo que estaba hermoso, lo cual es difícil, adivinen a quién salí difícil de complacer. Mi papá estuvo mudo unos días. Mi madre me dijo que ella sabe que cuando algo se me mete entre ceja y ceja no hay Dios que me convenza de lo contrario. Mi papá ya sencillamente me dio por loca. Mi madre me culpa de que mi hermanito quiera hacerse uno y dice que es una excusa para quitarme la ropa y enseñarlo. Como si me hicieran falta razones.
Todavía me asusta pensar en la falta de dolor. Primero pensé que quizás tenía obstruido algún fragmento del camino donde los impulsos nerviosos llegan al cerebro y le dicen te duele. Como también creo que tengo obstruido el camino donde el estómago le dice al cerebro estoy lleno. Quizás estoy acostumbrada al dolor y lo asumí como parte de mí, como también he asumido la incomodidad como algo inseparable de mi femineidad. Y hasta me dio miedo recordar que hace poco más de un mes llorando le pedí a Dios que por favor no quería más dolor. Que ya estaba bueno. Que no podía soportar ni un poquito más y quizás hasta le dije que no importaba al precio que fuese. Se me olvidó que con Dios hay que ser bien específico cuando uno le pide, como en los chistes de la gente que se encuentra genios embotellados y todo sale mal, hay que pedir con suma precaución y una especificidad extrema. Porque Dios puede ser bien literal si se lo propone. Y quizás yo pedí literalmente. Porque cuando a uno le duele se le olvida que casi nada doloroso tiene un origen que no sea placentero. Emocionalmente lo doloroso a diferencia de lo físico, casi siempre surge de la pérdida, y sólo puede dolerte perder algo que te alegraba, te gustaba, y hasta quizás te hacía feliz. Y no se asusten que no me voy a poner auto-ayudante (palabra inventada por mí), pero si me lo pregunto y me lo contesto con excesiva honestidad (cosa que se me hace bastante fácil) cada noche que me la he pasado llorando la puedo parear con una mañana que desperté sonriendo. Y sé que ha habido momentos donde le dije a Dios, a la vida, a los genios embotellados, gracias, porque hay instantes los suficientemente mágicos, para que si se me diera la oportunidad cometería los mismos errores con la misma estupidez, y quizás alguno que otro que me salté. Porque sí hay momentos perfectos, besos perfectos, noches perfectas, encuentros perfectos, risas perfectas. Y la perfección no tiene que ver con lo correcto, no tiene que ver con las consecuencias, no tiene que ver con su funcionalidad o su propósito. Tiene que ver con esa sensación específica que te hace cerrar los ojos en un momento y recordar como sólo lo hacen las fotos porque detienen y contienen lo ideal de un instante, lo delicioso de existir.
Mi primer amor fue quien único conoció a mi abuela antes del olvido. Me dijo que quizás olvidar era lo mejor que a ella le podía suceder. Porque había vivido demasiadas cosas dolorosas y quizás su mente estaba en momentos felices para siempre. Como si hubiese sido la mejor opción. A veces me leo y leo tanto dolor que ni siquiera recuerdo haberlo sentido con la intensidad escrita. Pero porque está escrito lo releo y lo sé real. Miro mi cuerpo desnudo y veo una pluma en mis costillas. Observo mi marca y recuerdo que no me dolió. Pero veo ese mismo cuerpo desnudo que antes no tenía marcas y que ha sentido y ha perdido, se ha erizado y se ha reído, este cuerpo que ha sonreído y ha llorado proporcional y desproporcionalmente, este cuerpo que carcajea y en ocasiones grita por exactamente las mismas razones y me trago la petición absurda y en el fondo sé que Dios, el universo y los genios libres y embotellados saben que quiero sentir, sentirlo todo, para escribirlo todo, que no quiero olvidar, que me aterra heredar el olvido de mi abuela, y quizás por eso escribo, quizás por eso le pedí a un hombre dulce que probablemente jamás volveré a ver que me tajeara la piel, que me dejara tinta debajo de la epidermis, que me hiriera artísticamente, y en broma le dije que me marcaría cada 25 años, conmemorándome. No quiero olvidar. Quiero dolerme. Saber que todavía me duele es saber que todavía vivo, que a esta piel todavía puede mancharse, marcarse, y hasta quizás regalarme lunares y pecas algún día. Creo que le estaré eternamente agradecida a Isaac por regalarme una nueva obsesión, un nuevo fetiche, un nuevo delirio. Me fotografié con él para regalarme otra razón para no olvidarlo (nunca se pueden tomar suficientes precauciones contra el olvido) y le di las gracias porque siempre siempre se agradecen las sensaciones, las cosas que no se logran todos los días. Algún día le diré a mis nietas: los lunares, las cicatrices, el buen vino, los orgasmos, las carcajadas, los tatuajes y hasta los dolores, todos se agradecen por igual, y sí, todos en la misma categoría.







