viernes, 28 de mayo de 2010

de palabras y festivales...

Una vez vi una película que decía que la mayor parte de los días eran “unremarkable”. (lo siento pero ya no soy purista ni con el idioma que tanto antes defendía) Una palabra de esas palabras numerables que creo que carece de traducción suficientemente específica, significa algo así como con nada en especial, mediocre quizás. En un programa de televisión una chica decía que uno nunca sabe cuando va a ser el día más feliz de la vida, uno se levanta un día cualquiera y sencillamente pasa. Por lo regular los días que esperamos que sean los más felices tienen la carta esa casi insuperable de las expectativas y he llegado a concluir que las expectativas todo lo joden. Últimamente lo que más me asusta es llegar a ser inconmovible, inimpresionable, que nada me duela, que nada me haga vibrar, que nada me vuelque el estómago, que nada me pare el corazón, que nada me entrecorte la respiración, que nada me erice la piel, que nada me doble las rodillas, que nada me derrame. Me asusta, la capacidad que uno va cogiendo de todo verlo natural, de que las cosas se caigan y sencillamente uno las deje caer, que el caos lo ocupe todo y uno sencillamente (como hago con mi closet y poco a poco con la mesa del comedor), vaya moviendo las cosas tan sólo cuando sea totalmente inevitable y necesario. Porque honestamente si no hay visitas me vale un coño. Me aterra la forma diametral esa, en la que uno ama a alguien con locura avasalladora y de pronto no sienta absolutamente nada, nada concreto nada presente, nada intenso, sólo una profunda nostalgia que no es otra cosa que la tristeza de lo que ya no se siente. Y a veces me pregunto con miedo a contestarme si seré así con todo. Si tendré la terrible capacidad de volverme indiferente a todo por protegerme.

Quizás por eso de un tiempo para acá escucho a Mercedes Sosa y una canción que antes me daba igual me pone a temblar, sólo le pido a Dios que la angustia no me sea indiferente. Porque la indiferencia es incompatible a mí, a la pasión que me carcome y que en tantos problemas suele meterme. Y me da miedo, miedo de no dejar que nadie (o nada) entre en mí o más bien a mí porque las salidas de mis profundidades suelen ser incómodas. Y no conozco a nadie que me haya dicho cómo uno precisar (en mi mente “how to ascertain”) si se ha perdido esa capacidad de sentir, ni siquiera de amar, sino de sentir. No las mariposas esas que revolotean tanto que uno ni se escucha, no el impulso ese sub-humano de golpearse los huesos con los huesos de alguien más (como dice Bebe) casi por comprobar que el esqueleto en efecto existe. No la promesa de alegría temporera que uno casi se inventa cuando alguien te hace reír. No la racionalización de conversar con una persona cuyo intelecto intimida y reta y le hace cosquillas al cerebro de uno. Hablo más bien de esa cosa intensa, que saca de uno lo que uno ni conoce, eso que te sublima, que te hace tan humano que te fragiliza y que a la vez te aleja tanto de lo humano que te vuelves atemporal, incorpóreo, inexplicable.

La gente habla de la inocencia de los niños, de esa pureza que tienen al hablar, al mirar, al amar. La inocencia de los niños recae en su ignorancia, en su desconocimiento del dolor. Cuando un niño es lastimado esa inocencia se pierde, no se puede sentir como uno siente por primera vez. Yo le tenía terror a correr bicicleta y me dejaron las rueditas hasta que era una manganzona, pero cuando se las quitaron y me reventé y me mondé y sangré (estarán pensando que le perdí el miedo) y es cierto le perdí el miedo y le cogí pánico, terror, porque lo que antes era la sospecha de que me podía lastimar se convirtió en certeza y esa certeza es la antítesis de la inocencia. El primer amor nunca se olvida no por la persona que se amó, si no porque es la primera y por lo mismo la única vez que se ama sin esa certeza de que uno saldrá infaliblemente malherido.

Hace un par de semanas fue el Festival de la Palabra en el Cuartel de Ballajá en el Viejo San Juan. Llegué allí casi por accidente, porque por un momento de esos que pasan cada ocho años cuando hay eclipses solares y lunas llenas y cometas y estrellas fugaces, (todas a la vez) el universo conspiró a mi favor (para variar) y llegué tarde (como siempre) pero suficientemente temprano para escuchar gente que me hizo sentirme viva, que me pusieron a vibrar sin tocarme, que me aceleraron el corazón sin mentirme y que me prometieron cosas que por imposibles no tienen más remedio que ser cumplidas. Y parecerá la cosa más cursi del planeta porque la humanidad es la cosa más cursi y clichosa posible, pero me encontré de frente con mi amor: las palabras.

Allí escuché al único autor que me ha puesto a leer novelas policiacas, un cubano que nos contaba de la cotidianeidad de la violencia, de cómo allí el contrabando y el “narcotráfico” no son más que esconder una bolsa plástica de polvo blanco que no es cocaína sino leche en polvo, porque alguien se la robó y lograste comprarla. Allí escuché a un autor puertorriqueño que nunca he leído, (guapísimo por cierto) que nunca se quitó las gafas y que con total arrogancia narraba que se deleitaba en contar al detalle las escenas de violencia y que a veces las descripciones de cómo una cabeza era despedazada las hacía con toda la minucia y rasgos científicos posibles para que no tuviera el lector de otra, que reírse. Escuché a un escritor confesando con toda franqueza que la frase por la que todo el mundo lo recuerda y que se convirtió casi en un lema latinoamericano no era más que un recurso literario. Narraba como su mentira se convirtió en el testimonio (sin querer serlo) de una sociedad completa. Allí escuché a una escritora mexicana a quien he leído con amor confesar que era adicta al Twitter y pude leer en sus compañeros de panel el recelo detrás de sus sonrisas. Pude escuchar y ver al decano de la facultad de Humanidades a quien tuve el placer de que conversara conmigo antes de entrar a la Universidad para que me hablara del campo de la literatura y yo con 17 años sin saber ni quién era, lo juzgué como el hombre más brillante, con menos dinero y más feliz del mundo. Y ese día, ocho años después oí decirle que al igual que yo, soñaba con ser zurdo su vida entera y me dio vergüenza porque me di cuenta de todo lo que he cedido. Decía que extrañaba la letra escrita, que le encantaba dar exámenes de discusión más que todo porque se gozaba imaginarse a la gente escribiendo. Nos decía y los ojos le titilaban que por la caligrafía se inventaba cómo la persona moldeaba el cuerpo para escribir. Escuché a una escritora, profesora puertorriqueña, hablar de lo pudorosa que es y hacer miles de salvedades de cómo sus relatos no son en efecto autobiográficos lo cual escuché con profunda sospecha. La escuché explicar cómo le aterraba el Facebook y el Twitter y que quizás era paranoia generacional pero sentía que le estábamos haciendo el trabajo a los federales para que nos encarpetaran, pero ahora con evidencia hasta audiovisual. Escuché a una argentina hermosa que hablaba como mi amiga Elenita y que decía que le gustaba contar las cosas en muchas voces y se inventaba muchos narradores porque le daba miedo opinar. Y llegué tarde a escuchar a una autora española que amo entrañablemente y a quien la última vez que vi y escuché hablar fue el día de mi cumpleaños número 20.

Quizás llegué tarde, como siempre, pero lo que oí me hizo llorar… hablaba de cómo el escribir es el intento más humano posible de tocar lo sublime y cómo el intentarlo si quiera es noble y cómo sus libros por más malos que hayan salido en su propia opinión o la de los críticos, siguen siendo la mejor parte de ella, porque lo que uno escribe para bien o para mal es lo mejor de uno mismo. Y que cómo no nos va a doler que hablen mal de una obra cuando es como arrancarse el hígado y ponerlo en una mesa y que los invitados empiecen a decir pero qué horror qué hígado más asqueroso. Y la escuché decir que había leído no sé de quién que la literatura es nuestro intento de tocar la soledad de alguien más con la nuestra. Y que escribir es el acto más esperanzador del mundo porque hay que tener mucha esperanza para creer que alguien va a sentirse identificado en algún punto lejano del planeta con eso que se escribe. Y pude tuitear que acababa de abrazar a mi mamá literaria y que estaba escuchando a una de mis escritoras favoritas mientras estaba sentada frente a mi archienemiga literaria porque la leo todos los domingos con la misma pasión con la que Amaranta le tejía la mortaja a Rebecca, como si fuera propia. Y escuché a un haitiano decir que para él la literatura no era nada divertido sino era el libro de los sufrimientos de los esclavos. Que la única respuesta posible a cómo rehumanizar un esclavo es a través del cuento y de la música.

