miércoles, 10 de marzo de 2010

microcuento



I

De qué me sirven las palabras
Si no es para decirte
Que me gusta tu altura en el marco de mi puerta
Que la blancura de mis sábanas combina con la tuya
Que el año me ha sorprendido magnánimamente

II

Qué cosa tan extraña esta
De querer comerte la boca siempre
De buscar un olor casi casi imperceptible
Que me dejas en los hombros y en las manos
Que me dejas con las manos y con los hombros

Qué cosa tan insalubre esta
De tener un globo rojo en mi comedor
De mirar el móvil disimuladamente
Como si engañarme lo hiciera mejor

Y mientras termino este último cuasi verso
El celular me grita y quizás
Ni seas tú ni seré yo

III

Hoy ofendo a mis amantes viejos
Haciendo la cama por si vienes
Y en las mañanas la observo destruida
Y me siento victoriosa

IV

Ando contigo debajo de las uñas
Y me paso jugando a que me adivines la desnudez
O mejor aún que me la rememores

V

Te veo en mi cama y me duele en los huesos
Tengo un taco perpetuo en la garganta
Y un jaleo que tiene el mismo horario que yo

VI

Hacen falta cuerpos grandes en esta casa
Falta tu palidez sin contraste con mi cama
No me salen las sonrisas esas vulgares
No hay ruidos en este espacio sin percusión

VII

Luego recuerdo que no exististe
De mí se burla hasta mi imaginación

Con toda la inocencia que parece quedarme
El despiste se me ha regado hasta detrás del ombligo
La miopía baja hasta la raíz de mis piernas
Ya no quedan olores, sabores ni dolores
Sólo unos ecos tan lentos como yo
Que no pudieron seguirle la pista
A ese cuerpo tan grande como perdido
Que se cree que merodea
Y sin embargo sólo queda
Otro amigo inventado,
Pintado en la memoria de mi habitación.