miércoles, 10 de marzo de 2010

microcuento



I

De qué me sirven las palabras
Si no es para decirte
Que me gusta tu altura en el marco de mi puerta
Que la blancura de mis sábanas combina con la tuya
Que el año me ha sorprendido magnánimamente

II

Qué cosa tan extraña esta
De querer comerte la boca siempre
De buscar un olor casi casi imperceptible
Que me dejas en los hombros y en las manos
Que me dejas con las manos y con los hombros

Qué cosa tan insalubre esta
De tener un globo rojo en mi comedor
De mirar el móvil disimuladamente
Como si engañarme lo hiciera mejor

Y mientras termino este último cuasi verso
El celular me grita y quizás
Ni seas tú ni seré yo

III

Hoy ofendo a mis amantes viejos
Haciendo la cama por si vienes
Y en las mañanas la observo destruida
Y me siento victoriosa

IV

Ando contigo debajo de las uñas
Y me paso jugando a que me adivines la desnudez
O mejor aún que me la rememores

V

Te veo en mi cama y me duele en los huesos
Tengo un taco perpetuo en la garganta
Y un jaleo que tiene el mismo horario que yo

VI

Hacen falta cuerpos grandes en esta casa
Falta tu palidez sin contraste con mi cama
No me salen las sonrisas esas vulgares
No hay ruidos en este espacio sin percusión

VII

Luego recuerdo que no exististe
De mí se burla hasta mi imaginación

Con toda la inocencia que parece quedarme
El despiste se me ha regado hasta detrás del ombligo
La miopía baja hasta la raíz de mis piernas
Ya no quedan olores, sabores ni dolores
Sólo unos ecos tan lentos como yo
Que no pudieron seguirle la pista
A ese cuerpo tan grande como perdido
Que se cree que merodea
Y sin embargo sólo queda
Otro amigo inventado,
Pintado en la memoria de mi habitación.