Y escuché a un organizador español hablar de cómo mi mamá literaria la primera vez que fue a un Congreso a hablar del Caribe, llegó con lo escandalosa y nada discreta que es y cómo se sacó un mangó de la cartera y pidió un cuchillo y el salón entero se llenó de aroma de fruta desconocida y luego le dio un bocado, que conociéndola presumo que habrá sido un bocado de los grandes, de los vulgares, de los sabrosos y a aquellos españoles se les habrá caído la baba, y entonces dijo “Ahora vamos a hablar de Caribe”. Y yo allí sentada sonriendo todo el rato, carcajeando todo el rato, lagrimeando todo el rato, rompí las puntas de mis dos lápices porque el cuerpo adquiere fuerzas inexplicables en momentos de éxtasis y un muchachito flaquito, escuálido y con acento francés tipo Pepe Le Piu, salió de la nada y me dio un bolígrafo porque “me di cuenta benditou de tu frugstracioun” y el escritor peruano que escuché hace dos años atrás y que fue quien me dio alas para comenzar este blog me miró de arriba a debajo de una manera para nada literaria y por lo mismo totalmente literaria. Allí me encontré con un chico que no veía hacía décadas que me dijo que iba a leer en la Plaza del Tótem y al buscar en el programa encontré que era Poesía Homoerótica y por undécima vez en la jornada el pecho se me desbordó de conmoción.

Una vez un chico que trabajaba conmigo y que me estaba merodeando me preguntó mientras almorzábamos que qué yo estudiaba. Le contesté literatura. Me dijo que para qué, si ya todo estaba escrito. Le dije buen provecho, y me mudé con mi bandeja a otra mesa y jamás le volví a hablar. Han pasado los años y soy un chispito menos radical y un poquito menos intransigente. (no necesariamente me enorgullezco de esto) Pero todavía pienso que hay diferencias irreconciliables y todavía entiendo que hay ciertas cosas que son lo suficientemente esenciales y medulares para no poder tener una relación de un tipo o del otro con otra persona. Las palabras son el centro de mi mundo. Siempre lo han sido. Por eso puedo recordar diálogos completos de películas y no puedo decir ni el nombre de la película, ni quiénes son sus actores. Por eso tengo tantas canciones almacenadas en mi cabeza que he llegado a pensar que por eso no puedo retener ni una sola dirección, ni una sola ruta en mi mente, porque tengo la memoria ocupada de canciones.

Una persona que me conoce más de lo que me gustaría aceptar me dijo hace unas semanas que apostaba lo que fuera a que voy a la iglesia que voy porque el cura habla como si estuviera recitando poesía. El próximo domingo el cura colombiano hablando mi español favorito en el mundo dijo: “párate frente al mar, fíjate en cómo no puedes ver dónde termina, mira la fuerza de la marea, la fortaleza de las olas y si eso no es suficiente mira el cielo de noche, mira las estrellas y los planetas, piensa en cómo esos cuerpos gigantes se sostienen del cielo sin caerse, por todos estos años, imagina como la luz se refleja de un cuerpo a otro… el Dios que está contigo es el que maneja los mares, el Dios que está contigo es el que sostiene las estrellas y el firmamento. Y todavía crees que no puede manejar tu vida?”

Y lloré más que nada pensando que quizás esa persona que un día amé tiene razón. Y heréticamente en vez de buscar a Dios en esa iglesia, quizás voy a llenarme de palabras. Es mi debilidad, es de donde lo agarro todo. Por eso puedo manejarlo todo, menos el silencio. Esta debilidad por las palabras como es de esperarse me hace más propensa a las mentiras que el resto de las personas. Como las palabras son todo para mí tengo la estúpida tendencia a creer lo que me dicen, lo que me escriben, lo que escucho, lo que leo. Como suelo ser bastante específica en lo que digo, bastante honesta en lo que escribo, tengo una intolerancia febril a frases como eso no fue lo que quise decir o quizás no me expresé bien. Al español le faltan excusas para uno decir lo que no es. Por eso a veces recurro al inglés, porque es práctico, menos dramático, menos intenso, menos humano, menos caliente, menos doloroso, menos violento, menos real.

Grabo a la gente por frases, recuerdo palabras importantes, archivo memorias por los diálogos y hasta a veces cuando me han pasado cosas terribles, discusiones violentas, despedidas, insultos, en mi mente pienso en lo hermoso de la frase, en lo poético del diálogo, en lo cinematográfico del momento. Algunas me entraron por los oídos, otras me salieron de mi propia boca para mi sorpresa, otras las leí de la pantalla de una computadora, de la pantalla de un celular, de la pantalla de un cine, de un libro. Pero aquellas en vivo, que se le meten a uno por todos sentidos, esa sensación de escuchar las palabras y casi verlas salir de una boca, absorberlas en el marco de un cuerpo, de un ambiente, de un paisaje, con una voz específica, asociarlas a un olor, a una sensación, a un sentimiento, no es comparable con nada más.

Esas palabras que retumban y cuando menos esperas salen de los armarios de la cabeza: tú tienes que ser un alma vieja, te citaría todo el día guapa, cada vez que veo ese video me acuerdo de ti, ya encontré mi combinación perfecta, tú tienes un don para las cartas pero no lo sabes, pero de qué hablas si nadie me ha tratado mejor que tú, estamos empujando un barco que tarde o temprano se va a hundir, tú no sabes amar, quiero que seas la madrina de mi boda, qué te hizo que no puedes respirar lo voy a matar, no tengo más nada que buscar quiero que seas mi esposa, no te quiero embarazar, enséñame tu carnet que no quiero ir preso, dónde está la mujer de la que me enamoré, ya no te conozco, me arrestaron, tu tenías un brillo que ya no sé dónde estás, la perra se tragó seis centavos, estás encinta, será que no sabes contar, tú crees que puedo tocarte con este reguero si no puedo ni pensar, solamente fue un beso por Dios Santo, tienes células precancerosas, desde que naciste yo vivo para cargarte, para que no tuvieses que pasar el trabajo de caminar, soy más feliz durmiendo en una cama de aire que contigo, esta noche brindaré por ti, aprendo tanto contigo, si fuese hombre me casaba contigo, solamente tú habrías logrado esto sola en tan poco tiempo, lo siento perdí el interés, un beso guapa, antes de que me tocaras sabía como me ibas a tocar, tú me gustabas tanto en bachillerato que era ridículo, si te sale un pipí dame una llamada, tú besas igual que yo, no te puedes enamorar de mí, eso es lo que me gusta de ti que no sabes lo que quieres, déjame darte todo mi dinero, misi usté sí que es grande, quien hubiese dicho que una nena tan linda se iba a quedar pa’ vestir santos, yo no sé pa’ qué pagué tanto colegio, mi hija habla como hombre, come como hombre, bebe como hombre y sólo mide cinco pies, para qué recé tanto si al final se iba a morir, eso es lo que me gusta de ti que nunca sé lo que esperar pero sé lo que no.

La gente a la que le apasiona un arte está dispuesta a casi todo, no por valentía, más bien por necesidad. Mi mamá literaria dice que la gente que escribe es mala, desvergonzada, mentirosa, exagerada, y en parte tiene razón. Lo comprobé en el festival, todos esos autores geniales y en su gran mayoría tan políticamente incorrectos, tan raros, tan humanos, tan descarados. Una nunca sabe cuando va a ser el día más feliz de su vida. Y mientras uno esté vivo existe la posibilidad de tener uno que supere al anterior. Esa semana tuve que levantarme varias veces al amanecer para reponer las horas de mis escapatorias y no podía casi dormir porque literalmente se me estaban derramando las palabras. Las palabras son como las hormigas, uno nunca entiende cómo aparecen, como cargan cosas más grandes que ellas mismas, como no dejan de existir, como se multiplican, como nunca se detienen, nunca descansas y aparecen mágicamente en cualquier lugar, a cualquier altura en cualquier temperatura. Soy alérgica a las hormigas y vivo en una isla tropical. Creo que es la forma que ha tenido la vida de recordarme cuán frágil soy. El Festival de las Palabras fue como meterme voluntariamente dentro del hormiguero. Hace tiempo que no me sentía tan feliz. Éramos como siempre solas contra el mundo las palabras y yo.





lunes, 10 de mayo de 2010

des-Madre



Mi mamá literaria me enseñó entre tantas otras cosas infinitas que hay que escribir de lo que uno no quiere escribir. Yo intento evitar escribir de fechas, festividades, acontecimientos, porque tengo un problema con la temporalidad. Durante casi toda mi vida no le ponía ni fecha, ni mucho menos hora a mis escritos, en mi mente era una forma de ponerle alitas, de no fijarlos en un tiempo específico. Este día de las madres me cuesta.