sábado, 20 de febrero de 2010

sin tiempo



Llevo demasiado tiempo sintiendo que no tengo suficiente tiempo. La falta de tiempo convenientemente no me ha permitido hacer disertaciones sobre mi no tan nuevo estatus pero sí estrenadamente oficial. Es mi excusa perfecta para todo y lo peor de todo es que es real. Trabajo un mínimo de ocho horas y media diarias y estoy en la universidad si no las tardes completas el suficiente tiempo como para partirme las tardes por la mitad. Y lo triste es la cantidad absurda de tiempo que me paso haciendo cosas que no sólo son tediosas sino que no hay nadie más que las pueda hacer por mí. Es la magia de la adultez. Todas las mañanas limpio los destrozos de mis monstruitos. Me pongo cualquier cosa que más o menos me tape, los persigo para ponerle sus arneses, los meto en un bulto y bajo nueve pisos por las escaleras, los camino quince minutos y luego vuelvo a subir los mismos nueve pisos porque es la única actividad cardiovascular diaria que hago. Además me ahorro la posibilidad de que algún vecino imprudente me suelte el discurso de que en este edificio no se permiten los perros.
Me visto como las locas y pongo la ropa en la secadora con una toalla húmeda como me enseñó un amigo, porque no tengo tiempo para planchar. Demás está decir que el caos de mi armario crece exponencialmente día tras día. Me maquillo en el carro en lo cual a estas alturas soy una experta. Y ni hablar de la hecatombe de mi carro, se podría encontrar cualquier cosa bajo mis alfombras. Me tomo un café doble para tener suficiente energía y a media mañana un té para calmar la ansiedad que me causa el café doble y mis siete jefes.
Acomodo mis citas médicas entre mis almuerzos y los múltiples viajes tortuosos a agencias gubernamentales, porque la vida decidió que necesito hacer las paces con la burocracia y de una vez vencer mi fobia a la espera. Así que hasta para radicar los papeles de mi divorcio tuve que aprovechar un viaje de un cliente. Ahora que lo pienso he perdido peso porque no me da tiempo a comer postres o papas fritas, el otro día estuve todo el almuerzo comprando detergentes. Sí, cosas divinas de uno vivir solo, que si uno no compra jabones, nadie los compra. Increíble la cantidad de jabones que uno tiene que comprar, para el pelo, para la cara, para el piso, para los platos, para el inodoro, para los cristales, para los perros. Y de pronto me gasto casi cien dólares en cosas que detesto, esponjas y mapos, y bolsas y papel de aluminio. Y llego a mi casa a las diez de la noche y tengo que dar siete viajes para subir la compra porque no he tenido tiempo de comprarme un dichoso carrito que me facilite la solitaria existencia. Y echo a lavar una tanda mientras me baño y entonces el agua sale fría porque no me dio el tiempo de esperar quince minutos para que el calentador hiciera lo suyo. Y por eso cuando la jueza (cosa que merece un capítulo completo a lo menos) se negaba a concedernos la petición de divorcio por segunda vez en un periodo de dos horas yo lloraba fuera de la sala e intentaba explicarle a la alguacil que no era que me iba a casar pronto y me urgía, si no que no tengo tiempo para sacar otro día para este trámite en particular. Como tampoco tuve tiempo para quedarme a llorar en la casa el día antes como se supone. Así que acomodé los minutos necesarios para que la romántica que aún vive en alguna parte de este cuerpo llorara el fracaso más grande de su historia, en la ducha, como Dios manda. El otro día escuché que el pánico y el romance tienen los mismos efectos en el corazón humano de todas maneras. No tengo ataques de pánico desde que me falta el romance, no creo que sea casualidad. Con la misma prisa consuetudinaria me compré un vestido para la ocasión en vez de almorzar, durante el viaje que a última hora me pidieron al Departamento del Estado. Obviamente un traje rebajado, de diseñador, pero rebajado, me miré dos veces al espejo y decidí en la mañana meterlo con todo y etiquetas a la secadora con el viejo truco de la toalla húmeda, porque no había tiempo ni presupuesto para la tintorería.
Y todas las mañanas de un tiempo para acá me levanto con una canción, o con una frase o con un poema en la cabeza y por consiguiente en la boca. Y esta mañana fue: me falta tiempo para celebrar tus cabellos. Es lo que amo de Neruda, esa forma práctica y tan cotidiana del amor que se inventó.
Y por alguna extraña razón que quizás le podría achacar a las hormonas o a los medicamentos o a la falta de sueño, me pregunto si alguien tendrá el tiempo, si alguien se tomará el tiempo de ver lo que hay detrás todo esto. Si alguien podrá ver detrás de ese estatus de soltera con asterisco, si alguien podrá mirar y decir que tal vez, solamente tal vez sigo siendo la posibilidad de un gran descubrimiento.
Yo compro en tiendas de rebaja. Y muchas veces encuentro estas piezas fantásticas de marcas que jamás pudiese haber comprado en sus precios originales en las tiendas por departamento donde las mandaron de primera intención y luego las encuentro en una góndola y la gente dice que en esas tiendas venden así de barato la ropa, los zapatos y las carteras porque están defectuosos, tienen costuras mal hechas, le faltan botones, tienen defectos de construcción y yo les aseguro que no es cierto.

Miles de veces la gente me para en la calle y me pregunta de dónde salió ese traje tan espectacular o me comentan que lo que tenía puesto tal día me debió haber costado una fortuna y cuando digo de dónde salió la gente no me lo cree. Me dicen que es imposible, que nunca encuentran nada y yo les digo que hay que aprender a buscar que yo puedo enseñarles porque a mí me enseñaron, perdí muchas cosas pero al menos eso lo aprendí bien, que en el gancho las cosas no se expresan. Que porque algo tenga una etiqueta roja encima no significa que sea de mal gusto o que esté mal fabricado. A veces mucha gente agarró esa misma pieza antes que yo y no le dio la oportunidad, porque dijo si está a ese precio y nadie lo ha comprado tienen que haber algo mal y eso no es cierto. A veces la gente no se detiene a ver, que quizás estaba hecho para una silueta como la mía y eso no es común, que tal vez todos pensaron lo mismo; que tenía que tener algo mal, que quizás pensaron que no tenían la ocasión para ponerse o sencillamente que no supieron apreciarlo, y hay algunos días que me siento como un puto traje de diseñador que tiene una etiqueta roja sobre otra amarilla y que se pasa de largo porque tal vez tiene algún ojal sin abrir, o porque nadie se atreve a ponérselo. No tengo las costuras fuera de sitio, quizás no soy de esta temporada, pero las temporadas vuelven cuatro veces cada año en casi todo el planeta menos aquí. Me veo mejor puesta que en el gancho.