sábado, 20 de febrero de 2010

sin tiempo



Llevo demasiado tiempo sintiendo que no tengo suficiente tiempo. La falta de tiempo convenientemente no me ha permitido hacer disertaciones sobre mi no tan nuevo estatus pero sí estrenadamente oficial. Es mi excusa perfecta para todo y lo peor de todo es que es real. Trabajo un mínimo de ocho horas y media diarias y estoy en la universidad si no las tardes completas el suficiente tiempo como para partirme las tardes por la mitad. Y lo triste es la cantidad absurda de tiempo que me paso haciendo cosas que no sólo son tediosas sino que no hay nadie más que las pueda hacer por mí. Es la magia de la adultez. Todas las mañanas limpio los destrozos de mis monstruitos. Me pongo cualquier cosa que más o menos me tape, los persigo para ponerle sus arneses, los meto en un bulto y bajo nueve pisos por las escaleras, los camino quince minutos y luego vuelvo a subir los mismos nueve pisos porque es la única actividad cardiovascular diaria que hago. Además me ahorro la posibilidad de que algún vecino imprudente me suelte el discurso de que en este edificio no se permiten los perros.
Me visto como las locas y pongo la ropa en la secadora con una toalla húmeda como me enseñó un amigo, porque no tengo tiempo para planchar. Demás está decir que el caos de mi armario crece exponencialmente día tras día. Me maquillo en el carro en lo cual a estas alturas soy una experta. Y ni hablar de la hecatombe de mi carro, se podría encontrar cualquier cosa bajo mis alfombras. Me tomo un café doble para tener suficiente energía y a media mañana un té para calmar la ansiedad que me causa el café doble y mis siete jefes.
Acomodo mis citas médicas entre mis almuerzos y los múltiples viajes tortuosos a agencias gubernamentales, porque la vida decidió que necesito hacer las paces con la burocracia y de una vez vencer mi fobia a la espera. Así que hasta para radicar los papeles de mi divorcio tuve que aprovechar un viaje de un cliente. Ahora que lo pienso he perdido peso porque no me da tiempo a comer postres o papas fritas, el otro día estuve todo el almuerzo comprando detergentes. Sí, cosas divinas de uno vivir solo, que si uno no compra jabones, nadie los compra. Increíble la cantidad de jabones que uno tiene que comprar, para el pelo, para la cara, para el piso, para los platos, para el inodoro, para los cristales, para los perros. Y de pronto me gasto casi cien dólares en cosas que detesto, esponjas y mapos, y bolsas y papel de aluminio. Y llego a mi casa a las diez de la noche y tengo que dar siete viajes para subir la compra porque no he tenido tiempo de comprarme un dichoso carrito que me facilite la solitaria existencia. Y echo a lavar una tanda mientras me baño y entonces el agua sale fría porque no me dio el tiempo de esperar quince minutos para que el calentador hiciera lo suyo. Y por eso cuando la jueza (cosa que merece un capítulo completo a lo menos) se negaba a concedernos la petición de divorcio por segunda vez en un periodo de dos horas yo lloraba fuera de la sala e intentaba explicarle a la alguacil que no era que me iba a casar pronto y me urgía, si no que no tengo tiempo para sacar otro día para este trámite en particular. Como tampoco tuve tiempo para quedarme a llorar en la casa el día antes como se supone. Así que acomodé los minutos necesarios para que la romántica que aún vive en alguna parte de este cuerpo llorara el fracaso más grande de su historia, en la ducha, como Dios manda. El otro día escuché que el pánico y el romance tienen los mismos efectos en el corazón humano de todas maneras. No tengo ataques de pánico desde que me falta el romance, no creo que sea casualidad. Con la misma prisa consuetudinaria me compré un vestido para la ocasión en vez de almorzar, durante el viaje que a última hora me pidieron al Departamento del Estado. Obviamente un traje rebajado, de diseñador, pero rebajado, me miré dos veces al espejo y decidí en la mañana meterlo con todo y etiquetas a la secadora con el viejo truco de la toalla húmeda, porque no había tiempo ni presupuesto para la tintorería.
Y todas las mañanas de un tiempo para acá me levanto con una canción, o con una frase o con un poema en la cabeza y por consiguiente en la boca. Y esta mañana fue: me falta tiempo para celebrar tus cabellos. Es lo que amo de Neruda, esa forma práctica y tan cotidiana del amor que se inventó.
Y por alguna extraña razón que quizás le podría achacar a las hormonas o a los medicamentos o a la falta de sueño, me pregunto si alguien tendrá el tiempo, si alguien se tomará el tiempo de ver lo que hay detrás todo esto. Si alguien podrá ver detrás de ese estatus de soltera con asterisco, si alguien podrá mirar y decir que tal vez, solamente tal vez sigo siendo la posibilidad de un gran descubrimiento.
Yo compro en tiendas de rebaja. Y muchas veces encuentro estas piezas fantásticas de marcas que jamás pudiese haber comprado en sus precios originales en las tiendas por departamento donde las mandaron de primera intención y luego las encuentro en una góndola y la gente dice que en esas tiendas venden así de barato la ropa, los zapatos y las carteras porque están defectuosos, tienen costuras mal hechas, le faltan botones, tienen defectos de construcción y yo les aseguro que no es cierto.