Mi primera adivinanza fue porque este sería mi primer día de las madres con un bebé. Y aunque me engañe por un momento, sería terriblemente difícil por más mágicamente hermoso que pudiese ser. Una vez leí “nunca quise ser madre hasta que tuve un aborto”. Nunca me hice un aborto digamos “voluntario”. No hubo ocasión y nunca estuve segura si era capaz de hacerlo por más pro decisión que me cantase, me falta el valor o la cobardía (que en el fondo son la misma cosa). Pero después de la pérdida no creo que pueda. Perder un bebé para mí, se sintió como un fracaso del cuerpo. Y en el fondo la última derrota de mi amor. Las madres te dicen que la vida te cambia desde el preciso momento en que lees un positivo. Yo diría, primero que todo que cuando vayan a comprar una prueba de embarazo compren las que digitalmente dicen “pregnant / not pregnant”, son más caras, es cierto, pero las de la liniecita son confusas y uno termina comprando cinco para estar seguro, así que mejor hacer la inversión de la primera y enterarte de una buena o desgraciada vez. Yo compré tantas que estaba hecha un manojo de nervios cuando compré la que tenía palabras, (que cosa tan estúpida de mi parte de no hacerlo desde el principio cuando siempre me he sentido más cómoda con palabras que con números, que con símbolos, que con líneas, que con personas) salí de la farmacia de un centro comercial y literalmente me llevé una columna del estacionamiento con la parte de al frente de mi carro o más bien a la inversa. Yo sabía que sí, que sí lo estaba. No podía terminarme una botella de cerveza sin sentir que iba a explotar. No podía quedarme quieta sin quedarme dormida. Sentía miedo de que algo me pasara, de caerme, de tener un accidente, de indigestarme, de la nada. Veía bebés y se me erizaba la piel, todavía me pasa, debe ser como la gente que pierde una extremidad y siente que le sigue picando sin tenerla. Yo no quería ser mamá, siempre pensé que me faltaban (y todavía lo pienso) las cosas más fundamentales para serlo. Soy caótica, indisciplinada, impulsiva, no sé administrar mi dinero, ni mi tiempo, ni mi energía, tengo buen gusto para casi todo… zapatos, comida, alcohol, café, ropa, perfumes, literatura, cine, música casi siempre, tengo relativamente buen gusto en todo, menos en lo importante, menos en lo consecuente… cuenten lo que falta.

Mi mamá-mamá es maestra así que tenía quien me enseñara a serlo, pero he sido cabezota desde siempre y no aprendo mirando. Hace unos días escuché a un escritor vasco recitando “naciste cuando tenías 13 años y con una pizza” y la gente se rió muchísimo y yo literalmente me tragué las lágrimas. Porque encontré mi dolor. Mi dolor por este día no está en el vientre. No está en el intento accidental y fallido de vida. No está en ese bebé que vi como una señal del universo de que debía intentarlo una vez más y quedarme donde estaba porque ahora íbamos a tener algo nuestro. No está en la rabia que le tengo al idioma de que se diga “perdí el bebé”, “ella perdió”, como sumándole la culpa a uno, no es “se perdió”, y casi nadie dice “perdimos”, es “perdió”, yo perdí, como pierdo los espejuelos a diario, como pierdo el celular semanalmente, como pierdo el carro en un estacionamiento, como pierdo un cheque certificado de miles de dólares, como pierdo la paciencia en las agencias gubernamentales, como pierdo el pudor después de la quinta cerveza, como la gente pierde el interés en mí, como perdí el amor por no perder la cordura, como perdí la fe.

A mí me enseñó a ser madre un niño. Un niño que no nació del amor como en los cuentos. Un niño que no me habitó el vientre. Un niño sagitario como yo. Como sería el bebé que no se dio. Lo conocí a sus ocho meses. Compré prácticamente todo adorno existente de Nemo para celebrar su primer cumpleaños. Nos llevamos 19 años. Matemáticamente podría ser su mamá, pero no lo soy. No pudo cargar los anillos en mi boda, porque convenientemente se enfermó. Cuando empecé a quedarme con él no tenía la menor idea de qué hacer. No hay niños ni bebés en mi familia. No sabía cambiar un pañal y más de una vez el papá llegaba y lo encontraba con el pañal al revés. Me aterraba quedarme sola con él y en más de una ocasión cuando el niño lloraba y lloraba y no paraba de llorar, yo me sentaba a su lado con mis 21 años y lloraba también. Le pedía llorando que por favor parara de llorar porque me daba miedo que se le explotara la cabeza. Yo no sabía ni lavar una botella. Mi amiga que es la hermana mayor de una tropa me enseñó. Lo que tienes que hacer es dejar que el agua corra, el agua va entrando y saliendo hasta que el jabón completo es desplazado por el agua. Esta técnica la he aplicado a casi todas las áreas de mi vida. Tardó bastante en hablar por lo que sus rabietas eran constantes y continuas. Lo único que lo tranquilizaba lo aprendí casi por accidente. El nene se tiraba al piso a pataletear y a gritar y a llorar. Y un día como última medida desesperada me le tiré al lado y empecé a gritar y pataletear yo también, imitándolo. El niño que no tenía tres años dejó de llorar y se sentó a mirarme. Mami decía que yo estaba loca pero mis tácticas funcionaban.

Cuando empezó a hablar me decía magui. Nadie está muy seguro de por qué. Con él aprendí a hacer cremas como las de mi abuela y a sacarle la cáscara del limón antes de servírsela porque si le caía en la boca no había Dios que le metiera una cucharadita más. Aprendí a hacer la sopa con fideos finitos y sin sazón para que se parecieran a las de cajita que su mamá le hacía. Aprendí a hacer los espaguetis casi del mismo color de los que vienen en lata. Aprendí la cantidad exacta de avena molida que se le puede echar a la leche sin que el niño se dé cuenta y a echarle miel para que durmiera mejor. Aprendí a calentar crema humectante y a echarle esencia de menta para que pudiese respirar mejor porque tenía alergia y nadie lo había llevado a un doctor. Aprendí a hacer que mis manos no temblaran del miedo cuando le cortaba las uñas. Aprendí la paranoia de tapar cuanto filo y cuanto receptáculo pudiese lastimarlo. Aprendí a levantarme de la cama dos segundos antes de que empezara a llorar. Aprendí a meter las cosas calientes en el congelador para refrescárselas antes de dárselas. Aprendí a no llorar un domingo sí y uno no cuando lo tenía que entregar.

Tengo la esperanza de haber podido enseñarle un par de cosas, después de todo a sus cuatro años ya se sabía los nombres de cuanta especie yo usaba para cocinar, podía identificar el orégano, el perejil, el recao, el cilantro, los ajíes, las cebollas… sabía que la cebolla me hacía llorar y nunca entendió por qué la seguía usando y las veces que las cosas estaban tan imposibles que no pude dilatar el llanto a cuando él se fuera, se me acercaba con papel y me decía “es la cebolla magui verdad?” y yo le decía con el doble del llantén que sí mi amor, que sí. Debe ser el único niño de seis años en la faz de la tierra que puede cantar la canción: “Como yo te amo, como yo te amo, convéncete, convéncete, nadie te amará, nadie te amará…” completita y haciendo gesticulaciones y subiendo y bajando de tono. Tuve que reaprender a escribir con los lápices esos vulgares de pre-escolar para ayudarlo a practicar las letras más difíciles, porque como era de esperarse me tocaban las peores una semana sí y una no, la b, la d, la g, la k, la m, la p, la q, la s, la w, la z. Era frustrante y desesperante, pero en la casa yo era la única mayor de edad con falta de coordinación motora, lo cual me facilitaba entenderlo. Él fue mi maestro. Era él quien me decía a mí, ay magui, papá te va a regañar! Él fue quien le dijo al papá todas las veces, magui rompió el carro, magui hizo un desastre en la cocina, magui derramó el último huevo que quedaba, magui dijo una palabra feita, magui está llorando otra vez. Yo lo amo con admiración y respeto y él me ama con ternura y creo que en el fondo con un poco de pena.