Y llevo dos semanas sin escribir nada porque no tengo tiempo, porque no me gusta herir a la gente, porque detesto el ay bendito con toda mi puertorriqueñidad y el fin de semana pasado fue duro, bien duro. Y honestamente no extrañé una tarjeta roja con una mentira piadosa dentro. No sólo porque me faltó el tiempo, si no porque tengo las mejores amigas del mundo que me pasean, que me dedican canciones, que me cantan canciones, que me compran regalos, que me escriben mensajes, que me monitorean cuando piensan que estoy a punto de colapsar, tengo amigos con intenciones dudosas que de todas formas llaman y me invitan a pasear sin el miedo a que me pulverice en medio de la cena o de la tercera cerveza y me vuelven a llamar aunque yo siempre tenga y cito “un no en la boca”, tengo dos perros hermosos que mueven las cabecitas como antenas parabólicas de un sitio al otro intentando captar la señal de qué carajo pasa dentro de esta cabeza mía, y realmente me hubiese bastado que alguien me recordara todas las noches de ese fin de semana (que por muchos años fue mi favorito) que todo este mar de flores y chocolates y canciones son un complot exquisito para estrujarse, una excusa comercial para preservar la especie. Eso.

Y como no tengo tiempo y como no gasté dinero en nadie y a mí me fascina regalar me pagué un masaje. Un masaje de una hora y media. Porque la falta de tiempo me destruye la espalda y me anuda la silueta. Y qué importa cuánto me cobren si por casi dos horas y media no tengo que pensar en nada, el tiempo se detiene y llego allí y parezco tan rica como todas las doñas tristes y millonarias que van allí dos veces en semana. Todas estamos con una bata de toalla respirando vapor cítrico, asándonos en un sauna de madera, desnudándonos frente a un completo extraño que sabrá Dios en qué piensa mientras nos toquetea sin nada de afecto y con todo el profesionalismo que tres dígitos pueden pagar. Quizás hoy le dé más propina de la cuenta y quizás se la dé antes de empezar, quizás se anima y me dice por 85 minutos que tengo la espalda más bonita del mundo. Qué más da.

jueves, 4 de febrero de 2010

baquiné

Firmo papeles como jugando a ser famosa
Como el autógrafo inconsecuente
Con la alegría de firmar sin endeudarme más
Firmo papeles con un perfume distinto
Sin música de fondo
Sin mirar a los ojos
Sin prendas en las manos
Sin detenerme en las letras pequeñas
Firmo papeles para ratificar lo roto
Para definir la soledad
Para encontrar un encasillado en el que quepa
En el que quepamos
Todas estas mujeres que no supiste amar

Firmo papeles como quien entiende
Que esto es un mero trámite contractual
Para tener una hora de muerte específica
Para hacer un inventario de lo que no es mutuo
Para acabar el duelo de aquello que sí lo fue

Firmé papeles y la tinta salió fácil
Firmé papeles un día de candelaria
Firmé papeles y fuimos firmes
Quizás porque le refresqué la memoria al dolor
Quizás porque entendiste que aquella mujer ya no está
Quizás te la inventaste, quizás murió de espera terminal

Firmo papeles y cambio las fechas
Fijo las líneas, cierro las puertas
Desaparezco un poco
Nos abrazamos porque nos quisimos
Sonreímos porque no fue suficiente
Me devolviste mis cosas
Porque somos ritualistas
Me escribiste una carta
Por aquello de tener tú la última palabra
Yo me encargué de lo demás
Por no perder la costumbre
Y en el centro de mi agenda
escribí en tinta roja: Baquiné
sé que tú también lo celebras
y muchas de mis mujeres también.