Miles de veces la gente me para en la calle y me pregunta de dónde salió ese traje tan espectacular o me comentan que lo que tenía puesto tal día me debió haber costado una fortuna y cuando digo de dónde salió la gente no me lo cree. Me dicen que es imposible, que nunca encuentran nada y yo les digo que hay que aprender a buscar que yo puedo enseñarles porque a mí me enseñaron, perdí muchas cosas pero al menos eso lo aprendí bien, que en el gancho las cosas no se expresan. Que porque algo tenga una etiqueta roja encima no significa que sea de mal gusto o que esté mal fabricado. A veces mucha gente agarró esa misma pieza antes que yo y no le dio la oportunidad, porque dijo si está a ese precio y nadie lo ha comprado tienen que haber algo mal y eso no es cierto. A veces la gente no se detiene a ver, que quizás estaba hecho para una silueta como la mía y eso no es común, que tal vez todos pensaron lo mismo; que tenía que tener algo mal, que quizás pensaron que no tenían la ocasión para ponerse o sencillamente que no supieron apreciarlo, y hay algunos días que me siento como un puto traje de diseñador que tiene una etiqueta roja sobre otra amarilla y que se pasa de largo porque tal vez tiene algún ojal sin abrir, o porque nadie se atreve a ponérselo. No tengo las costuras fuera de sitio, quizás no soy de esta temporada, pero las temporadas vuelven cuatro veces cada año en casi todo el planeta menos aquí. Me veo mejor puesta que en el gancho.

Y llevo dos semanas sin escribir nada porque no tengo tiempo, porque no me gusta herir a la gente, porque detesto el ay bendito con toda mi puertorriqueñidad y el fin de semana pasado fue duro, bien duro. Y honestamente no extrañé una tarjeta roja con una mentira piadosa dentro. No sólo porque me faltó el tiempo, si no porque tengo las mejores amigas del mundo que me pasean, que me dedican canciones, que me cantan canciones, que me compran regalos, que me escriben mensajes, que me monitorean cuando piensan que estoy a punto de colapsar, tengo amigos con intenciones dudosas que de todas formas llaman y me invitan a pasear sin el miedo a que me pulverice en medio de la cena o de la tercera cerveza y me vuelven a llamar aunque yo siempre tenga y cito “un no en la boca”, tengo dos perros hermosos que mueven las cabecitas como antenas parabólicas de un sitio al otro intentando captar la señal de qué carajo pasa dentro de esta cabeza mía, y realmente me hubiese bastado que alguien me recordara todas las noches de ese fin de semana (que por muchos años fue mi favorito) que todo este mar de flores y chocolates y canciones son un complot exquisito para estrujarse, una excusa comercial para preservar la especie. Eso.

Y como no tengo tiempo y como no gasté dinero en nadie y a mí me fascina regalar me pagué un masaje. Un masaje de una hora y media. Porque la falta de tiempo me destruye la espalda y me anuda la silueta. Y qué importa cuánto me cobren si por casi dos horas y media no tengo que pensar en nada, el tiempo se detiene y llego allí y parezco tan rica como todas las doñas tristes y millonarias que van allí dos veces en semana. Todas estamos con una bata de toalla respirando vapor cítrico, asándonos en un sauna de madera, desnudándonos frente a un completo extraño que sabrá Dios en qué piensa mientras nos toquetea sin nada de afecto y con todo el profesionalismo que tres dígitos pueden pagar. Quizás hoy le dé más propina de la cuenta y quizás se la dé antes de empezar, quizás se anima y me dice por 85 minutos que tengo la espalda más bonita del mundo. Qué más da.

jueves, 4 de febrero de 2010

baquiné

Firmo papeles como jugando a ser famosa
Como el autógrafo inconsecuente
Con la alegría de firmar sin endeudarme más
Firmo papeles con un perfume distinto
Sin música de fondo
Sin mirar a los ojos
Sin prendas en las manos
Sin detenerme en las letras pequeñas
Firmo papeles para ratificar lo roto
Para definir la soledad
Para encontrar un encasillado en el que quepa
En el que quepamos
Todas estas mujeres que no supiste amar

Firmo papeles como quien entiende
Que esto es un mero trámite contractual
Para tener una hora de muerte específica
Para hacer un inventario de lo que no es mutuo
Para acabar el duelo de aquello que sí lo fue

Firmé papeles y la tinta salió fácil
Firmé papeles un día de candelaria
Firmé papeles y fuimos firmes
Quizás porque le refresqué la memoria al dolor
Quizás porque entendiste que aquella mujer ya no está
Quizás te la inventaste, quizás murió de espera terminal

Firmo papeles y cambio las fechas
Fijo las líneas, cierro las puertas
Desaparezco un poco
Nos abrazamos porque nos quisimos
Sonreímos porque no fue suficiente
Me devolviste mis cosas
Porque somos ritualistas
Me escribiste una carta
Por aquello de tener tú la última palabra
Yo me encargué de lo demás
Por no perder la costumbre
Y en el centro de mi agenda
escribí en tinta roja: Baquiné
sé que tú también lo celebras
y muchas de mis mujeres también.