Cuando yo me echaba a llorar por ver un animalito atropellado, él me decía: no hay razón para llorar, ese animalito no era tuyo! Y cuando tuve que decirle que a Amelie la había atropellado un carro y se había muerto (con mi típica inhabilidad de mentir o suavizar) me preguntó que dónde ella estaba y cuando le dije en el cielo de los perros sonrió, con conmiseración y me dijo: Ay magui, no hay un cielo de perros, sólo las personas van al cielo. Por mi culpa el niño no hacía las asignaciones si no se le cantaban canciones o se le echaban porras, por mi culpa el niño no se quería bañar si no era con burbujas, por mi culpa el niño comía con las manos (cuando el papá no estaba obviamente), por mi culpa el niño podía decir no me sirvas papas pero sí calabaza y zanahorias, por mi culpa el niño recoge las cosas del suelo con los dedos de los pies, por mi culpa el niño pronunció su primer “puñeta, por mi culpa cuando en un restaurante el mesero trae una bandeja llena de bebidas él dice la verde es de magui, por mi culpa antes de salir de la casa pregunta, tienes las llaves?, cartera?, celular? y cuando escucha una canción que sabe que a mí me gusta me dice: esa canción te mata verdad? Pues cántala, baja los cristales y cántala!

Ahora lo veo una vez al mes. Tengo una octava parte de una custodia indefinida. Durará mientras dure la buena voluntad de la madre. Ya no me pregunta por qué ya no vivo con papá. Pero le sigue diciendo abuelito y abuelita a mis padres, tío a mi hermano, abuelitita a mi abuela. Él me explicó el Alzheimer: Magui lo que pasa es que abuelitita, es la más pequeñita de todos nosotros porque es tan viejita, tan viejita, que es de nuevo bebé. Y yo derretida siempre, sobrecogida siempre, impresionada siempre. Cuando la veía que le dábamos comida decía: cómetelo todito abuelitita para que te pongas grande y fuerte. Y cuando le cambiábamos el pañal a mi abuela la regañaba: chica tienes que avisar cuando tengas que hacer pis! La última vez que lo vi me dijo que su mamá sabía muchas más cosas que yo, yo le dije que sin duda alguna. Le dije que las mamás siempre saben más y que como yo no soy mamá pues hay muchas cosas que no sé aún. (con ganas de decirle en el fondo que su mamá lo que tenía era un celular con Internet y una cosa que se llama Google) Pero gracias a él también he aprendido a editarme… Me echó el brazo y me sobó el pelo y me dijo: no te preocupes, que tú sabes hacer galletitas y eso, también es bueno.


Cuando me da trabajo dormir sola, porque a veces honestamente y para mi pesar me da trabajo dormir sola, lleno la cama de cojines, caliento las sábanas en la secadora y le echo una fragancia de lavanda y camomila a la cama. Cuando no puedo abrir un pote, le doy contra las paredes, lo meto bajo agua y si no lo puedo abrir lo rompo. Cuando no me puedo subir una cremallera en la parte de atrás de un vestido, me tiro a la cama y me retuerzo hasta que lo consigo. Cuando no puedo arreglar algo de la casa llamo a mi papá. Cuando me da asco sacar el filtro del fregadero lo cojo con papel toalla lo tiro en un cubo y le echo Clorox y no lo miro hasta el próximo día. Cuando siento nostalgia en el vientre pienso en lo espantosamente complicado que sería tener un bebé de seis meses sola en este momento de mi vida y me pregunto si me hubiese atrevido a salir de allí si ese bebé no hubiese escapado antes que yo. Cuando los viernes no tengo deseos de comer sola, pido la comida para llevar. Cuando me siento sola, agradezco la abrumante y hermosa libertad que tengo, la recién adquirida paz, la atroz espera de la que escapé, mi espacio caótico pero mío. Pero cuando extraño a Iván, no hay razones, no hay libertad, no hay malos ratos ni recuerdos dolorosos que me alivien.

El domingo día de las madres me despertó un mensaje de texto de mi mamá que decía: “si hay alguien capaz de hacer la diferencia, es una madre. Tú lo has sido para Iván y me consta. Papa Dios en su momento te recompensará. Te amo.” Fue la única felicitación que recibí. Mi mamá lamentable y agraciadamente hasta ahora siempre ha tenido la razón. Espero que esta vez no sea la excepción.

domingo, 11 de abril de 2010

corrida




Algunos viernes me hace falta que me mientan
(en la cara) como en los viejos tiempos.

Y ahora corro por una hora casi por necesidad
Veo los minutos que se acaban y quisiera aumentarlos
A veces corro como si huyera
El resto como si intentara alcanzar a alguien
Corriendo a los que huyen
¿Será que han sido tantos?
Siempre corre más rápido el perseguido
y mi hermanita tiene razón y estoy exhausta
las millas que corro dependen de la música
como todo en la vida, en la mía
las canciones que duelen me llevan a la decena
¿quién lo hubiese dicho?
que corro para acelerarme el corazón
para que me sude la columna
como quien suda una fiebre a la fuerza
pierdo pulgadas de dos en dos
como se pierden los amantes
y mis caderas ganan, los/las ganan
y la costurera no entiende
que mi corazón está cerquita de mi ombligo
por algo me lo pusieron tan arriba (el ombligo)
y al otro tan contraproducentemente abajo
y a veces el mejor momento de la semana
es hacerle el amor a la regadera
tengo el control del agua dice mi vidente
a quien tengo abandonado por miedo
un miedo que tengo clavado en el vientre
miedo de que me vuelva a decir
más verdades infalibles y por lo mismo dolorosas
por eso quiero que me mientan
que me canten nanas por las noches
que me desenreden el pelo
mientras me tararean ay turulete
y quisiera sentir la tinta cuando me despierto
un relieve en mis costados
como otra herida de guerra
me sigo tocando el cuerpo
mañana tras mañana
rogando que no falte nada
con una almohada entre las piernas
aunque pierda la de la cabeza
cuerpo caprichoso a fin de cuentas
ahora tengo las mismas piernas flacas
con un hambre inmensa de correr
con la misma necesidad
con que mis oídos piden mentiras
con la misma necedad con la que perdono
con la misma testarudez con la que olvido
con la misma idiotez con la que sueño
con la misma niñería con la que juego a amar,
¿qué son los cuentos de hadas?
si no unas mentiras hermosas
el primer acercamiento a los polvos mágicos
la carnada perfecta para pescar sapos
un pie forzao’ para soñar
una licencia para mentir
una excusa para esperar
y ya cuando la espera
(poción mágica al fin) se acaba
como el arsénico en botellita de cristal
el único antídoto es correr,
correr sin saber a dónde ni por qué.