viernes, 29 de enero de 2010

Bloqueo de Autor

Llevo días escribiendo cosas sin terminarlas. Llego justo al meollo del asunto, las guardo y no las vuelvo a tocar. Hay gente que le llama bloqueo del escritor. Yo no creo. Estoy escribiendo pero no terminando y por consiguiente no publicando. Intento ejercicios de escritura que nos enseñaron en la escuela, hago listas de palabras con una sola letra: amante, aliado, analogía, antorcha, arenque, amonestación, aligerar, adiestrar, anotar, antiguo, alegre, anoche, absurdo, ayer, alas, alambre, amarillo, alemán, aturdida, amanecida, anestesiada, alocada, arrepentida, ansiosa, arcilla, ardilla, amarre, astucia, alarma, azul, ancestral, ardiendo, ardor, amor, alcohol… y no lo consigo. Hago listas de palabras que me gustan: humedad, melancolía, barrunto, amante, analogía, bruma, altura, espalda, columna, pelvis, lunares, ombligo, julio, cerveza, despegue, mareo, orilla, vértice, amanece, persona… Pienso que sin darme cuenta estoy feliz. Y por eso no puedo escribir. Porque no sé cómo eso se escribe. No sé cómo se describe la felicidad que me produce pelar una papaya en las mañanas y hacerme una batida con vainilla, leche de almendras y azúcar morena. No sé articular que abrir la nevera y ver botellas verdes de más de un tamaño inevitablemente me hace sonreír. Quizás porque me parece inocuo el quitarme los tacones y tirarlos donde me parezca y que eso me produzca un profundo placer. Que el hecho de que mis ventanas se abran hacia arriba me hace sentirme con suerte. Que me alegra mi existencia la existencia de personas con nombres aún más impronunciables e imposibles de escribir que el mío. Que mi vida se facilita porque mi celular tiene un teclado, no tiene acentos pero tiene la letra v. Que ando con el pelo más enmarañado que nunca, que he vuelto a usar pantallas largas, pulseras que suenan, faldas más cortas de lo prudente, telas más transparentes de lo que sería decente y de pronto me reconozco.
Que mi cuerpo se ha acomodado plácidamente a la grandeza y ocupo mi cama entera sin dificultad. Que de vez en cuando me acuesto con trastera y en el fondo me da igual. Que me baño y no me seco y salgo con el pelo chorreando por todo el piso del apartamento y de vez en cuando me tropiezo con mis propios rastros y me río y me vuelvo a levantar. Tengo un espacio que huele a lo que yo quiero que huela: a gardenias unos días, a vainilla otros, a lavanda a veces y a avellana y a incienso otras tantas. Que me camino desnuda por la cocina y no le he puesto cortinas a las ventanas. Que en mi casa se escucha Sinatra, Sabina, Estopa, Buble, Bebe, Serrat y nada más. Que no tengo cable y no lo extraño. Que hay gente bonita que aprende de mí, que aprende conmigo y me lo dice. Que ya no me siento culpable de no sentirme culpable. Que estoy sola con el mundo y contra él y no me siento sola. Que realmente no importa si estoy lista o no. Que no me da la gana de sentirme mercancía de piso, aunque no tan en el fondo lo soy. Que hace tiempo dejé de ser presentable, quizás nunca lo fui. Que trato a mis perros como gente y ellos hacen lo mismo a cambio. Que de vez en cuando, (lo confieso) me cubro y me voy sola a la Iglesia y me siento totalmente perdida durante una hora entera, así que rezo en mi mente como me enseñaron. No sé cómo se escribe que me basta con que me hagan reír, no sé si se debe escribir que ando sin prisa pero ando, que tal vez no tengo intenciones específicas pero las tengo. Quizás me creo que escribirlo lo vuelve real y tengo problemas con creerme que me siento feliz. No tengo todo lo que quiero ni tan poco todo lo que me merezco pero tengo. Tengo tantas cosas, tanta gente, tantas palabras, tantos papeles llenos de frases que vuelan por toda mi casa. Que estoy conciente que perdí, tengo un inventario de lo perdido. Pero tengo una amiga contable y estoy segura de que si me saca las cuentas me escribe un positivo en la frente. No me sé las reglas del juego, pero estoy jugando. Torpemente porque no tengo coordinación, ni coherencia, no tengo diplomacia y mucho menos cartas de recomendación. No sé esperar, no sé callarme, y siempre siempre digo más de lo que debo, para algo me pusieron una boca de semejante tamaño. Las quiebras económicas en algún momento casi se borran y todas las demás también. Tal vez mi crédito se ha renovado, quizás mis porcientos suben como quien no quiere la cosa y yo prefiero no decirlo mucho para no salarme. El año se encariña conmigo poco a poco. Así que intento escribir una lista de palabras felices y parece una lista de compras: papaya, chocolate, almendras, caramelo, beso, películas, fresa, queso, música, espuma, risa y de nuevo cerveza.