viernes, 29 de enero de 2010

Bloqueo de Autor

Llevo días escribiendo cosas sin terminarlas. Llego justo al meollo del asunto, las guardo y no las vuelvo a tocar. Hay gente que le llama bloqueo del escritor. Yo no creo. Estoy escribiendo pero no terminando y por consiguiente no publicando. Intento ejercicios de escritura que nos enseñaron en la escuela, hago listas de palabras con una sola letra: amante, aliado, analogía, antorcha, arenque, amonestación, aligerar, adiestrar, anotar, antiguo, alegre, anoche, absurdo, ayer, alas, alambre, amarillo, alemán, aturdida, amanecida, anestesiada, alocada, arrepentida, ansiosa, arcilla, ardilla, amarre, astucia, alarma, azul, ancestral, ardiendo, ardor, amor, alcohol… y no lo consigo. Hago listas de palabras que me gustan: humedad, melancolía, barrunto, amante, analogía, bruma, altura, espalda, columna, pelvis, lunares, ombligo, julio, cerveza, despegue, mareo, orilla, vértice, amanece, persona… Pienso que sin darme cuenta estoy feliz. Y por eso no puedo escribir. Porque no sé cómo eso se escribe. No sé cómo se describe la felicidad que me produce pelar una papaya en las mañanas y hacerme una batida con vainilla, leche de almendras y azúcar morena. No sé articular que abrir la nevera y ver botellas verdes de más de un tamaño inevitablemente me hace sonreír. Quizás porque me parece inocuo el quitarme los tacones y tirarlos donde me parezca y que eso me produzca un profundo placer. Que el hecho de que mis ventanas se abran hacia arriba me hace sentirme con suerte. Que me alegra mi existencia la existencia de personas con nombres aún más impronunciables e imposibles de escribir que el mío. Que mi vida se facilita porque mi celular tiene un teclado, no tiene acentos pero tiene la letra v. Que ando con el pelo más enmarañado que nunca, que he vuelto a usar pantallas largas, pulseras que suenan, faldas más cortas de lo prudente, telas más transparentes de lo que sería decente y de pronto me reconozco.
Que mi cuerpo se ha acomodado plácidamente a la grandeza y ocupo mi cama entera sin dificultad. Que de vez en cuando me acuesto con trastera y en el fondo me da igual. Que me baño y no me seco y salgo con el pelo chorreando por todo el piso del apartamento y de vez en cuando me tropiezo con mis propios rastros y me río y me vuelvo a levantar. Tengo un espacio que huele a lo que yo quiero que huela: a gardenias unos días, a vainilla otros, a lavanda a veces y a avellana y a incienso otras tantas. Que me camino desnuda por la cocina y no le he puesto cortinas a las ventanas. Que en mi casa se escucha Sinatra, Sabina, Estopa, Buble, Bebe, Serrat y nada más. Que no tengo cable y no lo extraño. Que hay gente bonita que aprende de mí, que aprende conmigo y me lo dice. Que ya no me siento culpable de no sentirme culpable. Que estoy sola con el mundo y contra él y no me siento sola. Que realmente no importa si estoy lista o no. Que no me da la gana de sentirme mercancía de piso, aunque no tan en el fondo lo soy. Que hace tiempo dejé de ser presentable, quizás nunca lo fui. Que trato a mis perros como gente y ellos hacen lo mismo a cambio. Que de vez en cuando, (lo confieso) me cubro y me voy sola a la Iglesia y me siento totalmente perdida durante una hora entera, así que rezo en mi mente como me enseñaron. No sé cómo se escribe que me basta con que me hagan reír, no sé si se debe escribir que ando sin prisa pero ando, que tal vez no tengo intenciones específicas pero las tengo. Quizás me creo que escribirlo lo vuelve real y tengo problemas con creerme que me siento feliz. No tengo todo lo que quiero ni tan poco todo lo que me merezco pero tengo. Tengo tantas cosas, tanta gente, tantas palabras, tantos papeles llenos de frases que vuelan por toda mi casa. Que estoy conciente que perdí, tengo un inventario de lo perdido. Pero tengo una amiga contable y estoy segura de que si me saca las cuentas me escribe un positivo en la frente. No me sé las reglas del juego, pero estoy jugando. Torpemente porque no tengo coordinación, ni coherencia, no tengo diplomacia y mucho menos cartas de recomendación. No sé esperar, no sé callarme, y siempre siempre digo más de lo que debo, para algo me pusieron una boca de semejante tamaño. Las quiebras económicas en algún momento casi se borran y todas las demás también. Tal vez mi crédito se ha renovado, quizás mis porcientos suben como quien no quiere la cosa y yo prefiero no decirlo mucho para no salarme. El año se encariña conmigo poco a poco. Así que intento escribir una lista de palabras felices y parece una lista de compras: papaya, chocolate, almendras, caramelo, beso, películas, fresa, queso, música, espuma, risa y de nuevo cerveza.