sábado, 3 de abril de 2010

alunarada marcada cicatrizada



Deliro por los lunares. Me gustan las marcas. Me seducen casi automáticamente las cicatrices. Tengo la teoría de que todo lo que nos atrae tiene una razón de ser. Casi siempre doy en el clavo de por qué cierta cosa, cierta canción, cierto olor, o hasta cierta persona, engrana perfectamente con nuestros sentidos y de verla, oírla, olerla, tocarla uno sencillamente sabe que encaja con el gusto de uno. Que conste que hablo de cosas, canciones, olores y algunas veces gente. Yo tengo muy pocos lunares, son hasta numerables para sorpresa de muchos. Tengo dos lunares que trazan una línea diagonal del lado derecho de mi cuello hacia la mandíbula, tengo un lunar en el mismo centro de mi cuello como si fuese un blanco de tiro dirigido a mi tráquea, tengo un lunar en mi brazo derecho casi a dos pulgadas del codo, tengo los rastros de lo que alguna vez fue un lunar en el lado izquierdo de mi nariz, una amiga me lo arrancó, (cosa que ella aún niega), luego intenté perforarme la nariz en sustitución pero mi cuerpo decidió que no le daba la gana de tener un cuerpo extraño en un lado de la nariz y empezó a encapsularlo para sacarlo, vaya cuerpo caprichoso que tengo y debo confesar que el cuerpo casi siempre me gana. Ya está. Casi cinco, se cuentan con una mano. Nunca me ha gustado un hombre que no esté lleno de lunares o de pecas, tienen que tener al menos una decena.
Con las cicatrices me pasa lo mismo, tengo una cicatriz en la rodilla izquierda, tiene la forma del mapa de África y nunca he podido recordar si bajó o subió de lugar con mi crecimiento (quizás ninguna de las anteriores porque de los diez en adelante no crecí mucho que digamos), me caí probablemente de las únicas tres veces que jugué al escondite porque nunca fui muy deportista, mi madre me dijo no salgas, que tienes tu primer bailecito y con la suerte que tú tienes regresas toa’ mondá y ahí fui yo a esconderme en una marquesina, a asustarme cuando salió la vecina y a bajar la cuesta como si tuviese coordinación motora, como si la acera no fuese una especie de escalón y a pelarme la rodilla y a llorar más por la cantaleta que me esperaba que por el mismo dolor, y a recibir el “te lo dije”, y a por más que me lo dijeron ponerme un pantalón pegado para mi primera fiesta y dejar literalmente la piel en él; y hasta el sol de hoy. Tengo una cicatriz debajo del seno izquierdo de mi primera varicela; la madre, como le decía mi abuela. Tengo una cicatriz en la barbilla que nadie recuerda cómo me hice, mi abuela decía que uno siempre tiene una cicatriz en la barbilla, parece que Dios sabía que con mi poca actividad física los chances de provocarme una eran pocos así que me la proveyó. Y eso es todo. El primer noviecito que tuve, cuando se cortaba el pelo cortitito parecía que el barbero era un chapucero, porque se le veían todas esas líneas pequeñitas en el cráneo y cada una era la anécdota de un cantazo. Creo que eso fue lo que me conquistó.
Cuando el año pasado se me durmió parte del cuerpo y me hicieron cuchucientos mil exámenes que terminé de hacerme recién, la neuróloga me dijo entre muchas otras cosas que en las placas salían unos puntitos en mi cerebro. Que si no fuese porque yo había llegado allí con una sintomatología (lo siento pero me encanta esa palabra) hubiese presumido que esos puntitos eran marcas naturales, como lunares cerebrales, o quizás hasta alguna cicatriz de alguna caída que no recuerdo o que ni siquiera se le dio la importancia en su momento. Marina, que así se llama mi neuróloga me decía: “¿me entiendes? Como esas marcas que uno tiene en el cuerpo, que no se sabe ni de qué son.” Esas son de las poquísimas ocasiones en que aprecio que me traten como idiota. Quise decirle que no, que carecía de lunares, de cicatrices y de marcas en general. Que cuando me fueron a alambrar los dientes la ortodoncista luego de recitar los múltiples desastres dentales que me encontró, me dijo que tenía la huella del pulgar izquierdo en el paladar. Mi madre me dijo que era de esperarse, en los sonogramas aparecía chupándome el dedo. Así que no, mis marcas (menos la de la barbilla) tienen razón de ser. No se lo dije a la neuróloga, aunque quise preguntarle si todo el mundo tenía lunares y cicatrices por las paredes internas de la cabeza o entremedio de los pensamientos.
Me pareció que tenía total sentido. Tengo lunares por dentro. Tengo cicatrices donde casi nadie las puede ver a menos que sea a través de resonancia magnética nuclear. No sólo me sentí sumamente especial, sino que me sentí medio aliviada. Me he pasado la vida buscándome lunares nuevos en la piel. Celebrando puntos hechos con tinta, desilusionándome cada vez que la seudo marca salía con jabón. En estos días que ya se cumple más de un año de los dichosos exámenes y que se cumple un año de un par de tragedias más, me ha dado con preguntarme que si tuviese más dinero y pudiese hacerme más exámenes de esas placas mágicas casi de nave espacial, qué otras cicatrices saldrían. Qué lunares nuevos (si alguno) me habré logrado apañar. ¿Por dentro se podrá ver que algo se me murió dentro? ¿Quedarán rastros de ese intento de vida fallido? Sin contarle nada a nadie, ¿podría un médico saber que un par de meses después del baquiné en mis entrañas me congelaron el centro de mí? ¿Saldrá en las placas que me quemaron con hielo, literalmente, por dentro y por fuera? ¿Será que la vida me dio el mínimo posible de marcas susceptibles a la visión humana para compensar?






Hace poco más de dos semanas tuve uno de los mejores fines de semana de mi vida. Aproveché el viaje y me marqué. Tengo una pluma dibujada entre mis costillas, en el lado izquierdo de mi cuerpo. Tengo una marca que me compré con fondos federales. Explicar la pluma me parece redundante. No sólo tengo un fetiche con las plumas y casi siempre se me ve con plumas colgando de las orejas (hasta en el día de mi boda) sino que sobrevivo porque escribo, no han habido soluciones químicas, ni naturales, no han habido llantos ni maratones, libros ni consejos, sicoterapeutas, ni curas, ni doctores, ni hipnotizadores, ni borracheras de las lindas, ni polvos mágicos, que hayan logrado en mí lo que logra escribir. Mientras escribo me quejo, acepto, asumo, lloro, cierro, abro, recuerdo, revivo, mato, archivo, descubro, aclaro, defino, digiero, eternizo, desaparezco, me apropio, me despido, me corto, me curo, me sano. Soy ritualista, desde siempre, cuando pasaban cosas importantes necesitaba algún acto simbólico para marcarlo, así cuando mis primeros enamoramientos fracasaban, me cortaba el pelo, cambiaba de perfume, dejaba de ir a lugares, no usaba las cosas que me regalaban. Pero el tiempo pasa y se me fueron haciendo poca cosa los recortes y las botellas nuevas. He cambiado también mis licores con los rompimientos, cambié el whiskey por el vodka, el vodka por el vino, el vino por el champagne, el champagne por la cerveza… creo que en parte tenía ganas de culminar mi primer cuarto de centenario con algo definitivo. Quizás hacerme un recordatorio permanente, tener una marca que nadie me causó sin mi permiso, porque permiso y consentimiento no es lo mismo y me importan tres divinos si el Código Civil está de acuerdo o no. Me quise regalar una cicatriz y hasta firmé papeles para que nadie fuera culpable de la mutilación que escogí. Quizás por una vez en mi vida quería saber de dónde venía el golpe, darme la satisfacción de escoger el día y la hora adolorida y mirar esas dos manos desconocidas (que irónicamente fueron cancerianas) y decirles hiéreme, pero yo te digo dónde y cuándo y tener esa cuasi certeza de la forma en que quedaría mi cicatriz. Porque nunca me imagino las fuentes de mis dolores y cuando recibo el primer impulso nervioso que es el dolor, me duele más el susto, la sorpresa, que el dolor mismo. Y lo peor es que se supone que el dolor es la forma que tiene el cuerpo de alertarte que puedes recibir una lesión pero en mi caso mis reflejos son tan flojos que el dolor hasta este momento sólo me ha dicho: “¿adivina qué?, ¡te lesionaron! (o te lesionaste)”.
Busqué a un par de manos que no amase y que ni siquiera me hubiesen tocado antes, que ni siquiera me hablaran en el idioma que tanto amo y que por lo mismo tanto me lastima. Porque quizás es cierto lo que me dice un amigo y quizás me gusta más el dolor de lo que me atrevo a reconocer. Quise tener ese último dolor de la época. En realidad quisiera siempre saber cuál es el último, ese último abrazo, ese último beso que no se da por compromiso, quisiera saber cuál es el último revolcón que me doy con alguien porque siento que el último siempre debiera ser más intenso que el primero. Uno debería tener el derecho y la potestad de besar, de abrazar, de morder, de desnudar, de dolerse con la intensidad, con la rabia, con la tristeza de que es el último; como una cuestión de clausura, por la misma razón que enterramos los muertos, para delimitar el dolor, para concretizar la pérdida. Quise marcarme y que me doliera y llorar como una niña del dolor y decidir que era el último llanto, el último dolor y quería llorar mucho y de ser posible hasta sangrar mucho y que el artista me creyera loca y hasta suicida y salir de allí herida por última vez y por primera vez victoriosa.