viernes, 15 de enero de 2010

Versión Temporal

Una versión de mí medio jodida,
tengo el alma cinta negra
en defensa personal.
Tengo las manos bastante egoístas,
la mente peliculera,
los pies siempre listos para correr,
los sueños en vela
las ganas desveladas
desvelándome.
Tengo un hambre vieja
y un apetito nuevo,
la misma fobia a la espera
pero ahora consolidada.
El tirijala me produce
en vez de cosquillas,
ansiedad
y siempre me ando cayendo
con esa cosquilla abismal
con ese frío en los pulmones
con ese calentón en la parte de atrás
de la nuca
de la columna
de las nalgas
del talón
Agujeándome la caja del pecho,
revolcándome el barrunto
con la cadera desengrasada
y la clavícula quejosa
y me sumerjo en la grandeza
me hundo en la blancura,
Todo es tan nuevo para mí
y sin embargo
sigo siendo esta versión
medio jodida de mí.

viernes, 8 de enero de 2010

de monos, manos y patas

He aprendido con el tiempo a escoger mis batallas. Creo que es un gran triunfo para alguien de mi edad. He intentado reducir mi capacidad de conmoverme a cosas en las que es irreprimible dicha reacción. He dejado de pelearme con el mundo y de adoptar cada causa sin miramientos. Hoy leyendo el periódico, (cosa trágica para todo lo anterior) no pude evitar leer un artículo llamado Sacrificio Masivo de Monos. Mientras lo leía me chupaba el pulgar izquierdo de la mano, cosa que aparentemente también hacen los monos patas.

Quisiera decir que fue la palabra sacrificio que automáticamente trae imágenes de Cuaresma a mi cerebro formado católicamente lo que me hizo leerlo o la palabra masiva que tiene tanto de exceso que me hala la atención por los pelos, pero realmente fueron los monos. Y me da exactamente lo mismo que la gente piense que es increíble que me ofenda más una noticia como esta, que los veintipico de muertos humanos que llevamos en una semana de año. Como dirían los españoles, pues va a ser que sí.

Según lo poco que conozco y en mi muy superficial investigación descubrí que estos monos en particular, se les llaman los monos pata, son los primates más rápidos. Viven en familias y se desplazan buscando vegetales que es con lo que se mantienen vivos. Cuando anochece se trepan a los árboles y ahí duermen.

No son (obviamente) animales autóctonos. Este no es su hábitat. No compraron tampoco un pasaje para venir a visitarnos. Intentaré no decir nombres para evitar protagonismos, pero en este artículo nos cuentan cómo las personas a cargo de las agencias gubernamentales que se dedican a atender los asuntos llamados Recursos Naturales y Ambientales, Control de Primates, Centro de Primates del Caribe e inclusive activistas hacen comentarios que me han roto por completo el apetito y eso de por sí es difícil. (que conste que mi diatriba no es contra el periodista, que si no es por él ni me entero, eh)

Estos aproximadamente 800 (ochocientos) primates [según la RAE: mamíferos de superior organización, con extremidades terminadas en cinco dedos provistos de uñas] cualquier parecido es pura coincidencia burocrática, fueron “sacrificados de forma humanitaria”. Sí, me encantan los eufemismos y el oxímoron que se vuelve contra sentido, es algo así como friendly fire. Estos monitos fueron eutanizados con inyección letal, valga clarificar que el animal no sufre. Poético.
Lo que me aterra es que la decisión respondió a que “no los quieren, no tienen ninguna utilidad”. En este pasillo del Caribe como una amiga genial siempre dice, hay demasiadas cosas sin ninguna utilidad. Lo peor de todo son los inútiles que definen la falta de utilidad de las cosas, de los procesos, de las agencias, de los empleados, de las cosas que respiran. No me extraña, ¿no recuerdan cuando agarraron a todos los vagabundos de cierta ciudad y los soltaron en otro pueblo, porque afeaban los alrededores? Cualquier cosa podría pasar, si alguno de esos que tienen esas plumas mágicas que firman mandatos urgentes decidiera que deberíamos darle muerte humanitaria a lo que no nos sirve, a lo que afea, a lo que cuesta.