viernes, 15 de enero de 2010

Versión Temporal

Una versión de mí medio jodida,
tengo el alma cinta negra
en defensa personal.
Tengo las manos bastante egoístas,
la mente peliculera,
los pies siempre listos para correr,
los sueños en vela
las ganas desveladas
desvelándome.
Tengo un hambre vieja
y un apetito nuevo,
la misma fobia a la espera
pero ahora consolidada.
El tirijala me produce
en vez de cosquillas,
ansiedad
y siempre me ando cayendo
con esa cosquilla abismal
con ese frío en los pulmones
con ese calentón en la parte de atrás
de la nuca
de la columna
de las nalgas
del talón
Agujeándome la caja del pecho,
revolcándome el barrunto
con la cadera desengrasada
y la clavícula quejosa
y me sumerjo en la grandeza
me hundo en la blancura,
Todo es tan nuevo para mí
y sin embargo
sigo siendo esta versión
medio jodida de mí.

viernes, 8 de enero de 2010

de monos, manos y patas

He aprendido con el tiempo a escoger mis batallas. Creo que es un gran triunfo para alguien de mi edad. He intentado reducir mi capacidad de conmoverme a cosas en las que es irreprimible dicha reacción. He dejado de pelearme con el mundo y de adoptar cada causa sin miramientos. Hoy leyendo el periódico, (cosa trágica para todo lo anterior) no pude evitar leer un artículo llamado Sacrificio Masivo de Monos. Mientras lo leía me chupaba el pulgar izquierdo de la mano, cosa que aparentemente también hacen los monos patas.

Quisiera decir que fue la palabra sacrificio que automáticamente trae imágenes de Cuaresma a mi cerebro formado católicamente lo que me hizo leerlo o la palabra masiva que tiene tanto de exceso que me hala la atención por los pelos, pero realmente fueron los monos. Y me da exactamente lo mismo que la gente piense que es increíble que me ofenda más una noticia como esta, que los veintipico de muertos humanos que llevamos en una semana de año. Como dirían los españoles, pues va a ser que sí.

Según lo poco que conozco y en mi muy superficial investigación descubrí que estos monos en particular, se les llaman los monos pata, son los primates más rápidos. Viven en familias y se desplazan buscando vegetales que es con lo que se mantienen vivos. Cuando anochece se trepan a los árboles y ahí duermen.

No son (obviamente) animales autóctonos. Este no es su hábitat. No compraron tampoco un pasaje para venir a visitarnos. Intentaré no decir nombres para evitar protagonismos, pero en este artículo nos cuentan cómo las personas a cargo de las agencias gubernamentales que se dedican a atender los asuntos llamados Recursos Naturales y Ambientales, Control de Primates, Centro de Primates del Caribe e inclusive activistas hacen comentarios que me han roto por completo el apetito y eso de por sí es difícil. (que conste que mi diatriba no es contra el periodista, que si no es por él ni me entero, eh)