Fui el día antes a mirar portfolios y me gustó uno en particular, parecían todos bocetos pero en vez de papel en piel. En la portada solamente decía Isaac. Isaac que significa “hará reír”, a mí, que hago reír a la gente con una facilidad innata y que hacerme reír requiere de una combinación específica de cosas que casi nunca pasa. Y me fui deseando regresar al otro día y encontrarme con Isaac. Al otro día regresé y me atendió primero un muchacho que parecía preadolescente y de quién desconfié instantáneamente porque no tenía tatuajes visibles. Se me acercó otro que sí tenía marcas obvias y le expliqué lo que quería, dónde lo quería, de qué tamaño y de qué color, fue como ordenar dolor en un catálogo. Antes de entrar por la puerta le dije a Dios que por favor me enviara una señal si esto iba a ser catastrófico, y espero que nadie se ofenda porque yo rece antes de tatuarme. A mi abuela no se lo digan. Ella tiene Alzheimer y yo escojo con pinzas lo que le cuento. Es un ejercicio como hablarle a las personas en coma. A veces se ríe y hasta a veces parece que me entiende. Así que yo sólo le cuento lo que le alegraría. Abuela me voy a casar, abuela me gradué, abuela me casé, abuela me aceptaron en Derecho, abuela voy a ser abogada, abuela estoy embarazada, abuela vas a tener un bisnieto y si es nena se va a llamar Ana en tu honor, abuela me dieron la permanencia, abuela me gusta un nene rubio y de ojos claros (nació en los 30, ¿qué esperaban?), abuela la gente dice que cocino divino, abuela las cremas me quedan como las tuyas, etc… mi abuela no entiende de anacronismos ni de cronologías. Pero a mi abuela nunca le diría: abuela mi primer voto no fue popular, abuela me colgué en una clase, abuela me paso llorando las madrugadas, abuela perdí el bebé, abuela me mataron a Amelie, abuela me voy a divorciar, abuela me divorcié, abuela me tatué, y sí para ella estarían todas en la misma categoría. Quizás si le dijera a abuela que cuando me acerqué al mostrador el hombre aquel me inspiraba paz y me dijo que se especializaba en colores, y que me iba a salir caro y me puso su portfolio al frente y cuando miré la portada tenía un nombre bíblico: Isaac.

Me alzó la camisa con una delicadeza totalmente innecesaria. Los hombres al principio siempre piensan que me voy a romper. Me pintó con tinta para confirmar el tamaño y la localización y le dije mirando el borrador azulado en mi costado, quizás un poquito más para atrás, para después decirle que él lo había puesto en el lugar perfecto de primera intención. La perfección me cuesta hasta cuando la veo con mis propios ojos. Desconfío de que las cosas salgan bien a la primera. Me acosté en una camilla de aspecto bastante quirúrgico. El me pilló la camisa con el sostén bastante avergonzado para mi sorpresa. Me alegré de tener ropa interior en combinación, mi abuela decía que siempre había que tener ropa interior decente por si había que llevar a uno al hospital de emergencia, yo lo he llevado a otro nivel y siempre me la combino, por si ocurren otros tipos de emergencias. Mi amiga solidaria se sentó a mi lado y me agarró la mano por si las moscas. El chico me preguntó si estaba lista y yo le pregunté si realmente en algún momento la gente está realmente lista y riéndose me dijo que nunca. Me pidió por favor con su cara dulce, con su voz dulce y con sus ojos dulces, que me quedara lo más quieta posible y que hiciera lo que me diera la gana pero que no me echara para atrás, que si el dolor era demasiado no le retirara el cuerpo, que le avisara y él se detenía y nos tomábamos todos los descansos que yo quisiera. Poético, pero no sentí miedo hasta ese momento. Aunque sí había tenido pensamientos atemorizantes como por ejemplo que que tal si con la ley de Murphy y mi suerte habitual al tipo le da con estornudar o algo por el estilo mientras me marcaba. Mi amiga me dijo que eso era totalmente absurdo, pero me suelen pasar cosas ridículamente absurdas. Isaac me dijo que el contorno era lo más doloroso y que esa era la primera parte, en este punto ya yo le creía cualquier cosa que me dijera. Acto seguido el sonido terrible acompañado de la sensación de que me iban a taladrar las costillas, así que cerré los ojos antes de sentirlo porque de todas formas era imposible verlo en mi posición. No se me ocurrió ese detalle, me hubiese gustado mirar, como miro detenidamente la aguja cuando dono sangre (cosa que no podré hacer hasta marzo 14 del año que viene) me aterran las agujas y por lo mismo siento la necesidad de observar cuando me introducen una aguja en las venas. Cuando era chiquita le pedía un espejo al dentista para mirar lo que me hacían y eso me tranquilizaba. Mi amiga me preguntó cómo se sentía y que si dolía mucho. Yo le contesté que no me dolía, que más bien se sentía como si me estuviesen cortando con una navaja. Ella me dijo que eso sonaba horrible.
Isaac me preguntaba si estaba bien, si estaba segura y si era como me lo imaginaba. Le dije que no, que me lo imaginaba mucho peor. No solté ni una sola lágrima. Es más, me la pasé hablando como siempre, hablando de cualquier cosa, contándole a mi amiga de ataques de pánico propios y ajenos, de desastres laborales y chistes familiares. Creo que sólo le apreté la mano en algún momento del primer minuto. Ni siquiera recuerdo la música de fondo. Por lo regular en mi mente le pongo música de fondo a las cosas, como si viviera en una película. Recuerdo las canciones que sonaban en momentos importantes que no voy a mencionar. Él me dijo que en realidad ya lo peor había pasado. Que si había estado bien hasta ahora, no iba a tener problemas con el resto. Me explicó que iba a hacerle más detalles a la pluma un poco más profundos “so with time it doesn’t fade into… well I guess into you” creo que me enamoré un poco. Cuando me sombreaba la pluma se sentía cómo me agujeraba la piel y a la vez como si fueran muchos choquecitos eléctricos. Con el tiempo se sentía caliente, como cuando uno se tira por una chorrera y la piel te roza el borde y te quema. Mi amiga me dice que si no fuera porque ella me estaba mirando la cara, dejándose llevar por mi descripción jamás en la vida se tatuaría. Que no es congruente lo que le cuento con mi cara que no tenía ni una chispa de agonía. Un hombre altísimo se paró en el mostrador a mirarme, hacía muecas de dolor mientras miraba como me marcaban. Isaac le preguntó si estaba bien y él le dijo que estaba impresionado de cuán bien yo me lo estaba tomando, Isaac le dijo: “I know, I’m impressed, she’s a trooper”. Le preguntó al señor si él tenía tatuajes a lo cual aquel hombrezote le contestó que en toda su espalda. Pero que empezó a hacerse uno en el costillar y que todavía le faltaba como hora y media de trabajo y nunca regresó porque recuerda demasiado bien el dolor. Isaac le dijo que era uno de los peores sitios para tatuarse y que para colmo era mi primero. Aparentemente él es de los que creen que la primera vez es la más dolorosa. Ya yo no pienso así. Creo que con el tiempo los dolores son más agudos, es como refinar el paladar, como educar los sentidos. Con el tiempo uno desarrolla una memoria del dolor y en ocasiones los dolores nuevecitos, cortitos y recientes se vuelven bien grandes porque se unen con los viejos. Los dolores a diferencia de nosotros son solidarios. Y muchas veces los dolores pequeñitos son más intensos, como arrancarse una curita o cortarse un dedo con papel.
No podía creer cuando me limpió y me dijo que ya había terminado. Me miré y le dije que era perfecto. Él nunca sabrá lo difícil que es lograr eso en mí. Lo abracé un poco, pero se me escurrió, el hombre que me dijo que no echara el cuerpo para atrás ante el dolor, echó el cuerpo para atrás frente al abrazo. Creo que lo confundí. Le di las gracias, y creo que se confundió aún más. Los hombres no entienden cuando una le agradece al terminar.
Mi madre me dijo que estaba hermoso, lo cual es difícil, adivinen a quién salí difícil de complacer. Mi papá estuvo mudo unos días. Mi madre me dijo que ella sabe que cuando algo se me mete entre ceja y ceja no hay Dios que me convenza de lo contrario. Mi papá ya sencillamente me dio por loca. Mi madre me culpa de que mi hermanito quiera hacerse uno y dice que es una excusa para quitarme la ropa y enseñarlo. Como si me hicieran falta razones.
Todavía me asusta pensar en la falta de dolor. Primero pensé que quizás tenía obstruido algún fragmento del camino donde los impulsos nerviosos llegan al cerebro y le dicen te duele. Como también creo que tengo obstruido el camino donde el estómago le dice al cerebro estoy lleno. Quizás estoy acostumbrada al dolor y lo asumí como parte de mí, como también he asumido la incomodidad como algo inseparable de mi femineidad. Y hasta me dio miedo recordar que hace poco más de un mes llorando le pedí a Dios que por favor no quería más dolor. Que ya estaba bueno. Que no podía soportar ni un poquito más y quizás hasta le dije que no importaba al precio que fuese. Se me olvidó que con Dios hay que ser bien específico cuando uno le pide, como en los chistes de la gente que se encuentra genios embotellados y todo sale mal, hay que pedir con suma precaución y una especificidad extrema. Porque Dios puede ser bien literal si se lo propone. Y quizás yo pedí literalmente. Porque cuando a uno le duele se le olvida que casi nada doloroso tiene un origen que no sea placentero. Emocionalmente lo doloroso a diferencia de lo físico, casi siempre surge de la pérdida, y sólo puede dolerte perder algo que te alegraba, te gustaba, y hasta quizás te hacía feliz. Y no se asusten que no me voy a poner auto-ayudante (palabra inventada por mí), pero si me lo pregunto y me lo contesto con excesiva honestidad (cosa que se me hace bastante fácil) cada noche que me la he pasado llorando la puedo parear con una mañana que desperté sonriendo. Y sé que ha habido momentos donde le dije a Dios, a la vida, a los genios embotellados, gracias, porque hay instantes los suficientemente mágicos, para que si se me diera la oportunidad cometería los mismos errores con la misma estupidez, y quizás alguno que otro que me salté. Porque sí hay momentos perfectos, besos perfectos, noches perfectas, encuentros perfectos, risas perfectas. Y la perfección no tiene que ver con lo correcto, no tiene que ver con las consecuencias, no tiene que ver con su funcionalidad o su propósito. Tiene que ver con esa sensación específica que te hace cerrar los ojos en un momento y recordar como sólo lo hacen las fotos porque detienen y contienen lo ideal de un instante, lo delicioso de existir.
Mi primer amor fue quien único conoció a mi abuela antes del olvido. Me dijo que quizás olvidar era lo mejor que a ella le podía suceder. Porque había vivido demasiadas cosas dolorosas y quizás su mente estaba en momentos felices para siempre. Como si hubiese sido la mejor opción. A veces me leo y leo tanto dolor que ni siquiera recuerdo haberlo sentido con la intensidad escrita. Pero porque está escrito lo releo y lo sé real. Miro mi cuerpo desnudo y veo una pluma en mis costillas. Observo mi marca y recuerdo que no me dolió. Pero veo ese mismo cuerpo desnudo que antes no tenía marcas y que ha sentido y ha perdido, se ha erizado y se ha reído, este cuerpo que ha sonreído y ha llorado proporcional y desproporcionalmente, este cuerpo que carcajea y en ocasiones grita por exactamente las mismas razones y me trago la petición absurda y en el fondo sé que Dios, el universo y los genios libres y embotellados saben que quiero sentir, sentirlo todo, para escribirlo todo, que no quiero olvidar, que me aterra heredar el olvido de mi abuela, y quizás por eso escribo, quizás por eso le pedí a un hombre dulce que probablemente jamás volveré a ver que me tajeara la piel, que me dejara tinta debajo de la epidermis, que me hiriera artísticamente, y en broma le dije que me marcaría cada 25 años, conmemorándome. No quiero olvidar. Quiero dolerme. Saber que todavía me duele es saber que todavía vivo, que a esta piel todavía puede mancharse, marcarse, y hasta quizás regalarme lunares y pecas algún día. Creo que le estaré eternamente agradecida a Isaac por regalarme una nueva obsesión, un nuevo fetiche, un nuevo delirio. Me fotografié con él para regalarme otra razón para no olvidarlo (nunca se pueden tomar suficientes precauciones contra el olvido) y le di las gracias porque siempre siempre se agradecen las sensaciones, las cosas que no se logran todos los días. Algún día le diré a mis nietas: los lunares, las cicatrices, el buen vino, los orgasmos, las carcajadas, los tatuajes y hasta los dolores, todos se agradecen por igual, y sí, todos en la misma categoría.