Este proyecto de control de monos, consiste en atrapes masivos, y esto durará al menos dos años. Ya recibimos un comunicado de prensa que tildaba de “muy exitoso” el proyecto, increíble que tanta insolencia quepa en un sitio tan pequeño. Luego otro prócer declaró que “no es simpático sacrificar un animal, pero hay que poner las cosas en una balanza”. Amén. Se me eriza la piel, al leer tanta humanidad en menos de mil palabras. Después de todo eso es lo que nos caracteriza, el balance, la planificación, la humanidad y sobre todo las soluciones humanitarias ¿o debería decir simpáticas?

Esos monitos de caras bastantes –homo- después de todo son unos bandidos, han hecho fiesta con las calabazas y melones del suroeste de la isla. Como si eso fuera poco, no se ha podido conseguir una utilidad monetaria, no son muy mercadeables, no hay un nicho económico que los necesite aparentemente, presumo que de esta premisa partieron para el laboratorio de producción de monos que quieren hacer en el Pueblo de los Brujos. De todas formas todo esto lo despachamos con un “fue un mal necesario”, “such is life”, de verdad que para hacer camisetas y bumper stickers lo que hay que hacer es leer el periódico a diario, nuestros líderes y funcionarios son una fuente inagotable de conocimiento y cultura. Un mal necesario, no entiendo por qué mi mente me hace un fotomontaje de políticos.

En una cita que espero (en lo poco que me queda de inocente y esperanzado corazón) haya sido totalmente sacada de contexto dice: “cuando un animal no tiene que morir y se le practica la eutanasia, no es maltrato porque no se hace adrede. Esa práctica está regulada”. Claro, cuando es asesinato, no es maltrato. Si es homicidio, no es agresión. Los atrapamos y los matamos sin querer queriendo, la aguja le cayó en el corazón. Gracias a Dios que vivimos en un país donde la Constitución protege la vida, prohibida la pena de muerte y prohibida la muerte piadosa, prohibida y punible por demás. Después de todo, los animales no tienen alma ¿verdad?, no recuerdo cuál era la versión oficial.


Para terminar de revolcarme la bilis, me dicen que es lo mismo que pasa con los perros y los gatos. Señores, si como seres humanos no nos podemos identificar con un mamífero que tiene todos sus deditos, con uñas incluidas y que vive en familias y agarra las cosas con sus manos, cómo podemos esperar empatía hacia seres o cosas que aunque respiran y expresan alegría, andan en cuatro patas, ¡el reino del absurdo! Ni hablar de peces que no miran a uno a los ojos, o pájaros que en vez de pelo tienen plumas, uy.

Sí, soy fanática y no, no hago suficiente, pero me asquea, me indigna, porque no nos sale la compasión, sí se nos da muy bien el “ay bendito” ése tan hueco, tan lleno de bobería, pero no la compasión real. Sí, somos expertos en la simpatía, digna de Hallmark, pero la empatía es una cosa amorfa, intangible, inimaginable para nosotros. No nos duelen los números, en el fondo nuestras retinas le pasan por encima a los números, a menos que nos hinque donde es, si el muerto vivía en la urbanización donde creciste, si tienes un sobrino que estaba en la base militar donde pasó, si la nena tenía la edad de tu hija, si transitas dicha avenida todos los días, si tienes un tío que terminó en la calle, si sospechas que tu madrina murió de esa enfermedad… Pero, ¿los monos? Los monos portan enfermedades, como las palomas, las garrapatas y los humanos.

Un viernes lluvioso como hoy no puedo dejar de pensar en comerme una sopa de calabaza y encaramarme a un árbol.


jueves, 31 de diciembre de 2009

2010

Amanecí hoy con un llantén que no se me quita. No es una lloriquera mala. Es como si tuviese el pecho tan lleno que se tiene que desbordar por algún lado y la salida más próxima fueron los ojos. Tal vez tenga que ver con que el día está lluvioso y quizás se me pegó de alguien con quien viví alguna vez que el clima le manipulaba el ánimo. La cosa es que tengo los ojos liqueando desde que los abrí, continuaron así mientras paseaba a mis perros, me desvié por completo para comprar café porque casi nadie trabaja hoy e intenté todas las tácticas que me sé de memoria para detener el llanto y nada. Creo que se me rompieron los lagrimales.