Estos aproximadamente 800 (ochocientos) primates [según la RAE: mamíferos de superior organización, con extremidades terminadas en cinco dedos provistos de uñas] cualquier parecido es pura coincidencia burocrática, fueron “sacrificados de forma humanitaria”. Sí, me encantan los eufemismos y el oxímoron que se vuelve contra sentido, es algo así como friendly fire. Estos monitos fueron eutanizados con inyección letal, valga clarificar que el animal no sufre. Poético.
Lo que me aterra es que la decisión respondió a que “no los quieren, no tienen ninguna utilidad”. En este pasillo del Caribe como una amiga genial siempre dice, hay demasiadas cosas sin ninguna utilidad. Lo peor de todo son los inútiles que definen la falta de utilidad de las cosas, de los procesos, de las agencias, de los empleados, de las cosas que respiran. No me extraña, ¿no recuerdan cuando agarraron a todos los vagabundos de cierta ciudad y los soltaron en otro pueblo, porque afeaban los alrededores? Cualquier cosa podría pasar, si alguno de esos que tienen esas plumas mágicas que firman mandatos urgentes decidiera que deberíamos darle muerte humanitaria a lo que no nos sirve, a lo que afea, a lo que cuesta.

Este proyecto de control de monos, consiste en atrapes masivos, y esto durará al menos dos años. Ya recibimos un comunicado de prensa que tildaba de “muy exitoso” el proyecto, increíble que tanta insolencia quepa en un sitio tan pequeño. Luego otro prócer declaró que “no es simpático sacrificar un animal, pero hay que poner las cosas en una balanza”. Amén. Se me eriza la piel, al leer tanta humanidad en menos de mil palabras. Después de todo eso es lo que nos caracteriza, el balance, la planificación, la humanidad y sobre todo las soluciones humanitarias ¿o debería decir simpáticas?

Esos monitos de caras bastantes –homo- después de todo son unos bandidos, han hecho fiesta con las calabazas y melones del suroeste de la isla. Como si eso fuera poco, no se ha podido conseguir una utilidad monetaria, no son muy mercadeables, no hay un nicho económico que los necesite aparentemente, presumo que de esta premisa partieron para el laboratorio de producción de monos que quieren hacer en el Pueblo de los Brujos. De todas formas todo esto lo despachamos con un “fue un mal necesario”, “such is life”, de verdad que para hacer camisetas y bumper stickers lo que hay que hacer es leer el periódico a diario, nuestros líderes y funcionarios son una fuente inagotable de conocimiento y cultura. Un mal necesario, no entiendo por qué mi mente me hace un fotomontaje de políticos.

En una cita que espero (en lo poco que me queda de inocente y esperanzado corazón) haya sido totalmente sacada de contexto dice: “cuando un animal no tiene que morir y se le practica la eutanasia, no es maltrato porque no se hace adrede. Esa práctica está regulada”. Claro, cuando es asesinato, no es maltrato. Si es homicidio, no es agresión. Los atrapamos y los matamos sin querer queriendo, la aguja le cayó en el corazón. Gracias a Dios que vivimos en un país donde la Constitución protege la vida, prohibida la pena de muerte y prohibida la muerte piadosa, prohibida y punible por demás. Después de todo, los animales no tienen alma ¿verdad?, no recuerdo cuál era la versión oficial.


Para terminar de revolcarme la bilis, me dicen que es lo mismo que pasa con los perros y los gatos. Señores, si como seres humanos no nos podemos identificar con un mamífero que tiene todos sus deditos, con uñas incluidas y que vive en familias y agarra las cosas con sus manos, cómo podemos esperar empatía hacia seres o cosas que aunque respiran y expresan alegría, andan en cuatro patas, ¡el reino del absurdo! Ni hablar de peces que no miran a uno a los ojos, o pájaros que en vez de pelo tienen plumas, uy.

Sí, soy fanática y no, no hago suficiente, pero me asquea, me indigna, porque no nos sale la compasión, sí se nos da muy bien el “ay bendito” ése tan hueco, tan lleno de bobería, pero no la compasión real. Sí, somos expertos en la simpatía, digna de Hallmark, pero la empatía es una cosa amorfa, intangible, inimaginable para nosotros. No nos duelen los números, en el fondo nuestras retinas le pasan por encima a los números, a menos que nos hinque donde es, si el muerto vivía en la urbanización donde creciste, si tienes un sobrino que estaba en la base militar donde pasó, si la nena tenía la edad de tu hija, si transitas dicha avenida todos los días, si tienes un tío que terminó en la calle, si sospechas que tu madrina murió de esa enfermedad… Pero, ¿los monos? Los monos portan enfermedades, como las palomas, las garrapatas y los humanos.

Un viernes lluvioso como hoy no puedo dejar de pensar en comerme una sopa de calabaza y encaramarme a un árbol.