miércoles, 10 de marzo de 2010

microcuento



I

De qué me sirven las palabras
Si no es para decirte
Que me gusta tu altura en el marco de mi puerta
Que la blancura de mis sábanas combina con la tuya
Que el año me ha sorprendido magnánimamente

II

Qué cosa tan extraña esta
De querer comerte la boca siempre
De buscar un olor casi casi imperceptible
Que me dejas en los hombros y en las manos
Que me dejas con las manos y con los hombros

Qué cosa tan insalubre esta
De tener un globo rojo en mi comedor
De mirar el móvil disimuladamente
Como si engañarme lo hiciera mejor

Y mientras termino este último cuasi verso
El celular me grita y quizás
Ni seas tú ni seré yo

III

Hoy ofendo a mis amantes viejos
Haciendo la cama por si vienes
Y en las mañanas la observo destruida
Y me siento victoriosa

IV

Ando contigo debajo de las uñas
Y me paso jugando a que me adivines la desnudez
O mejor aún que me la rememores

V

Te veo en mi cama y me duele en los huesos
Tengo un taco perpetuo en la garganta
Y un jaleo que tiene el mismo horario que yo

VI

Hacen falta cuerpos grandes en esta casa
Falta tu palidez sin contraste con mi cama
No me salen las sonrisas esas vulgares
No hay ruidos en este espacio sin percusión

VII

Luego recuerdo que no exististe
De mí se burla hasta mi imaginación

Con toda la inocencia que parece quedarme
El despiste se me ha regado hasta detrás del ombligo
La miopía baja hasta la raíz de mis piernas
Ya no quedan olores, sabores ni dolores
Sólo unos ecos tan lentos como yo
Que no pudieron seguirle la pista
A ese cuerpo tan grande como perdido
Que se cree que merodea
Y sin embargo sólo queda
Otro amigo inventado,
Pintado en la memoria de mi habitación.