Una vez hace algunos años los ojos me lloraron y me lloraron, pero no sentía nada en el pecho. Me mandaron a irme al hospital, pensando que tenía conjuntivitis. Nada que ver, tenía bronquitis combinada como con cuatro cosas más que también terminaban en itis. El doctor me explicó que era inexplicable cómo yo estaba de pie y sin quejarme. Le pregunté qué tenía que ver que tuviese los pulmones a punto de estallar con que mis ojos lloraran. Me dijo que era mi cuerpo avisándome que algo andaba mal. Diciéndome que me detuviera porque no me estaba dando cuenta del dolor que sentía. Me dijo que las mujeres tenemos una tendencia a resistir cantidades absurdas de dolor y por lo regular cuando nos quejamos es porque llevamos tiempo aguantándolo.
Tal vez es mi pecho de nuevo. Pero no el pulmonar, sino el que está debajo de eso. Es que no lo he dejado expresarse. Al pobre le duele, le duele desde enero. Lleva 12 meses aguantando y no sé si el llanto es sencillamente un merecido alivio. Como cuando la gente acaba los maratones y se derrumban cuando pasan la meta. Parece que se me acabó el aliento prematuramente, unas cuantas horas antes de la meta. Y la meta obviamente era sobrevivir este año.

Voy a ser positiva. Bueno, voy a intentarlo por el tiempo que me tome y lo que me dure el aliento para escribir esta entrada. Quiero establecer como preámbulo de conocimiento general que este ha sido el peor año de mi vida. Probablemente eso dije el año pasado (si buscan la entrada de esta misma fecha hace doce meses verán que sí) pero lo del 2009 no tiene nombre. Voy a permitirme una gringada (o dos) y voy a esforzarme por “count my blessings” a ver si eso sienta la pauta para un año espectacular.

En el 2009 aprendí lo que siempre he sabido pero lo entendí a cabalidad. Dicen que el que busca encuentra. Yo siempre digo que sólo se encuentra si lo que uno está buscando existe. Primera premisa de la cual partí. Lo que sí aprendí es que no se debe preguntar lo que no se quiere saber y que no se debe buscar lo que uno no está preparado para encontrar, porque el descubrimiento puede ser fatídico y para mí lo fue. (ya se fue al carajo el positivismo y llevo tan sólo un par de párrafos)

En este año descubrí que no estoy loca. Que lo que me habían diagnosticado (no profesionalmente) eran teorías fundadas. No me hago películas, las intuyo. No atraigo malos augurios, los presiento. Tengo una intuición maleducada, pero la tengo, es cuestión de academizarla. Tengo desde la mañana un sentimiento bonito, lloro pero sonriéndome. Lloro con ganas de llamar a todos los contactos de mi celular y decirles gracias. Lloro con ganas de escribirle un mensaje a cada una de las personas que me han sostenido. Lloro porque inexplicablemente me siento profundamente agradecida de este año pesadillezco.

En este año tuve 9 ó 10 periodos en vez de 12 ó 13 y eso como mujer se agradece. En este año llegaron Milán y Tokio a mi vida, como música de fondo, como compañía, como el movimiento que hace falta en cualquier casa semi vacía. En este año le perdí el miedo a la mayor parte de mis fobias, ¿cómo? Sencillo, me acompañaron en el desayuno, almuerzo y comida y también a mitad de noche, hasta que me acostumbré a su presencia. En este año mis amigas han sido hadas mágicas, de todos los colores, todos los humores, y todas las formas posibles. Me han literalmente cargado.

Este año me regaló un vidente que me vio (valga la redundancia) como si fuese transparente, como si yo pensara en voz alta, como si no hubiesen secretos posibles de esconder. Este año me trajo unos fantasmas viejos, que todavía existen, que me desconocen ya, pero que me hicieron sonreír por el tiempo necesario. Este año me llevó a New York y en dos semanas se me abrieron los ojos, el cerebro y la imaginación.

En este año salvé mi mente. Salvé mi claridad, mi cerebro, mi humor. Salvé una luz que la gente que me quiere ve, dicen que es como si saliera del centro de mi garganta y que últimamente se conformaba con titilar. En este año mi corazón aprendió la taquicardia, las palpitaciones, las punzadas, y siempre agradezco las nuevas sensaciones. Este año aprendí a coserme, a remendarme a punzadas, a usar lo que estuviese a la mano para repararme: imperdibles, agujas, pega de uñas, de pestañas, cinta adhesiva, papel, macilla, lo que fuera. Me lo pasé a tientas tocando los bordes y las paredes y tratando de no romperme las espinillas con las esquinas, algunas de las cuales siempre estuvieron ahí. Tropecé como una ciega, una y otra vez, con todas las luces prendidas y lo peor de todo sin que nadie me moviera las cosas de lugar.

En este año me entendí. Me capté en serio. Y por eso, no tengo resoluciones. No las cumplo. Hago casi todo lo que me pidan, pero me niego a lo que se me impone. Lección número uno. Peso diez libras más y en el fondo ni me preocupa. Se irán cuando sienta que se tienen que ir. Por ahora las acomodo como puedo. En el 2010 seré esto que soy, me explico… Soy sagitario hasta la médula menos en aquello de los deportes y los exteriores. Soy regona, caótica y escandalosa. Mi risa es estruendosa y no la pienso moderar. Ando en tacos o descalza, no se me dan bien los puntos medios. No me gusta la gente neutral, me aburren. Como, bebo y hablo como hombre, aunque tenga una estructura ósea diminuta y dimensiones innegablemente femeninas. Soy honesta sin remedio, no sé mentir, no sé disimular y si no me delata la boca me delatan los ojos. No sé hacer las cosas a medias, no tengo un nivel medio de intensidad. Maquinaria sencilla: potencia máxima o apagada. No puedo planificarme con demasiada anticipación en el fondo porque detesto que me cambien los planes y si algo me hace ilusión y se me cancela lo sufro, así que evito de antemano esa última sensación. Cumplo mis promesas, hasta el borde de mis capacidades. Necesito salir de este país que amo y odio diariamente, al menos dos veces al año por el bien de mi salud mental y de los que me rodean.

Al 2010 le voy a pedir: que me borre por completo el terror que le tengo a que me dejen caer. El miedo que me han dejado a que algo o alguien me produzca cosquillas. Quiero tener el control total de mi peso, no corporal, de Mi Peso. Quiero verdades enteras, detalladas, descriptivas, brillantes, pero verdades nada más. Quiero fiestas y más fiestas. Quiero celebración tras celebración, quiero que no se me olvide el agradecimiento aprendido a batazos. Quiero abrazos, muchos abrazos, besos largos y vulgares, quiero bailar, viajar y reírme hasta que me duela intensamente la clavícula. Mi madre nos decía cuando nos reíamos mucho a mi hermano y a mí, ríanse mucho que después van a llorar. Cuando me siento bien feliz, me da miedo. Quiero estar absurdamente asustada durante los próximos 365 días, quiero no creerme el nivel extático de felicidad en el que vivo. Quiero que me miren como si me saliera luz no de la garganta, sino de todos lados. Quiero que me quieran de todas las formas posibles. Quiero que la gente se sienta suertuda porque soy parte de sus vidas. Quiero que en algún momento alguien me mire por las mañanas y dé las gracias, a aquello en lo que crea, lo que sea.

Quiero no poder ni deletrear la palabra escasez. Quiero ver cosas nuevas, lugares nuevos, y también, por qué no quiero docenas de zapatos nuevos. Quiero salud. Soy oficialmente una adulta porque pido salud, para mí, los míos y los tuyos. Quiero poder devolverle a mis amig@s al menos una porción de lo que me han dado. Quiero comidas sabrosas, borracheras de las lindas, escritos cursis, libros que me vuelen la cabeza, películas que me vea obligada a comprar para ver de nuevo una escena memorable, quiero buenas notas, profesores que me inspiren, dinero inesperado, polvos mágicos, clausuras necesarias. Quiero doce periodos completos. Quiero relevo de deudas. Quiero regalos. Quiero que mi familia tenga paz, de la real, de la profunda, de la que te hace dormir casi diez horas y cantar en la ducha. Quiero tener miles de motivos para dar gracias, quiero tener suficiente para repartir sin que me falte. Quiero cantar todas las mañanas y todas las noches. Quiero querer mirarme en los espejos. Quiero enamorarme de mí. Quiero comprar pasajes y regalármelos porque me los merezco. Quiero que un día como hoy, de aquí a un año se me desborden los ojos porque no puedo creer que se acabe, porque tenga la sensación de que el año fue insuperable. Que tenga que arrodillarme a las doce a decir gracias.
No quiero ver el vaso ni medio vacío ni medio lleno, lo quiero como mis ojos llevan las últimas cinco horas, lo quiero desbordado.