sábado, 20 de febrero de 2010

sin tiempo



Llevo demasiado tiempo sintiendo que no tengo suficiente tiempo. La falta de tiempo convenientemente no me ha permitido hacer disertaciones sobre mi no tan nuevo estatus pero sí estrenadamente oficial. Es mi excusa perfecta para todo y lo peor de todo es que es real. Trabajo un mínimo de ocho horas y media diarias y estoy en la universidad si no las tardes completas el suficiente tiempo como para partirme las tardes por la mitad. Y lo triste es la cantidad absurda de tiempo que me paso haciendo cosas que no sólo son tediosas sino que no hay nadie más que las pueda hacer por mí. Es la magia de la adultez. Todas las mañanas limpio los destrozos de mis monstruitos. Me pongo cualquier cosa que más o menos me tape, los persigo para ponerle sus arneses, los meto en un bulto y bajo nueve pisos por las escaleras, los camino quince minutos y luego vuelvo a subir los mismos nueve pisos porque es la única actividad cardiovascular diaria que hago. Además me ahorro la posibilidad de que algún vecino imprudente me suelte el discurso de que en este edificio no se permiten los perros.
Me visto como las locas y pongo la ropa en la secadora con una toalla húmeda como me enseñó un amigo, porque no tengo tiempo para planchar. Demás está decir que el caos de mi armario crece exponencialmente día tras día. Me maquillo en el carro en lo cual a estas alturas soy una experta. Y ni hablar de la hecatombe de mi carro, se podría encontrar cualquier cosa bajo mis alfombras. Me tomo un café doble para tener suficiente energía y a media mañana un té para calmar la ansiedad que me causa el café doble y mis siete jefes.
Acomodo mis citas médicas entre mis almuerzos y los múltiples viajes tortuosos a agencias gubernamentales, porque la vida decidió que necesito hacer las paces con la burocracia y de una vez vencer mi fobia a la espera. Así que hasta para radicar los papeles de mi divorcio tuve que aprovechar un viaje de un cliente. Ahora que lo pienso he perdido peso porque no me da tiempo a comer postres o papas fritas, el otro día estuve todo el almuerzo comprando detergentes. Sí, cosas divinas de uno vivir solo, que si uno no compra jabones, nadie los compra. Increíble la cantidad de jabones que uno tiene que comprar, para el pelo, para la cara, para el piso, para los platos, para el inodoro, para los cristales, para los perros. Y de pronto me gasto casi cien dólares en cosas que detesto, esponjas y mapos, y bolsas y papel de aluminio. Y llego a mi casa a las diez de la noche y tengo que dar siete viajes para subir la compra porque no he tenido tiempo de comprarme un dichoso carrito que me facilite la solitaria existencia. Y echo a lavar una tanda mientras me baño y entonces el agua sale fría porque no me dio el tiempo de esperar quince minutos para que el calentador hiciera lo suyo. Y por eso cuando la jueza (cosa que merece un capítulo completo a lo menos) se negaba a concedernos la petición de divorcio por segunda vez en un periodo de dos horas yo lloraba fuera de la sala e intentaba explicarle a la alguacil que no era que me iba a casar pronto y me urgía, si no que no tengo tiempo para sacar otro día para este trámite en particular. Como tampoco tuve tiempo para quedarme a llorar en la casa el día antes como se supone. Así que acomodé los minutos necesarios para que la romántica que aún vive en alguna parte de este cuerpo llorara el fracaso más grande de su historia, en la ducha, como Dios manda. El otro día escuché que el pánico y el romance tienen los mismos efectos en el corazón humano de todas maneras. No tengo ataques de pánico desde que me falta el romance, no creo que sea casualidad. Con la misma prisa consuetudinaria me compré un vestido para la ocasión en vez de almorzar, durante el viaje que a última hora me pidieron al Departamento del Estado. Obviamente un traje rebajado, de diseñador, pero rebajado, me miré dos veces al espejo y decidí en la mañana meterlo con todo y etiquetas a la secadora con el viejo truco de la toalla húmeda, porque no había tiempo ni presupuesto para la tintorería.
Y todas las mañanas de un tiempo para acá me levanto con una canción, o con una frase o con un poema en la cabeza y por consiguiente en la boca. Y esta mañana fue: me falta tiempo para celebrar tus cabellos. Es lo que amo de Neruda, esa forma práctica y tan cotidiana del amor que se inventó.
Y por alguna extraña razón que quizás le podría achacar a las hormonas o a los medicamentos o a la falta de sueño, me pregunto si alguien tendrá el tiempo, si alguien se tomará el tiempo de ver lo que hay detrás todo esto. Si alguien podrá ver detrás de ese estatus de soltera con asterisco, si alguien podrá mirar y decir que tal vez, solamente tal vez sigo siendo la posibilidad de un gran descubrimiento.
Yo compro en tiendas de rebaja. Y muchas veces encuentro estas piezas fantásticas de marcas que jamás pudiese haber comprado en sus precios originales en las tiendas por departamento donde las mandaron de primera intención y luego las encuentro en una góndola y la gente dice que en esas tiendas venden así de barato la ropa, los zapatos y las carteras porque están defectuosos, tienen costuras mal hechas, le faltan botones, tienen defectos de construcción y yo les aseguro que no es cierto.

Miles de veces la gente me para en la calle y me pregunta de dónde salió ese traje tan espectacular o me comentan que lo que tenía puesto tal día me debió haber costado una fortuna y cuando digo de dónde salió la gente no me lo cree. Me dicen que es imposible, que nunca encuentran nada y yo les digo que hay que aprender a buscar que yo puedo enseñarles porque a mí me enseñaron, perdí muchas cosas pero al menos eso lo aprendí bien, que en el gancho las cosas no se expresan. Que porque algo tenga una etiqueta roja encima no significa que sea de mal gusto o que esté mal fabricado. A veces mucha gente agarró esa misma pieza antes que yo y no le dio la oportunidad, porque dijo si está a ese precio y nadie lo ha comprado tienen que haber algo mal y eso no es cierto. A veces la gente no se detiene a ver, que quizás estaba hecho para una silueta como la mía y eso no es común, que tal vez todos pensaron lo mismo; que tenía que tener algo mal, que quizás pensaron que no tenían la ocasión para ponerse o sencillamente que no supieron apreciarlo, y hay algunos días que me siento como un puto traje de diseñador que tiene una etiqueta roja sobre otra amarilla y que se pasa de largo porque tal vez tiene algún ojal sin abrir, o porque nadie se atreve a ponérselo. No tengo las costuras fuera de sitio, quizás no soy de esta temporada, pero las temporadas vuelven cuatro veces cada año en casi todo el planeta menos aquí. Me veo mejor puesta que en el gancho.

Y llevo dos semanas sin escribir nada porque no tengo tiempo, porque no me gusta herir a la gente, porque detesto el ay bendito con toda mi puertorriqueñidad y el fin de semana pasado fue duro, bien duro. Y honestamente no extrañé una tarjeta roja con una mentira piadosa dentro. No sólo porque me faltó el tiempo, si no porque tengo las mejores amigas del mundo que me pasean, que me dedican canciones, que me cantan canciones, que me compran regalos, que me escriben mensajes, que me monitorean cuando piensan que estoy a punto de colapsar, tengo amigos con intenciones dudosas que de todas formas llaman y me invitan a pasear sin el miedo a que me pulverice en medio de la cena o de la tercera cerveza y me vuelven a llamar aunque yo siempre tenga y cito “un no en la boca”, tengo dos perros hermosos que mueven las cabecitas como antenas parabólicas de un sitio al otro intentando captar la señal de qué carajo pasa dentro de esta cabeza mía, y realmente me hubiese bastado que alguien me recordara todas las noches de ese fin de semana (que por muchos años fue mi favorito) que todo este mar de flores y chocolates y canciones son un complot exquisito para estrujarse, una excusa comercial para preservar la especie. Eso.

Y como no tengo tiempo y como no gasté dinero en nadie y a mí me fascina regalar me pagué un masaje. Un masaje de una hora y media. Porque la falta de tiempo me destruye la espalda y me anuda la silueta. Y qué importa cuánto me cobren si por casi dos horas y media no tengo que pensar en nada, el tiempo se detiene y llego allí y parezco tan rica como todas las doñas tristes y millonarias que van allí dos veces en semana. Todas estamos con una bata de toalla respirando vapor cítrico, asándonos en un sauna de madera, desnudándonos frente a un completo extraño que sabrá Dios en qué piensa mientras nos toquetea sin nada de afecto y con todo el profesionalismo que tres dígitos pueden pagar. Quizás hoy le dé más propina de la cuenta y quizás se la dé antes de empezar, quizás se anima y me dice por 85 minutos que tengo la espalda más bonita del mundo. Qué más da.

jueves, 4 de febrero de 2010

baquiné

Firmo papeles como jugando a ser famosa
Como el autógrafo inconsecuente
Con la alegría de firmar sin endeudarme más
Firmo papeles con un perfume distinto
Sin música de fondo
Sin mirar a los ojos
Sin prendas en las manos
Sin detenerme en las letras pequeñas
Firmo papeles para ratificar lo roto
Para definir la soledad
Para encontrar un encasillado en el que quepa
En el que quepamos
Todas estas mujeres que no supiste amar

Firmo papeles como quien entiende
Que esto es un mero trámite contractual
Para tener una hora de muerte específica
Para hacer un inventario de lo que no es mutuo
Para acabar el duelo de aquello que sí lo fue

Firmé papeles y la tinta salió fácil
Firmé papeles un día de candelaria
Firmé papeles y fuimos firmes
Quizás porque le refresqué la memoria al dolor
Quizás porque entendiste que aquella mujer ya no está
Quizás te la inventaste, quizás murió de espera terminal

Firmo papeles y cambio las fechas
Fijo las líneas, cierro las puertas
Desaparezco un poco
Nos abrazamos porque nos quisimos
Sonreímos porque no fue suficiente
Me devolviste mis cosas
Porque somos ritualistas
Me escribiste una carta
Por aquello de tener tú la última palabra
Yo me encargué de lo demás
Por no perder la costumbre
Y en el centro de mi agenda
escribí en tinta roja: Baquiné
sé que tú también lo celebras
y muchas de mis mujeres también.